Interceptores Capítulo 25
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Capítulo 25

El señor Aguirre estaba sentado en el borde de la silla frente a Joe. Tenía las gafas apoyadas en la punta de la larga nariz aguileña y estaba viendo la grabación de la cámara de seguridad en su tableta.

Joe procuró no quedarse mirando fijamente, pero no dejó de observar la cara del inspector, intentando averiguar por el reflejo de sus gafas lo que veía.

Incluso con la suave iluminación del despacho y la distancia que había entre los dos, Joe vio que el reflejo pasaba del blanco inmaculado al rojo intenso.

No parecía que hubiera nada entremedias.

Las cámaras no habían grabado ni un fotograma de lo ocurrido entre «un día normal en la celda de Bishop» y «el baño de sangre».

Desplazó el dedo por la pantalla para rebobinar el vídeo y volver a verlo. Lo hizo varias veces.

Celda blanca.

Celda roja.

Blanca.

Roja.

Aguirre soltó un suspiro. A Joe le pareció que no era de frustración ni de sospecha, sino de irritación por haber perdido una Antena, un equipo caro y muy bien sintonizado.

Joe carraspeó, se inclinó sobre la mesa y unió las manos.

—No tengo ni idea de por qué los sensores no detectaron la fuga de gas.

Pero llegaremos al fondo de la cuestión.

He ordenado que realicen un diagnóstico completo.

Si es necesario, haré que lo desmonten pieza por pieza y componente por componente.

Encontraremos el cable o la placa base defectuosos y los arreglaremos, porque, obviamente, esto es inaceptable.

Voy a supervisar todo esto en persona. Te doy mi palabra.

Tras soltar el discurso con toda la indignación que le pareció que le pegaba, esperó la reacción del inspector. El hombre volvió a rebobinar el vídeo y lo vio de nuevo. Apareció un gesto de resignación en su cara.

Joe continuó:

—Por suerte, el reinicio del sistema parece haber solucionado el problema. Supongo que a veces los ordenadores se bloquean. Habría un gremlin en la máquina o yo qué sé. —Apartó la vista y sacudió la cabeza, tan frustrado con la tecnología como cualquier otra persona.

Tras una larga pausa, el señor Aguirre se quitó las gafas y se limpió los cristales con la punta de la corbata.

Parecía que necesitaba un tiempo para reflexionar sobre la situación, así que se acercó los cristales a la boca, los cubrió de vaho y siguió limpiándolos.

Al final, volvió a colocarse las gafas en su nariz ganchuda y miró a Joe.

El supervisor intentó que no se le notara lo incómodo que le resultaba ese prolongado silencio. No apartó la mirada del inspector ni relajó el ceño fruncido para dejar claro que estaba muy preocupado por esos hechos.

—¿Cuánto tiempo crees que llevaba perdiendo gas? —preguntó el señor Aguirre.

—No sabría decirte. Tengo que investigarlo.

Créeme, no pienso dejar piedra por remover —aseguró, aunque sabía que solo él podía decidir hasta dónde llegaba una investigación.

Ninguno de sus subordinados tenía acceso a una vía de comunicación para quejarse de que se hubieran realizado una investigación y un diagnóstico poco exhaustivos.

Todos los informes que iban a la central tenían que pasar por Joe.

—¿Y crees que esa fuga es la causante de esos accidentes?

—Sin duda. No puede ser otra cosa. A la Antena 201 no le llegaba suficiente gas. Seguramente había desarrollado cierta tolerancia al dolor. Creo que eso le dio suficiente control sobre lo que la rodeaba para atacar al celador. Y también para soltarse de las correas y lesionarse los ojos.

—Por lo tanto, ¿han sido decisiones conscientes de la Antena?

—Como quieras llamarlo. Pero no hay mucho que analizar.

La explicación más lógica siempre es la más sencilla.

La Antena 201 tenía una pequeña fuga de gas en su celda, que le provocó dolor crónico y le permitió recuperar la conciencia suficiente para volverse violenta.

Al final, la fuga creció y el dolor se le hizo insoportable.

Es una pena que lo detectáramos tan tarde.

El señor Aguirre arrugó la frente mientras pensaba en esa posibilidad.

—Es una verdadera coincidencia que llegara al punto de no retorno cuando las cámaras estaban apagadas.

—Sí. A no ser que… —Joe dejó la frase en el aire y sonrió—. Que ella, de algún modo, supiera que las cámaras estaban apagadas.

—¿Qué quieres decir?

—No estoy diciendo que sea la conclusión oficial; no hace falta ponerla por escrito.

Solo creo que todavía queda mucho por investigar sobre las Antenas.

Y esto que ha pasado en estos últimos días es la prueba.

Es muy probable que ella estuviera esperando el momento oportuno, a que se apagaran las cámaras, porque así no tendríamos tiempo de detenerla. Es lo que más sentido tiene.

—Eso indica un nivel bastante alto de conciencia.

Joe asintió y sonrió aún más.

—Sin duda. Creo que en la central estarán muy interesados en realizar más experimentos sobre el tema.

