Interceptores Capítulo 27
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Capítulo 27

Hannah no quería hacer sus rondas habituales ese día.

El personal médico no podía tomarse la tarde libre ni aunque una de las Antenas se hubiera despedazado hasta morir. Las otras once necesitaban que las revisaran y las limpiaran.

Era miércoles, así que tenía que hacerles los chequeos a Dietrich, Crowe y Gorman.

Le gustaba ir a ver a las Antenas en persona por lo menos una vez a la semana.

Pero como el equipo de limpieza seguía quitando la sangre de Bishop de una ventana de inspección cercana, Hannah no tenía ganas de ponerse el traje y entrar en ninguna de esas celdas en ese preciso momento.

Había visto muchas cosas retorcidas en ese lugar, y seguramente eso era lo que había provocado esa afición nocturna al alcohol que estaba intentando dejar.

Pero por desagradable que fuera el trabajo, Hannah siempre lograba mantener una apariencia tranquila y profesional.

El resto del personal médico seguía su ejemplo.

Incluso en la central se habían fijado en el rendimiento de ella y de su equipo, y los habían elogiado varias veces.

Pero todo lo ocurrido esa semana la había afectado.

Por primera vez, no podía enfrentarse a las Antenas. Necesitaba poner distancia con ellas, un muro tras el que esconderse.

No quería que su personal notara que le temblaban las manos o la voz al mirarles las constantes. Así que envió a uno de los nuevos, Nick Aguta. Le dijo que le vendría bien para aprender y que ella estaría observando su trabajo desde el otro lado del cristal.

Por suerte, se lo había creído.

Así pues, allí estaba, al otro lado del cristal, observando a Nick palparle el abdomen a Crowe, la Antena 209.

Mientras Nick seguía la rutina establecida, Hannah se puso a pensar en Bishop.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de ese cuerpo destrozado.

Lo que más la alteraba era que, cuando supervisaba cómo su equipo metía a Bishop en la bolsa para cadáveres, a pesar de que se había arrancado las mejillas y la garganta, estaba segura de haber visto una leve sonrisa en sus labios.

Por raro que resultara, pese a la cantidad de carne que se había arrancado del cuerpo, no se tocó la boca.

Había sangre y tendones por todas partes, pero la sonrisa se había mantenido inmaculada.

No tenía sentido que los músculos se tensaran y que, en un rostro por lo demás destrozado, hubiera aparecido el rigor mortis en esos labios curvados en una sonrisa diabólica.

A menos que fuera un «que os den» final de Bishop dedicado a Hannah, a Joe y al resto del personal.

La doctora se estremeció al recordarlo.

Intentó alejar todo eso de su mente, pero su cerebro se puso a reproducir la conversación con Riley de la noche anterior. Y, en cuanto se adentró en esos pensamientos, no pudo evitar recordar a Ashley, su bebé, tal como la había visto en el hospital.

Amoratada. Inmóvil.

Por muy pocas ganas que tuviera Hannah en ese momento de estar en ese lugar horrible, se dio cuenta de que el trabajo era quizá lo único que podía distraerla de todos los pensamientos que le rondaban por la cabeza.

Por eso centró su atención en la ventana de la celda de Crowe.

Vio que Nick Aguta tomaba nota de cuántas escaras tenía; las medía y apuntaba si habían crecido o se habían reducido.

Algo no estaba bien.

Hannah se acercó al cristal.

Sin duda había algo raro.

Se llevó el walkie-talkie a la boca.

—Nick, ¿está despierto? —preguntó.

Oyó la voz de su colega por el altavoz.

—Tiene los ojos abiertos.

Se arrodilló junto a la cara de Crowe. Sacó una linterna, se acercó y la pasó por delante de los ojos de la Antena.

Hannah contuvo la respiración cuando Nick se colocó pegado a la cara de Crowe. Demasiado pegado.

—No responde a los estímulos —anunció él con voz segura, como si respondiera a la pregunta de una profesora a la que quería impresionar.

—¿Está… bien? —insistió Hannah. Sabía que no era una pregunta muy específica ni muy científica, pero era la única que podía hacer en ese momento.

Nick no la entendió. Vaciló, como si lo estuvieran poniendo a prueba.

—Las frecuencias cardiaca y respiratoria son normales. Tiene una escara en…

—No, no, no. Algo va mal.

Nick se irguió y miró hacia la ventana.

—¿Qué quiere que haga, doctora?

—Sal de ahí.

Él miró alrededor. La Antena yacía inmóvil en el suelo, estática, sin mostrar el más remoto indicio de que supusiera una amenaza.

—¿Qué ocurre?

Hannah inspiró hondo. Notó un escalofrío en lo más profundo y se estremeció.

—Es posible que esté despierto, pero no se mueve —dijo.

Era cierto. Tras años de cuidar y observar a las Antenas, se dio cuenta de que había una sola cosa que nunca había visto que hicieran: quedarse quietas.

Crowe no movía las manos en el aire ni se mecía de un lado a otro, ni siquiera agitaba las piernas espasmódicamente, como un perro dormido que sueña con correr.

Y tenía los labios quietos, y de ellos no salían ni gemidos ni torrentes de palabras ininteligibles.

Era la primera vez, por lo que recordaba, que Hannah veía a Crowe tan quieto.

