Capítulo 25 #2
No quería que Hannah, y mucho menos cualquier otro trabajador de nivel inferior, lo viera con cara de felicidad. Se despidió de la doctora con un gesto de la cabeza y volvió al ascensor.
Por una vez, no echó un vistazo a las otras celdas al pasar. No había nada allí que pudiera interesarle.
Volvió al nivel uno en el ascensor.
Aguirre seguiría todavía en su despacho, redactando memorandos y atendiendo llamadas, y Joe no quería participar de eso. Así que, por primera vez en todos los años que llevaba en ese trabajo, no tenía a donde ir ni nada que hacer. Podía disfrutar de su tiempo.
Cuando cruzó las puertas del ascensor, decidió detenerse a mirar el cartel de la pared: «Haz tu trabajo para que ellas estén seguras».
Lo examinó de cerca por primera vez y se preguntó si no sería un mensaje subliminal sobre Kate y Riley.
De hecho, en ese momento le parecieron una mujer y una niña muy genéricas sentadas a una mesa.
Si tenía que apostar, seguro que el ochenta por ciento del personal conocía a alguien que guardaba parecido con esas imágenes.
Tal vez lo que le había hecho pensar que la Compañía había encargado ese cartel solo para él era la culpa que sentía por trabajar tanto y tantas horas. Para eso haría falta un nivel de organización que sabía que una burocracia como aquella no tenía, a pesar de lo que creía todo el mundo.
Si Joe, un mando intermedio sin importancia, había sufrido el acoso de una Antena y después había podido manipular su celda para que ella se hiciera pedazos y la Compañía no se había enterado de nada, ¿de verdad era tan poderosa?
Mientras reflexionaba, el walkie-talkie que tenía en el cinturón cobró vida. ¡Piii!
El sonido agudo en el pasillo vacío lo sobresaltó y tuvo que reírse de su nerviosismo. «Tal vez la Compañía me ha oído dudar de su omnipotencia», pensó y se sonrió.
Cogió el walkie-talkie y contestó:
—Aquí Gerhard.
—Aquí seguridad —dijo la voz que hablaba por el aparato. Joe se dio cuenta de que no era Tyler, pero no reconoció al guardia. Tampoco es que eso fuera raro—. Tengo a su hija al teléfono.
—No me lo pases al despacho. Contestaré en la sala de descanso —dijo Joe.
Se le acabó el tiempo de ocio.
Joe se dirigió a buen paso a la sala de descanso.
Estaba vacía. No había allí ningún trabajador comiendo ni yendo a por un café para el jefe de su departamento. Por suerte, tenía la sala para él solo.
Se acercó al teléfono que había en la pared y lo cogió.
La voz que oyó al otro lado no tenía entonación ni mostraba emoción alguna.
—Papá…
—Riley, ¿todo bien?
—Sal fuera.
—¿Qué? —Parpadeó, confuso.
—Sal fuera.
—¿A dónde? ¿Qué quieres decir?
—Estoy en tu camioneta.
Joe se quedó helado. Tensó la mandíbula y apretó el teléfono.
—¿Qué?
—Estoy aquí, en tu trabajo. Ven. Tenemos que hablar.
—Riley, cariño, ¿cómo sabes dónde está mi lugar de trabajo?
El silencio que se produjo a continuación fue tan largo que temió que la llamada se hubiera cortado. Por fin volvió a hablar. Las rotundas palabras hicieron que Joe sintiera un escalofrío.
—Ellos me lo han dicho —afirmó su hija.
Tariq estaba sentado en su mesa, con la cabeza entre las manos.
—Estoy jodido. Me van a despedir. Seguro que me echan. —No hacía más que repetirlo—. Me van a echar la culpa a mí. Soy el químico. Me van a culpar. Por un fallo informático que no se puede recrear y que nunca ha ocurrido antes. Jodido, estoy muy jodido.
Chuck quería apaciguar a su colega, pero no se le ocurría nada tranquilizador que decir. Sabía perfectamente cómo funcionaban las cosas.
Y, sí, el chico estaba jodido.
Así que, en vez de forzar una conversación incómoda, el operador no apartaba los ojos de su pantalla. Estaba revisando las imágenes de las distintas Antenas; si veía algo raro, por pequeño que fuera, informaría de ello. Su mente había pasado del «modo equipo» al «modo salvar mi propio culo».
Algo le llamó la atención.
Una de las Antenas tenía los ojos abiertos como platos y miraba al techo de su celda a la vez que movía los labios.
No era extraño ni un motivo de alarma ver a las Antenas hablando o balbuceando.
Pero algo en esa concentración tan intensa del hombre, que ni siquiera parpadeaba, le pareció fuera de lugar.
