Epílogo
Javier Aguirre entró en el centro de control.
La supervisora de la Planta, Janet Hawthorne, cerró la puerta tras él y le señaló a los dos hombres sentados en los puestos de control.
—Seguro que te acuerdas de Adrian, nuestro operador de control. Y él es Phillip, nuestro experto en química —los presentó ella.
Los hombres se giraron e hicieron ademán de levantarse para estrecharle la mano.
El señor Aguirre les sonrió amablemente y les hizo un gesto para que siguieran sentados.
—No quiero distraeros. Solo he venido a ver una sesión.
Janet le señaló la plataforma que presidía la sala.
—¿Quieres agua? ¿Café? ¿Un refresco?
—No, estoy bien, gracias.
Aguirre subió a la plataforma y se sentó. Sacó la tableta y empezó a tomar notas, fingiendo que no observaba con atención el procedimiento.
—Cargad los estimulantes del caso 31198 —anunció Janet.
—Cargando estimulantes del caso 31198 —respondió el hombre que manejaba los controles—. ¿Quién va a ser nuestra Antena?
El inspector miró la enorme pantalla, que tenía abiertas ventanas con imágenes de varias celdas.
Las Antenas, que eran siete, estaban tumbadas en el suelo, con sus batas de hospital.
Los ojos hundidos miraban al infinito desde las cabezas rapadas.
Las manos, envueltas en las manoplas, se agitaban en el aire.
Janet miró la pantalla.
—Vamos a usar a la Antena 307 —propuso.
El operador de control seleccionó una ventana y amplió la imagen de la Antena 307, una mujer asiática.
Mientras llevaban a cabo los preparativos, Janet fue a sentarse junto al señor Aguirre.
Él sintió que se lo quedaba mirando, a la espera de que surgiera la oportunidad de iniciar una conversación.
Tal vez quería dejarle caer que su equipo no había librado ningún fin de semana ese mes.
También que tenían mucho trabajo y seguía faltándoles personal.
Y que todas sus solicitudes de equipamiento se perdían en el limbo de la central. Bla, bla, bla…
El señor Aguirre no apartó la vista de la tableta.
Le agradaba Janet. Hacía bien su trabajo.
Sus colegas la respetaban. Era una de esas empleadas que iban ascendiendo porque era más fácil cubrir los puestos con alguien de dentro, igual que había pasado con el supervisor de la última Planta, el Emplazamiento B.
Con suerte, si lo veía muy ocupado, no querría molestarlo con esas cosas.
Echaba de menos la primera Planta, el Emplazamiento A.
Estaba a solo una hora de su oficina de Washington D.
C. Se produjeron muchos fallos en el sistema, que entonces aún era muy experimental.
Nadie tenía ni idea de cómo hacer nada y todos estaban aprendiendo y resolviendo problemas sobre la marcha.
No había tanta presión de los de arriba para conseguir interceptaciones claras y tan rápido.
Se podían tomar su tiempo y hacer las cosas bien.
Por entonces, Javier Aguirre se sentía parte del equipo. Y consideraba a esa gente sus amigos.
Fue una pena que tuvieran que cerrarla y hacerla desaparecer.
Cargó el archivo de la supervisora de aquella Planta. Le gustaba de verdad. Era pura dinamita. Muy lista y con gran iniciativa. Graduada en West Point. La mejor supervisora con la que Aguirre había trabajado. La echaba de menos.
Miró su foto. El pelo largo y negro y los rasgos fuertes.
Estaba muerta. Se llamaba Claire Thompson.
Pero tenía que admitir que el nombre de «Bishop» le pegaba más.
Le parecía que había pasado mucho tiempo desde el Emplazamiento A.
Aunque la verdad era que también parecía que había pasado una eternidad desde el Emplazamiento B, el de Virginia Occidental.
El tiempo en ese trabajo pasaba superlento o superrápido; los días y las semanas se hacían largos con tanto viaje y tanto informe, siempre teniendo que ser el malo para los supervisores; pero los años pasaban volando.
No se podía creer todo lo que habían logrado en tan poco tiempo.
También le asombraba que ya estuvieran en el Emplazamiento C.
Ahora tenía que viajar hasta Carolina del Sur para asistir a las sesiones de sintonización.
Pronto empezaría a supervisar la construcción de los Emplazamientos D y E.
