Capítulo 26 #2
—Si lo hago…, ¿me prometéis que no le haréis daño a ella? —preguntó sin mirar a su hija. Dirigía sus palabras al otro lado del parabrisas y más allá—. ¿La liberaréis? Es inocente.
El coche, el mundo y Riley solo le respondieron con silencio.
—Por favor —insistió Joe—. He sido yo quien os ha hecho esto. Os he obligado a soportarlo. Ella no tiene nada que ver. Si os suelto, ¿la liberaréis?
La respuesta robótica de Riley encerraba el eco de muchas voces:
—Si nos das lo que queremos, no le haremos daño a tu hija.
Él suspiró y asintió despacio, resignado. Se obligó a mirar a Riley, sentada a su lado, devolviéndole la mirada con esos ojos enrojecidos que parecían canicas.
Extendió la mano y le cogió la suya. La notó fría al tacto, como si la sangre no corriera por sus venas.
Sabía que algunas religiones consideraban la sangre el río del alma.
Nunca había creído esa tontería, pero, al sentir esa mano tan fría, se preocupó de que tal vez su alma, fuera lo que fuera, hubiera quedado atrapada en lo más profundo de su ser. ¿Quedaba algo de su hija todavía?
—Riley, ¿estás ahí?
Ella asintió con la energía y la vitalidad de una marioneta. No era su hija la que asentía, sino una de ellas.
Habían construido un muro en su interior.
—Te quiero —dijo, porque era lo más fácil, aunque no le pareció suficiente—. No sé si me oyes, pero… lo siento. Te he causado mucho dolor. Yo no soy así. —Se acercó y le dio un beso en la mejilla—. Pero lo voy a arreglar —prometió.
Con los ojos fijos en la expresión inamovible de su hija, abrió la puerta del conductor. Salió del vehículo y pisó con decisión la gravilla del aparcamiento. Cerró y volvió al edificio.
Echó un último vistazo a su camioneta. De nuevo, el fuerte sol de última hora de la mañana se reflejaba en las ventanillas y no dejaba ver la silueta de la adolescente frágil en el asiento del copiloto.
Cuando se alejó, pensó que ojalá tuviera algún amigo fuera del trabajo. Alguien a quien pudiera enviar a Riley. Alguien en quien confiara para que la mantuviera a salvo. Alguien a quien fuera difícil que la Compañía hiciera «desaparecer». Pero no había nadie. Kate era esa persona.
Pero cualquier cosa, aunque fuera un futuro desconocido e incontrolable, era mejor que el infierno en el que estaba en ese momento Riley. Al menos eso tenía que creer Joe. Debía pensar que, al hacer lo correcto, lo que necesitaba hacer, su hija tendría una vida mejor. O eso esperaba.
No tenía elección.
Entró en el vestíbulo y pasó su identificación por la consola.
Tyler salió de su garita, que estaba al lado del ascensor, y se acercó mientras Joe soportaba otro escaneo. No tenía la mirada eficiente habitual de su jefe de seguridad. Su expresión era abierta y elocuente, y en ella se apreciaba preocupación por el extraño comportamiento de su amigo.
—¿Todo bien, Joe? —preguntó.
Él se obligó a sonreír mientras abría las piernas para el escáner corporal.
—Sí, sí. Las mierdas de todos los días.
Uno de los guardias le hizo un gesto para que pasara. Cruzó el vestíbulo.
—Oye, va a venir un coche a recoger a Aguirre después de comer —le dijo a Tyler—. Abajo ya está todo bastante controlado. No va a haber mucho movimiento mientras hacemos los diagnósticos. Mantén a tu equipo aquí arriba para esperar al coche y despedirlo.
—Hecho, Joe.
Saludó a los otros guardias con la mano y fue al ascensor.
Bajó al nivel uno.
Sin mirar el cartel de la pared, salió al pasillo. Caminaba con paso alegre y una sonrisita en la cara, saludando con la mano y la cabeza a los trabajadores que se iba encontrando.
Se le pasó por la cabeza que el eco del chirrido de sus zapatos sobre el linóleo, un sonido que había llegado a detestar a lo largo de los años, no se oía con ese paso y a esa velocidad. Tal vez la clave para evitarlo era simplemente ir más despacio. Tomarse su tiempo.
Cuando llegó a su despacho, abrió la puerta y entró. El señor Aguirre seguía en la silla frente a su mesa, escribiendo informes en su tableta. Parecía que no se había movido desde que Joe lo había dejado. Levantó la vista un momento cuando él pasó a su lado, de camino a la mesa.
—Joe, tengo que hacerte unas preguntas —anunció Aguirre.
—Claro.
—En tu opinión profesional, ¿dirías que la Antena fallecida, la número 201…?
Nunca llegó a terminar la frase. Joe agarró el monitor de pantalla plana que había en su mesa y, con un movimiento ágil, lo giró y lo estrelló contra la cabeza de Aguirre.
Sus gafas salieron volando hacia un lado.
La fuerza del golpe estuvo a punto de tirarlo al suelo junto con su silla, que se tambaleó durante un segundo y luego se quedó en su sitio.
La tableta se le cayó de la mano y se partió contra el suelo, y Aguirre se encorvó en su asiento y soltó un gemido.
Movía la cabeza de un lado a otro. No estaba inconsciente, y tampoco muerto, pero no se encontraba en condiciones de plantar cara, y mucho menos de preguntar por qué Joe había hecho eso.
El supervisor arrancó un cable Ethernet de la toma. Lo enrolló en las manos y los pies de Aguirre para atarlo a la silla.
El hombre empezó a salir de su estado de aturdimiento.
—Joe… ¿Qué…? ¿Por qué…? —consiguió articular.
Él se quitó la corbata del cuello, la hizo una bola y se la metió a Aguirre en la boca. La sujetó atándole con fuerza un cable USB alrededor de la cabeza.
Aguirre intentó gritar, moverse, hacer algo. Pero solo pudo quedarse mirando cómo Joe iba hasta el archivador, abría el cajón de abajo y sacaba la máscara de oxígeno.
También sacó otro objeto del cajón. Lo había colado en los últimos días en que tuvo acceso ilimitado a la Planta, antes de que todo se conectara a internet y se establecieran los protocolos de seguridad.
Una pistola 9 milímetros.
Cuando Riley empezó a caminar, Kate se negó a que Joe tuviera un arma en casa. Fue la primera pelea de verdad que tuvieron. Una conversación que se convirtió en una discusión y luego en una batalla a gritos. Todo por esa puta arma.
Dejó que Kate ganara esa pelea, pero nunca se lo perdonó.
Y no se deshizo del arma. Se la llevó al trabajo y la guardó en un cajón. Era la pistola que en ese momento se metía en los pantalones, antes de salir de su despacho.