Intermedio Beginning #3
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Beginning #3

Más tarde, en la cama, ninguna de las dos conseguía dormir.

Abayomi mantenía los ojos abiertos en la oscuridad.

«Aya», susurró Dandara al cabo de un rato.

Abayomi se volvió.

«¿Mmm?»

Dandara la miró sin decir nada.

Abayomi debería haberlo dicho entonces. Debería haber tomado aquel dolor inmenso y darle por fin un nombre.

Decirle que tenía miedo. Que la idea de perderla ya estaba excavando dentro de ella algo que jamás volvería a sanar.

Debería haberle dicho «te quiero» en ese preciso instante. En aquella cama.

Con la oscuridad encima y el miedo vivo entre los dientes.

No hay tiempo

La vida se acelera justo cuando debería detenerse.

El hospital olía distinto cada día. A veces a desinfectante y plástico calentado por los radiadores. Otras, a café quemado, medicamentos disueltos en el aire, sueño pegado a la gente después de demasiadas noches consecutivas sin descansar.

Abayomi había aprendido a reconocerlo todo.

El ruido de los carros antes del amanecer.

El sonido de los sueros casi vacíos.

Los pasos de las enfermeras más amables. Los silencios de los médicos cuando las cosas no iban bien.

Había aprendido incluso la manera exacta en que Dandara contenía la respiración cuando le clavaban una aguja.

Como si no quisiera molestar a nadie ni siquiera en el dolor.

La parte difícil era ver cómo una persona se deshacía lentamente sin convertirse en piedra para sobrevivir.

Así que Abayomi se volvió eficiente.

Funcional.

Precisa.

Preparaba medicación, comprobaba horarios, doblaba mantas, respondía mensajes, hablaba con los médicos con una voz tranquila que ya no reconocía como propia.

***

«¿Has comido?», le preguntó Dandara una mañana.

Abayomi estaba colocando la mesa auxiliar junto a la cama.

«Sí.»

«Mentira.»

«Me he tomado un café.»

«Aya, el café no es una comida.»

«La quimio tampoco.»

Dandara soltó una leve carcajada.

Una risa cansada, llena de aristas.

Abayomi bajó la mirada de inmediato. Había empezado a hacerlo unas semanas atrás.

Evitar ciertos detalles.

Las clavículas demasiado marcadas. Las ojeras.

Los cabellos que quedaban sobre la almohada.

Como si ignorarlos pudiera impedir que se volvieran reales.

***

En la planta había un hombre mayor que saludaba a todo el mundo como si fueran invitados a cenar en su casa.

Una mujer joven que solo lloraba en los pasillos.

Una niña que caminaba con una mascarilla cubierta de estrellas fluorescentes.

Antes evitaba el dolor ajeno como quien esquiva un charco en la calle. Ahora le parecía reconocerlo en todas partes.

Comprendió que el sufrimiento volvía a las personas parecidas de una forma casi cruel.

Lisiados, ciegos, cojos.

Todos arrastrando algo que el cuerpo ya no era capaz de contener.

Y aquel descubrimiento, en lugar de aplastarla, estaba abriendo espacio.

Un espacio inmenso.

Para la compasión.

Para el miedo.

Para una forma de amor menos egoísta que cualquier otra que hubiera conocido.

«Me estás mirando.»

Dandara estaba tumbada con un brazo sobre los ojos.

Abayomi negó con la cabeza. «¿En qué piensas?» Abayomi vaciló.

En que cada día sentía ganas de abrazarla tan fuerte que le impediría marcharse. Y que, sin embargo, debía hacer justamente lo contrario.

Dejarla libre incluso ahora.

Incluso dentro del miedo.

Pero solo dijo:

«Que deberías dormir.» Dandara sonrió apenas.

***

En casa todo seguía igual.

Lavadoras.

Duchas rápidas.

Medicamentos sobre la mesilla. Ramos de flores frescas sustituidos antes de que empezaran a marchitarse. Dandara decía que la casa parecía una floristería deprimida.

Entonces Abayomi fingía ofenderse.

Seguían riéndose. Como si ambas escucharan constantemente algo por debajo del sonido de sus propias voces.

***

Una noche, mientras preparaba té, Abayomi se dio cuenta de que no recordaba la última vez que había tocado a Dandara sin comprobarle la temperatura.

La encontró sentada en el sofá, con las piernas recogidas contra el pecho.

La televisión encendida y sin sonido.

«¿Qué estás viendo?», preguntó.

«Nada.»

Abayomi asintió.

Aquello también se había vuelto normal.

Mirar la nada juntas.

Se sentó a su lado.

Dandara apoyó lentamente la cabeza sobre su hombro.

«¿Sabes una cosa?», murmuró.

«Mmm.»

