Intermedio Esperada
67%

Esperada

La cena del martes debería haber sido como todas las demás.

La misma mesa puesta con una precisión

casi irritante. Las mismas copas demasiado finas.

Al principio, Abayomi no le dio importancia. Dandara desaparecía a menudo dentro de sí misma, dentro del trabajo, dentro de habitaciones emocionales a las que nadie conseguía llegar del todo. Había días en que hablaba poco. Días en que parecía estar presente solo a medias.

Pero los demás habían empezado a inquietarse.

Las llamadas. Los mensajes. Las preguntas repetidas una y otra vez.

Abayomi permanecía sentada en la silla, inmóvil, con la sensación de estar observando una escena a través de un cristal.

«¿De verdad no sabes dónde está?», preguntó una voz quebrada por la tensión en un mensaje de audio. Abayomi apenas levantó la vista.

«No la veo desde ayer por la mañana.»

«¿Y no volvió anoche?»

Ella se encogió de hombros lentamente.

«Que yo sepa, no.»

Fue entonces cuando algo cambió en el aire.

«Es normal que haga estas cosas», dijo con una calma demasiado afilada para parecer realmente calma. «Es normal que no me diga adónde va. Es normal no saber nada de ella.»

La rabia le salió de golpe, sin elegancia. «Apenas me habla. Desaparece. Vuelve cuando le da la gana. ¿Y ahora se supone que tengo que preocuparme?» Abayomi bajó la mirada hacia la mesa puesta. Hacia el reflejo torcido de las luces en la copa. Hacia sus manos quietas frente a ella.

Por un instante tuvo la sensación de verse desde fuera.

Como si el amor, con los años, no hubiera terminado realmente, sino que se hubiera dispersado poco a poco entre el tráfico de los días, en las cosas que nunca se dijeron, en los cansancios acumulados unos sobre otros.

Había quedado la costumbre.

Ese saber dónde encontrar a la otra sin necesidad de buscarla.

Reconocer su estado de ánimo por la postura.

Entender sus silencios por la forma en que cerraba una puerta.

Cuerpos entrenados para la presencia mutua, incluso cuando el sentimiento había dejado de hablar en voz alta. Solo una distancia que había crecido centímetro a centímetro hasta convertirse en una habitación entera.

Alguien seguía llamando.

Alguien más hablaba demasiado alto.

Abayomi sentía que las palabras llegaban desde lejos, deformadas.

Mucho más tarde, cuando la noche ya había dejado de tener una hora concreta, llegó la noticia.

Sin melodrama.

Sin gritos.

La muerte entró en la habitación como entra la lluvia por una ventana que alguien dejó abierta: despacio, sin pedir permiso.

Abayomi no lloró enseguida.

Solo sentía una frase girando dentro de ella con obstinación:

No me esperaste.

Porque ese era el verdadero problema. Dandara había llegado a algún lugar al que ella no había conseguido llegar a tiempo.

Abrió el armario lentamente.

El olor de Dandara seguía allí.

En los jerséis.

En el algodón arrugado de las camisas. En los tejidos impregnados de vida cotidiana.

Tomó una chaqueta entre las manos y cerró los ojos.

Por un instante volvió a ver el mar sobre su piel. El sol sobre sus hombros. Los veranos lejanos que parecían pertenecer a otra existencia. Sintió ganas de sonreír.

Luego apoyó la frente contra la madera del armario.

Y por fin comprendió la parte más cruel de la pérdida:

no era que Dandara hubiera muerto. Era saber que el mundo había seguido moviéndose mientras ellas quedaban inconclusas.

En voz baja

Ya hablaba sola.

En voz baja.

Como si la casa pudiera ofenderse al escucharla demasiado lúcida. «Has vuelto a dejar la luz encendida.» Había sido ella quien la había dejado encendida.

Se detuvo frente a un cuadro.

Un lienzo grande atravesado por colores feroces y suaves al mismo tiempo. La joven artista que lo había pintado acababa de llegar a la galería. Abayomi la había elegido casi por instinto.

Rozó el borde del marco con los dedos. Pensó en Dandara inmediatamente. Porque Dandara miraba los cuadros del mismo modo en que escuchaba a las personas: en silencio, pero como si fuera capaz de ver algo que a los demás se les escapaba.

Abayomi cerró los ojos. «Te quiero.» Intentó decirlo así.