Era la misma cara que Bishop ponía a veces.
—¡Pero qué coño…! —exclamó y amplió la imagen de la Antena.
Tariq seguía a lo suyo, sin prestar atención.
—¿Cómo puede rajarse sin más un puto tubo de goma? —dijo—. No rozaba con nada. Ese lugar tiene la temperatura controlada. —Se estaba enfadando—. Joder, joder, joder.
—¡Chist! Calla, niñato.
Chuck seleccionó la celda de la Antena y encendió los altavoces del centro de control.
La voz del hombre se oyó clara, pero sin emoción.
—Sal fuera, papá. Estoy aquí —estaba diciendo.
Los operadores se miraron.
—Date prisa —continuó la Antena—. Te veo enseguida.
Entonces cerró la boca y los altavoces se quedaron en silencio. Chuck miró la imagen de la pantalla; el hombre seguía con los ojos abiertos, mirando hacia delante.
—Eso sí que es un audio bien claro, tío —comentó Tariq.
—Comprueba sus niveles.
El químico se puso manos a la obra.
—¿Nombre?
—Gorman.
Tariq escribió varios comandos y sacudió la cabeza con frustración creciente.
—Sus niveles químicos están bien.
—¿Seguro?
—Al menos eso dice este puto sistema.
—Pero ¿tú estás seguro?
—¡Estoy seguro! No debería tener coordinación vocal.
Chuck y Tariq se recostaron en sus asientos y miraron la pantalla.
—Tío, qué raro es esto —dijo Chuck.
Joe salió de la sala de descanso y se dirigió a toda prisa al ascensor. La puerta del centro de control se abrió cuando pasaba por delante. Chuck se asomó.
—Joe, gracias a Dios que estás aquí —dijo el operador—. Necesito que veas…
—Ahora no —interrumpió Joe.
—Espera, espera, esto es muy raro.
—Luego.
Joe ni lo miró y siguió hacia el ascensor.
Cuando llegó al vestíbulo, recorrió el camino marcado con las huellas amarillas en el suelo de cemento que indicaba la salida. Pasó su tarjeta por la consola y entró en el escáner de cuerpo entero.
El guardia que estaba en el escáner le sonrió.
—Vamos, date prisa —pidió Joe, agitando las manos para meter prisa al hombre.
La sonrisa desapareció de la cara del guardia mientras esperaba a que el escáner terminara su rotación de 360 grados. La imagen completa tardó varios segundos en aparecer.
—Venga, muchacho, rápido.
El guardia miró a Tyler, que no supo qué decir. Solo se quedó donde estaba mientras todos esperaban en silencio el «¡ping!» que indicaba que se había completado el escaneo.
—Todo correcto… —balbuceó el guardia.
Antes de que terminara la frase, Joe ya había salido del escáner e iba hacia las máquinas de rayos X y las taquillas.
—Joe, ¿pasa algo? —gritó Tyler.
—Tengo que coger una cosa de la camioneta. Ahora vuelvo.
—Pero…
Él ya había cruzado la puerta.
El sol lo deslumbró cuando salió al mundo exterior.
No se acordaba de la última vez que había pisado la calle a las once de la mañana de un día laborable.
No estaba acostumbrado a ese ángulo de los rayos del sol, que brillaban sobre su cabeza.
El mundo le pareció diferente a cualquier otro momento anterior.
Siempre había visto el aparcamiento en la penumbra de primera hora de la mañana o de última hora de la tarde, si acaso en total oscuridad.
A esa hora del día, las sombras ni siquiera llegaban al aparcamiento, sino que permanecían a los pies de los árboles, donde formaban una especie de charcos de oscuridad.
Bajo ese sol de justicia, echó a correr por el aparcamiento de gravilla hasta su camioneta. Desde su posición, le parecía que estaba vacía. No veía ni una silueta ni una sombra dentro.
Abrió la puerta del conductor.
Y ahí estaba ella.
—Riley.
Giró la cabeza para mirarlo.
Al salir de casa esa mañana, pensó que la cara de su hija parecía distante y carente de emoción, pero no era consciente de cuánta vida y cuánto color le quedaban todavía.
La chica que tenía delante en ese momento era una muñeca rota, la escalofriante versión animatrónica de su hija.
Un cascarón vacío, envuelto en carne humana pálida y tersa.
Sus ojos se dirigieron hacia él, pero no lo enfocaron. Parecían dos canicas que hubieran puesto en su cara. Eso tan sutil e indescriptible que insuflaba vida a los ojos de las personas hacía mucho que no estaba en los de ella.
—Hola —saludó.
Joe se sentó detrás del volante y cerró la puerta.