Solo miraba al techo, con la vista fija ahí arriba, a través del recubrimiento, hacia algún lugar más allá.

Era esa inmovilidad lo que había puesto en alerta a Hannah.

No quería apartar los ojos de él, pero algo le llamó la atención en la periferia de su campo de visión. El silencio se había apoderado del pasillo del nivel dos, donde siempre había mucho ruido. Se giró para mirar…

El movimiento se había detenido en las celdas. En todas, las Antenas estaban tumbadas boca arriba, mirando al techo.

No movían ningún músculo.

No emitían ningún sonido.

Todos los demás médicos y técnicos de laboratorio que estaban en ese nivel lo notaron también.

Era como si un manto de silencio hubiera descendido desde lo más alto para cubrirlos a todos al mismo tiempo.

Dejaron de hablar entre ellos. Dejaron de hacer ruido mientras rebuscaban en los carros «contenedores de pañales».

Dejaron de caminar, porque, de repente, incluso sus pasos sonaban demasiado fuertes.

El nivel dos se había quedado mudo.

Había un silencio perfecto que nadie rompía.

—Todos fuera de las celdas —ordenó Hannah.

No necesitó gritar ni levantar la voz, porque se la oyó perfectamente en medio de ese mutismo.

Todo el mundo se puso a recoger el equipo.

Hannah caminó despacio hasta el ascensor. No tenía sentido alarmar a los demás.

—Voy a hablar con el centro de control. Permaneced fuera de las celdas hasta que os digamos algo —ordenó al pasar.

Y entró en el ascensor.

Joe recorrió con calma el pasillo del nivel uno y pasó junto a dos miembros del personal de limpieza que iban charlando mientras empujaban sus carros llenos de lejía y cepillos.

Los saludó con la cabeza, pero notó que tragaba saliva con dificultad.

Se preguntó si se habrían fijado en el bulto que se le veía en la cintura, donde escondía el arma.

¿Les habría extrañado que no llevara corbata?

¿Se habrían fijado en que tenía la camisa por fuera?

¿Iban a esperar a que pasara para notificárselo enseguida a seguridad?

Los había saludado justo cuando pasaba junto al cartel de los dos ojos vigilantes y las palabras «Si ves algo raro, comunícalo».

Pero los dos trabajadores de la limpieza le sonrieron y siguieron su camino. Lo único que hicieron fue erguirse un poco y callarse, incómodos, al parecer, por que el supervisor los pillara cotilleando.

Los vio pasar la identificación junto a una puerta y entrar en la sala de descanso. Él continuó por el pasillo.

¡Ping! Se abrieron las puertas del ascensor y salió Hannah.

Los dos se miraron.

—¡Joe! —exclamó ella, que corrió hacia él. Llevaba la sensación de urgencia escrita en el rostro.

Él intentó poner cara de pocos amigos y hacerle entender con los ojos, incluso mentalmente, que lo mejor sería que se diera la vuelta y se marchara cuanto antes. Pero Hannah estaba demasiado preocupada por lo que fuera que tenía que decirle y siguió corriendo hacia donde él estaba.

—Está pasando algo muy raro con las Antenas —dijo—. Estaba en el nivel dos y todas se han quedado calladas. Ha sido rarísimo. Iba de camino a hablar con Tariq para ver si los niveles de gas están…

—Hannah… —la interrumpió.

Ella dejó de hablar y, por fin, se dio cuenta de que a Joe le pasaba algo. Se paró a unos metros de él y se fijó en la falta de corbata y en la camisa por fuera. También pareció que distinguía el leve contorno de la pistola que llevaba oculta bajo los faldones de la camisa.

¿Hasta qué punto confiaba en Hannah?

¿Podía contarle la verdad?

¿Se daría media vuelta? ¿No llamaría a seguridad?

¿Estaba dispuesto a correr el riesgo?

—¿Qué ocurre? —La voz de Hannah sonó tensa.

—Te van a hacer muchas preguntas —empezó a decir mientras avanzaba unos pasos para reducir la distancia que los separaba.

Se había acercado así a ella cientos de veces a lo largo de los años, siempre para criticar el trabajo en voz baja sin que nadie se diera cuenta. Y, como siempre, ella no se apartó.

—¿Quién? —preguntó.

—Ya sabes quién. Y creo que vas a querer decirles que, según tu opinión profesional, el divorcio y la separación de mi familia me resultaron muy estresantes.

—Así fue —corroboró confundida, pero sin apartar los ojos de él—. Sin duda.

—Y después los informarás de que yo sentía mucha presión por querer ser un buen padre —continuó.

Acercó la mano y cogió la de la doctora—.

Pero que no sabía hacerlo. Y cuando Kate murió y Riley se fue a vivir conmigo, fue demasiado para mí.

No sabía cómo ser padre ni cómo apoyarla ni cuidarla, porque nunca lo había hecho.

Siempre elegí el trabajo antes que la familia.

Y así es como empecé a odiarlo, porque siempre me exigía estar aquí y me impedía pasar tiempo con mi hija.

Ese resentimiento se convirtió en rabia.

Odiaba este sitio. Le había dedicado mi vida, todo, y no había conseguido nada a cambio. Así que exploté.

—Joe, pero ¿qué estás diciendo?