«Te quiero», repitió.

Pero las palabras salieron deformadas, incompletas, como un objeto demasiado pesado arrastrado por el suelo.

No llegaban a ninguna parte.

Ella lo sabía.

Pero saber algo no significaba ser capaz de vivirlo.

Apoyó la frente contra la pared fría junto al lienzo.

Volvió a sentir aquella sensación absurda que la había perseguido desde la muerte de Dandara: el deseo casi infantil de recuperar cada palabra que se había guardado.

Como si pronunciarlas ahora pudiera borrar el retraso.

Pero el tiempo no retrocedía.

No corregía nada.

Abayomi se dejó caer lentamente en la silla detrás del mostrador.

Pensó en todas las cosas que nunca había contado de verdad.

Las cartas jamás entregadas.

Los mensajes borrados antes de enviarlos.

El miedo constante a parecer vulnerable. Cuando era más joven incluso tenía la costumbre de escribir palabras enormes y después desaparecer. Entregar sentimientos y huir inmediatamente lo bastante lejos como para no tener que presenciar la respuesta.

Siempre había sido así.

Capaz de construir cercanía solo a medias. Las personas entraban en ella sin encontrar nunca una puerta realmente abierta.

Bajó la mirada hacia el bolso apoyado junto al escritorio.

Dentro seguía aquella pequeña caja que había encontrado semanas atrás entre las cosas de Dandara. Una fotografía. Una partitura doblada. Una inicial trazada con bolígrafo.

Pequeñas pistas de una vida interior que quizá nunca había llegado a conocer del todo.

Abayomi pasó el pulgar por el borde de la caja.

«¿Quién eras cuando yo no miraba?», susurró.

Fuera, el cielo de la tarde se deshacía lentamente en vetas rosas y doradas. Durante un instante, la luz atravesó las ventanas y le pareció casi viva, casi capaz de tocarla.

Como entonces.

Como aquella sensación repentina e inexplicable de estar a punto de alcanzar algo inmenso para perderlo un segundo antes de comprenderlo. Abayomi inspiró profundamente.

«Te quiero.»

Esta vez consiguió pronunciarlo mejor. Pero el sonido se quedó cerca de sus labios, incapaz de atravesar la habitación. Permaneció inmóvil durante mucho tiempo.

Escuchando el silencio.

Esperando casi una respuesta.

Esta película es nuestra

La pantalla sigue iluminando el salón a intervalos, con esa luz fría que parece respirar en su lugar.

La escena ha quedado suspendida a medias: dos personajes a punto de decirse algo importante, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de una verdad que todavía no consigue salir.

Los observa y piensa que quizá ellos también se han quedado allí dentro.

Atrapados un segundo antes del final. Se abraza las rodillas contra el pecho y baja la mirada.

«No ha terminado», murmura. «Solo está en pausa.»

Como si las historias realmente pudieran esperar a alguien.

Pero la verdad sigue regresando.

El sufrimiento existe.

Existe incluso cuando finges que no. Existe en los lugares donde nadie mira, en las pausas de las conversaciones, en los vasos que quedan a medio terminar, en las habitaciones que ya no puedes habitar de la misma manera. Abayomi cierra los ojos.

Algunos se lanzan al ruido, piensa. Al sexo, a las cosas inútiles, a las personas equivocadas. Otros hacen justo lo contrario: se encierran, se vacían, renuncian a todo con tal de no sentir nada más.

Pero el resultado no cambia.

Quien tiene demasiado sigue teniendo hambre.

Quien no tiene nada sigue temblando. Dandara se lo decía siempre sin darse cuenta.

«Vives en los extremos, Aba.» Y ella se reía.

Ahora aquella frase le parece una herida que nunca terminó de cerrarse.

Se levanta despacio del sofá y se acerca al televisor. Roza la pantalla con la punta de los dedos.

«Nosotras no éramos así», susurra.

«Nosotras no debíamos terminar así.» La verdad es que Abayomi sigue tratando su historia como si todavía pudiera salvarse en el montaje final. Como si bastara con detener la última escena para impedir que la muerte existiera de verdad.

Nada permanece igual.

Nada pertenece realmente a nadie. Todo cambia continuamente de forma, incluso el amor.

