Capítulo 7. Bonnie
Bonnie
—Tengo un problema gordo —le digo a mi hermana tras aparcar el coche en el pueblo y llamarla.
—El sexi vaquero al que te quieres montar.
—Sí y no, no estoy pensando en eso…, bueno. Sí, joder, anoche vimos las estrellas juntos.
—Por fin, yo creía que eras frígida en la cama…
—Idiota, vimos las estrellas de forma literal. No podía dormir y salimos a tomar mi infusión a un balancín precioso desde el que se veían las estrellas. Iba sin camiseta…, no devorarlo con la mirada fue casi imposible.
—Bueno, Max otra vez se va a tomar tiempo para sus trabajos. Ya cuando sea mi novio lo enderezaré.
—Lo dudo, si un día es capaz de dejar todo por una persona, creo que a esa persona le hago un monumento.
—Pues ve preparando el dinero, porque cuando me vuelva a ver se enamorará de mí.
—Un día me tienes que decir el secreto de tu autoestima.
—No tener una madrastra como mi madre, que te ha puteado hasta hacerte dudar de lo sexi que eres.
—Visto así… Volviendo al vaquero, esta tarde iremos a nadar al lago, o mejor dicho, va a vigilarme.
—Dime por favor que tienes ropa de baño decente, y no esos bañadores antimorbo que te compras en oferta.
—Entonces no te digo nada.
—Estás en el pueblo, cómprate algo sexi.
—No quiero hacer nada con él, Max me mataría.
—Bueno, así se le quita esa tontería de que está enamorado de ti. Si lo estuviera, yo lo hubiera notado cuando lo vi hace años. Y no te miraba con ojos de cordero degollado.
—Vale, las dos hemos llegado a esa conclusión, pero él sí cree estarlo y no voy a quitarle la ilusión con su padre.
—Bueno, como sea, ponte sexi y que te mire con deseo. Eso no es hacer nada, pero seguro que te levanta el ánimo mientras a él se le levanta otra cosa…
—¡Gretel! —Se mea de la risa.
—Te dejo, que mamá viene para que ensayemos para el siguiente pase de modelos. Dice que me ha apuntado a algo especial que nos va a cambiar la vida. A mí solo me cambiará la vida alejarme de esta mujer.
Cuelga y llego a la tienda que me recomendó Darren. Enseguida me enamoro de un sombrero cowboy rosa y botas a juego. Entro y pregunto por ellos.
—Hola, soy Tara, ¿en qué puedo ayudarte? —Una amable mujer de más o menos la edad de Darren se me acerca. Un niño pequeño de unos tres años sale de la trastienda y ella trata de atraparlo. Cuando lo coge en brazos, él le hace pedorretas—. Lo siento, a veces cuesta ser trabajadora y madre a la vez.
—No pasa nada, me encantan los críos. —Le revuelvo el pelo y el pequeño se ríe—. Me manda Darren Bennet.
Tara me mira de arriba abajo.
—La chica de Max, ¿Bonnie?
—Sí a lo de Bonnie, no a lo de la chica de Max. —Se ríe—. Es mi mejor amigo.
—Ya lo sé, pero como no para de hablar de ti, siempre decimos «Bonnie, la chica de Max». Soy la mujer de Lars.
—Ah, lo conocí ayer. Es muy majo.
—Sí lo es, sí, un buenazo y eso. —Su hijo se baja y luego se mueve por la tienda, inquieto—. Mi madre no podía cuidarlo hoy, la niñera tenía médico y aquí estamos. No sé cómo voy a sobrevivir a esto.
—Si quieres me lo llevo a comer tortitas.
—¡Tortitas! ¡Sí, tortitas! —El pequeño se me acerca y me da la mano—. Adiós, mamá.
—¡Pero qué descaro tiene este niño! —le dice su madre—. Ni siquiera sé qué quieres.
—Puedo verlo en un rato, cuando regrese. Aunque tal vez no te fíes de mí.
—Si Max te quiere, eres parte de la familia. Todos hemos visto a ese chico crecer. Y sabemos mucho de ti por él, a mí con eso me vale para que me deje de volver loca. —Me tiende una tarjeta con su número de móvil y la guardo en mi bolso—. Nos vemos a la hora de comer.
El niño me mira emocionado y me da su pequeña mano regordeta mientras yo sigo un poco asimilando esta situación. A lo mejor es que en los pueblos es más común dejar a tu hijo así sin más con alguien a quien acabas de conocer.
Mente abierta, me digo.
Salimos de la tienda y el pequeño me dice dónde está la cafetería.
De camino veo una tienda de bañadores y ropa interior, y entro a por dos bikinis de mi talla.