Y ya estaban buscando ubicaciones en Florida y en Nuevo México.
Nunca había dinero para contratar personal ni para hacer mejoras, pero sí presupuesto de sobra para expandir, expandir y expandir.
Y eso significaba que iba a tener que viajar aún más.
Pasaba muchas horas en la carretera.
Pero, bueno, la verdad era que le gustaba viajar.
Mientras todo se organizaba a su alrededor, Aguirre dio un toque en la pantalla para ver la foto del perfil del supervisor del Emplazamiento B, Joseph Allan Gerhard.
Joe era un buen tío. Amable, profesional. Bueno, eso era antes de que lo golpeara con una pantalla de ordenador en la cabeza y lo atara a una silla, claro. Capullo.
Se preguntó cómo le iría a Joe.
—Vamos a utilizar a la Antena 301 —propuso Aguirre y levantó la vista de la tableta.
Todos los del centro de control dudaron.
—Eh… No me parece una buena idea —dijo Janet, la supervisora.
—¿Por qué no?
—Lo utilizamos mucho. Me preocupa la sobrecarga. Es cierto que Feliz nos proporciona las interceptaciones más claras y más detalladas…
El señor Aguirre ladeó la cabeza.
—¿Feliz?
Janet tragó saliva y carraspeó, porque se dio cuenta de que había metido la pata.
—Eh…, sí. Cuando llegan aquí, vienen solo etiquetados con un número. Eso hacía que la comunicación entre los miembros del equipo médico resultara un poco confusa. Así que les hemos puesto identificadores.
—Ya veo. Y ese identificador, «Feliz», ¿de dónde ha salido?
—Bueno, son siete, así que…
—Los siete enanitos, claro. Muy ingenioso. ¿Y por qué habéis elegido Feliz para la Antena 301?
—Porque…, a pesar del alcance de sus lesiones…, siempre está sonriendo.
—¿Puedo verlo?
En la pantalla ampliaron la imagen de la Antena 301.
No llevaba bata de hospital, como las otras, sino que tenía el cuerpo cubierto de vendajes.
La carne que asomaba por debajo de esas vendas tenía cicatrices largas e irregulares.
En muchos sitios se veían tres o cuatro paralelas, del mismo grosor y separadas por la misma distancia, como si fueran producto de unas garras al arrancar la piel.
A pesar de ese estado lamentable, las comisuras de la boca de la Antena 301 se elevaban para mostrar una sonrisa. Como si supiera que la estaban observando, ladeó la cabeza y miró directamente a la cámara. Los ojos no daban vueltas, como los de las otras Antenas. Estaban fijos.
Y la sonrisa no desapareció.
Resultaba natural y rejalada, no una de esas muecas siniestras y retorcidas que aparecían en la cara de las otras Antenas. Transmitía satisfacción.
Era la sonrisa que un padre orgulloso le dedicaría a una hija que acababa de graduarse en el instituto y que iría a una estupenda universidad privada.
Una hija que había tenido que soportar muchas cosas y, sin embargo, las había superado con una fuerza y una seguridad en sí misma extraordinarias.
Una hija que tenía todo el derecho a compadecerse y a sentir remordimientos atroces, pero que se negaba a dejarse llevar por esos sentimientos.
Una hija cuyo padre le había fallado; pero, pese a esos errores, se había convertido en una persona mejor y más fuerte de lo que él fue jamás.
Una hija a la que él amaría siempre, más allá de las barreras físicas que le impusiera la realidad.
Siempre encontraría a su hija y la cuidaría, como le había prometido a su madre. La querría y la protegería hasta su último aliento.
Por eso su sonrisa era de pura felicidad.
El señor Aguirre tuvo que dejar de mirar a la Antena sonriente. Esa sonrisa lo ponía nervioso. Dejó la tableta en la mesa, se quitó las gafas y agachó la cabeza. Después se masajeó las sienes y la nuca.
Tal vez era por haberse quedado mirando fijamente a la Antena sonriente en la pantalla, porque trabajaba mucho y dormía poco, o por el estrés del trabajo; no lo sabía, pero notaba una especie de presión detrás de los ojos.
Confiaba en que se le pasara pronto, porque estaba sufriendo el peor dolor de cabeza de su vida. Qué raro.