Interceptores Capítulo 28
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Capítulo 28

Tyler sintió que un sudor caliente, producto de los nervios, le cubría los brazos y la espalda.

Una calma tensa reinaba en el vestíbulo y todos los miembros del personal de seguridad tenían los ojos fijos en él. Pasó su tarjeta por la consola del ascensor por enésima vez. Y, de nuevo, parpadeó la lucecita roja y sonó un timbre irritante: ¡PIII!

El ascensor. Las cámaras. Lo habían desactivado todo.

—¿Hemos recuperado ya los monitores? —preguntó a los chicos que estaban en la zona de vídeo.

—Sigue todo negro.

Tyler soltó una maldición. Hacía días que allí estaban pasando cosas raras, pero había hecho la vista gorda porque consideraba a Joe su amigo.

Cuando estaba en las Fuerzas Aéreas, él también era así, capaz de saltarse un poco las normas para proteger a sus compañeros.

Se hacía la vista gorda porque todos estaban en el mismo barco.

¿Cuántos detalles había ignorado esa semana? ¿Cuántas veces había dejado pasar acciones cuestionables, como si fuera un robot, porque asumía que todo el mundo tenía el mismo objetivo?

La rebelión de Bishop…

Las alucinaciones de la hija de Joe…

Los reinicios sin autorización que le ordenó…

La «sugerencia» del supervisor de que situara a todos sus hombres en el vestíbulo en vez de abajo por una «cuestión de imagen»…

Joder.

Tal vez, solo tal vez, esa extraña interrupción de las comunicaciones y el bloqueo de seguridad estaban debidamente autorizados y la central no lo iba a poner entre la espada y la pared por eso. Tal vez todo pasara sin consecuencias.

O tal vez el supervisor de la Planta se había rebelado.

Y, en cuanto Tyler lo detuviera —o lo matara—, se iniciaría una investigación en la que quedaría al descubierto la concatenación de negligencias del jefe de seguridad durante esa semana.

Y, si los interrogatorios y las investigaciones se acumulaban, se dio cuenta de que lo último que quería era que sus hombres dijeran que se había quedado sentado como un tonto, mano sobre mano, mientras el supervisor de la Planta hacía sabía Dios qué con las Antenas de abajo.

Su decisión era fácil.

A la mierda.

Inspiró hondo y se alejó del ascensor.

—Phillips, llama a la central. Y encuentra a alguien que pueda invalidar las órdenes de Gerhard.

El guardia cogió el teléfono y se puso a marcar.

Sabía que a Phillips lo pasarían con tres operadores y cinco secretarias antes de contactar con alguien con la autoridad suficiente para encargarse del problema sin tener que pedir mil permisos.

Y, aun así, era probable que el pez gordo les dijera: «Envío un equipo. Tardará dos horas en llegar».

Por eso Tyler volvió a su garita.

—Martinez, Robinson, Wells y Harrell, poneos los trajes.

Abrió una taquilla, y sacó un equipo de oxígeno y una linterna. Se puso la máscara y cogió un rifle. Sus hombres volvieron a sus puestos para equiparse.

El jefe de seguridad fue hasta la entrada. Entonces miró al vestíbulo y azuzó a sus hombres.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Moveos!

Ellos se apresuraron a seguirlo. El chute de adrenalina los había puesto en movimiento. Tras años de mirar máquinas de rayos X y realizar simulacros, de repente se los veía con un objetivo y cierta urgencia. A la mayoría se les veía una expresión de seria determinación en la cara.

Tyler abrió la puerta principal y salió corriendo al exterior.

Sus hombres lo siguieron.

Cruzaron corriendo la entrada y el aparcamiento.

Dieron la vuelta al edificio y se dirigieron a toda velocidad hasta las antenas de satélite y las torres que había a unos cien metros.

Todo ese equipo se encontraba en un recinto protegido por una gruesa valla metálica.

El jefe pasó su identificación por el lector, pero volvió a parpadear la luz roja. «Deshabilitado».

—Vamos a saltar —dijo.

Se agachó y unió las manos para formar un estribo.

Martinez fue el primero en llegar, así que apoyó el pie en las manos que esperaban y Tyler lo impulsó hacia arriba.

Se agarró a la parte superior y se quedó mirando las concertinas de alambre de espino que la coronaban.

Colgado solo de una mano, sacó un cúter del bolsillo de su pantalón cargo y se puso a cortar la espiral.

—¡Más rápido! —gritó Tyler—. ¡Vamos! ¡Date prisa!

El hombre fue abriéndose paso entre la maraña de alambre lo más rápido que pudo. Cortaba con una mano y se sujetaba a lo más alto de la valla con la otra.

El jefe de seguridad no dejó de respirar hondo. Miró el reloj. Estaban tardando demasiado. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto llevaba Gerhard ahí abajo, solo?

¿Qué coño estaba tramando?

La puerta de la escalera del nivel dos se abrió. Chuck fue el primero en cruzarla, y a continuación pasaron Tariq y Hannah. El último fue Joe, con el arma en la mano.

Todos llevaban mascarillas y sostenían la bombona de oxígeno con las manos.

—La puerta de mantenimiento está desbloqueada —dijo Joe mientras señalaba la puerta lateral que daba a la parte de atrás de las celdas.

Chuck giró el picaporte y la abrió.

Todos entraron.

