Interludios románticos 1 Toluca #9 #2
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Toluca #9 #2

Sarah contempló el rostro de Caitlin. El resplandor de las luces que alumbraban las palmeras cercanas le bañaba la piel. Las palabras de Caitlin desprendían una calidez genuina que Sarah sintió en el pecho.

—Fue difícil, sí. Pero me alegro de estar aquí.

—Yo también me alegro de que estés aquí —Caitlin levantó su lata hacia la de Sarah y brindaron—. Te gustarán estos apartamentos. Todas las de aquí son bastante majas.

«¡Ella también se alegra de que esté aquí!». Sarah saboreó la inesperada oleada de placer durante un segundo antes de preguntar: —¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?

—Casi cinco años. Trabajo en Hollywood, justo al otro lado de la colina. Soy asesora financiera de un banco.

—¿Así que se te da bien el dinero?

—Por suerte, sigo mis propios consejos. Estoy ahorrando para comprarme mi primera casa dentro de dos años.

—Eso es genial, Caitlin.

—Bueno, el trabajo es fácil y estoy en casa a las cinco todos los días, así que no me puedo quejar —a Caitlin le gustaba la energía de Sarah.

Era encantadora, agradable y muy fácil de tratar.

Muchas de las mujeres con las que había salido estaban absortas en sí mismas, en sus carreras o en sus contactos.

Sarah no era nada de eso, y resultaba un soplo de aire fresco.

Enseguida se pusieron a hablar de familia y trabajo, y Caitlin le contó cuáles eran los mejores sitios para comer en North Hollywood.

Llevaban un buen rato con las latas vacías cuando Caitlin señaló hacia la fiesta. —He estado monopolizando tu tiempo esta noche. No quiero acaparar a la invitada más nueva.

—No —Sarah sabía que había respondido demasiado rápido—. Estoy bien aquí. Así.

Caitlin sonrió y echó un vistazo a la gente. —Tarde o temprano conocerás a la mayoría de estas mujeres. O viven aquí o siempre están de visita.

—No tengo prisa. Además, de momento voy ganando.

—¿Pleno al quince?

—Mis amigos de allá me advirtieron sobre California. Me dijeron que en cuanto llegara tendría que andarme con cuidado porque —contó con los dedos— me obligarían a fumar marihuana, me llamarían Tex y se meterían con mi acento.

Sonrió.

—Pero hasta ahora contigo, nada de eso se ha cumplido.

—Me imagino que debió de ser estresante pensar que esas cosas podrían pasar. La verdad es que no fumo marihuana, desde luego no tienes pinta de Tex, y tu acento me parece bastante encantador.

Sarah se relajó, sintiendo cómo la tensión se disipaba, y todo gracias a Caitlin.

—Quizá sean las dos cervezas que me he tomado o quizá sea la estupenda compañía. Pero contigo es muy fácil hablar.

—Gracias. Tú también.

Pasada ya la medianoche, la fiesta se había ido apagando, y Sarah y Caitlin ayudaban a Judy y Shayna a recoger los platos de papel y las latas vacías. Los últimos invitados hacían tintinear las llaves del coche mientras se despedían con la mano.

—Nosotras nos encargamos del resto —les dijo Shayna a Caitlin y Sarah—. Vosotras dos id a relajaros por ahí.

—Vamos —dijo Caitlin—. Hay una mesa en el patio que nos está esperando.

*

—…así que allí estaba yo, sacando mi quinta caja de CDs al coche —relató Sarah mientras ella y Caitlin se sentaban tan cerca que sus rodillas se rozaban—.

¡Esos CDs ocupaban más sitio en mi coche que todas mis demás cosas juntas!

Pero yo pensando: que le den. Y entonces caí: ¡mierda!

Mi ex se quedó con el reproductor de CDs.

—Bueno, míralo así —dijo Caitlin—, puede que todavía no tengas dónde ponerlos, pero esos CDs vienen muy bien para sustituir un montón de cosas en casa. Pueden servir de alfombrillas de ratón, posavasos, jaboneras, frisbis…

—Debes de pensar que estoy loca.

Caitlin le posó la mano suavemente sobre la rodilla.

—Estabas en plena ruptura. Esos CDs eran importantes para ti. Da igual lo que piensen los demás.

Sarah se sentía cada vez más atraída por Caitlin y por su sincera compasión.

—Además —añadió Caitlin—, yo me he llevado cosas más raras.

—¿Ah, sí? Cuéntame.

Caitlin estaba encantadora mientras contemplaba la parte honda de la piscina.

—Una vez me llevé seis cajas de bolsas de aspiradora sin llevarme la aspiradora.

—¿En serio? —dijo Sarah, fascinada.

—Pero lo más raro…

Cuando Caitlin se detuvo, Sarah la animó a seguir.

—Venga, dilo. No me voy a reír.

—Una vez estaba tan cabreada que me llevé una bicicleta tándem.

Sarah abrió los ojos como platos y Caitlin se echó a reír.

—Venga, ríete —dijo Caitlin—. ¡Yo me parto cada vez que lo pienso!

Y así lo hicieron, mientras Sarah añadía:

—¡No sé qué es más increíble, que te llevaras la bici tándem o que llegarais a comprar una!

Caitlin se secó las lágrimas mientras la risa se apagaba.

—¿A que los divorcios son un coñazo?

—Podría vivir sin ellos.

En el silencio que siguió, Sarah notó que Caitlin la observaba con atención. Y se sentía sorprendentemente cómoda.

Entonces Caitlin habló en voz baja pero seria.

—Esos CDs son importantes para ti.

—Era cuestión de principios.

—Y de dolor.

—Eso también.

Mirando hacia abajo, Sarah dijo en voz baja: