Capítulo 27 #2
La mirada de él se volvió gélida.
—En algún rincón de mi mente, decidí que la única forma de ayudar a Riley era quemar mi trabajo.
Reducirlo a cenizas. Pero diles a quienesquiera que te pregunten que fue decisión mía.
Que fui yo quien no pudo más. No les cuentes lo que pasó anoche en mi casa, lo de Riley.
No la metas en esto, porque no estaré ahí para sacarla.
Fue entonces cuando Hannah intentó apartarse.
—Joe…
—Protege a Riley por mí. ¿Lo harás?
—¿Qué está pasando?
—Prométemelo. No dejes que lleguen hasta Riley.
—Claro que no.
—Bien. Bien. Una cosa más… —Entonces hizo un movimiento repentino, sacó el arma de los pantalones y la apuntó a la barbilla de Hannah—. No intentes detenerme.
Y, tras eso, le retorció el brazo para ponérselo a la espalda y la encañonó en la nuca.
—Abre la puerta del centro de control.
La empujó hacia la puerta.
Tenía que moverse rápido. Media docena de guardias de seguridad lo habrían visto sacar una pistola. Ya habría alguien alertando a Tyler. Se produciría cierta confusión y el retraso que ello conllevaba.
Hannah obedeció: pasó su tarjeta y abrió.
En el interior, ni Chuck y ni Tariq levantaron la cabeza. Estaban enfrascados en la vorágine de la resolución de los problemas derivados de la fuga de gas.
—No habla ninguno —comentó el operador, que se llevó los auriculares a las orejas, sin apartar la vista de las imágenes de la pantalla—. Están todos ahí tirados, mirando al vacío.
—¡Pues no hay ninguna fuga de gas! —anunció Tariq, tecleando sin parar en su sistema.
—Tiene que ser eso.
—Tal vez, pero esta cosa dice que no es así.
Joe hizo entrar a Hannah, sin dejar de apuntarle, y cerró la puerta.
—Mirad, chicos… —dijo.
Chuck se giró un poco hacia la puerta.
—Ah, Joe, menos mal que estás aquí…
Entonces puso los ojos como platos y se quedó sin palabras al verlo empujar a Hannah a un lado y apuntarle a él.
—Las manos en la cabeza. Contra la pared —ordenó Joe.
El operador hizo lo que le decía, pero Tariq se quedó mirando con los ojos muy abiertos, confundido.
—¿Yo también?
—¡Sí, también, Tariq! ¡Contra la pared! —gritó el supervisor.
El otro se levantó de un salto y fue con Chuck y Hannah.
Como no tenía ni un minuto que perder, Joe dio una patada a la silla de Chuck para quitarla de en medio y se inclinó sobre los controles. Empezó a pulsar el ratón y las teclas como un loco para introducir comandos. Acercó la cabeza al micrófono y lo encendió.
«Atención, miembros del personal. Les habla el supervisor Gerhard.
Vamos a realizar un reseteo del sistema de emergencia.
Abandonen los pasillos inmediatamente. Dejen los equipos donde están y vayan a las zonas comunes, de donde no deben salir hasta nuevo aviso.
No es un simulacro. Se trata de una emergencia.
El acceso a la superficie está bloqueado».
Inmediatamente sonó el teléfono de la mesa de Chuck. Joe le arrancó el cable para que parara.
«Repito, abandonen los pasillos».
Abrió en la pantalla un plano de la Planta y, lo más rápido que pudo, empezó a seleccionar puertas de seguridad, cámaras de sellado y celdas. Cambió su estado de «Activo» a «Deshabilitado».
El plano de la Planta se llenó de luces rojas que parpadeaban.
Siguió con lo que estaba haciendo.
Desde el rincón le llegaba la conversación en voz baja entre Chuck, Tariq y Hannah, que estaban juntos de cara a la pared.
—¿Deberíamos intentar detenerlo? —preguntó Tariq.
—Ese no es mi trabajo —respondió Chuck.
—Joe, por favor —dijo Hannah mientras giraba la cabeza para mirarlo—. Habla conmigo. ¿Qué estás haciendo?
El supervisor no tenía tiempo para responder. Debía actuar rápido. En ese momento, las fuerzas de seguridad del vestíbulo habrían entrado en pánico. Seguro que Tyler intentaría detenerlo; por eso tenía que ser más rápido.
—Joe, si paras ahora, le diremos a Tyler que ha sido todo un error —continuó Hannah—. Un fallo de comunicación. No tienes que hacerlo.
—Sí, tío. Te apoyaremos —intentó ayudar Chuck.
Él siguió con los controles.
—Por favor, Joe —lo intentó la doctora de nuevo—. Tyler se habrá dado cuenta de que algo pasa. Aparecerá aquí para detenerte en cualquier momento.
—No lo creo —contestó Joe.
—Sé que es tu amigo, pero te va a detener. Eso si no te mata…
—No puede bajar hasta aquí.
—Es el jefe de seguridad. Puede revertir la desactivación del ascensor, tío —explicó el operador.
Joe negó con la cabeza mientras escribía los últimos comandos.
—En una de las reuniones de diseño, en su momento, un imbécil mencionó la posibilidad de que una fuerza enemiga intentara un asalto total a esta infraestructura.
Tropas chinas o rusas podrían irrumpir en el vestíbulo y apuntar con un arma al jefe de seguridad hasta que reactivara el ascensor.
Era una de esas situaciones potenciales que los idiotas trajeados van corriendo a contarles a los de arriba.
Después de oírlo, nadie se quedó tranquilo hasta que se establecieron procedimientos para evitar que eso llegara a ocurrir.
En una de las imágenes, vio que su personal corría por los pasillos hacia la sala de descanso. En cuestión de minutos, cesó el movimiento que se veía en todas las cámaras.
—Así que se incorporó al sistema la posibilidad de que el supervisor pudiera bloquear todos los accesos al exterior. En la central tendrán que enviar a la caballería para volver a poner en funcionamiento ese ascensor —anunció Joe cuando acabó de escribir el último comando.
El icono del ascensor empezó a parpadear en rojo en el monitor. Un clic del ratón y todas las pantallas se fundieron a negro.
Se irguió y miró a las tres personas que estaban en el extremo opuesto de la sala, de cara a la pared.
—Necesito que vengáis conmigo —dijo Joe. El tono firme de su voz les dejó claro que no se trataba de una petición.
Todos se giraron despacio para mirarlo.
Con el arma apuntándoles, Joe fue hasta la plataforma del fondo y abrió un armario que había al lado de la mesa de los aperitivos.
Dentro había comida, servilletas y botellas de agua, pero debajo, en el último estante, se veía una caja grande y robusta.
La sacó y abrió la tapa. Dentro había máscaras y bombonas de oxígeno.
—Ponéoslas —ordenó.
Chuck y Tariq miraron a Hannah, a quien reconocían tácitamente como su líder. Ella dudó. Miró a Joe con cara de súplica, pero él mantuvo la expresión impasible.
—Joe…
—No tengo tiempo para hablar de esto.
La doctora inspiró hondo, subió a la plataforma y sacó una máscara de la caja. Los otros dos la imitaron.
—Te vas a meter en un buen lío, tío —comentó el operador.
Y a Joe no le quedó más remedio que asentir.