Toluca #9 #3
—Son CDs estupendos. Los había coleccionado y catalogado con mucho esmero. Es buena música. Música romántica. Supongo que eran mi mayor tesoro. Mi ex me dijo que dejara la colección, que no me serviría de nada sin el equipo de música. Ni sin una novia con quien escucharlos.
—Ay.
—Sí, eso dolió.
Caitlin balanceó las rodillas de un lado a otro, rozando las de Sarah.
—No dejes nunca que ella ni nadie te diga qué es valioso para ti y qué no. Ella no te valoraba, ni valoraba lo que te importaba. Pero tú sí sabes lo que importa.
De repente, Sarah quiso abrazarla. La abrumaba que aquella mujer hermosa la comprendiera, que comprendiera lo que necesitaba, con tanta rapidez y facilidad.
Caitlin estaba tan cerca que Sarah percibía el aroma dulzón de la cerveza que había estado bebiendo.
Los reflejos ondulantes de la luz subacuática de la piscina bailaban sobre el rostro de Caitlin.
Durante unos segundos, mientras se miraban a los ojos, las palabras parecieron innecesarias. Sarah le sonrió a Caitlin, que le devolvió la sonrisa.
Cuando Sarah por fin apartó la mirada, recorrió el jardín con los ojos y exclamó:
—¡Madre mía! Se han ido todos.
—Es domingo por la noche. Mañana hay que trabajar.
Sarah miró el reloj.
—O hoy, más bien.
—Vaya, está muy oscuro.
La voz de Caitlin sonó grave y sensual.
—Apenas te veo.
Sarah se arriesgó y, tras vacilar un instante, se acercó más a Caitlin.
—¿Así mejor?
—Sí.
Caitlin hizo una pausa.
—Sabes, puede que estés asustada por toda esta nueva vida que has empezado, pero no se te nota.
Sarah bajó la mirada y removió los restos de cerveza en la lata.
—Pasar tiempo contigo me ha ayudado mucho. Me has ayudado a sentirme menos nerviosa.
La voz de Caitlin se volvió suave y dulce.
—¿Nerviosa por qué?
—Por esta ciudad tan temible que llaman Los Ángeles.
Sarah volvió a mirar a los cálidos ojos de Caitlin. El corazón le dio un vuelco.
—Lo creas o no, tú también me ayudas a sentirme menos nerviosa —dijo Caitlin.
—¿Cómo es eso?
—No es frecuente que me encuentre con una mujer atractiva y encantadora. Así que esta noche debería estar bastante nerviosa sentada aquí con esa combinación increíble.
—No tan increíble…
—No te subestimes —dijo Caitlin, cubriendo la mano de Sarah con la suya.
El contacto fue tan fugaz que Sarah no supo distinguir si la descarga que sintió era la emoción de que Caitlin la hubiera tocado o la decepción de que no durara más.
Inquieta e insegura, Sarah dijo al fin:
—Será mejor que suba.
Caitlin asintió y se levantó cuando lo hizo Sarah.
—Gracias por esta noche.
*
Sarah iba y venía por el salón dando pisotones, frustrada consigo misma.
Debería haberse quedado a hablar más con Caitlin.
A diferencia de su ex, había personas que de verdad eran agradables.
Y más que eso. Caitlin había despertado en ella una atracción que la tenía vibrando como un cable eléctrico caído en plena tormenta.
Todo su cuerpo hormigueaba mientras recordaba la velada y cada una de las palabras de Caitlin, sus sonrisas, su risa.
Caminaba de un lado a otro, llena de una energía contenida que no tenía adónde ir.
¿Por qué había terminado así la velada? ¡Ella y Caitlin estaban conectando!
Caitlin era tan guapa y agradable. No era insistente ni intimidante.
Era divertida y se interesaba de verdad por lo que Sarah decía.
¡Caitlin parecía tan a gusto, como si hubiera podido quedarse allí hablando con Sarah el resto de la noche!
Pero entonces estaría hecha un desastre a la mañana siguiente, en su primer día en el nuevo trabajo.
Su nuevo trabajo. ¡Dios mío! Un nuevo trabajo, un nuevo apartamento, una nueva vida.
Miró a su alrededor las pocas cosas dispersas por el apartamento, todas las posesiones que tenía en el mundo.
¿Qué hacía allí, en California? ¿Estaba tan segura de haber hecho lo correcto?
¿Y si el lunes resultaba ser una calamidad colosal?
Quizá no debería haberse mudado. Podría haberse quedado en Texas y haberse ido al otro lado de la ciudad.
Pero encontrarse con su ex habría sido un desastre.
Por otro lado, sus amigas la habrían apoyado.
¡Sus amigas! Angustiada por estar tan lejos de todas las personas que le importaban, cogió el teléfono, pero se dio cuenta de que era demasiado tarde en Texas para llamar a nadie.
¿Cómo iba a pasar la noche y los próximos días aterradores?
Maldiciendo su apresurada mudanza, iba y venía por la habitación hasta que un golpe suave en la puerta atravesó la penumbra.
Sarah abrió y se encontró a Caitlin en el umbral con dos pequeños altavoces de estantería, un sintonizador y un reproductor de CD apilados en los brazos, cables colgando por todas partes.
Caitlin se mordía ligeramente el labio inferior.
—Sé que es tarde, pero no quería que la noche terminara.
Entonces sonrió.
—¿Te apetece escuchar unos CD?
El corazón le dio un vuelco y, de pronto, el día de mañana ya no parecía tan aterrador. Sí, mudarse había sido una buena decisión. Toluca número nueve era exactamente donde quería estar. Y mientras sostenía la puerta bien abierta, se dio cuenta de algo más.
—No hay nada que me apetezca más en este momento.