Capítulo 28 #3
Llevado por el miedo, ya había inhalado varias veces el aire tóxico de la celda.
Incluso con los tubos cortados, el gas que quedaba allí dentro era suficiente para debilitar su cuerpo.
Agitó los brazos, pero no logró golpear a Ferro ni defenderse.
Intentó apartarla con un empujón, pero sus extremidades no parecían comunicarse bien con su cerebro.
Sus manos se movieron en el aire, intentando empujarla o incluso darle un puñetazo.
Mientras tanto, Ferro fue a por Tariq con una furia muy bien dirigida.
La mezcla de gas y oxígeno de la celda era suficiente para dejar sin fuerzas a Tariq, pero, en el caso de Ferro, parecía que su mente estaba más conectada con su cuerpo de lo que lo había estado en muchos años.
Lo veía todo. Se había reencontrado con sus sentidos y sus músculos.
Y eso confería a sus movimientos una rapidez que Tariq no podía igualar ni mucho menos contrarrestar.
Solo bastaron un par de intentos para que sus manos atravesaran las tristes defensas de Tariq y se las clavara en la cara.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —logró pedir, pero ya empezaba a arrastrar las palabras.
Los dedos de Ferro se dirigieron a los ojos del químico.
Los hundió hasta el fondo. A pesar de que el aire de la celda le congelaba los músculos, sin duda lo sintió.
Soltó un chillido tan violento que tuvo que destrozarle la garganta.
Era el tipo de grito que Joe solo había oído a las Antenas, y en raras ocasiones, cuando estaban en los peores momentos del proceso de sintonización.
Ferro, que tenía bien sujeto el cráneo con los dedos hundidos en la cuenca de los ojos, lo levantó y le estrelló la cabeza con fuerza contra la puerta.
No había forma de saber si estaba muerto, pero Tariq dejó de gritar.
Ocurrió tan rápido que casi todo había terminado cuando Joe logró ponerse de pie.
Este vio que Ferro, que ya había acabado con Tariq, cogía la tarjeta identificativa que el chico tenía en la mano y se levantaba del suelo.
Salió tambaleándose de la celda y entró en la cámara de sellado.
Pasó al lado de Joe, sin verlo o sin molestarse por su presencia.
Todo su cuerpo se balanceaba y se sacudía.
Aunque había recuperado el control de los músculos, parecía que los tenía tan atrofiados que no llegaba a moverlos bien del todo.
Con gran concentración, Ferro consiguió que su mano se quedara quieta el tiempo suficiente para pasar la tarjeta de Tariq por el sensor.
La luz verde parpadeó. Y la puerta se abrió.
Ferro cruzó al otro lado y salió trastabillando al pasillo.
Joe la agarró del brazo para frenarla. Ella intentó zafarse y a él le sorprendió la fuerza que aún quedaba en esas extremidades huesudas. Entonces empezó un tira y afloja entre los dos, con el brazo de Ferro haciendo las veces de cuerda.
Joe tiró con fuerza y hacia un lado. Oyó un fuerte crac cuando el antebrazo de Ferro se rompió a la altura del codo.
Incluso con el hueso atravesándole la piel, el dolor que debía de sentir no la frenó, como habría hecho con una persona normal.
Lo encajó y siguió peleando. Era como si ya estuviera funcionando a su máximo nivel de tolerancia al dolor y cualquier sensación adicional le resultara insignificante en comparación.
Ignoró el hueso que le colgaba del brazo y siguió tirando para salir por la puerta.
Joe soltó el miembro roto e intentó agarrarla por otra parte más firme.
—¡Hannah! —gritó en dirección al pasillo.
Entonces Ferro se giró. Agarró con la mano buena el borde de la puerta y golpeó a Joe en la cabeza con ella.
Él cayó al suelo.
Se le nubló la vista.
Vio que Ferro recorría el pasillo hacia la siguiente celda. Pasó la tarjeta de Tariq por el lector.
Joe intentó ponerse de pie, pero, en cuanto consiguió levantarse del suelo, las piernas se tambalearon, como si estuvieran hechas de goma blanda.
Consiguió dar un paso vacilante antes de que le fallaran y volviera a caer al suelo.
No notó las yemas de los dedos cuando apoyó las manos para intentar alzarse de nuevo.
—Hann… —Al tratar de gritar para pedir ayuda a la doctora, se dio cuenta de que la lengua se movía sin fuerza por la boca y los labios dormidos no eran capaces de formar sílabas.
Aunque se esforzaba por pronunciar las palabras, solo podía oírlas como si llegaran desde muy lejos.
Empezó a ver un gris que crecía en la periferia de su campo de visión, pero entonces algo llamó su atención.
Una línea que había aparecido frente a sus ojos.
Con el poco control corporal que le quedaba, fijó la vista en esa línea.
Era una grieta que atravesaba la máscara de arriba abajo, en el lugar donde Ferro le había golpeado la cabeza con la puerta.
Su máscara estaba rota y el gas que salía por las puertas abiertas se colaba en su flujo de aire.
