Interludios románticos 1 Significante, Significado
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Significante, Significado

Nell Stark

No había pensado seriamente en hacerme un tatuaje antes de enamorarme de Melanie.

La idea siempre me había intrigado, pero como le dije —en una de esas primeras conversaciones telefónicas cuando apenas nos estábamos conociendo— no había encontrado ningún diseño o símbolo que quisiera llevar en mi cuerpo con absoluta certeza el resto de mi vida. Y necesitaba esa certeza.

—Quizás algún día —había dicho—. Si me da por ahí.

Ese algún día había llegado y pasado. A estas alturas, cuatro días después de entrar en el estudio de tatuajes del barrio con las palmas sudorosas, el picor de la cicatrización había pasado de enloquecedor a soportable.

El tatuaje era precioso allí donde descansaba en la unión de mi abdomen y mi pierna izquierda, sus líneas oscuras y nítidas contra la palidez de mi muslo.

A Mel le iba a encantar.

Por tercera vez en otros tantos minutos, miré el reloj sobre la repisa de la chimenea.

Poco más de las diez de la noche. Suspiré y cambié de postura en la silla, incapaz de ponerme cómoda a pesar de que era mi favorita de la casa.

En mi regazo, una pila de trabajos de estudiantes sin corregir permanecía abandonada.

No podía concentrarme, no lograba centrarme, no parecía capaz de hacer nada salvo esperar a oír la puerta principal.

Cinco días. En el gran orden de las cosas, cinco días no era nada.

Pero este había sido el viaje de negocios más largo que Mel había hecho nunca, y la echaba de menos con una ferocidad inquietante.

Los últimos días me habían recordado a los primeros años de nuestra relación, cuando vivíamos a mil kilómetros de distancia, sin poder vernos durante meses.

Cuando todo el amor, la necesidad y el deseo contenidos me oprimían tanto que me costaba respirar hondo. Cuando...

Pero esos tiempos habían quedado atrás. Las cosas eran diferentes ahora.

Hacía media hora, había abierto una botella de Silver Oak del 95 y servido dos copas, dejándolo respirar tal como Mel me había enseñado.

Y una hora antes, había arropado a nuestros dos hijos en la cama después de leerles un cuento.

Ahora la esperaba al acecho, desesperada por tomar su rostro entre mis manos y besarla con toda el hambre acumulada bajo mi piel desde nuestro abrazo de despedida en el aeropuerto.

Mi cuerpo vibraba y respiraba entrecortadamente, y bajo el algodón de mi pantalón de chándal, el tatuaje me dolía un poco.

Sonreí, pensando en lo sorprendida que se quedaría, y lo complacida, cuando por fin lo viera. Ya llevaba su anillo y su collar, pero esto era otro tipo de señal: un recordatorio de que le pertenecía. Un voto, inscrito e impreso. Un recuerdo compartido grabado en mi piel solo para sus ojos.

—Así que... anoche, mientras me duchaba, se me ocurrió algo —dijo.

Sonreí imaginándola en la ducha, el agua resbalando por las curvas de su cuerpo, y me acerqué más el teléfono al oído derecho.

—¿Ah, sí? ¿Era un pensamiento sexy?

—Estaba pensando en nosotras. Y de repente me vinieron a la cabeza dos caracteres chinos. Sentí la necesidad de trazarlos en la pared con el dedo.

Me incorporé en la silla, intrigada.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles?

—El símbolo del fuego y el símbolo de la madera.

Me mordí el labio inferior, pensativa.

—Fuego y madera. ¿Quién... quién crees que es cuál?

Mel guardó silencio un momento, y escuché su respiración suave, emocionada al saber que había estado en sus pensamientos.

—Creo que yo soy el fuego —dijo por fin—. Y tú eres la madera. Tú... tú enciendes mi pasión. Y la inflamas.

Se me puso la piel de gallina en los brazos por la intensidad de sus palabras.

—Y tú me haces arder —susurré.

Mel me había dado mucha lata cuando insistí en que me había servido un tatuaje en bandeja de plata.

—¿Madera? —había dicho, riéndose—. ¿Te das cuenta de que cualquiera que sepa leer chino va a ver tu tatuaje y se va a partir de risa, verdad? Pensarán que eres una chica blanca tonta que eligió un carácter bonito sin saber lo que significaba.

Me había encogido de hombros e intentado parecer misteriosa.

—Quizás me lo ponga en un lugar donde solo tú puedas verlo.

Habían pasado años desde aquella conversación, mientras esperaba el momento perfecto.

Y ahora solo tenía que esperar unos minutos más.

Miré el reloj y suspiré de nuevo antes de levantar por fin los trabajos de mi regazo y dejarlos sobre la mesa de centro.

Era inútil siquiera fingir que trabajaba.

¿Dónde estaba, por cierto? Normalmente un taxi no tardaba tanto en llegar a nuestra casa desde el aeropuerto.

