Capítulo 29
La visión de Joe iba y venía.
A veces era borrosa, pero distinguía formas, sombras y luces.
Durante un rato, las sombras amorfas se apoderaban de todo e invadían su visión hasta que no quedaba nada más que oscuridad.
Estuvo así todo el rato que se quedó tirado en la puerta de la celda de Ferro.
Todavía había gas en el nivel dos, pero se dispersaba en bolsas irregulares que pasaban flotando junto a Joe.
Estaba decidido a escapar de ese suelo maldito al que parecía estar pegado. Se concentró. Su mente ordenó a las manos que se apoyaran bien para poder impulsar su peso y despegarlo de la superficie acolchada.
Lo pensó.
Se imaginó el movimiento.
Fue ordenando a cada parte de su cuerpo que se moviera, músculo por músculo, hueso por hueso y tendón por tendón.
Pero el brazo derecho seguía encogido bajo su cuerpo en el lugar donde había caído. El izquierdo se movía a veces, pero no de forma coordinada; solo se agitaba sin ton ni son a su lado.
Intentó hacer lo mismo con sus piernas. Levantarse. Dar una patada. Girar el tobillo. Cualquier cosa.
Tal vez se movían o pataleaban sin parar, pero no lo sintió porque volvió la oscuridad.
Joe volvió a recuperar la visión. ¿Cuánto tiempo había pasado?
Debía de haber una bolsa de oxígeno limpio que le estaba recorriendo el sistema, porque pudo pensar con más claridad de lo que lo había hecho desde que se le rompió la máscara.
Todavía veía borroso, pero distinguía formas y colores un poco apagados.
Se le ocurrió que, si contenía la respiración, podría aprovechar esa libertad sensorial para salir de allí en dirección a las escaleras.
Entonces una de esas formas, esas extrañas sombras que se cernían sobre él, se hizo más grande al acercarse y se interpuso en su camino de huida.
Era una Antena.
Joe intentó adivinar cuál era. Tal vez se trataba de una de las débiles y podría enfrentarse a ella y llegar a las escaleras. Parecía una mujer. Caucásica. Pero su visión no era lo bastante buena como para distinguirle la cara.
De repente, volvió la oscuridad, como si alguien hubiera pulsado un interruptor de atenuación en sus ojos y estuviera bajando la luz. La silueta corrió hacia él. No podía mover los músculos.
Su visión se volvió borrosa…
Cada vez más…
Y más…
En el último momento de conciencia, recordó el sueño de la noche anterior. En él, intentaba esconder un cadáver en la cámara frigorífica de una tienda. Kate se acercó, le rodeó los hombros con el brazo y le susurró al oído. Acababa de recordar lo que le había dicho.
Ella tenía el cuerpo tenso, como si estuviera a punto de advertirle algo importante, pero su voz sonó relajada. Le dijo: «Me voy a ir por una temporada. Cuida a Riley por mí».
Y se marchó.
Joe apartó ese sueño de su mente e intentó centrarse en su visión. Miró el zócalo gris de vinilo que unía la pared al suelo. Fijó los ojos en una unión concreta de ese zócalo, con la esperanza de que así obligaría a su visión a permanecer conectada a la realidad.
Pero la unión gris se expandió y se distorsionó. Pareció extenderse y crecer hasta que el velo de oscuridad le envolvió otra vez los ojos.
Y todo se tornó negro.
Era una oscuridad profunda, diferente a ninguna otra que hubiera experimentado.
Cuando tenía veintidós años, le reventó el apéndice.
Fue al hospital y le pusieron anestesia para la cirugía.
Recordaba haber cerrado los ojos y a los médicos diciéndole que contara hacia atrás desde cien.
Cuando los volvió a abrir, habían transcurrido varias horas y ya le habían practicado la cirugía.
No recordaba nada. Era como si hubieran transportado su conciencia directamente al futuro.
Pero esto era diferente.
Esta vez, aunque sus sentidos parecían suspendidos en el abismo oscuro de un océano caliente, su mente seguía despierta y alerta.
En esa oscuridad, daba la sensación de que se abría una puerta en su mente y todos sus pensamientos le llenaban la cabeza.
Pensaba en Riley. En Bishop. Recuerdos de acampadas.
Sueños con Kate. Todo volvía a la vez, en tromba, mezclándose y solapándose.
Se dijo que tenía que concentrarse. Se imaginó cerrando las puertas de la mente, bloqueando las imágenes de los sesos de Kate esparcidos por un lateral de su casa y de aquella vez en que se le inundó la tienda durante una tormenta.
Intentó contar los segundos con la esperanza de que tener algo que hacer lo ayudara a concentrarse.
«Uno… Dos… Tres… Cuatro… Cinco… Seis…».
La visión regresó.
El mundo era diferente. Luminoso. Había mucha luz. Ya no estaba tumbado boca abajo en el suelo. No había linóleo con motas negras. Era todo blanco. Blanco puro. Poco a poco fue enfocando esa blancura brillante. Empezó a distinguir los bordes.
Era un techo. Estaba mirando al techo de una de las celdas. Alguien lo había llevado a una y lo había dejado boca arriba.
