Capítulo 30
—El gas se está disipando, papi. El dolor volverá pronto.
Incluso en plena oscuridad, Joe reconoció la voz, que era la de Riley.
Tenía esa entonación distante, pero a esas alturas él ya no recordaba el tiempo en que su voz tenía vida.
Sabía que alguna vez la tuvo. Era una niña festiva y muy enérgica.
Incluso en las malas épocas, o tal vez sobre todo en ellas, Riley siempre mantuvo esa alegría en su voz y en sus gestos. Incluso en su forma de andar.
Joe apenas recordaba a esa Riley.
—Abre los ojos, papi. Ya puedes ver.
Sus párpados se abrieron despacio. Una luz cegadora le atravesó los ojos, obligándolo a cerrarlos de nuevo.
—No pasa nada —continuó la voz—. Mira ahora. Quiero hablar contigo, antes de que empieces a sentir de verdad el dolor.
Joe se obligó a abrir los ojos otra vez.
Había mucha luz, demasiada para distinguir formas y colores.
Pero empezó a reducirse. A pesar de que su campo de visión estaba lleno de zonas difusas de luz y sombra, distinguió que seguía boca arriba sobre el suelo acolchado, mirando al techo blanco de una de las celdas.
Las sombras que lo rodeaban no eran eso, en realidad, sino hombres y mujeres que estaban ahí de pie, observándolo. Las Antenas. Se balanceaban y se retorcían. De vez en cuando, a alguna le daba un espasmo violento en el brazo. Pero, en general, se limitaban a quedarse ahí de pie, mirándolo.
Sus ojos se adaptaron y vio las batas rotas y manchadas de sangre.
Todas excepto una. Una de ellas no tenía sangre en la ropa.
Tenía el pelo largo y castaño, no la cabeza rapada, como el resto.
Y mientras las demás se balanceaban y se sacudían, esa mujer —o esa chica— estaba de pie, quieta y muy erguida.
Era Riley.
Pero Joe sabía que no era ella.
Le dedicó una sonrisa amable cuando él logró fijar la vista lo suficiente para mirarla. Las Antenas que tenía al lado también hicieron una mueca que podía describirse como una especie de sonrisa.
—¿Ya lo sientes? —preguntó—. El dolor.
Joe giró la cabeza hacia un lado y miró hacia abajo para mirarse.
—No mires. No te va a servir de nada —recomendó ella.
Lo hizo de todas formas. A pesar de que todo estaba borroso, vio su cuerpo convertido en una carnicería roja y sanguinolenta.
Le habían arrancado la ropa. Y la piel le colgaba de las piernas, de los brazos y del pecho.
Le habían dejado la carne al aire, con mucho cuidado de no profundizar demasiado.
No le habían arrancado los órganos ni los nervios, como les habían hecho a los demás.
Habían rodeado las arterias sin romperlas.
A pesar de que había mucha sangre, no se iba a desangrar. Estaba vivo. Muy vivo.
Ver la imagen de su cuerpo mutilado pareció reconectarlo con los receptores del dolor. Sus terminaciones nerviosas intactas volvieron a enviar señales al cerebro. Los espasmos lo consumieron, lo desbordaron, lo debilitaron. No podía gritar ni llorar. Era demasiado.
Su cuerpo y su mente se desactivaron.
Como si apagara un interruptor, regresó a la cómoda oscuridad de la inconsciencia.
Pero solo pudo ocultarse en ese lugar libre de dolor durante un segundo.
Las caras pálidas y curiosas de las Antenas aparecieron en la oscuridad. Esas caras retorcidas y descarnadas abrieron la boca y chillaron. El grito fue tan agudo que reverberó en su subconsciente y le atravesó el cerebro hasta que volvió a abrir los ojos y de nuevo despertó.
El dolor lo inundó, como si varias presas reventaran en su cuerpo. Se tensó e intentó resistirse.
Mientras lo hacía, Riley no dejaba de sonreírle.
—No puedes dejarte llevar por el sueño para huir de nosotras —aseguró—. Podemos encontrarte. Siempre te encontraremos. Así que quédate aquí, con nosotras.
Joe se mordió el labio mientras intentaba contener las convulsiones que le recorrían la piel deshecha.
—Gracias por liberarnos —continuó ella.
Y entonces, como unos faros que se aproximan por una carretera en plena tormenta, un pensamiento logró atravesar su agonía.