«Creo que te he vuelto triste.» Abayomi se tensó al instante.

«No digas tonterías.»

«Es verdad.»

«No.»

Dandara cerró los ojos.

«Antes eras más ligera.»

Ella misma ya no conseguía encontrarse.

Se sentía llena de procedimientos.

De alarmas.

De cosas que recordar.

Como si el dolor hubiera transformado el amor en una lista de instrucciones.

***

En el trabajo seguían escribiéndole.

Plazos.

Reuniones.

Clientes.

Una compañera le envió un mensaje: «Vuelve cuando puedas. Sin ti aquí parecemos todos robots.» Robots.

Abayomi se quedó mirando aquella palabra durante casi un minuto entero.

Luego observó el pasillo del hospital.

Los sueros.

Las sillas de plástico.

Las personas vencidas por el sueño. Y pensó que quizá los robots eran quienes todavía conseguían vivir con normalidad mientras el mundo de otros se estaba derrumbando.

***

Aquella noche Dandara vomitó tres veces. A la cuarta, Abayomi le sostuvo el cabello con una mano mientras con la otra se apoyaba en el lavabo.

«Perdón», susurró Dandara con la voz quebrada.

Abayomi sintió que algo se rompía dentro de ella.

«No vuelvas a pedirme perdón por esto.» Dandara permaneció inclinada sobre el lavabo, respirando con dificultad.

Pequeña.

Demasiado pequeña.

Abayomi le humedeció la nuca con una toalla fría.

Movimientos lentos.

Precisos.

Casi profesionales.

Se estaba volviendo extraordinariamente buena salvándola.

Pero cada vez menos capaz de amarla en voz alta.

Con todo el peso.

Con todo el miedo.

Con toda la desesperación que le devoraba el pecho.

El árbol

«Construimos un lugar donde el cielo estaba más cerca.»

La casa del árbol se balanceaba apenas cuando el viento atravesaba los campos detrás de la casa.

Abayomi tenía las manos manchadas de tierra y corteza, mientras Dandara entrelazaba pequeñas flores blancas entre las ramas bajas, con aquella concentración seria que siempre adoptaba cuando hacía algo en lo que creía de verdad.

«Así parece vivo», dijo Dandara, inclinando la cabeza para observar mejor el resultado.

Abayomi soltó una risa suave.

«Es un árbol. Ya está vivo.»

El sol se filtraba entre las hojas y fragmentaba la luz sobre sus piernas desnudas, sobre las tablas mal clavadas, sobre los tarros de cristal que habían colgado con cuerda y que tintineaban apenas.

Allí arriba el mundo parecía lo bastante lejos como para no alcanzarlas.

Dandara se sentó sobre el suelo inestable de la casita y se dejó caer hacia atrás, mirando el techo torcido que habían construido durante todo un verano.

«Es como si olvidaran que están del mismo lado», continuó Dandara. «Como

si no fueran un solo cuerpo.» Abayomi frunció el ceño.

«¿Qué significa eso?»

Dandara se incorporó apoyándose en los codos.

«Que si haces daño a alguien, también te haces daño a ti. Que no hace falta pasar por encima de los demás para sentirte importante.»

«¿Tú lo haces alguna vez?»

«¿Hacer qué?»

«Pasar por encima de mí.» Abayomi le lanzó una flor seca.

«Tú eres imposible de aplastar.»

«¿Crees que las personas cambian de verdad?», preguntó al cabo de un rato. Dandara lo pensó seriamente, recogiendo las piernas bajo la barbilla. «Sí. Pero cuesta trabajo.»

«Qué respuesta de vieja.»

«Lo digo en serio», replicó. «No basta con entender algo para cambiarlo. Es como cuando llevas años adoptando una mala postura... No basta con saber que te duele la espalda. Tienes que volver a aprenderlo todo. Tienes que entrenarte.» Abayomi sonrió apenas.

Dandara hablaba así incluso a los trece años, como si ya hubiera atravesado algo que el resto de las personas ignoraban.

«Entonces ¿somos un ejercicio?»

«Quizá sí.»

Se miraron durante unos segundos, sin llegar a ofenderse nunca.

Siempre había sido así: una avanzaba donde la otra retrocedía.

Bajo ellas, el jardín olía a hierba recién cortada y a sol caliente. Las flores entrelazadas en las ramas se movían despacio, como pequeños suspiros. «A veces pienso que deberíamos quedarnos aquí para siempre», dijo Abayomi.

Dandara sonrió sin mirarla.

«Aquí arriba nadie nos encuentra.»

«Ni siquiera el final.»

Entonces Dandara se volvió por fin hacia ella, con los ojos llenos de una certeza infantil y absoluta.