Al entender eso, volvió a ordenar a su cuerpo que se levantara.
A sus brazos, que lo impulsaran para apartarse del suelo.
A su boca, que gritara.
Y a sus ojos, que permanecieran alertas y abiertos.
Como la oscuridad ya estaba invadiendo sus sentidos, no sabía qué orden había llegado a su destino, si es que lo había hecho alguna.
Desde el otro extremo del pasillo, Hannah observó, horrorizada, que Ferro salía de su celda y le daba a Joe en la cabeza con la puerta.
—¿Qué coño está pasando? —preguntó Chuck, a su lado.
Se dio la vuelta hacia la escalera. Él no era un héroe, ni mucho menos. No parecía tener la intención de ir a ayudar a Joe ni de detener a Ferro. Y sin su apoyo, Hannah tampoco se veía haciendo nada de eso.
Pero ambos se quedaron petrificados al lado de la escalera.
—Se han metido en la cabeza de Tariq —explicó Hannah.
—¿Qué?
—Le estaban provocando alucinaciones. Lo han engañado para que abriera la celda.
—No pueden hacer eso.
—¡Joder, lo acaban de hacer!
—Pero ¿cómo?
—No lo sé. —Hannah tenía la boca abierta por el asombro y el miedo—. Este debe de ser el rato más largo que han estado sin los efectos del gas. Es el momento de mayor control de sus sentidos y de su cuerpo.
Se quedaron allí viendo cómo Ferro iba renqueando hasta la celda que había al otro lado del pasillo.
El brazo roto, con el hueso asomando a través de la piel, ahora sangraba, dejando un rastro de gotas en el suelo, y le colgaba inerte al costado.
Pero ella no parecía notarlo ni le prestaba atención.
Con un objetivo claro, fue hasta la celda de su compañera, pasó la tarjeta de Tariq y desapareció en el interior de la cámara de sellado.
—Tenemos que rescatar a Joe y salir de aquí —dijo Hannah.
Dio unos pasos por el pasillo. Chuck la siguió a regañadientes. No habían avanzado mucho cuando Ferro salió con su paso irregular, seguida de cerca por otra Antena, Crowe.
Continuó su camino hacia la celda siguiente y abrió esa puerta.
—Está liberando a las demás —exclamó Hannah. En su voz se notaba que acababa de entenderlo todo—. Ese era su plan. Se han coordinado. Necesitaban que Joe les quitara a todas el gas para poder moverse.
—Oye, Hannah. —Chuck señaló a Crowe.
La Antena era tan frágil como las otras, pero era alta; su estructura ósea debió de servir para soportar un cuerpo fuerte.
La doctora a veces intentaba adivinar cómo había sido la vida anterior de cada Antena y en qué trabajaba, y siempre le dio la sensación de que Crowe había sido soldado o atleta profesional.
Tenía ese tipo de cuerpo. Por eso, con esas extremidades largas y fibrosas y los fuertes pómulos, tan pronunciados que hacían que sus cuencas oculares parecieran profundos cráteres, era la más intimidante de todas las Antenas.
Y en ese momento los estaba mirando fijamente.
Tras tantos años de observar los ojos de las Antenas dando vueltas sin sentido, ver esas miradas totalmente cambiadas y centradas en un objetivo hizo que a Hannah se le quedara el aire atascado en la garganta.
Levantó la mano por instinto, como haría si tuviera delante un animal salvaje.
No sabía qué decir, pero abrió la boca de todas formas.
Podría disculparse. O intentar calmarlo con un simple «Tranquilo… ».
Pero no logró decir nada. Tampoco había ninguna señal de que Crowe fuera capaz de mantener una conversación.
Cuando miró esos ojos hundidos, lo único humano que vio en ellos fue esa emoción tan propia de las personas que es la venganza.
Al mirar esos ojos, supo que no existían explicación ni disculpa que pudieran satisfacer a ese hombre.
—¿Eso es una alucinación? —preguntó Chuck, trayendo de nuevo a Hannah al presente.
—No lo sé.
Se abrió otra puerta y Ferro salió con otra Antena. Esta era mujer y latina. La llamaban Vasquez.
Esa nueva Antena se unió a Crowe.
Las dos se quedaron en el pasillo, mirando a Hannah y Chuck.
Las manoplas de protección, que se habían quitado a mordiscos, les colgaban de las muñecas hechas pedazos.
Estiraban los dedos, que asomaban por los agujeros como si fueran gatos que probaban las garras.
Las Antenas parecieron compartir pensamientos.
Sus movimientos estaban perfectamente sincronizados.
En el mismo instante, Crowe y Vasquez apretaron el paso hacia Chuck y Hannah con su forma balanceante y espasmódica de desplazarse.
—¡Corre! —gritó Hannah y se dirigió a la escalera.
Chuck, que tenía los reflejos un poco más lentos, se volvió y la siguió.
Las Antenas también corrían.
Excepto Ferro.
Ella fue a abrir otra de las celdas.