Los ojos del inspector brillaron de entusiasmo.

—Bueno…, es un tema que hay que considerar. Me alegro de que hayamos resuelto el problema.

—Tengo que insistir en que la central ha estado retrasando indefinidamente nuestras peticiones de personal y equipamiento hasta un punto que roza la irresponsabilidad.

Estamos al límite y trabajamos demasiadas horas.

Cometemos errores. Los componentes se estropean.

No es culpa tuya, Javi. Sabes que te considero un aliado, porque sé que siempre das la cara por nosotros.

—Gracias.

—De hecho, para mí eres más bien un amigo. Pero, de un peón intermedio de la cadena directiva a otro, tengo que decirte que alguien de arriba tiene que soltar la pasta o habrá más accidentes. Y serán cada vez peores.

El inspector asintió. Eran dos amigos luchando en el mismo bando.

—No podría estar más de acuerdo.

—Pues, si me perdonas, tengo que ocuparme de limpiar este desastre. Estás en tu casa —concluyó Joe.

Se levantó y le dio una palmadita a Aguirre cuando pasó a su lado, de camino a la puerta.

¡Ping! Se abrieron las puertas del ascensor en el nivel dos.

Joe salió y recorrió el pasillo. Miró a izquierda y derecha, comprobando el estado de las diferentes Antenas: todas tumbadas boca arriba, moviendo las manos en el aire y murmurando.

Todo estaba en su sitio de nuevo. Las habitaciones limpias. El olor a lejía que enmascaraba el de los fluidos corporales. El sonido de voces ininteligibles. Todo como debería ser.

Excepto al final del pasillo.

Vio a dos miembros del equipo médico sacar una camilla de la cámara de sellado de la celda de Bishop. La bolsa de cadáveres de plástico negro estaba cerrada. Pasaron junto a Joe.

—Un momento —pidió.

Ellos se pararon.

Joe abrió la cremallera y apartó un lateral de la bolsa.

Tuvo que tirar un poco, porque se había pegado al bulto de tejido sangriento que había dentro.

Apenas se podían reconocer sus facciones.

Se había destrozado las mejillas y arrancado la nariz.

Y había estrellado la frente tantas veces contra el cristal que se le había desprendido la piel, dejando al descubierto el cráneo rosa reventado.

El equipo de limpieza se había limitado a apilar las costillas, los órganos y las tiras de piel, que ahora estaban en el centro de la camilla. Un enorme montón rojizo.

—Adiós, Bishop —dijo y cerró la bolsa.

Los camilleros siguieron por el pasillo con su cargamento sangriento.

Hannah estaba delante de la ventana de inspección de la celda de Bishop.

Joe se acercó y se quedó a su lado. Los dos permanecieron allí en silencio, mirando por el cristal.

La sangre, que antes era de un rojo intenso, había adquirido el color apagado del óxido.

Dentro trabajaba un equipo de celadores, ocupados con la poco edificante tarea de recoger los últimos restos de carne, órganos y huesos antes de empezar a limpiarlo todo.

Joe no se esperaba que le afectara tanto contemplar esa cantidad de carne humana desperdigada sobre el acolchado blanco de la celda, pero al verla se le quedó la boca seca y le subió la bilis por la garganta.

Hannah susurró, casi sin mover la boca.

—Dios, Joe. ¿Qué coño has hecho?

Los dos siguieron mirando hacia delante para que nadie oyera su conversación.

—Lo hizo ella —corrigió el supervisor.

Oyó a Hannah suspirar, pero no insistió. Los dos siguieron observando cómo uno de los celadores metía un fragmento de costilla en una bolsa.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó ella.

—Aguirre está satisfecho con la explicación. Se va a quedar trabajando en mi despacho hasta la hora de comer y después volverá a Washington.

—¿Crees que se ha acabado?

Joe asintió.

—Ella era demasiado fuerte. Es mejor así.

—Eso espero.

Él miró una vez más por la ventana de Bishop.

Un celador intentó fregar la sangre que había salpicado el cristal, pero solo logró esparcirla aún más.

Iban a necesitar muchos trapos, mucha agua y mucha lejía.

Por lo general, esas tareas desagradables le pasaban factura a Joe y lo estresaban hasta el punto de que notaba los nervios de la espalda de punta.

Pero ese día no sentía nada parecido.

A pesar de la escena horrenda que tenía delante, sentía que se había quitado un peso de encima.

Pensó en Riley. Podría pedir unos días libres, aunque solo fuera un fin de semana largo, e irían a hacer esa ruta por las montañas de Allegheny.

Tal vez podría organizar un fin de semana de camping padre-hija.

¿Había ido Riley de acampada alguna vez?

Si su padre no la había llevado, seguro que no, ¿verdad?

Por mucho que intentaba apartar de su mente esos planes y centrarse en la limpieza, no pudo evitar que le apareciera una sonrisa de satisfacción en la cara.

Bishop también lo había estado acosando a él a su manera. Lo había atormentado con la angustia de hacerle creer que su hija sufría un problema mental. Aunque, como el buen padre que era, Joe se había ocupado del asunto.