«Aquí nunca terminamos.» Abayomi le creyó de inmediato. Con la facilidad desarmante con la que se creen las cosas cuando se es demasiado joven para conocer la pérdida. Dandara recogió otra flor y se la colocó entre los dedos.

«Pero tienes que prometerme una cosa.»

«Depende.»

«Nunca huyas de ti misma.» Abayomi resopló.

«Hablas como un libro de autoayuda.»

«Lo digo en serio.»

«Ya lo sé.»

El viento arreció ligeramente, haciendo crujir las tablas bajo ellas.

Por un instante, Abayomi temió que la casita pudiera romperse, pero Dandara parecía tranquila, con la espalda apoyada en la madera y el cabello atravesado por la luz.

«Creo que», continuó Dandara, «cuando dejas de tener miedo de los demás...

cuando dejas de evitarlos... entonces eres libre de verdad.»

Abayomi la observó sin comprenderlo del todo.

«¿Y qué crees que evito yo?», preguntó.

Dandara le sonrió lentamente.

«Las cosas que amas demasiado.» Debajo de ellas el mundo seguía moviéndose: coches lejanos, ventanas abiertas, alguien llamando a un niño desde la calle.

Pero allí arriba parecía existir otra ley.

Otra posibilidad.

Como si realmente nada pudiera terminar.

Tus pasos

Abayomi permaneció inmóvil en el pasillo, con el vaso suspendido a medio camino y la respiración atrapada en el pecho.

El suelo de madera crujió cerca de la cocina y su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se giró de golpe, ya preparada para pronunciar el nombre de Dandara como lo había hecho durante años, con aquella naturalidad construida por la convivencia, la costumbre y el amor.

Pero la cocina estaba vacía. Solo el frigorífico encendido en la oscuridad y una taza abandonada junto al fregadero.

Abayomi cerró lentamente los ojos. «No tengas miedo.»

La frase cruzó su mente de repente, sin motivo aparente.

Dandara la repetía a menudo durante los últimos meses, medio en broma, medio en serio.

La decía cuando Abayomi se tensaba delante de los resultados médicos, cuando dejaba de dormir, cuando pasaba noches enteras comprobando que seguía respirando.

Y aun así seguía oyéndola.

Oyéndola de verdad.

Como si la mente insistiera en protegerla de la verdad construyendo pequeños engaños misericordiosos.

Recordó una noche concreta, una de las últimas en las que habían conseguido hablar sin esquivar el tema de la enfermedad.

Dandara estaba sentada sobre la cama con las rodillas pegadas al pecho y la luz tenue de una lámpara encendida.

«¿Sabes qué es lo absurdo?», había dicho. «Que nos pasamos la vida creyendo que tenemos que hacerlo todo solas.» Porque la verdad era que Dandara siempre le había hablado como si supiera que estaba dejando señales para que ella las siguiera después.

Abayomi recorrió el pasillo lentamente, descalza, con la respiración corta.

Cada sombra parecía a punto de moverse. Cada habitación conservaba todavía la forma en que Dandara la habitaba.

«Eres valiosa a mis ojos.»

Aquella frase también regresó de la nada. Dandara la repetía cuando Abayomi empezaba a hablar de sí misma como de algo roto, insuficiente, difícil de amar. «No pongas esa cara», decía siempre Dandara. «Te comportas como si tuvieras que ganarte el amor.»

Entonces Abayomi resoplaba, irritada por la facilidad con la que ella conseguía mirar dentro de ella.

Porque ese era el problema del dolor: que llegaba acompañado de ternura.

Nunca los dejaba separados. Se detuvo frente a la puerta del dormitorio.

La casa guardó silencio de repente. Abayomi bajó la mirada hacia sus propias manos.

Temblaban apenas.

Había pasado meses convenciéndose de que la pérdida era algo limpio, definitivo.

Una puerta que se cierra.

Una respiración que se detiene.

Un cuerpo que desaparece.

Pero no.

La pérdida era mucho peor.

Era seguir sintiendo a alguien en todas partes sin poder alcanzarlo.

Era seguir poniendo la mesa para dos.

Volverse cuando crujía el parquet. Saber perfectamente cómo sonaban los pasos de una persona y seguir reconociéndolos incluso en el vacío. A veces pensaba que estaba volviéndose loca.

Otras veces pensaba que el amor simplemente hacía eso: negarse a aceptar el final.

«Somos un solo cuerpo.» Dandara lo decía a menudo.

Lo decía cuando discutían, cuando Abayomi se encerraba en el resentimiento, cuando ambas se herían sin querer.

Por un instante —solo uno— estuvo segura de que Dandara estaba allí.

Que bastaba con girarse.

Que bastaba con escuchar mejor. «Si dejo de escucharte», susurró en la oscuridad, «desapareces de verdad.»