Interceptores Capítulo 32
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Capítulo 32

«Riley Gerhard», anunció la megafonía.

Subió los escalones y fue hasta el centro del escenario.

El director Green le entregó un diploma, o al menos la funda vacía de uno, porque el de verdad llegaría por correo una semana más tarde.

Ella le estrechó la mano, se volvió y se detuvo un momento para que…

, ¡clic!, el fotógrafo le hiciera una foto.

«Justin Greggory».

Y en un abrir y cerrar de ojos, el momento de Riley terminó. Siguió hasta el otro extremo del escenario mientras la gente aplaudía a Justin.

Su mirada se dirigió al público mientras caminaba. Sus abuelos estaban allí, aplaudiéndole…, a no ser que hubieran tenido que ir al baño. Su amiga Silvia y la señora Vargas también habían asistido para celebrarlo con ella. Aparte de ellos, Riley no tenía muchos amigos en esa graduación.

La «tragedia», como se había acostumbrado a llamarlo cuando hablaba con su terapeuta, le había hecho perder un curso.

Cuando volvió al instituto para terminar el último año de secundaria, tuvo que hacerlo con los chicos que iban un curso por detrás.

A sus espaldas, la llamaban «Esquizo», un mote que, con el tiempo, pasó a ser «Esquizy Gerhard».

Al final, cuando la inteligencia no les dio para más, se quedó en «Esquizy G».

No habría sido un mal apodo —le parecía que sonaba a nombre de rapera— si no hubiera encerrado una pizca de verdad.

Porque, sí, Riley había tenido una crisis nerviosa.

Y todo el mundo lo sabía. Ella no recordaba gran cosa de lo ocurrido durante la semana en que murieron su madre y su padre.

Todo ese episodio de su vida estaba difuso, solo salpicado por algunos sueños vagos pero aterradores.

Bajó del escenario y volvió a su asiento. Sola. A su lado, otros graduados felices vitoreaban a sus compañeros de clase. Riley no conocía a ninguno. Y le daba exactamente igual.

Cuando llegó el momento, giró la borla de su birrete a la vez que el resto de su clase, lo lanzó al aire y gritó con los demás. Pero ese entusiasmo era forzado y vacío.

Luego se fue a comer con sus abuelos y con Silvia.

Ella había sido una buena amiga, pero Riley notaba que la distancia entre ambas no hacía sino crecer.

No tenían mucho de que hablar y Riley tampoco tenía ganas de hacer el esfuerzo.

Además, Silvia ya se había ido a la universidad y tenía un grupo de amigos nuevos y un montón de experiencias por descubrir.

Cada vez que quedaban, Riley sentía que era porque le tenía lástima.

Cuando acabaron de comer y Silvia regresó a su residencia de la Universidad de Virginia, Riley les pidió prestado el coche a sus abuelos.

Aunque tampoco se iban a enterar, porque todas las tardes se echaban una siesta de dos horas.

Pasar ese rato sentados en el auditorio del instituto ya los había dejado sin fuerzas.

Moby se subió al coche con ella. Aunque era una perra mayor, siempre estaba dispuesta a ir a cualquier parte si así podía estar con Riley. Juntas fueron al lugar favorito de la chica, el único en el que últimamente se sentía cómoda.

Tomó la autopista que ascendía hacia la montaña Shenandoah.

Junio era un buen mes, porque los días eran soleados y el mundo se teñía de un verde intenso; todavía no había empezado a amarillear por el calor del verano, que estaba a la vuelta de la esquina.

Cuanto más avanzaba, más tupida era la cobertura de los árboles, que acababan formando un verdadero dosel que cubría la carretera.

El sol se colaba a veces por los agujeros entre las ramas y creaba un reflejo que volvía peligrosas algunas de las curvas cerradas.

Pero merecía la pena por esas vistas.