¿Habría atasco? ¿Y si había habido un accidente? ¿Y si ella había tenido un...?

La puerta principal se abrió con un clic.

Salté de la silla y me apresuré hacia el vestíbulo.

Mel alzó la vista mientras se quitaba los zapatos al oír mis pasos, el cabello oscuro arremolinándose alrededor del cuello de su largo abrigo de invierno.

Apenas tuvo tiempo de sonreír antes de que la aprisionara contra la puerta y la besara profundamente.

Mi ansiedad se esfumó cuando sus labios se movieron contra los míos, suaves y dóciles.

—Hola, cariño —dijo en voz baja cuando por fin me aparté.

—Te he echado de menos —susurré, grabándome de nuevo cada detalle de su rostro. Tan familiar, tan querido.

—Yo también te he echado de menos —apretó los brazos alrededor de mi cintura—. Cada segundo.

—¿De verdad?

—Sí. De verdad.

Se acurrucó un momento en mi cuello antes de morderme el lóbulo. Me estremecí, pero me obligué a dar un paso atrás. Vi cómo su sonrisa desaparecía y daba paso a la confusión.

—¿Por qué no te quitas el abrigo? —sugerí—. Echa un vistazo a los niños. Y luego ven a acurrucarte conmigo en el estudio, ¿vale?

—De acuerdooo —parecía recelosa. Y no era para menos: normalmente acababa haciéndole el amor contra la puerta de entrada cuando había estado fuera.

—Enseguida voy.

Me apresuré a la cocina, preparé un plato de queso y galletas saladas, y puse el plato y nuestras copas de vino en una bandeja. La encontré recostada en el sofá de dos plazas, con los pies enfundados en medias apoyados sobre la mesa de centro. Parecía cansada. Estaba preciosa.

Era mía.

—Vaya —dijo mientras me acercaba—. Esto es tan... romántico.

Puse los ojos en blanco y dejé la bandeja sobre la mesa frente a ella, fingiendo sentirme ofendida.

—¿Por qué tanta sorpresa? ¿Es que no soy lo bastante romántica contigo?

Me miraba con hambre mientras descargaba la bandeja. —Eres toda una romántica. Lo que pasa es que normalmente me follas primero.

Mi cuerpo se tensó ante sus palabras. Sonrió, disfrutando del efecto que causaba en mí. —Bueno, esta noche —dije mientras me acomodaba a su lado— vamos a hacer las cosas al revés. —Le pasé una de las copas de vino y las hice chocar suavemente—. Bienvenida a casa, amor.

—Oh —dijo tras dar un sorbo, con los ojos cerrados de placer—. Es el Silver Oak, ¿verdad?

Me reí y le pasé el brazo por los hombros, saboreando la sensación de su cuerpo pegado al mío. —Eres buena.

—Mmm —dijo, deslizando la mano por mi muslo. Sin saberlo, sus dedos pasaron sobre el tatuaje. Reprimí un escalofrío—. Y tú te sientes bien.

Entonces nos contamos historias, poniéndonos al día a propósito sobre lo que había pasado mientras estuvimos separadas.

Me hizo reír cuando imitó a un orador particularmente aburrido.

Me hizo sonreír con orgullo cuando me contó lo bien que habían recibido su presentación.

Le daba trozos de queso y galletas entre historia e historia, y ella se esmeraba en enrollar la lengua alrededor de mis dedos con cada bocado.

Para cuando me tocó entretenerla con las travesuras de los niños y las meteduras de pata retóricas de mis estudiantes, yo estaba reclinada en el sofá y ella tumbada encima de mí, cubriéndome el cuello y la barbilla de besos.

Estaba a mitad de frase cuando por fin no pudo más y me calló con sus labios que sabían a vino.

El beso fue intenso y exigente, y encendió el deseo en mí como gotas de agua sobre aceite hirviendo.

Le sujeté la nuca, atrayéndola todo lo posible hacia mí, mientras deslizaba la otra mano bajo su camisa para acariciarle la parte baja de la espalda.

—Qué increíble se siente tu cuerpo —dije con voz ronca cuando rompió el beso—. Dios, Mel. Necesito hacerte el amor. Muchísimo.

Se levantó de un salto y me tendió la mano en silencio, tirando de mí para llevarme a nuestro dormitorio. Cerré la puerta con llave mientras ella ajustaba el regulador hasta que una suave penumbra bañó la habitación. Me reuní con ella al pie de la cama, temblando por la intensidad de mi deseo.

—Te eché de menos —repetí, incapaz de reprimir el tono desolado de mi voz.

—Lo sé, cariño. Lo sé. —Me estrechó entre sus brazos y hundí el rostro en el hueco de su cuello, dejando que su aroma me envolviera—. Es difícil estar separadas.

Nunca quise que sufriera, pero oírla admitir que me necesitaba —igual que yo a ella— era embriagador. —Tengo que sentirte.

