Interceptores Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

A diferencia del centro de control, que estaba en penumbra, el pasillo estaba tan bien iluminado como siempre. Las luces fluorescentes del techo se reflejaban en las paredes de cemento beis. Pero toda esa luz solo destacaba aún más la magnitud de la masacre.

A juzgar por el torso rechoncho con camisa hawaiana que había en el centro del pasillo, Chuck no había sobrevivido.

Alguien lo había agarrado por detrás. Le habían roto la camisa por la espalda y arrancado trozos de la columna y de las costillas, que después habían lanzado por allí.

La cabeza, los brazos y las piernas estaban separados del cuerpo y desperdigados por el pasillo.

Las paredes beis estaban cubiertas de salpicaduras de sangre, aunque de forma irregular.

Algunas secciones y puertas estaban tan empapadas de líquido rojo que era como si les hubieran dado una capa de pintura.

De la pared de enfrente, la que tenía varios carteles grandes que recordaban al personal la importancia de la discreción, caían grandes regueros.

Había un charco rojo debajo del montón de carne con la camisa hawaiana.

Un rastro de huellas indicaba que unos pies descalzos habían pisado la sangre, recorrido el pasillo y luego regresado para comprobar todas las puertas.

Las huellas sangrientas reproducían el caos de un cuadro de Jackson Pollock; había cientos de ellas, seguramente de docenas de pies humanos retorcidos que resbalaban.

—Avanzad con precaución —ordenó Tyler, aunque sus hombres no necesitaban que les diera esa instrucción.

Recorrieron el pasillo.

—Comprobad las puertas —dijo.

Sus guardias obedecieron.

Había manchas de sangre en muchas de las manillas.

Al parecer, después de desmembrar a Chuck, las Antenas habían intentado abrir las puertas de las oficinas de ese pasillo.

El jefe vio marcas de dedos cubiertos de sangre, de cuando habían intentado clavar las uñas en esas puertas macizas.

También habían intentado derribarlas estrellándose contra ellas, en un desesperado intento de llegar hasta quien estuviera al otro lado.

Se veían uñas en la base de alguna puerta. Las Antenas las habían arañado con tanta fuerza que se las habían arrancado y ni se habían dado cuenta.

Los hombres de Tyler siguieron por el pasillo, probando las manillas de las puertas al pasar.

Cerrada.

Cerrada.

Cerrada.

Tyler probó la de la oficina del equipo médico. Cerrada. Llamó con los nudillos. El fuerte ruido resonó en el pasillo en silencio.

—Seguridad, ¿hay alguien ahí? —preguntó en voz baja.

Nada.

Paso a paso, girando constantemente la cabeza para mirar hacia atrás, Tyler siguió con su equipo por el pasillo.

Hannah sabía que seguramente estaba en shock.

Se había acurrucado en un rincón de la sala de descanso, agradecida de poder apoyar la espalda en dos paredes sólidas. El resto del personal —unas treinta personas— estaba sentado en las mesas, en silencio, o hacía guardia junto al frigorífico con el que habían bloqueado la puerta.

Nadie hablaba con Hannah.

Nadie decía nada.

Hasta el más mínimo movimiento de alguien en su silla provocaba un chirrido de metal contra el linóleo que parecía ensordecedor. Enseguida treinta pares de ojos rebosantes de miedo y enfado atravesaban al culpable para que no hiciera más ruido.

Todo el mundo estaba haciendo lo que podía para no hablar ni emitir ningún sonido.

Nadie quería preguntar a Hannah qué había ocurrido en el pasillo antes de que oyeran sus gritos y golpes en la puerta, y abrieran para dejarla entrar.

Antes de que vieran sus ojos desorbitados, su cara cubierta de sangre, las marcas de arañazos en su brazo derecho, que había logrado liberar de alguien que la sujetaba.

La doctora se fue a un rincón y se sentó. Y no se había movido desde entonces.

Las cosas que había visto que le hacían a Chuck…

Las que le habrían hecho a ella…

Chuck solo iba tres pasos por detrás.

Solo tres pasos lo habían hecho más vulnerable.

Una de ellas lo agarró por la camisa. Y lo siguiente que vio Hannah fue cómo todas se lanzaban sobre él. Y después los trozos de su cuerpo volando por todas partes.

No lo mataron solamente. Quisieron hacerle daño con una furia y una maldad que no existían en la naturaleza. «Esto es lo que hemos creado», pensó. Algo que está fuera de los límites naturales.

Hizo todo lo que pudo por no pensar en ello y se concentró en sus manos.

Temblaban. Por mucho que se las sujetara y se las masajeara, no paraban de temblar.

Respirar se había vuelto complicadísimo.

Se quedaba sentada y quieta unos segundos y entonces se daba cuenta de que se había olvidado de respirar.

Luego hiperventilaba; sus pulmones tomaban enormes bocanadas de aire demasiado rápido para que su cuerpo pudiera procesarlas.

Era incapaz de realizar la función corporal más sencilla e inconsciente.

Así que se centró en la respiración; al menos así tenía algo en lo que pensar. Le sirvió para apartar de su mente lo que acababa de presenciar.

De repente, varias personas en la sala levantaron la vista. ¿Habrían oído algo?

Todo el mundo contuvo la respiración.

Sí, era alguien llamando a una puerta en el otro extremo del pasillo.

Oyeron una voz fuera, cerca del centro de control.

—Seguridad, ¿hay alguien ahí?

Surgió un murmullo de esperanza entre los trabajadores.

Los golpes en las puertas se acercaban. La ayuda estaba a punto de llegar.

Algunos de los hombres que estaban junto a la puerta empezaron a desplazar el frigorífico que habían colocado como barricada.

—Cuidado —dijo Hannah con un hilo de voz—. No confiéis en nada de lo que veáis u oigáis —advirtió.

Nadie le hizo caso.

Todos se acercaron a la puerta, a sus rescatadores.

—Esperad…, esperad… —insistió.

Era como uno de esos sueños que había tenido tantas veces desde que murió su hija. Ella gritaba pidiendo ayuda, pero su voz no era lo bastante fuerte y nadie la oía. Pero Hannah sabía que no estaba soñando. Estaba muy despierta.

Intentó levantarse del suelo.

Para cuando lo consiguió, ya habían apartado el frigorífico.

Nick Aguta, el médico en prácticas del departamento de Hannah, entreabrió la puerta para echar un vistazo.