Interceptores Capítulo 26
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Capítulo 26

—¿Cómo has encontrado este sitio? —dijo Joe.

No era la pregunta más urgente que le rondaba por la cabeza, pero sí la más fácil de formular.

Su familia nunca había sabido dónde trabajaba.

La Planta no tenía dirección postal y, desde luego, tampoco contaba con guardería ni se organizaban pícnics con las familias o jornadas de llevar a los hijos al trabajo.

Pero allí estaba Riley.

—Se acabó. Lo he solucionado —aseguró Joe, pero le tembló la voz. Era como si quisiera convencerse a sí mismo más que a ella—. No deberías verla nunca más.

Su hija siguió mirándolo como si no lo viera. Esos ojos… casi no parecían reales.

—¿Sigue la mujer aquí? —preguntó Joe.

—Se ha ido —respondió Riley con voz robótica.

—Entonces ¿qué ocurre? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué ves?

—Antes de irse, nos enseñó cómo liberarnos.

Joe sintió un escalofrío.

Qué palabra más simple y más horrible.

«Nos».

—No lo entiendo —dijo, aunque empezaba a comprenderlo demasiado bien.

—Nos ha traído hasta tu hija —dijo Riley. De pronto, su voz tenía un eco extraño. O tal vez estuvo siempre ahí y él lo notaba por primera vez.

—Ella nos reunió en la oscuridad —continuó Riley mientras atravesaba a su padre con la mirada—.

Estábamos flotando. Perdidos. Pero nos encontró.

Y nos enseñó lo que éramos y lo que podemos ser.

Y cómo trabajar juntos. Antes de que el dolor la consumiera y dejara de existir, nos guio hasta aquí.

Hasta tu hija. A su mente. Ahora nos pertenece.

Cuando Joe habló, su voz sonó tan débil, tenía tan poca fuerza, que le salió como un susurro.

—¿Quiénes sois? —preguntó, aunque conocía la respuesta.

Su hija giró la cabeza y miró por el parabrisas.

Él siguió su mirada.

En el aparcamiento de gravilla, delante de la camioneta, estaban las once Antenas que quedaban.

Solo llevaban la bata de hospital. Sus cuerpos encorvados y retorcidos se balanceaban, como si los pies no estuvieran del todo en contacto con el suelo.

La leve brisa hizo que se doblaran; tal vez, si el viento fuera lo bastante fuerte, se los llevaría volando.

Tenían las manos a los costados, con los dedos flexionados y temblorosos.

Aunque en su mayoría permanecían inmóviles, de vez en cuando una o dos se doblaban de repente por los intensos espasmos musculares en las extremidades o en la cara.

Era como si la concentración del momento resultara excesiva para las más débiles, pero eran pocas y estaban separadas.

El resto miraba fijamente a Joe a través del parabrisas.

A pesar de la expresión imperturbable y neutral de esos rostros pálidos, percibió su enfado, su odio y su rabia, como si hubieran aprendido a manifestar esas emociones en forma de energía tangible.

Intentó identificar qué Antena era cada una. Quería separar las fuertes de las débiles. Algunos casos eran fáciles: Ferro era la mujer asiática; Dietrich, el hombre muy alto. Pero le costaba poner nombre al resto.

Era por el pelo. En su conciencia, habían mantenido un leve eco de su identidad.

Aunque Joe solo las conocía con la cabeza rapada, allí delante todas tenían el pelo normal.

En el fondo, recordaban que en algún momento habían sido personas.

Y ese toque de humanidad las volvía irreconocibles a primera vista para Joe.

Para fijarse mejor en ellas, parpadeó.

Y al instante se desvanecieron.

El aparcamiento estaba vacío.

Joe miró a Riley.

—Vamos a encontrar la ayuda que necesitas —aseguró—. Están en tu mente nada más. No pueden hacerte daño.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de la chica.

—Es nuestra. Podemos hacer lo que queramos con ella —respondieron por boca de Riley.

De repente, se llevó las manos a la cabeza, se clavó los pulgares en los ojos y empezó a apretar.

—¡No! —gritó Joe.

Le agarró las manos y se las apartó de los ojos. Ella se resistió. Los dedos, que no paraban de moverse, volvieron a su cara en busca de algún sitio donde pudieran hacer daño. La chica era fuerte, pero Joe lo era más. La sujetó con firmeza y tiró de las manos hacia él.

En ese momento, Riley abrió mucho la boca. Sacó la lengua y la movió delante de la cara de Joe.

Y entonces cerró la mandíbula.

Sus dientes, rechinando, se hincaron con fuerza en la lengua. En solo unos segundos, se le llenó la boca de sangre, que le cayó por la barbilla.

—¡Para! ¡Para! —gritó Joe.

Y le soltó las manos.

Ella abrió la boca. Se lamió la sangre de la barbilla con la lengua herida.

—La vamos a mutilar —dijo Riley o quien fuera que hablaba por su boca—. Haremos que se arranque la piel de la cara con sus propias uñas.

Para demostrarlo, Riley acercó la mano a su rostro y se clavó las uñas en la piel de la mejilla. No apretó mucho. No hacía falta. Joe levantó ambas manos, que le temblaban, en un gesto de apaciguamiento.

—Por favor…, por favor… Devolvedme a mi hija.