Recuerda una frase que leyó años atrás, una de esas que subrayó sin entender del todo por qué: el desapego no significa dejar de amar. Significa comprender que nada nos pertenece realmente. En aquel momento le pareció una crueldad.

Abayomi toma el mando a distancia, pero no pulsa reproducir.

Se queda allí, inmóvil.

Porque seguir adelante significaría ver cómo termina la escena.

Toda la vida había creído que la paz era felicidad. Que sanar significaba dejar de sufrir. Pero quizá la paz sea otra cosa. Quizá sea mirar de frente lo que existe sin intentar cambiarlo constantemente. La verdad, piensa, no es optimista ni cruel.

Es simplemente verdad.

Y la verdad es que Dandara no va a volver. Por mucho que ella siga dejándole un espacio en el sofá.

Por mucho que siga hablándole en voz baja.

Por mucho que siga imaginando un final alternativo.

Las lágrimas llegan sin violencia.

Cálidas.

Silenciosas.

Abayomi se las seca enseguida, casi con fastidio.

«Tú me dirías que estoy siendo una dramática.»

En su mente incluso consigue escuchar la respuesta de Dandara. «Porque lo estás siendo.»

Y durante un instante siente que respira mejor.

Abayomi vuelve la vista hacia la pantalla congelada.

«Quizá esto es lo que no consigo aceptar», susurra. «Que la película sigue adelante incluso sin nosotras.»

Por un momento piensa de verdad en pulsar reproducir.

En dejar que la escena continúe.

En ver por fin cómo termina.

Pero no lo hace.

Se acurruca de nuevo en el sofá y deja que la luz de la pantalla le atraviese el rostro. «Todavía podemos elegir cómo termina,

¿verdad?»

El intervalo

Abayomi regresa al árbol al final de la tarde, cuando el cielo tiene ese color suspendido que nunca termina de decidir si convertirse en noche o seguir siendo luz.

Aprieta entre las manos un pequeño ramo de flores silvestres, recogidas al borde del camino sin pensarlo demasiado. Algunos pétalos ya están doblados por el viento. Uno se desprende mientras camina y cae sobre la hierba sin hacer ruido.

No lo recoge.

El corazón se le acelera despacio, como cuando se reconoce una voz entre la multitud.

«¿Dandara?», susurra.

Solo el viento.

Solo hojas.

Solo ese umbral tan fino donde los recuerdos casi adquieren materia.

Abayomi se sienta apoyada contra el tronco y deja el ramo junto a las tablas desgastadas. Las flores parecen demasiado vivas para estar allí.

Demasiado brillantes.

Demasiado presentes.

Las observa durante largo rato. Desde allí arriba, el mundo parece más lejano. Más lento. Más amable. A Dandara le encantaba aquel lugar. Decía que se parecía a una especie de refugio para almas cansadas. Un pequeño oasis donde el ruido del mundo llegaba amortiguado, sin violencia.

«Una especie de descanso para el alma», había sonreído una vez.

Y Abayomi se había reído de ella. Ahora, en cambio, entiende perfectamente lo que quería decir.

Las personas necesitan ser escuchadas.

Detenerse.

Respirar sin sentirse obligadas a sobrevivir constantemente.

Abayomi cierra los ojos.

Por un instante casi consigue sentir a Dandara sentada a su lado, con las rodillas dobladas y el cabello movido por el viento. No es una aparición nítida. No es un fantasma.

Es peor.

Porque parece lo bastante real como para hacer daño.

«¿Sabes que Cate habría dicho que de verdad necesitábamos un lugar así?», susurra Abayomi con una sonrisa apenas visible. «Un centro para arreglar a las personas rotas.»

En su mente todavía escucha aquella respuesta irónica:

«Las personas no se arreglan, Aba.» Claro.

Quizá ese era el problema. Se habían pasado la vida intentando remendar el dolor en lugar de mirarlo de verdad.

Como dar una capa de pintura a algo que ya se estaba derrumbando por dentro. Dandara, en cambio, era todo lo contrario.

Demasiado viva.

Demasiado emocional.

Demasiado capaz de entrar en las personas sin llamar a la puerta. Abayomi sonríe levemente al recordarlo.

«Tú me habrías obligado a vivir más.» La frase se le queda atrapada en la garganta como una confesión tardía. Abayomi acaricia las flores dejadas junto al tronco.

«Yo, en cambio, me quedé aquí.»