Se quedaron allí, contemplando el cúmulo de tubos y mangueras que iban de los tanques a las distintas celdas.

Joe metió la mano en el bolsillo y sacó tres tijeras.

—Hay once tubos de gas. Tenéis que trabajar rápido y acabar lo antes posible. Seguro que Tyler ya viene hacia aquí por el pasaje de acceso. Quiero que cortéis los tubos de forma que no puedan repararse enseguida.

—Se van a hacer pedazos —adelantó Hannah.

—Sí —contestó Joe.

Tariq levantó las manos.

—Yo… no lo voy a hacer, tío.

—Claro que sí. Y luego volveremos tan tranquilos al centro de control.

Nos tomaremos un refresco y unos pretzels y nos quedaremos sentados esperando a que ellos se las apañen solitos.

Cuando hayan acabado, entregaré el arma.

Vosotros no tendréis ningún problema. Todo el mundo verá que os he obligado.

Y cuidadito —añadió apuntando a la cabeza de Tariq—, no perdáis el tiempo ni intentéis joderme.

—¡Joe! —chilló Hannah.

Pero él ni se inmutó.

—Cortad los tubos.

Tariq tragó saliva y cogió las tijeras que tenía Joe en la mano. Hannah y Chuck hicieron lo mismo. Fueron por el pasillo hasta el regulador más cercano y agarraron los tubos.

—¡Ya! —gritó Joe.

Hannah fue la primera. Con una mano agarró el tubo negro de goma que entraba en la caja de plástico del regulador. Cuando este zumbó, abrió las tijeras con la otra mano. Todos la miraban, esperando. Apoyó el filo en el tubo y… las cerró.

No se cortó bien.

Abrió y cerró las tijeras varias veces para cortar la goma. Intentó doblar el tubo para enrollarlo en la hoja y moverla como si fuera una sierra. Así, poco a poco, empezó a escapar un chorro de gas por el agujero que había hecho.

Casi al mismo tiempo, le llegó otro sonido que atravesaba la gruesa pared.

Un aullido agudo y estridente. Sonaba como la correa de ventilador defectuosa de un motor que chirriaba sin cesar, advirtiendo al mundo de que estaba a punto de romperse.

Al principio sí que parecía una pieza de maquinaria en mal estado, pero enseguida el aullido escalofriante cobró fuerza.

El tono oscilante no dejaba lugar a dudas: eran los gritos de dolor de un ser humano.

—Continúa —ordenó Joe. Apuntó con el arma a Chuck y Tariq—. Y vosotros también.

Ellos agarraron los tubos que había cerca y les clavaron las tijeras.

Mientras tanto, Hannah había encontrado el orificio que había hecho en el tubo. Con ese punto débil identificado, clavó la punta de las tijeras para abrirlo aún más.

El chillido del otro lado de la pared, que parecía tan violento unos segundos antes, adquirió un tono más desesperado y profundo cuando Hannah cortó lo que quedaba del tubo.

Chuck y Tariq siguieron su ejemplo. Clavaron las tijeras en los tubos de los siguientes reguladores.

Retorciendo y tirando, lograron que la goma negra lisa se rajara y se abriera.

Dos chorros sibilantes de gas más se oyeron en ese pasillo.

Y los acompañaron otros dos gritos de los ocupantes de las celdas.

—Los siguientes —insistió Joe.

Avanzaron por el pasillo hasta otro grupo de reguladores.

Los gritos del otro lado de la pared aumentaron de intensidad.

No tenían el mismo tono ni la misma frecuencia.

Los chillidos brotaban de forma antinatural de las cuerdas vocales de las Antenas, como si su lengua, su garganta y sus pulmones buscaran un aullido que lograra expresar de verdad su sufrimiento.

—Seguid —azuzó Joe.

Su equipo agachó la cabeza y aplicó las hojas de metal a la siguiente tanda de tubos. Les dolían las manos de tanto empujar los mangos de las tijeras para que la herramienta atravesara la goma.

Tres gritos más se unieron al coro.

Joe les hizo un gesto con la pistola.

—Ahora tenemos que pasar al otro lado.

Los tres volvieron sobre sus pasos. Joe le indicó a Chuck que fuera primero. El operador abrió la puerta que daba al pasillo principal. En cuanto la gruesa hoja de metal se movió, una avalancha de ruido —horrible y agónico— se coló en el espacio.

—Rápido —repitió Joe.

Cruzaron la puerta y salieron al pasillo principal del nivel dos.

—No los miréis. Vamos —ordenó.

Joe trató de seguir su propio consejo, pero por el rabillo del ojo vio a las figuras, que, aullando y retorciéndose, estrellaban el cuerpo contra las ventanas de inspección. La mitad de los residentes del pasillo estaban en plena agonía; la otra mitad, completamente inmóviles.

Por ahora.

Cruzaron deprisa el pasillo hacia la puerta de mantenimiento del otro lado. Chuck la abrió y todos entraron.

—Vamos, a lo vuestro —dijo Joe.

Chuck, Hannah y Tariq avanzaron por el pasillo.

Clavaron las tijeras en un tubo tras otro. Con cada nuevo siseo, que indicaba otra fuga de gas, se añadían más gritos desesperados y más golpes.

Otro tubo.

Y otro.

Más gritos que se unían.

El ruido creció y se expandió hasta que pareció salir directamente de las paredes de hormigón, como si el propio edificio fuera el que sufría.