No me los pruebo. Los pago y seguimos hacia la cafetería.
Al entrar, lo saludan y luego me preguntan quién soy.
Les digo que Bonnie y me contestan: «La Bonnie de Max».
Es un poco molesto ser la Bonnie de Max, por eso le mando un audio al aludido y me responde con otro riéndose.
Max: Bueno, eres mi mejor amiga, siempre serás mi chica en eso.
Bonnie: Y eso no lo cambiaría por nada :P
Guardo el móvil y pedimos algo para comer.
Robin, que así me ha dicho el pequeño que se llama, quiere todo.
Pero la dueña sabe lo que le gusta y le pone una tortita y leche.
A la mitad dice que no puede más y me la acabo de comer yo.
Están deliciosas. Ya me había comido la mía, pero podría comerme dos más y no hincharme.
Tras pagar vamos al parque y le escribo a su madre para decirle dónde estamos.
Me da las gracias y me dice a qué hora cierra para que lo lleve.
Robin se queda a mi lado, jugando con la arena.
Un niño le ha dejado unos castillos de playa que usan para esta arena del parque, más dura.
Cuando Robin me mira, sus grandes ojos dorados me recuerdan a su padre. De mayor seguro que va a ser tan guapo como él.
No me pasan desapercibidas las miradas que me echan las mujeres del pueblo. Una de ellas murmura algo a otra y luego se me acerca.
—¿Y tú quién eres? ¿Nueva niñera de Robin?
—Solo soy una amiga de la familia. —Me mira de arriba abajo y me hace un buen repaso. Y luego yo me siento incómoda con los que le hago a Darren.
Y sin más, se marcha.
Mente abierta, Bonnie.
Se acerca otro niño a Robin y juegan juntos. No lo pierdo de vista hasta la hora de irnos. Está hasta arriba de arena y cuando entro en la tienda de su madre le pido perdón.
—No, tranquila, siempre es igual. Ahora le doy una ducha mientras hago la comida. ¿Te gusta la pasta? No sé hacer otra cosa. El que cocina en mi casa es Lars.
—Sí.
—Perfecto, porque te quedas a comer y no acepto un no por respuesta. Y ahora, dime, ¿qué querías? —Se lo señalo—. Son mis favoritos. Te haré un buen precio, porque has ayudado con el bicho.
Acepto y, tras meter las prendas en cajas y decirme cómo debo limpiarlas, cerramos la tienda y vamos hasta su casa, que no queda lejos.
—Esta es la casa de mi madre. Por la tarde subimos al rancho, donde tenemos una casita, muy pequeña —me explica—. Lars no viene a comer. Ya nos vemos por la tarde. Y llega tan agotado que casi ni tenemos tiempo para hablar. Ya lo entenderás cuando tengas hijos.
—Están muy liados en el rancho.
—Y que lo digas. Yo antes trabajaba allí, como mis padres. Pero mi sueño era tener mi propia tienda de ropa y Lars ahorró mucho para poder regalármela. Y mis padres trabajan en una zapatería. Se les da bien remendar cosas. En el rancho hacían eso. Y ahora tienen un taller pequeño.
Le propongo preparar yo la comida mientras ella baña al pequeño.
Por suerte, me defiendo en la cocina. Aunque esta vez encuentro casi todo preparado.
El tomate para la pasta y la carne picada ya estaban listos.
Solo tengo que cocer la pasta y luego mezclar todo para que se caliente.
Lo hago y pongo la mesa abriendo los armarios hasta que encuentro todo.
Una mujer mayor entra y se me presenta, al poco sale su hija, y su padre llega para la comida.
Es raro estar aquí, aunque enseguida me tratan como una más.
Como si esta no fuera la primera vez que irrumpo en sus vidas.
—Entonces, vas a trabajar con Max en la nueva zona ecológica —pregunta Tara.
—Sí, bueno, empezaré yo sola con los del equipo y luego él ya vendrá, dentro de unos días.
—O semanas. Con Max nunca se sabe —apunta Tara—. Odia este lugar. Parece que es estar aquí y le da urticaria. Aunque lo entiendo, aquí nunca pasa nada interesante. A veces hay que echar un poco de picante. —No sé por qué lo dice, pero supongo que lo descubriré.
—Esto fue idea suya, lo de venir aquí.
—Bueno, ese chico quiere conquistarte y hará cualquier cosa para tenerte donde quería —añade su madre.
—Solo somos amigos —le respondo.
—De momento —dice, y alza las cejas.
Incómoda, miro mi plato y me centro en la comida. Es raro que todo el mundo hable de mí y de Max como si mi negativa de hace meses no importara.