Ella paró. Dejó las manos cerca de la cara y así parecía una marioneta congelada en pleno movimiento.

—¿Qué queréis? —preguntó Joe.

—Danos lo que le diste a ella —contestó Riley.

—¿A quién?

—A nuestra amiga.

—¿A Bishop? Yo… no lo entiendo.

—La liberaste. La alejaste de la oscuridad —explicó—. Le diste la luz, el tacto, todo.

—¿Queréis… que os retire el gas?

—Sí.

—Pero eso duele. Sufriréis. Lo sentiréis todo.

La cara de Riley se retorció en una mueca horrible, como si las once personas que había dentro de ella estuvieran frunciendo el ceño por su incapacidad para entender, para comprender de verdad.

—Así sentiremos algo —aclaró ella.

—Pero os haréis pedazos. Como Bishop. Os desangraréis y moriréis.

Las comisuras de los labios de Riley se curvaron en una amplia sonrisa. Se le veían los dientes, todavía rosados por la sangre que le había salpicado en la boca.

—Y seremos libres. Completamente libres —confirmó.

Joe intentó pensar, pero tenía la mente como embotada.

Normalmente se le daba muy bien abstraerse de una situación.

Se enorgullecía de su capacidad para observar un problema desde fuera y diseccionarlo a vista de pájaro.

Pero nunca había sido el más listo de la clase.

De hecho, sus notas mediocres siempre le hacían sentir vergüenza cuando estaba rodeado de cerebritos como Hannah.

Pero lo que le faltaba en conocimientos académicos lo compensaba con creces su claridad de visión.

Eso era lo que lo había convertido en líder.

Esa claridad lo había abandonado.

La capacidad de pensamiento profundo y de planificación, así como la de debilitar estratégicamente a sus adversarios, se había desvanecido.

Intentó desconectarse del problema, como siempre, pero cuanto más se alejaba de esas piezas, más envuelto en esa niebla densa y espesa se sentía.

Lo oscurecía todo hasta el punto de que no podía concentrarse ni fijarse en nada.

En medio de esa neblina mental, apareció una imagen.

Un momento.

Un recuerdo.

De mucho tiempo atrás…

Se despertó en la mañana del día del Padre. Abrió los ojos de golpe al oír el sonido electrónico del despertador. Era temprano. Demasiado para levantarse un domingo, y mucho menos el día del Padre.

Salió de la cama despacio.

A su lado, al notar que desaparecía el calor, Kate se acurrucó más entre las mantas. Enterró la cabeza entre las almohadas y la colcha hasta que solo se le veía el pelo oscuro, maravillosamente desparramado sobre las sábanas blancas.

Dios, qué hermosa era.

Sin apartar los ojos de ella ni del montículo de ropa de cama que había formado, se vistió.

Se negaba a ponerse la corbata cuando tenía que trabajar los domingos.

Era su forma discreta de decirle a su personal: «Vale, lo de trabajar los fines de semana no se va a convertir en algo habitual».

Aunque en realidad lo era. Alguien, en alguna parte, necesitaba una interceptación crucial, y los terroristas, los traficantes de armas y los líderes de los carteles tampoco libraban los fines de semana.

Cerró la puerta del dormitorio sin hacer ruido y fue de puntillas a la cocina por el pasillo.

Habían planeado para ese día ir en familia a un cine del centro.

Había una película de Pixar que Riley tenía muchas ganas de ver.

Joe no sabía cómo se titulaba, pero le daba igual.

Les había prometido que intentaría volver por la tarde, para que al menos pudieran ir los tres juntos a cenar pizza a Vinny’s, la pizzería favorita de Riley.

También la de Joe. Pero todos sabían que eso no iba a ocurrir.

Era más que probable que su hija y su mujer celebraran el día del Padre sin él.

Pero, cuando entró en la cocina para hacerse un café para llevar, frenó en seco.

Riley, que solo tenía cinco años, estaba junto a la mesa del comedor.

Llevaba un vestido de princesa morado, el que se ponía solo para las ocasiones especiales, que tenía un estampado de caballos bordeados de purpurina.

(Joe se lo regaló por su cumpleaños, para cabreo de Kate, que era la que tenía que ocuparse de la tediosa tarea de quitar la purpurina que después se esparcía por toda la casa).

La pequeña Riley se sentó a la cabecera de la mesa. Tenía un bol lleno de cereales Lucky Charms, una jarra de leche, un ramito de dientes de león que había cortado en el jardín y una tarjeta hecha por ella en la que había escrito: «Feliz día del Padre».

Fue una mañana preciosa. Un día perfecto.

Eso fue unos cuatro meses antes de que se acostara con Hannah por primera vez. Y quince meses antes de que Kate se enterara.

Por mucho que Joe intentara encontrar una salida a su situación actual, en su mente solo se reproducían en bucle las imágenes de esa mañana, la del día del Padre.

Todo lo que tenía entonces ya no estaba.

Si alguien le hubiera preguntado una semana antes si había merecido la pena, él le habría dado la vuelta a la cuestión: no era que trabajara mucho en vez de ser un buen padre, sino que era un buen padre porque trabajaba mucho.

Esa respuesta le había servido de excusa durante diez años.

Pero ese día ya no le valía.