Intocable (Amar a un cowboy 1) Capítulo 6. Darren
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Capítulo 6. Darren

Darren

No me quito a Bonnie de la cabeza. Y lo peor es que mi hijo se retrase.

No es algo raro. Max es muy perfeccionista y le encanta estudiar.

Cuando era pequeño teníamos que obligarlo a parar.

Tiene un coeficiente intelectual más alto que la media, aunque no llega a ser superdotado, pero está rozándolo.

Se exige mucho, le cuesta decir basta. Por eso hasta me extrañó que se conformara con estar unos meses en el rancho con mi proyecto ecológico.

Pero estaba Bonnie. Y eso lo cambiaba todo.

O no. Porque parece que para Max lo primero son sus proyectos.

¿De verdad está tan enamorado de ella como dice?

Odio preguntarme eso, como si buscara una excusa para poder sentirme atraído por esa mujer.

Salgo de la cama cansado de dar vueltas y bajo a la cocina a por algo de beber.

Tarde me doy cuenta de que ya no vivo solo en esta gran casa y que una mujer preciosa puede estar en la cocina y verme solo con un pantalón deportivo y descalzo.

¿Regreso a mi cuarto? No, porque me gusta cómo me mira, como si deseara mis manos por su cuerpo.

Estoy jugando con fuego; no entiendo qué me pasa cuando la tengo delante.

Entro en la cocina sin darme cuenta de que hay luz.

Esa tenue luz que encendí anoche para Bonnie.

La busco por la habitación y la veo cerca de la tetera, mirándome.

Lleva el pelo largo suelto y, aunque hoy lleva una camiseta ancha, uno de sus hombros queda a la vista y pierdo la batalla de no encontrarla sumamente atractiva.

—¿No puedes dormir? —pregunta, intentando no devorarme con la mirada, pero fracasa y de nuevo sus ojos oscurecidos por el deseo me hacen arder. Y más cuando su respiración se agita y se muerde ese labio inferior tan carnoso sin darse cuenta.

—No. Me cuesta dormir algunas noches. —Mi voz sale un poco ronca por mi deseo apenas contenido.

Céntrate, Darren…

—A mí también, doy demasiadas vueltas a las cosas. Pensamientos intrusivos y eso. —Sonríe, pero no llega a sus ojos—. ¿Te hago una infusión? A mí es lo que mejor me funciona.

—Claro, por qué no.

Saco mi taza y la pongo al lado de la suya.

Saca de una caja de madera una bolsita y la pone.

Luego levanta la cara y me sonríe. Su sonrisa es preciosa.

De esas sonrisas por las que te pasarías la vida luchando por que se repitiera.

Solo es una mujer…, la casi chica de Max. ¿Por qué no puedo dejar de mirarla?

—Cuando era pequeña tenía terrores nocturnos —me confiesa—.

Al hacerme mayor se pasaron, pero algunas noches mi mente va a toda velocidad y no consigo dormir.

He probado muchas cosas y lo que más me relaja es esto, hacerme una infusión, tomarla con calma y dejar que mis pensamientos negativos se vayan a otro lugar.

—Sé lo que es eso.

No le digo que en mi caso revivo mi infancia.

El horror que viví en esta casa, con un abuelo horrible y una madre peor.

Yo era el pequeño, pero a la vez el más maduro.

Andaban siempre borrachos y de fiesta cada dos por tres.

Mi abuelo, de vez en cuando, me daba un bofetón y mi madre se reía.

Por suerte, nunca fue una paliza grave, como las que le daba a mi abuela.

Por eso sé que, si ella se llega a quedar aquí, la hubiera matado.

Lo peor es que, para olvidar, empecé a beber muy joven y a frecuentar sus fiestas. Sexo demasiado pronto y una vida que no era para alguien de mi edad. Y cuando cierro los ojos, a veces veo todo eso. Esos momentos que como niño no sabía procesar. Tal vez ni como adulto.

—Bueno, ahora que me tienes aquí no dejaré que te falte la infusión.

Y cuando me vaya pediré que te la manden al rancho.

Las hace una mujer que conocí en la universidad.

Siempre me ha gustado todo lo natural, aunque si no se puede no me pongo en plan drama.

—De nuevo ese brillo en sus ojos. Sirve las tazas y pone el cronómetro—.

Entré en su tienda guiada por los olores.

Era como estar en el campo. Le expliqué mi problema para dormir y, bueno, ahora la prepara para mí y me la manda a donde le diga.

