Capítulo 31
Riley estaba sentada, inmóvil, en el sofá de cuero.
El sol había empezado a ponerse ahí fuera.
La noche volvía a caer sobre la casa. Riley había perdido la cuenta de los días que habían pasado desde que su padre salió por la puerta.
Hacía mucho tiempo. Había conseguido soportar una noche entera sola en ese sofá.
O tal vez ya habían pasado dos o tres. Los recuerdos y la realidad se mezclaban para formar una masa informe en su mente.
Descubrió que, si no bebía agua, no tenía que ir al baño. Así tenía que pasar menos veces por los puntos ciegos de la casa y se presentaban menos oportunidades de ver cosas. Y de acabar matándose. Así que ignoró la sed. Y el hambre. Y también la imperiosa necesidad de dormir.
No había visto nada fuera de lo normal desde que su padre se marchó, fuera cuando fuese.
Pero para ella solo tenía sentido que tal vez no había visto nada porque no se había movido del sofá.
Si ese era el caso, no tenía intención de cambiar de estrategia.
Así que siguió sentada en el sofá e intentó distraerse con lo que fuera que dieran en la televisión.
La principal noticia de los telediarios era que Estados Unidos había abatido a un importante traficante de armas en Estambul.
Se trataba de un ruso que abastecía a numerosos grupos terroristas.
Al parecer, lo habían localizado solo momentos antes de que completara la venta de veinte misiles teledirigidos, de los que pueden derribar un avión de pasajeros.
Y así habían evitado un gran atentado, incluso varios.
Los presentadores debatían si cometer un asesinato en un país extranjero era legal o rozaba la ilegalidad. A Riley le daba igual. El mundo era un lugar más seguro sin… ¿cómo se llamaba? Victor no sé qué. Un apellido ruso.
Estados Unidos se había coordinado con el Gobierno mexicano para detener al líder de un cártel.
El hombre había escapado de la prisión y llevaba escondido tres años.
También habían realizado un ataque con drones en Irak que había acabado con la vida de un tío que mantenía una web de propaganda terrorista.
Aunque Riley nunca veía las noticias, le parecía que ese día habían pasado muchas cosas importantes.
En la entrada, el picaporte giró y la puerta se abrió. La alarma emitió un pitido, pero alguien introdujo la clave y la silenció.
Riley levantó la vista, pero no se movió. Era el primer sonido anormal que oía desde hacía tiempo, así que no sabía si creérselo o no.
Varios hombres con pinta de duros entraron en la casa. Algunos fueron directos a donde estaba Riley, en el sofá. Lo rodearon y se plantaron delante de ella, como si estuvieran custodiándola. Ella no se movió. Solo observó sus movimientos con los ojos cansados.
Los demás hombres se desplegaron por la casa. Oyó que caminaban de un lado a otro, abrían puertas y revisaban habitaciones y armarios.
—¡Despejado! —gritó alguien.
Ella siguió mirándolos.
Los hombres que rodeaban a Riley relajaron la postura.
Formaron una especie de pasillo para que un hombre bajito, que parecía un topo y llevaba traje y gafas, entrara en la casa.
Él miró alrededor, examinando el lugar. Sus ojos tomaron nota de la presencia de Riley antes de seguir inspeccionando el resto del espacio.
Cuando pareció satisfecho de que todo estuviera en orden, giró la cabeza hacia la puerta abierta y se dio una palmada en el muslo.
—Ven, chica, vamos —llamó.
Uno de los hombres le pasó una correa por la puerta. El bajito de las gafas la cogió y le dio un tironcito.
Riley vio a una labradora negra que le resultaba familiar entrar vacilante en la casa.
La perra tenía el lomo arqueado, un gesto de miedo.
Riley lo reconoció. Si Moby estaba emocionada, como cuando veía una ardilla por la ventana, levantaba la cabeza y estiraba la cola.
Si tenía miedo, como durante las tormentas, hundía la cabeza y metía el rabo entre las piernas temblorosas.
A Riley le quedó claro que Moby estaba aterrorizada por tener que entrar en la casa. Tenía el cuerpo un poco girado, a punto de salir corriendo si la maldita correa no se lo impedía.
—Mira quién está aquí —dijo el hombre a la perra señalándole a Riley.
El animal levantó la cabeza. Vio a la chica en el sofá. La emoción se impuso al miedo y entró en la casa tirando de la correa hasta que el hombre la soltó. Entonces Moby, cuyas patas se movían tan rápido que resbalaba y derrapaba en el suelo de madera, fue corriendo con Riley.
