Interceptores Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Era como si quisiera arrancarse el corazón, porque, de alguna manera, le echaba la culpa de bombear ese dolor por todo su cuerpo. Sin dejar de arañarse y chillar, cogió impulso hacia atrás y estampó de nuevo la cara contra el cristal. Un chorro de sangre salió despedido de su nariz.

Joe no dejó de mirarla ni un segundo.

La vio escarbar.

Arañar.

Aullar.

No dejó de contemplar a esa criatura histérica, víctima de los espasmos.

—Adiós, Bishop —dijo.

Le dio la espalda y corrió hacia las escaleras.

En el pasillo no se oía nada más que los gritos de dolor de Bishop, acompañados del ruido de los fuertes golpes que daba con la cara contra el cristal.

Al fondo del centro de control había una mesa larga.

Cuando se iban a pasar por allí los invitados especiales o los vips para asistir a una de las sesiones de sintonización, el personal de operaciones más joven tenía asignada la poco envidiable tarea de surtir esa mesa de aperitivos y bebidas.

Como no había forma de saber qué le apetecería picar a algún general de alto rango, la mesa era grande y lo bastante robusta como para poder poner un poco de todo.

Ese día, la mesa estaba totalmente vacía.

Solo había una hoja de papel, doblada en forma de triángulo, que Chuck y Tariq utilizaban para jugar al fútbol americano de mesa.

El químico lanzó el balón de papel. Se deslizó sobre la mesa hacia el extremo del operador, pero no llegó muy lejos. Su compañero aplaudió.

—¡Guau! Te gano por cuatro. ¡Esto se merece un poco de ruido!

Acercó las manos a la boca y emitió un sonido atronador en dirección a Tariq, quien intentó por todos los medios no dejarse distraer.

En la enorme pantalla que tenían detrás, con el fondo negro, se veía una barra de estado que indicaba el progreso del reinicio: 97 por ciento…, 98 por ciento…, 99 por ciento…

Se quedó clavado en el 99 por ciento. Apareció en la pantalla una ruedita que no dejaba de girar, intentando alcanzar el pequeño porcentaje que faltaba para terminar.

Pero los chicos no estaban prestando atención.

Tariq se inclinó sobre el triángulo de papel. Flexionó los dedos mientras intentaba averiguar el impulso que necesitaría para que el balón avanzara los centímetros que le faltaban para llegar al final de la mesa, la zona de anotación.

Su compañero empezó a corear un cántico y a dar golpes en el suelo con los pies.

—¡De-fen-sa! —Golpe, golpe—. ¡De-fen-sa! —Golpe, golpe.

Tariq se acarició la barbilla y siguió sopesando la situación; parecía un jugador de billar profesional buscando todos los ángulos posibles antes de golpear la bola. Era obvio que intentaba alargar la jugada solo para fastidiar a Chuck.

—El cronómetro del partido corre, niñato —anunció su compañero.

Tariq sonrió. Se agachó y preparó la mano para lanzar el triángulo.

99 por ciento…, 99 por ciento…, 99 por ciento… Cien por cien.

El reseteo del sistema se había completado.

La pantalla se encendió.

Una alarma empezó a sonar en la habitación. ¡PIII! ¡PIII! ¡PIII!

Desconcertado, Tariq perdió la concentración y no le dio al balón de papel con los dedos.

—Eso cuenta como punto perdido. Mi turno —anunció el operador mientras corría hacia su mesa. Sin sentarse, se inclinó sobre el teclado y escribió unos comandos—. Es una fuga de gas —informó.

Tariq le pisaba los talones. Se sentó de un salto e inició sesión en su sistema.

—Es la celda de Bishop —confirmó—. ¿Tienes visión y audio?

—Las cámaras se van a conectar en tres…, dos…

Un grito espeluznante salió de los altavoces.

Los dos hombres se quedaron petrificados. Ambos miraron la pantalla cuando las imágenes de todas las cámaras de la Planta se fueron abriendo hasta formar un mosaico. Una de ellas destacaba entre las demás, donde las celdas eran blancas e inmaculadas.

Chuck pulsó un botón. La imagen de una celda completamente roja se amplió y llenó la pantalla mural. El color rojo era tan intenso que llegó a oscurecer el centro de control.

Se quedaron boquiabiertos ante lo que tenían delante.

—Madre mía —exclamó el operador.

En la pantalla, Bishop, que no paraba de aullar, se arrastraba dando sacudidas por el suelo, como un pez recién pescado en el fondo de un bote.

Estaba desnuda, pero no le quedaba ni un centímetro de carne.

Se había desgarrado la mayor parte de la piel y los jirones le colgaban del cuerpo, que no paraba de moverse.

Y no había terminado. Seguía escarbando en su carne con las manos cada vez más adentro, intentando localizar el origen del dolor y arrancando todo lo que encontraba a su paso.

Joe volvió a meter la máscara y la bombona en el archivador y cerró el cajón.

¡Piii! Era su walkie-talkie , que estaba en su mesa, en la base de carga. Lo miró, pero no fue a cogerlo. ¡Piii! Volvió a sonar.

Por fin dio unos pasos hacia su mesa y, tras otro pitido, respondió.

—Aquí Gerhard —contestó con voz tranquila.

Pero la voz que oyó al otro lado estaba angustiada.

—¡Joe, soy Chuck! ¡Bishop se está haciendo pedazos!

—¿Cuándo ha terminado el reinicio?

—Hace solo unos segundos.

—Espera a que encienda el ordenador —dijo, pero ni se acercó al aparato.

Se quedó junto a su mesa y contó los segundos mentalmente, alargándolos todo lo posible.

«Un Mississippi…».

«Dos Mississippis…».

«Tres Mississippis…».

«Cuatro Mississippis…».

—Dios santo —exclamó—. Voy a mandar a un equipo de seguridad inmediatamente. Corto.

Cambió de canal, dejando a Chuck con la palabra en la boca.

De nuevo esperó un poco.

Después de unos cuantos Mississippis más, se acercó el walkie-talkie a la boca.

—Tyler, soy Gerhard. Envía un equipo a la celda de Bishop de inmediato. Algo está pasando. Es posible que haya una fuga de gas. Que tus hombres se pongan los trajes antes de bajar.

Se sentó a su mesa y esperó.

¡Ping!

Se abrieron las puertas del ascensor en el nivel dos.

Salieron a la carrera Tyler y otros seis guardias, todos con máscaras de oxígeno. Corrieron por el pasillo, pasando por delante de cada una de las ventanas de las celdas de las Antenas, ajenas a todo. Las fue mirando al pasar. Todo parecía estar en orden.

Todavía no había recorrido la mitad del pasillo cuando vio las manchas de sangre en la ventana del fondo.

Cuando llegaron y alcanzó a ver el interior, frenó en seco.

Y sus hombres también.

Todo lo que había pasado al otro lado de ese cristal se lo había autoinfligido Bishop.

—Joder —fue lo único que logró decir uno de los hombres.