Lo comprendió. Mientras ese pensamiento le ocupaba la mente, el dolor, por insoportable que fuera, le parecía casi tolerable.
Sintió que la paz se instalaba en su cuerpo, como una manta que reducía la marea ardiente que le subía y bajaba por la piel.
—¿Por qué sonríes? —preguntó ella.
Él no era consciente de que lo estaba haciendo.
—¿No… no me puedes leer la mente? —contestó, intentando mantener la voz tranquila.
Ella negó con la cabeza.
—Hemos visto lo mismo que tú. Y podemos hacerte ver lo que queramos que veas.
Bishop construyó un portal en el fondo de tu mente, un lugar por el que entra lo que percibes del mundo.
Cuando ella se fue, nos dio la llave. Vemos muchas cosas, pero no vemos lo que hay dentro de tu mente. Así que, dinos, ¿por qué sonríes?
—Riley —contestó.
—¿Qué pasa con Riley?
—Era una alucinación, ¿verdad? Nunca estuvo ahí fuera. La conversación en la camioneta… nunca sucedió.
—No.
—To… todo lo que pasó con ella… Lo de los ojos… Lo de morderse la lengua… Todo lo hicisteis vosotras, ¿no?
—Sí.
La respiración de Joe se volvió más fácil y tranquila.
Ya podía morirse tranquilo. Lo habían manipulado.
Habían jugado con su mente. Ya podía morirse, porque sabía que su hija estaba a salvo.
Debían de haber implantado las mismas visiones en Hannah.
O tal vez todas esas conversaciones con ella también fueron alucinaciones.
Si le preguntaba a Hannah, a la de verdad, sobre su charla con Riley en su casa la noche anterior, ella lo miraría sin entender nada y le juraría que no había habido ninguna interacción.
¿Hasta dónde llegaban sus mentiras?
¿Cuánto tiempo llevaban manipulando sus percepciones?
¿De verdad había llamado el director del instituto de Riley para decirle que Kate estaba muerta?
¿Estaba muerta en realidad?
¿De verdad había ido al pueblo donde vivía para recogerla en casa de su amiga?
Todos esos archivos que Chuck le había enviado sobre el suicidio de Kate… ¿Estaba todo en su cabeza, sin más?
Pero ya nada de eso importaba. Lo único importante era que, en su casa de Linville, Kate seguramente acababa de sacar la cena del microondas y la había llevado a la mesa.
Riley acabaría de llegar del entrenamiento de sóftbol, muerta de hambre y cansada.
Unos mechones se le escaparían de las trenzas y se le pegarían al sudor seco de la cara y del cuello.
Mientras cenaban, tendrían una breve conversación en la que Kate solo podría sacarle un par de respuestas a Riley.
Unos días después, se enteraría de que su padre había muerto en un accidente laboral.
Habría un funeral. Lloraría por él. Y después, con la ayuda de su madre, seguiría con su vida e iría a la universidad.
Los ojos de Joe se llenaron de lágrimas. Notaba la oscuridad que venía a por él, la vida abandonando su cuerpo, como si no fuera más que un charco de agua que se filtraba en la tierra. Había muchas cosas que le habría gustado decirle a Riley, pero había perdido su oportunidad.
Al menos estaba a salvo.
Entonces decidió decírselas a quienes estaban en esa celda, con la esperanza de que los sonidos y los pensamientos que había detrás de esas palabras acabaran llegándole a su hija.
—Riley… —Su voz sonaba cada vez más baja—. Lo siento mucho. Por todo. Debería haber pasado más tiempo contigo. Haber sido mejor padre. Pórtate bien con tu madre. Te quiere mucho. Que te quedes con Kate es lo mejor. Ella…
—Pero ¿qué es lo que crees que ha ocurrido? —preguntó la persona que se parecía a Riley—. Tu mujer está muerta —contestó con voz monótona—. Se suicidó.
La visión de Joe empezó a emborronarse de nuevo. No sabía si había soñado lo que ella acababa de decir. Mientras la fuerza y la vida se le escurrían entre los dedos, intentó desesperadamente aferrarse a la conciencia, bloquear el dolor y aguantar lo suficiente para obtener algunas respuestas.
—Tu hija está donde la dejaste esta mañana —continuó la mujer—. En el sofá de tu casa.
Todo había sido real.
Riley había pasado por un infierno. Por culpa de Joe.