—¿Y dices que has visto a mi marido? —Tara me mira a la espera de que lo confirme y le digo que sí—. No me ha contado nada. ¿No te he dicho que no hablamos?
—Lo mismo ni se acordó que me había visto.
—Tal vez. ¿Y qué te pareció? —Se me hace rara esta pregunta y su padre la mira de forma recriminatoria.
—Un hombre amable.
—Sí, eso es él. Amable, y está muy bueno, ¿verdad?
—No me fijé —miento no sé bien por qué. Tal vez porque esta pregunta parece un poco rara cuando nos acabamos de conocer.
—Bueno, cuando Max venga, seguro que sabe cómo enamorarte. No querrá que otro vaquero te eche el lazo. —Tara sonríe cómplice—. Seguro que cuando os reencontréis no se separa de ti.
Sigo pensando lo que pensaba entonces, tal vez incluso con más fundamento. Max no va a cambiar por mí. No pienso dejarme llevar solo por averiguar qué pasa o a ver si todo cambia. Al final, la única que cambia, y a peor, soy yo.
Por suerte cambian de tema y me siento más cómoda con ellos.
Se nota que se quieren mucho. Es bonito ver a Tara con su madre.
Son amigas y se cuentan cosas a la hora del café.
Yo siempre he soñado con tener una madre.
O esa figura. Aunque antes de que mi padre se casara era feliz con él.
Pero cuando se casó con mi madrastra, yo la miraba y quería lo que Gretel tenía con ella.
Aunque, sinceramente, una madre tóxica no es el mejor ejemplo. Tal vez he estado mejor sin ella.
—Robin me ha dicho que tienes una hermana —le digo a Tara, que mira a sus padres y asiente.
—Sí, pero no vive aquí —dice su padre—. Mi hija está en la ciudad.
—Ella tiene su vida allí y está saliendo con el jefe de su trabajo —me informa Tara—. La veo cuando voy a la ciudad. Si un día voy, te llevo conmigo y la conoces.
—Gracias.
Sus padres se miran entre sí y sé que este tema es mejor dejarlo correr. Robin solo dijo que quería ver a su tía, pero ahora no sé en qué terreno pantanoso me he metido.
Voy de camino al rancho y llamo a Max por el manos libres para contarle todo.
—Tara es peculiar —me dice—. A mí no me gusta. Pero Lars está loco por ella desde el instituto. Conmigo siempre ha sido un poco borde cuando me pongo la música.
—A mí me ha parecido maja. Pero cuando hablé de su hermana se tensaron.
—Porque es hija de otra mujer. —Max me cuenta el chisme—. Yo la conozco de la boda. Pero los dos éramos pequeños. Jugamos juntos y compartimos mis cascos. A ella también le gustaba perderse con la música. Nos escondimos tras coger comida y allí estuvimos casi toda la boda, con música y dulces.
—Lo mismo es tu alma gemela. —Se queda callado. Mierda—. Bueno, ya sé que no tengo que sacar el tema de…
—Meissa, se llama Meissa.
—Bien, pues no diré nada.
—Te dejo. Hablamos.
Cuelgo y conduzco hasta el rancho. Tras aparcar, entro en la casa y Darren sale del despacho, por suerte vestido.
O no, porque verlo medio desnudo es mi pasatiempo favorito…
No, no, mejor con ropa. Lleva unos vaqueros y una camiseta negra.
Madre mía. No devorarlo con la mirada se puede considerar deporte de riesgo. Da igual lo que lleve puesto.
—Ya tengo un sombrero nuevo y unas botas… Y bikinis, aunque esto dudo que te importe… Los míos eran feos… Vale, ya me callo. —Me mira con una dulce sonrisa.
—Si te sigue apeteciendo, podemos ir a que los pongas a prueba.
—Vale, dame unos minutos.
Asiente y me dice que me espera donde el balancín.
Subo a mi cuarto, me pruebo los bikinis y los dos, ¡los dos!
, parecen indecentes. Enseñan más de lo que estoy acostumbrada y de lo que me gusta.
Estoy sexi, joder, estoy muy sexi, pero yo no soy así.
Pienso en ponerme mi bañador más recatado.
Lo pienso un momento antes de mirarme al espejo y disfrutar de la mujer que tengo delante.
Cuando te pasas media vida siendo la sombra de una hermana perfecta y una madrastra que se cree una reina, verte como una mujer preciosa es un soplo de aire fresco.
Gretel tiene razón, no va a pasar nada entre Darren y yo, pero cómo me mira me hace sentir guapa.
Cojo un vestido playero y mis chanclas, junto con la toalla, y bajo a donde está. No hay vuelta atrás. Estoy lista para su ardiente mirada.
Hasta que su forma de mirarme me consuma y me haga desear cosas que no debería.