Interceptores Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Era imposible bloquearlo. Fue como si ese ruido se quedara pegado al equipo de Joe. Podía ver que su peso les hundía los hombros y les encorvaba el cuerpo en señal de derrota.

Cuando Tariq cortó el último tubo, todos se dieron la vuelta y regresaron junto a Joe. Vio sus caras tras las máscaras. Cenicientas. Exhaustas. Parecían zombis que, entre los gritos, avanzaban arrastrando los pies, como si los rodeara un lodo denso y opresivo.

Joe se guardó la pistola en los pantalones.

Ya no la necesitaba. Y no quería decirle a su gente que, aunque era evidente que había colado un arma en la planta durante los últimos días de la construcción, lo que no había introducido eran balas.

Tras la pelea con Kate por el arma, fue a lo más profundo del bosque y disparó hasta que agotó toda la munición.

Y después, como último acto de rebeldía contra su mujer, decidió que conservaría la pistola, aunque solo fuera para tenerla guardada en un archivador del trabajo.

Su intención era disculparse con su equipo, sobre todo con Hannah, cuando volvieran al centro de control.

—Ahora vamos todos con calma a esperar a que Tyler llegue hasta aquí —les explicó.

Y abrió la puerta.

Hannah y Chuck salieron al pasillo principal.

El último en hacerlo fue Tariq.

El químico estaba deseando volver a su despacho.

Desde que consiguió ese maldito trabajo, el sitio que más odiaba de todos era el nivel dos.

No le importaba tener que vigilar a las Antenas de forma remota, mediante las cámaras y los indicadores; siempre podía silenciar el vídeo cuando se ponían a gritar.

Eso le permitía desconectar del trabajo diario, en el que, para ser sinceros, se dedicaban a torturar a la gente por el bien de la seguridad nacional.

Pero estar físicamente en el nivel dos lo volvía todo demasiado real para él.

El olor de la lejía que enmascaraba el de las heces.

El runrún de sus gemidos, salpicado de un grito aleatorio e inesperado.

Y verlos… ¡Puaj! A él le parecía que era como estar al mismo tiempo en una institución mental, una cárcel y una morgue repleta de cadáveres.

Lo detestaba.

Desde que cortó el primer tubo, Tariq empezó a sentir un horrible dolor de cabeza.

Su visión se emborronó un poco y empezó a oír todo un tanto amortiguado.

Pensó que era el efecto de la pistola con la que su jefe le apuntaba a la cabeza.

Todo lo que había pasado parecía parte de una ensoñación. Se alegraba de que hubiera terminado.

Las buenas noticias eran que, como Gerhard estaba haciendo cosas tan raras, había muchas posibilidades de que Aguirre —y cualquier otro inspector que enviara la central— no acabara despidiendo a Tariq.

No le importaba mucho el trabajo en sí, pero tenía un buen sueldo y algunas ventajas.

Confió en que el punzante dolor de cabeza que sentía se debiera al día tan estresante que había tenido y nada más.

Dios, estaba deseando volver a su mesa y tomarse un ibuprofeno.

Al salir del pasillo de mantenimiento al principal, estuvo a punto de ir en sentido contrario. Debió de desorientarse, porque esperaba que la escalera estuviera a su izquierda, pero por ahí se iba al pasillo que llevaba a las distintas celdas.

El lugar empezó a darle vueltas y notó cierto vértigo.

La sensación se pasó enseguida. Esperaba que sus colegas no se hubieran fijado en su pequeña vacilación para reubicarse.

Quizá se encontraba así porque no estaba acostumbrado a la máscara de oxígeno.

Se empañaba y le nublaba la vista. No sabía por qué, pero no lograba respirar con normalidad con ella puesta; pasaba de dejar de respirar a hacerlo a grandes bocanadas.

¿Cómo hacían los pobres desgraciados que trabajaban allí abajo, todo el día con esos trajes especiales, para no volverse locos?

Tariq estaba encantado de no tener que volver a hacer ese tipo de tareas de mierda.

Estaba a punto de girar hacia las escaleras cuando, casi sin darse cuenta, echó un vistazo al pasillo. Se había hecho un silencio antinatural. En realidad, todo era silencio.

¿Habían muerto las Antenas por fin?

Cuando Tariq miró, se le paró el corazón…

Las puertas de todas las celdas estaban abiertas.

¿Qué demonios había pasado?

¿Por qué coño estaban abiertas esas puertas?

Tariq confiaba en que hubiera alguna explicación lógica, pero entonces oyó uno de esos suaves gemidos.

Contuvo la respiración.

A su lado, Joe y los demás miraban al pasillo sin decir nada.

Entonces Ferro salió de una de las celdas del fondo.

Se había arrancado la bata. Se clavaba los dedos en los hombros desnudos y en los pechos mientras alternaba los espasmos y la rigidez.

Las manoplas protectoras que le cubrían las manos estaban hechas jirones, seguramente por la acción de sus dientes, porque se veían hilos colgándole de la boca.

Y entonces se dio la vuelta.

En todo el tiempo que Tariq llevaba trabajando allí, en las infinitas horas que había pasado observando a las Antenas, nunca antes había establecido contacto visual con una de ellas.