—Entonces desvísteme —susurró, y su aliento cálido me acarició el borde sensible de la oreja.

Retrocedí un paso, lo justo para desabrocharle la camisa y deslizársela de los hombros.

Antes de que cayera al suelo, ya la tenía de nuevo entre mis brazos, con los dedos torpes en el cierre de su sujetador de satén rojo.

Le besé el cuello mientras forcejeaba con los corchetes, y ella me recompensó con un suave gemido.

Dejé que mis nudillos le rozaran los pechos mientras apartaba la tela de su cuerpo, y luego me arrodillé para bajarle la cremallera de los pantalones.

Se los quité despacio, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo.

Cuando se los quitó del todo, volví a recorrerle las piernas con las manos antes de deslizar los dedos bajo la tira de satén entre sus muslos.

Y entonces alcé la vista para encontrar sus ojos dilatados.

—Te quiero, Mel. Te quiero muchísimo. Estoy hambrienta de ti.

Me acarició la mejilla con las yemas de los dedos. —Estoy aquí. Soy tuya. Tómame.

De repente, ya no podía ir despacio. Un instante después, estaba desnuda y yo la besaba con fiereza mientras la guiaba hacia la cama. Pero antes de que pudiera tumbarla, apoyó una mano sobre mi corazón y empujó.

—Necesito que tú también estés desnuda.

Este era el momento que había estado esperando. Me quité la camisa y la lancé a una esquina, pero luego le cogí las manos y las guié hasta el dobladillo de mis pantalones de chándal. —Quítamelos.

Se le abrieron los ojos de par en par ante la orden; le encantaba cuando yo llevaba la voz cantante.

Y entonces se dejó caer de rodillas, mucho más elegantemente que yo.

El pulso se me aceleró de anticipación mientras me bajaba los pantalones por la suave curva de las caderas, luego unos centímetros más…

—Dios mío. —Mel se sentó sobre los talones y me miró, pasando del tatuaje a mis ojos, con puro asombro. Complacida y extrañamente cohibida a la vez, esbocé una sonrisa torcida y me encogí de hombros.

—Sorpresa —dije suavemente—. ¿Qué, eh… qué te parece?

Alargó la mano pero no llegó a tocarlo, con los dedos suspendidos justo encima de las líneas negras y nítidas. —¿Puedo…?

—Sí.

Lo recorrió suavemente con la punta del dedo, con un toque tan ligero como el roce de un pétalo de rosa. Aún tenía la piel sensible en esa zona, y cerré los ojos involuntariamente ante la oleada de sensaciones. —Oh, Mel.

—¿Te dolió? —preguntó con voz ronca, sin dejar de explorarlo con suavidad. Como pude, me obligué a abrir los ojos; necesitaba ver su expresión.

—No estuvo tan mal —dije—. Aunque picó como loco durante los primeros días.

—Es precioso —suspiró Mel—. Ojalá hubiera estado allí para cogerte la mano.

Le acaricié el pelo. —Estuve pensando en ti todo el rato —dije—. Necesitaba hacer esto para que… para que supieras.

Con suavidad, deslizó el pulgar por la única línea vertical del símbolo. —¿Para que supiera qué?

Inspiré hondo, con un temblor en el aliento.

—Que soy tuya. Toda tuya. Solo tuya. —Fruncí el ceño porque las palabras me salían mal, como siempre.

No podía decirle lo que sentía. Solo podía demostrárselo.

Y por eso estar separada de ella —aunque fueran solo cinco días— era tan difícil.

La miré y negué con la cabeza, suplicándole en silencio que lo entendiera.

—Sí, amor —dijo—. Eres mía. —Me puso las manos en las caderas y se inclinó para recorrer con la lengua el mismo camino que habían trazado sus dedos.

Cuando las rodillas me flaquearon ante aquella avalancha de sensaciones, me guio hasta la cama.

Y cuando, mucho después, le supliqué que me dejara llegar, me llevó al clímax con su boca y sus dedos, y me hizo sentir completa de nuevo.

No dormimos esa noche. En las primeras horas de la mañana, estábamos acurrucadas, con los cuerpos entrelazados mientras el sol asomaba por el horizonte.

No estaba cansada en lo más mínimo; estaba en paz.

Teníamos media hora como mucho antes de que los niños se despertaran, y quería pasarla aquí mismo, saboreando la llegada de un nuevo día junto a mi amada.

—Te amo —murmuré por milésima vez, depositando un beso en la base del cuello de Mel.

—Mmm —dijo, pegándose aún más a mí—. Y yo a ti.

—Y bien, ¿cuándo vas a hacerte tu tatuaje? —pregunté, con una sonrisa sobre su piel tan suave.

Se giró entre mis brazos, me rodeó el cuello con los suyos e hizo todo lo posible por parecer misteriosa. Aunque más que nada resultó adorable.

—Cuando el espíritu me mueva.