—Mi abuela ama todo lo natural. Por eso creamos la parte ecológica, pero es más caro todo y menos seguro, así que no podemos dedicar todo el rancho a los productos ecológicos, pero sí una parte.

—Lo entiendo. Y me encantará trabajar allí. Estoy deseando empezar. Siempre he vivido en la ciudad. Estar aquí es un sueño de mi infancia.

—¿Soñabas con animales y colinas llenas de flores?

—Con cowboys a caballo buenorros —lo dice tan bajito, que creo que no lo he escuchado bien hasta que veo su precioso sonrojo—. Es mi cliché favorito en las novelas románticas.

—No pienso meterme con los sueños de nadie —respondo divertido.

—Ya, bueno…, también con todo lo demás. ¿Puedes olvidar que te he dicho lo otro y dejarlo en algo tan inocente como flores y animales?

—No. —Hace un puchero. Joder, cuanto más tiempo paso con ella, más me atrapa en todo lo que es.

Max me dijo que hablar con ella era fácil, porque nunca lo juzgaba y ella siempre tenía algo que contarle.

Siempre estaba ahí y nunca se metía en su vida.

Entiendo lo que dice. Hace tiempo que no hablo tanto con alguien que no sean mis amigos o mi abuela.

Estar aquí, hablando con una mujer a estas horas, es nuevo para mí.

—Listo, ya las podemos tomar.

—Ven, sé un sitio que te relajará.

Andamos hasta la puerta trasera y cojo una manta mientras ella lleva las dos tazas. Al llegar a donde he pasado muchas horas sentado, le muestro un balancín desde el que se ve el cielo estrellado.

—Puedes quedarte aquí… el tiempo que quieras.

—¿Me acompañas? —Se sienta y me tiende mi taza.

No debería, joder, debería irme. A mi cama solo.

Sin ella, sin nadie. ¿Qué hago? Me siento a su lado y cojo mi taza tras taparnos las piernas con la manta.

Echa la cabeza hacia atrás y mira el cielo cargado de estrellas.

Yo las veo reflejadas en sus ojos hasta que me doy cuenta de cómo devoro el perfil de su cara.

Tomo un trago y miro también esas estrellas.

—Max va a tardar en venir —me dice.

—Seguramente, siempre acaba buscando excusas para no venir.

—No le gusta el rancho.

—No, dice que le corta las alas. —Asiente.

—Max me dijo que estaba enamorado de mí…

, pero no lo creo. —La miro curioso—. Nunca ha dejado nada de lado por mí.

Y como amigo me daba igual que llegara tarde, o que me dijera que quedáramos en otro momento, porque estaba haciendo algo importante.

Pero como pareja… Sería una pareja horrible.

Así era mi ex. —Da un trago—. Siempre pendiente de todo menos de lo nuestro.

Y, de golpe, Max, que está casado con su trabajo, me confiesa que está enamorado de mí.

—Y no lo creíste.

—No y sí. Sé que cree sentir algo por mí.

Pero también que yo le pongo cómodo tener pareja, porque siempre he soportado que no me anteponga a todo.

Lleva años siendo un mujeriego cuando no está estudiando, y ahora que se le habrá pasado por la cabeza tener algo serio, piensa que me tiene a mí. Mata dos pájaros de un tiro.

No le digo lo contrario. Max quiere a Bonnie. Siempre anda hablando de ella, pero si antepone todo a esta chica…, lo está haciendo de pena. Si yo tuviera la atención de alguien como esta mujer, dejaría de lado todo menos pasar un segundo más a su lado.

—Y estás aquí para que Max se dé cuenta de que no siente por ti lo que dice.

—Sí, pero tal vez ni siquiera venga el tiempo suficiente… Lo quiero, Darren, mucho, pero como amiga le puedo perdonar cosas que nunca le perdonaría a nadie más como pareja. Con un novio de mierda ya he tenido suficiente… Lo siento, no quiero hablar mal de Max…

—Te he entendido, Bonnie. No quieres tener que luchar tú sola por una relación.

—Exacto. Pero tampoco sé cómo hacerle ver a Max que no siente lo que cree. En estos meses desde que se confesó, solo nos hemos visto una vez. Y ahora que quería tener una oportunidad para nosotros, retrasa el viaje. Tal vez estemos destinados a perdernos como mejores amigos.

Veo el dolor en sus ojos. Da un trago y contiene las lágrimas.