Hasta ese preciso momento.

Miró a Ferro, que le devolvió la mirada. Y estaba más que claro que lo veía.

—Mierda —murmuró.

Ferro soltó uno de esos aullidos.

Y, con un paso irregular y renqueante, echó a correr por el pasillo hacia él. Su cuerpo se agitaba y se retorcía, y sacudía los brazos.

Esos gritos parecieron atraer a las otras Antenas. A medida que Ferro pasaba ante las puertas, las demás salían al pasillo. Chillando y autolesionándose, avanzaron, se unieron a ella y todas juntas corrieron hacia donde estaban Tariq y los demás.

Era una estampida por el pasillo.

La de unos reclusos que, liberados de repente de sus ataduras, arremetían aullando y sedientos de sangre.

—¡Vamos, vamos, vamos! —grito Tariq.

Joe y los demás se habían quedado petrificados mirando a la horda acercarse a ellos.

Tariq los empujó y echó a correr hacia la escalera.

Tiró de la puerta, pero no se abrió. Metió la mano en el bolsillo y sacó su tarjeta con dedos torpes. No paraba de temblarle cuando la pasó por el escáner.

Miró detrás de él y vio a las Antenas abalanzarse sobre Joe, Chuck y Hannah. Los tiraron al suelo, les clavaron las uñas y arrancaron grandes trozos de carne de los cuerpos de sus colegas.

Joe gritó, pero su voz parecía llegarle desde muy lejos.

—¡Tariq! ¡Tariq, espera!

Un clic, una luz verde y la puerta que tenía delante se abrió, justo cuando una de las Antenas estaba a punto de agarrarlo por el hombro.

Entró y corrió.

Pero delante de él apareció otra puerta sellada y cerrada.

No había dos puertas para llegar a la escalera, ¿verdad?

Notó una mano en el hombro.

Se giró y se zafó de quienquiera que fuera.

Pasó su tarjeta por la segunda puerta y la abrió de un tirón.

La mano volvió a agarrarlo, pero consiguió liberarse.

—¡Tariq! ¿Qué coño estás haciendo? —le gritó alguien.

Él no tenía intención de parar. Cruzó la puerta para llegar a la escalera…

Pero no era la escalera.

Esperaba encontrarse con unos escalones de metal grises que, en la penumbra, ascendían a través de un abismo de hormigón. Pero tuvo que entornar los ojos, porque la intensa luz fluorescente se reflejaba en las paredes blancas y en el suelo.

Se quedó ahí y parpadeó, confundido.

No estaba en la escalera.

Se había metido en una de las celdas de las Antenas.

—¡Tariq! ¿Qué coño estás haciendo? —gritó Joe.

En cuanto salieron del pasillo de mantenimiento, Tariq empezó a tropezar por todas partes, como si fuera un niño con los ojos tapados al que le hubieran dado vueltas para que golpeara una piñata.

Y entonces había salido corriendo hacia la celda más cercana, en cuya puerta intentaba pasar su identificación.

Todos le gritaron que se detuviera, pero él continuó.

Solo cuando Tariq los miró por encima del hombro, Joe se dio cuenta de lo que ocurría.

Lo vio en sus ojos. El chico los estaba mirando, pero no los veía.

Tariq estaba viendo otra cosa totalmente distinta que, fuera lo que fuera, lo tenía muerto de miedo.

Era la misma expresión de pavor, de puro terror, que había visto cruzar la cara de Riley.

Joe corrió hacia él e intentó agarrarlo antes de que le diera tiempo a abrir la segunda puerta estanca, pero Tariq lo empujó y lo tiró al suelo.

Cuando logró volver a ponerse de pie, ya era demasiado tarde.

Tariq había utilizado su identificación para abrir la puerta de la celda de Ferro.

Durante un momento, el tiempo pareció detenerse. Vio a Tariq parado en medio de la celda. El químico miró alrededor y se dio cuenta de algo, pero pareció que no acababa de comprender su significado. Ese no era el sitio al que creía haber entrado. No era en absoluto lo que Tariq esperaba encontrar.

Mientras estaba allí, confundido, intentando encajar las piezas en su mente, Ferro se abalanzó sobre él.

Con su peso hizo que cayera en el hueco de la puerta.

Se desplomaron juntos al suelo. La puerta intentó cerrarse, pero los dos cuerpos enredados se lo impedían.

De algún modo, Tariq pareció recuperar la conciencia. Intentó quitarse a Ferro de encima, pero seguía confuso. Sus débiles intentos de apartarla no eran suficientes ante la furia de las manos que iban a por su cara.

Ferro todavía tenía las manoplas protectoras sujetas a las muñecas, pero las había despedazado. Los dedos sobresalían por unos agujeros que evidentemente había abierto con los dientes.

En unos instantes, los dedos encontraron su objetivo. Agarró la máscara de oxígeno y se la arrancó de la cara. A Tariq le llegaron la comprensión y el pánico al mismo tiempo.

Joe lo vio en la cara del chico; acababa de darse cuenta de que estaba luchando por sobrevivir.

Pero ya era demasiado tarde.