Cuando se acercó al punto más alto, salió de la carretera y aparcó en un mirador con suelo de gravilla. El aparcamiento estaba vacío, como a ella le gustaba. De un tiempo a esa parte, prefería estar a su aire. Irónicamente, se sentía menos sola cuando nadie la acompañaba.

Sacó a Moby en brazos del viejo Buick de su abuelo y las dos juntas cruzaron el aparcamiento y se dirigieron al High Knob Trailhead.

Joe siempre le señalaba el sendero cuando hacían el trayecto entre las casas de sus padres.

Él siempre quiso ser guarda forestal o jefe de boy scouts, o dedicarse a algo que le permitiera estar al aire libre en el bosque.

Siempre le hablaba de que tenía muchas ganas de coger su mochila y sus bastones y hacer esa ruta.

Pero no pudo ser.

Y con el tiempo se había convertido en el lugar favorito de su hija. Siempre que caminaba a solas por el sendero, se sentía más cerca de sus padres.

Era una caminata corta y casi toda cuesta arriba. La montaña se extendía a ambos lados de la frontera entre Virginia y Virginia Occidental, y a lo largo del sendero, de vez en cuando, se abría entre los árboles una vista espectacular de los valles de los dos estados.

—Hola, soy yo —saludó a los árboles y al camino de tierra.

Le gustaba hablar mientras caminaba. Siempre lo hacía con su madre y su padre.

Les contaba cosas de su vida, de sus estudios, de sus amigos.

De las leves señales de demencia de la abuela y de que su abuelo se negaba a dejar de comer azúcar y carbohidratos pese a tener la diabetes tipo 2 descontrolada.

Y siempre les decía cuánto los echaba de menos.

—Acabo de salir de mi graduación —les contó ese día mientras caminaba, oyendo la gravilla crujir bajo sus pies—.

Y necesito consejo sobre la universidad.

—Se quedó callada un momento para recuperar el aliento, porque el sendero era muy empinado en esa zona—.

Creo que no me apetece ir a la Universidad Gonzaga.

Está muy lejos. Hace frío y allí no conozco a nadie.

Siguió caminando unos minutos en silencio. Solo oía el tintineo de las chapas que colgaban del collar de Moby, que iba trotando a su lado.

—Silvia me ha dicho que podría tomarme un año sabático y después volver a solicitar plaza en la Universidad de Virginia.

También es una buena universidad. Está cerca, así que podría venir mucho a ver a los abuelos.

Y a cuidar de Moby. Y… tengo muchos amigos aquí.

—Aunque, en el fondo, sabía que ya no eran tan amigos—. Es que… no quiero…

Riley no terminó la frase, aunque sabía lo que quería decir. Deseaba que todos esos amigos —o sea, sus antiguos amigos— vieran que no era más que una universitaria normal y corriente, y demostrarles a ellos, y también a sí misma, que no estaba loca. Que no era Esquizy G.

Pero no quería reconocerlo en voz alta.

Ni siquiera ante sus padres muertos.

Giró en un recodo y caminó los últimos metros cuesta arriba.

Los árboles quedaron atrás y ante ella se abrió una vista de las suaves y verdes colinas de Virginia en plena tarde brumosa y gris.

En ese claro rocoso había una vieja torre de vigilancia contraincendios.

Se elevaba seis metros sobre el suelo y estaba construida con granito gris y negro para que se fundiera con el paisaje.

Fue hasta la base. Subió por la escalera de madera marrón que rodeaba la torre. Sus botas resonaban sobre las tablas. Moby subía los escalones uno a uno, justo detrás de ella.

Al llegar a lo más alto, Riley se apoyó en una barandilla de madera medio rota y deteriorada por los elementos. Moby, a quien no le interesaban las vistas, se tumbó a los pies de Riley y aprovechó ese momento de descanso para lamerle la parte interna de la pierna.