Subió las dos patas delanteras al sofá e intentó ponerle la cabeza en el regazo.
Riley notó el contacto cálido de la cabeza peluda, pero casi ni reaccionó. Su mente exhausta no podía distinguir si se trataba de otro engaño. Empujó un poco a Moby para que bajara al suelo y siguió mirando al hombre de las gafas.
Él se acercó y sonrió con amabilidad.
—La encontraron los de la perrera —aclaró el hombre, señalando a Moby—. Han tardado un par de días en leerle el chip. Llamaron a tu padre al trabajo hace un rato. Dicen que la encontraron a ocho kilómetros de aquí. Se ha dado un buen paseo.
Giró la butaca de su padre y se sentó.
—Hola, Riley —saludó el hombre con educación—.
Perdona que te hayamos dejado aquí, sola, durante tanto tiempo.
Han sido un par de días muy complicados y todavía estamos en proceso de solucionarlo todo.
Atando los cabos sueltos. Me llamo Javier Aguirre, pero mis amigos me llaman Javi. Trabajo con tu padre.
Parecía estar examinando a Riley, como si esperara una respuesta o algún gesto por su parte. Pero ella no hizo nada.
—Puedes relajarte. Soy uno de los buenos.
Se quitó las gafas y se las limpió con la camisa.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí sola? —preguntó.
Riley se lo quedó mirando sin decir nada.
—Eres un poco tímida, ¿eh?
No respondió.
—Tengo que darte una notica bastante trágica —anunció él, y fijó la vista en el suelo.
Debió de darse cuenta de que había hecho una transición muy repentina, porque arrugó la frente y frunció los labios. Incluso con el cansancio, Riley notó que esos gestos de supuesta lástima eran falsos.
—Ha habido un accidente en la oficina de tu padre. Ha muerto mucha gente. Entre ellos, él.
Riley no reaccionó.
—¿Me has oído? Tu padre está muerto. Lo siento mucho.
—Hannah —susurró Riley—. ¿Puedo ver a Hannah?
—La doctora Chao también ha muerto. De verdad que lo siento —repitió.
Ella por fin lo miró a los ojos.
—Todos estamos muy afectados por la muerte de tu padre —continuó—. Después del fallecimiento de tu madre, sé que estás atravesando un momento muy estresante. He venido para solucionar este lío. Quiero arreglar las cosas hasta donde yo pueda. ¿Crees que podemos conseguir eso entre los dos?
Riley asintió levemente.
El señor Aguirre sonrió. Metió la mano en una bolsa que llevaba colgada y sacó una tableta. Escribió unas cuantas notas y miró a Riley.
—Tu amiga, Silvia Vargas, y su madre están muy preocupadas.
No han sabido nada de ti desde hace días y se han puesto en contacto con la policía local para asegurarse de que te encuentras bien.
Mira, debes entender que el trabajo que hacía tu padre era muy delicado.
Creo que lo mejor para todos sería dejar atrás estos últimos días y no involucrar a las autoridades.
Las investigaciones policiales solo ralentizan las cosas y no solucionan nada.
Me parece lo mejor y lo más fácil para todos, ¿no estás de acuerdo conmigo?
Riley no contestó, pero eso no pareció ser un problema para el señor Aguirre.
—Veo que todavía tienes a tus abuelos maternos. Por lo que he leído de ellos, parecen personas sencillas y fiables. Creo que te cuidarán bien. ¿Te gustaría ir a vivir con ellos?
Tampoco respondió a eso.
—En mi opinión médica, esto es un caso de estrés y nada más. Lo único que necesitas es dormir bien una noche entera.
Volvió a meter la mano en la bolsa y sacó un frasquito sin etiqueta. Se lo tendió a Riley y lo agitó un poco. Las pastillas que había dentro traquetearon.
—Si te tomas una cada doce horas durante los próximos tres días, dormirás como un tronco, te lo garantizo.
—Sonrió—. Uno de los efectos secundarios es que tu memoria a corto plazo puede volverse un poco borrosa.
Y que se te olviden los detalles de los últimos días.
Lo que ahora recuerdas parecerá algo salido de un sueño y desaparecerá enseguida.
Nada malo, créeme. Hemos avanzado mucho en nuestra comprensión del cerebro humano.
La ciencia no deja de mejorar. En pocos días, se te habrá olvidado toda esta experiencia y te sentirás mucho mejor.