Odio que Max haga esto, que no valore su amistad y esté aquí con ella.

Es siempre así, se pierde por trabajar y no hay nada que le importe más, pero hasta ahora creía que por Bonnie movería cielo y tierra y, sin embargo, la ha dejado plantada una vez más, a pesar de que hizo todo esto para tener una oportunidad con ella.

Creía que todo era diferente entre los dos.

Me gustaba pensar que Max había encontrado a alguien por quien darlo todo.

Pero al parecer es como yo, solo piensa en el trabajo.

Hasta que se quede solo. ¿Es consciente de lo que pesa la soledad con los años?

No creo. Tiene solo veinticinco años. Ahora mismo siente que se come el mundo.

Al mirar a Bonnie, siento que ella tiene una madurez que no tiene Max.

No están en el mismo momento vital, a pesar de tener la misma edad.

—¿Te gusta la infusión?

—Mucho —admito, y la tomamos juntos sin decir nada.

No siento que haga falta; sentirla cerca ya habla por sí solo.

Sobre todo cuando se mueve y me roza sin querer.

Mi cuerpo arde por ella. Por sentirla tan caliente a mi lado.

Se gira y me mira. Su respiración se agita.

Debería hacerme el tonto, ignorar su mirada velada por el deseo.

No puedo hacerlo; sé reconocer esas cosas en una mujer cuando me mira ansiando que le coma la boca.

Traga con dificultad y se gira a mirar las estrellas.

—También estoy aquí porque siempre he sentido que Max odia este lugar por alguna razón. —Me mira y sé que quiere adivinar qué pienso.

—No sé por qué lo odia. Pero si hay una razón…, no me he dado cuenta.

—Bueno, tal vez no la haya, pero por si había una razón y volvía aquí, quería estar a su lado para apoyarlo y ver si se abría a mí. A Max le cuesta mucho hablar de cómo se siente. Muchas veces lo sé por las canciones que escucha.

—Sí. Eso hacía yo. Pero es cierto que no pude estar tan pendiente de él como me hubiera gustado.

Cuando Saril heredó este rancho, estaba casi en quiebra.

Tuvimos que esforzarnos mucho para levantarlo.

Ella quería que yo estudiara, y estudiaba, pero sin dejar el trabajo.

Hice muchas cosas para conseguir dinero y para cuando me di cuenta, Max era adolescente.

Me trataba como a un hermano mayor, siempre decía que todo estaba bien, y como siempre ha sido callado… , no vi nada raro.

—Debe de ser duro. Tener que trabajar tanto para que no le faltara de nada y a la vez que ese trabajo te privara de estar más a su lado.

—La miro y noto que me entiende. ¿Cómo es posible?

—. Mi padre pasa mucho tiempo fuera, y siempre lo he excusado, pero lo cierto es que no está ahí.

No se preocupa por mí. No como tú por Max.

Aunque no podías estar en cada instante, él sabe que estás ahí, y no puedo decir lo mismo de mi progenitor.

—Y crees que Max tuvo que experimentar algo, en el pueblo o en el rancho, que lo hizo odiar este sitio.

—Tal vez no… Lo mismo me he metido donde no me llaman.

—No, tiene sentido. La gente suele rechazar a las personas diferentes, y Max nunca encajó en este sitio. Por eso, desde que era pequeño, Saril y yo ahorramos para pagarle la universidad y todos los gastos. Siempre supimos que su lugar estaba lejos.

—Lo sé. —Sonríe con calidez—. Me gustaría estar equivocada.

—Ojalá, pero gracias por decírmelo, porque así podré saber si pasa algo cuando venga.

—Si lo hace alguna vez. —Se ríe.

—Estás tú aquí, no creo que sea tan tonto de perderte del todo. —No dice nada, solo me mira con la esperanza de que Max luche por su amistad. Mira mi boca y yo la suya. Esa boca llena y jugosa, mojada por su lengua.

Acaba la infusión y se levanta.

—Nos vemos mañana… Tal vez podamos tomar otra infusión. Me ha gustado hablar contigo.

—Y no olvides el baño.

—No —se pasa el pelo tras la oreja—, claro, yo… Buenas noches, Darren.

—Buenas noches, Bonnie.

Se marcha de vuelta a la casa. Me quedo un rato mirando la noche, pensando en cómo voy a hacer este verano para no comerle la boca cuando me mira como si ansiara que mandara todo a la mierda y la besara hasta perder el sentido.