¿Solo había estado desconectado durante seis segundos?
Ordenó a los ojos que miraran a su alrededor para tratar de orientarse. Para su sorpresa, le respondieron. El primer sitio donde posó su mirada, o más bien que lo atrajo, fue su pecho.
Había dos Antenas inclinadas sobre su torso.
Movían las manos y los dedos de forma muy rápida y decidida.
Escarbaban, arrancaban. Un espeso líquido rojo volaba por todas partes antes de caer y salpicarle a Joe en la cara.
Tardó un momento en apartar del todo esa niebla de su mente y darse cuenta de lo obvio: eran su carne y su sangre las que le estaban arrancando del cuerpo. Pero Joe no sentía nada.
—Hola, Joe Gerhard —dijo una voz femenina. Parecía provenir del interior de su propia cabeza. Sabía que era la voz de Riley, aunque también estaba seguro de que no podía ser ella—. Bienvenido a nuestro mundo —continuó la voz.
Y de repente, como si hubieran pulsado un interruptor… CLIC… Todos sus sentidos volvieron a activarse.
Entonces sintió el dolor.
Tyler soltó una maldición entre dientes.
No le gustaban mucho las alturas ni la oscuridad. Pero ahí estaba, bajando lo más rápido que podía los peldaños de una escalera metálica que llevaba a un estrecho túnel de acceso de hormigón. Desde allí solo tenía que seguir bajando unos cinco pisos hasta llegar al fondo.
La máscara de oxígeno restringía la visión y hacía que la respiración resonara en los oídos, lo que no mejoraba su claustrofobia.
Aun así, Tyler y sus hombres siguieron descendiendo esos peldaños incrustados en el muro de hormigón, una mano y un pie cada vez.
Bajaban rápido, con cuidado de no pisarle los dedos al que tenían debajo.
Pero nada era lo bastante rápido para Tyler.
A su equipo le había llevado demasiado tiempo escalar la valla y acceder al conducto de emergencia.
La trampilla se abría con un código y tuvieron que llamar a la central para obtenerlo.
Solo para eso necesitaron varios minutos, mientras las distintas operadoras iban pasando la llamada —y la responsabilidad— de unos a otros.
Con toda la planificación, las duplicaciones innecesarias y los protocolos que había en ese sitio, lo único que nadie había previsto era que el supervisor de la Planta se encerrara y dejara fuera a su propio equipo de seguridad.
El sistema había fallado y todas las medidas de seguridad solo entorpecían la labor de los guardias que tenían la misión de restablecer la seguridad.
Y Tyler sabía muy bien a quién le iban a echar la culpa.
No sería a los burócratas ni a los cerebritos que habían diseñado ese laberinto de protocolos y procedimientos.
No, se decantarían por lo que hacían siempre.
Encontrarían al peón de mayor rango y dirían: «El jefe de seguridad fue el que la cagó.
Si no fuera un traidor incompetente, todos nuestros complejos diseños habrían funcionado a la perfección».
El jefe de seguridad tenía todo el cuerpo tenso por la furia. Si encontraba a Gerhard, le iba a pegar un tiro en el estómago. Pero no podía seguir soñando despierto con eso. Un peldaño tras otro, Tyler fue llevando a sus hombres a lo más profundo de ese conducto que era un abismo negro.
Tras varios minutos más de descenso vertiginoso, Tyler vio un «1» pintado en la pared. Habló por su walkie-talkie .
—Hemos llegado a la puerta de acceso del nivel uno —anunció.
Los hombres que estaban más arriba detuvieron el descenso.
Tyler se giró hasta quedar de costado. Había una puerta hermética que sobresalía de la pared, pero en el conducto no había espacio para maniobrar.
Se había diseñado para realizar el mantenimiento en caso de que un fallo eléctrico inhabilitara el ascensor, no para una incursión armada.
No había sitio para que un hombre abriera la puerta y otro entrara con el arma por delante. Tyler tendría que hacerlo solo.
Con una mano todavía sujeta al peldaño de la escalera, extendió la otra y agarró la manivela que bloqueaba la puerta. La giró. El metal chirrió con fuerza por falta de lubricación.
Cuando la puerta se desbloqueó, Tyler la abrió, sacó su arma y la cruzó arrastrándose…
Salió justo debajo de la enorme mesa de aperitivos del centro de control.
Se arrastró para salir.
Sus hombres lo siguieron, uno tras otro, y se desplegaron por la sala con las armas listas y barriendo el espacio con los haces de las linternas.
El centro de control estaba en silencio y a oscuras.
Las pantallas estaban en negro. Una calma sobrecogedora reinaba en la habitación.
Incluso cuando Tyler pasaba por ahí, en sus rondas de seguridad a altas horas de la noche, después de que la mayoría del personal de la Planta se hubiera marchado a casa, ese lugar nunca le había parecido tan abandonado como en ese momento.
Hizo una señal a sus hombres para que lo siguieran.
Se reunieron alrededor de la puerta. Con la mano en el picaporte, el jefe la abrió de un tirón. Sus hombres salieron y se desplegaron por el pasillo del nivel uno. Tyler los siguió justo después.
Y entonces vio la carnicería.