—¿Por qué? —dijo con dificultad—. ¿Por… por qué le habé… habéis hecho es… esto a ella?
La que se parecía a Riley se agachó.
—Bishop vio cuánto querías a tu hija. Y le recordó a una hija que tal vez ella tuvo también. Una que no recordaba, pero que todavía quería. Riley era una forma de llegar hasta ti. Tú eres quien controla este sitio. Eras el único que podía liberarnos.
—Pero podría… haberse colado en mi mente. ¿Por qué Riley? ¿Por qué torturarla a ella? ¿Y por qué Kate?
Joe parpadeó.
La visión de Riley desapareció.
Solo quedaron las Antenas.
—¿Por qué? ¿Por qué hacerle esto a Riley? —repitió.
La respuesta no salió de una sola boca; fue un coro que sonó en la cabeza de Joe:
«El dolor físico es fugaz. La mente lo bloquea todo lo que puede.
Pero hay dolores más profundos. Que permanecen.
Se quedan contigo en la oscuridad y la mente no puede desconectarse de ellos.
Un dolor como el que te produce ver sufrir a tu familia.
O el de saber que han sufrido por tu culpa.
Ese dolor no te abandona nunca —dijeron todas las voces al unísono—.
No lo consideres un castigo, sino un don.
El dolor será tu ayuda para mantenerte a flote en la oscuridad.
Será tu luz. Utilízalo para encontrar tu camino, Joe Gerhard».
Las Antenas dejaron de balancearse y se quedaron quietas. Cerraron los ojos y levantaron la cabeza. Era como si estuvieran anticipando algo con ganas.
Algo que estaba a punto de ocurrir.
Tyler y sus hombres salieron de la escalera y avanzaron por el pasillo del nivel dos. Comprobaron que la mayoría de las celdas estaban vacías, aunque ya no confiaban en lo que veían sus ojos.
Avanzaban en un grupo compacto. Dos de ellos iban caminando hacia atrás para vigilar la retaguardia. Ese avance con tanta cautela era dolorosamente lento. Iban barriendo cada centímetro con los ojos y las armas.
Cuando se acercaron a la celda de Ferro, Tyler miró por la ventana y vio que todas las Antenas estaban dentro, con los ojos cerrados y la cabeza hacia arriba.
Les hizo un gesto a sus hombres para que lo siguieran.
La puerta estaba abierta. No encontraron resistencia. El jefe de seguridad dirigió a sus hombres a través de la cámara de sellado hasta el acceso a la celda, que tampoco estaba cerrado.
En el suelo vieron a Joe. Todo el cuerpo, del cuello para abajo, lo tenía desollado y abierto, pero todavía se movía y lo oyeron gemir.
Tyler se paró en la puerta. Todas las Antenas giraron la cabeza, abrieron los ojos y lo miraron, pero ninguna hizo ni el más mínimo movimiento para ir hacia él. No había nada agresivo en su postura.
—Joe —dijo Tyler para romper el silencio—, ¿eres tú de verdad?
Esperaba que esas palabras sacaran a las Antenas de su inmovilidad y así le dieran una excusa para ejecutarlas a todas. Pero siguieron allí inmóviles.
—¿Qué hacemos, señor? —preguntó uno de sus hombres. Notó el temblor de su voz.
—¿Gerhard? —dijo el jefe de seguridad de nuevo.
—¿Crees que es el de verdad? —preguntó alguien.
Lo que quedaba de ese hombre que estaba en el suelo miró a Tyler. Sus ojos tenían una expresión triste. Sí que parecía Joe.
—Mátalas —dijo el supervisor con un hilo de voz—. Mátalas a todas.
Tyler no estaba seguro de si la voz era de Joe o se la habían implantado en la cabeza, pero, de pronto, lo único que le parecía real eran las balas de su arma.
No dijo nada, solo disparó.
Disparos aislados. Controlados. A la cabeza.
¡Pum!
¡Pum!
¡Pum!
Joe vio las salpicaduras de sangre.
Y a las Antenas cayendo, una por una.
Las miró a los ojos cuando los cuerpos caían al suelo.
Llenos de paz.
Agradecidos.
Liberados.
Enseguida todas las Antenas quedaron en el suelo junto a Joe. Ninguna se movía.
El coro de voces volvió a colarse en su mente justo cuando estaba a punto de perder la conciencia.
«Adiós, Joe Gerhard».
Y desaparecieron.