Interceptores Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—Es Tyler —anunció al ver a sus salvadores por el estrecho resquicio. Entonces abrió la puerta de par en par.

Tyler oyó un ruido que llegaba desde la sala de descanso, el de un objeto grande arrastrado por el suelo.

Hizo una señal a su equipo para que fuera en esa dirección.

Cuando se acercaron, la puerta se abrió un poco.

Y después lo hizo de par en par.

Ferro salió corriendo de la sala de descanso.

Fue hacia Tyler.

Tenía los brazos extendidos.

Los ojos desorbitados.

La bata de hospital colgaba, hecha jirones cubiertos de sangre, de su cuerpo desnudo y huesudo.

Abrió la boca y soltó un grito como el de una banshee . Sus manos, que eran como garras, fueron a por él.

Por puro instinto, Tyler levantó el arma y disparó directamente a la cara enloquecida de Ferro, que no dejaba de gritar. La bala salió por detrás de la cabeza y ella cayó al suelo, inerte.

¡PUM!

Hannah vio la bala salir por la nuca de Nick Aguta, llevándose consigo un buen trozo de cráneo.

Se quedó con la boca abierta por la total confusión mientras veía que los regueros de sangre manchaban la pared beis, un trozo de masa cerebral caía al suelo y el cuerpo del médico en prácticas se desplomaba hacia atrás.

En cierto modo, Hannah sabía perfectamente lo que las Antenas habían hecho y seguían haciendo.

Pero, como un disco duro roto, su mente exhausta no dejaba de dar vueltas, sabiendo que, aunque la respuesta estaba oculta en alguna parte, era inaccesible para ella.

Por eso, durante esos segundos cruciales, solo se quedó mirando, como todos los que estaban en la habitación, quienes habían asumido que había ocurrido un accidente.

Algunos trabajadores levantaron las manos porque debieron de creer que un guardia asustado había disparado el arma por error y que lo más seguro era no moverse.

Todos se quedaron allí de pie sin hacer nada.

La puerta se abrió de nuevo.

Tyler pasó por encima del cadáver de Nick Aguta.

Tyler pasó por encima del cadáver de Ferro y miró al interior de la sala de descanso.

—¡Aquí! —gritó a sus hombres—. ¡Están aquí!

La sangre empapaba el interior de la sala. Había cuerpos tirados sobre las mesas y las sillas. Todas las Antenas estaban allí, atacando a los trabajadores. Clavaban las uñas en el abdomen de alguien, hundían los dedos en los ojos de otro, le arrancaban el brazo al siguiente.

Los que seguían vivos gritaban por la agonía cuando les arrancaban las extremidades y las tiraban a unos montones enormes.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! —ordenó a sus hombres.

Todos entraron en la sala.

Hannah, como todos los demás, se había quedado inmóvil en su posición.

El equipo de seguridad se desplegó por la habitación, con las armas en alto y listas para disparar.

Hannah les vio los ojos tras las máscaras.

No eran las expresiones confiadas de unos rescatadores; tenían los ojos muy abiertos por el shock que les causaba lo que presenciaban.

Las pupilas no paraban de moverse, descubriendo nuevos horrores en cada esquina.

Se les había acelerado la respiración en el poquísimo tiempo transcurrido desde que habían entrado en la sala y se les veían las caras cubiertas de sudor bajo las máscaras.

Esos hombres estaban aterrorizados.

Mientras todos los demás trabajadores se quedaban donde estaban, mudos, Hannah se tiró al suelo y se escondió bajo una mesa. Al instante…

¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

Una ráfaga de balas de media docena de rifles de asalto barrió toda la sala.

Impactaron en hombres y mujeres: médicos, celadores, ingenieros y limpiadores.

La lluvia de disparos se desató con tal rapidez que algunas personas recibieron tres, cuatro, cinco o seis impactos antes de que la gravedad hiciera caer los cuerpos al suelo.

Incluso entonces, otra ráfaga remató los cadáveres con una precisión mortal y certera.

—¡Parad! ¡Parad! —gritó Hannah mientras los cuerpos se desplomaban a su alrededor.

Vio la expresión en la cara de sus colegas al caer: el shock y la confusión, que fueron sustituidos de inmediato por el dolor y el miedo.

—Tyler, ¿qué estás haciendo? —chilló tras recuperar la voz.

Los disparos seguían arrasando la sala, concentrándose en los grupos de gente que intentaban correr o esconderse. Las balas no tardaban en encontrar su objetivo.

—¡ES UNA ALUCINACIÓN! —chilló la doctora.

Tyler oyó el grito de Hannah, pero fue incapaz de procesarlo.

Miró a su alrededor. Sus hombres disparaban contra lo que parecía una multitud de Antenas. Pero, cuando miró al suelo, todo lo que vio fueron los cuerpos de sus compañeros, cosidos a balazos, que gritaban y suplicaban, aterrorizados.

—¡ALTO EL FUEGO! —gritó Tyler—. ¡ALTO EL FUEGO!

Los disparos se ralentizaron.

El sonido rebotaba en el estrecho espacio de hormigón. Tardó unos segundos en detenerse del todo. Una fina capa de pólvora flotaba en el aire y tardó un poco en despejarse.

Cuando desapareció, vieron la realidad.

No había ni una Antena en la sala. Solo hombres y mujeres, muertos o agonizantes, tirados en el suelo.

Ejecutados por Tyler y sus hombres.