Ella cerró los ojos, se inclinó hacia delante y dejó que la suave brisa le acariciara la cara y se le colara entre el pelo. Entonces le llegó esa voz, como le pasaba muchas veces cuando recorría ese camino hablando en voz alta.

—Vete. Vete lejos —le dijo.

Ya estaba. Iría a Gonzaga.

Abrió los ojos y miró a Moby. La perra dejó de darle lametones. Estiró las orejas y ladeó la cabeza, como si hubiera reconocido la voz que había llegado con la brisa.

—Vale. Gracias —contestó Riley.

La voz nunca era vaga. Sonaba dentro de su cabeza con total firmeza y claridad. Las palabras siempre eran breves. Una palabra corta o dos de vez en cuando. A veces poco más que un sí o un no.

No se atrevía a contarles a sus amigos ni a sus abuelos lo de esa voz.

Solo provocaría más cotilleos sobre Esquizy G.

Y mucho menos se lo iba a decir a su terapeuta.

Gracias al seguro de vida de su padre, tenía cobertura sanitaria de por vida; el único requisito era que tenía que acudir a unos profesionales específicos.

No le gustaba demasiado el terapeuta que le habían asignado desde el trabajo de su padre.

Y no confiaba en él. Había algo en ese hombre que le ponía los pelos de punta, como si alguien la estuviera observando o espiando.

Tal vez la voz tenía razón. Tal vez lo mejor era abandonar esa parte del país. Podría empezar de nuevo en Gonzaga, lejos de todos esos médicos y terapeutas de las sonrisas falsas.

Haría caso a la voz. Nunca le había aconsejado mal.

Después del funeral con el ataúd cerrado de su padre, aparecieron varios abogados de su empresa con acuerdos de confidencialidad y documentos de descargo de responsabilidad.

A cambio de su firma y de la promesa de que nunca hablaría del trabajo de su padre ni de las circunstancias de su muerte, le ofrecieron una cuantiosa indemnización.

Suficiente dinero para vivir cómodamente toda la vida.

Dudó antes de firmar. Todavía le quedaban preguntas sin respuesta. Demasiadas. ¿Cómo había muerto? ¿En qué trabajaba exactamente? ¿Por qué no le dejaron ver su cadáver?

Entonces también oyó la voz. Le dijo que firmara. Que cogiera el dinero. No que preguntara.

Lo hizo. Y parecía que todo había salido bien. El dinero apareció en su cuenta y no volvió a tener noticias de la Compañía.

La voz era su secreto. Suponía que se trataba de su subconsciente, que la guiaba para tomar decisiones más racionales y mejores.

Tenía sentido. Pero le gustaba pensar que se trataba de algo más.

Un ángel de la guarda. Sus padres se habían ido al cielo —o dondequiera que fuera la gente cuando moría— y la protegían desde allí.

Mientras tuviera a su ángel, jamás se sentiría sola. Siempre que necesitaba consejo, estaba ahí. Y eso la reconfortaba.

—Ten cuidado —dijo la voz de su padre—. Sé prudente.

Asintió, satisfecha, y se dio la vuelta y bajó los escalones, con Moby pisándole los talones.

No sabía cómo iban a ser las cosas en la Universidad Gonzaga. Ni siquiera tenía claro qué quería estudiar. Pero tenía tiempo de sobra para pensarlo mientras se divertía un poco e iba a unas cuantas fiestas. Era su oportunidad de empezar de cero, de reinventarse, y lo sabía.

Y también sabía que había tenido unos padres que la querían. Nunca se lo dijeron con esas palabras, pero no hacía falta porque lo sentía.

Y eso era suficiente.

Sonrió.

—Te quiero, mamá. Te quiero, papá.

Una leve respuesta le llegó desde las colinas.

La voz dijo:

—Igualmente.

Riley caminó de vuelta al coche. De repente se sentía muy emocionada ante esa nueva oportunidad y esa aventura en la vida. Una vez tomada la decisión, Riley estaba determinada a aprovecharla al máximo.