Riley miró el frasco y luego la cara sonriente del señor Aguirre. Esa sonrisa era tensa. Tenía la frente cubierta de sudor por los nervios. No hizo ademán de coger el frasquito.
—Hay otra opción, por supuesto —continuó Aguirre, tras dejar de sonreír—.
Gracias al seguro de salud de tu padre, podemos enviarte a un centro especializado.
Sin coste alguno. Yo conozco varios. Ofrecen una atención excelente las veinticuatro horas.
Podemos mantenerte en observación y profundizar en lo que está pasando ahí dentro —dijo señalando la cabeza de Riley—.
Informaremos a los Vargas, a tus abuelos y, por supuesto, a las demás personas importantes en tu vida.
Les diremos que estás… descansando. Intentarán ponerse en contacto contigo y puede que haya un poco de revuelo, pero nos aseguraremos de que no te molesten.
Nos ocuparemos de que tengas paz y tranquilidad.
Lo que tú quieras. Personalmente, creo que esta otra…
—dijo mientras volvía a agitar el frasco— es la mejor opción para todos. Pero es tu decisión.
Fue entonces cuando Riley lo oyó.
Una voz.
Pero no era la de la mujer.
Era de hombre.
La voz de su padre.
No eran palabras, en realidad, sino más bien un impulso, o una emoción, que hablaba dentro de su cabeza y atravesaba toda la maraña de pensamientos a medio formar que no hacían más que dar vueltas ahí dentro.
La voz alejó la neblina de su mente cansada y la sustituyó por una claridad que Riley había olvidado que existía.
Sintió que le suplicaba, que le rogaba. Notó su terror, su desesperación y su tristeza. Pero Riley se negó a confiar en esa voz y se concentró en volver a silenciarla.
Entonces emergió en su mente un recuerdo tan claro como si alguien acabara de encender un proyector para reproducir una película ante sus ojos. No podía apagarlo, apartarlo ni ignorarlo.
Era un recuerdo de despertarse en una cama grande.
A su lado estaba su madre, que soltó un gruñido sin llegar a despertarse y se acurrucó un poco más bajo las mantas.
En esa imagen, el mundo parecía extraño y distorsionado.
Reconoció la casa y la habitación de sus padres, pero la veía de forma diferente a como la había visto siempre.
Entonces entendió que ese recuerdo no era algo que hubieran visto sus ojos, sino los de su padre.
A través de ellos vio el recorrido de puntillas desde el dormitorio y por el pasillo.
Cuando llegó al comedor, se vio a sí misma, con cinco años y la cara cubierta de pecas, dando vueltas con un vestido de fiesta brillante mientras pegaba un saltito, emocionada por la mesa de desayuno que había preparado, en la que también esperaba una tarjeta que decía: «¡Feliz día del Padre! ».
En ese recuerdo, Riley notó que le ponían una mano en la cintura. Al volverse, encontró a su madre. Llevaba una camiseta vieja y unos pantalones de pijama rojos que siempre se ponía para dormir. El pelo largo y oscuro, despeinado, le caía sobre los hombros con una belleza natural y elegante.
Su madre sonrió y abrazó a su padre.
—Feliz día del Padre —exclamó.
Riley sintió que la inundaba una sensación de felicidad.
Como una olla que llevaba mucho tiempo al fuego y por fin rompía a hervir, las emociones salieron de ella en forma de lágrimas, que empezaron a caer lentamente.
Enseguida se convirtieron en sollozos en ese sofá ante el que montaba guardia una docena de hombres armados.
La voz, tan suave como una brisa entre las ramas de los árboles, dijo: «Coge las pastillas. Olvídalo todo, por favor, Riley».
Era su padre; ya no tenía duda. La voz la llenó de un amor mucho más profundo y real que cualquier horror o pesadilla.
Dirigió la mirada a Moby, que estaba sentada en el suelo, observándola. Tenía las orejas levantadas y la cabeza ladeada. Parecía que ella también había oído algo, pero no percibió miedo en su reacción, solo familiaridad.
Estiró la mano y acarició la cabeza del animal, sintiendo el pelo suave y limpio. Creía que era el perro que conocía desde hacía años. Y también que la voz que había oído coincidía con la que le era familiar.
Así que tomó el frasco de pastillas de la mano de Aguirre.
Abrió la tapa, cogió una y se la metió en la boca.
Quería levantar la vista para ver cómo reaccionaba Aguirre y descubrir si su rostro delataba alivio o indiferencia. Pero se le cerraron los ojos y se quedó dormida al instante, allí mismo en el sofá.