Interceptores Capítulo 24
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Capítulo 24

Joe miró la cámara del techo que vigilaba el pasillo. Si seguía encendida, cualquiera podría verlo allí, con la bombona de oxígeno a la espalda y la máscara en la mano, y preguntarse qué demonios pretendía. Y si alguien salía justo en ese momento de la sala de descanso, también pensaría lo mismo.

Se volvió y echó a correr por el pasillo. Pero no hacia el ascensor, sino en dirección contraria.

Hacia las escaleras.

Mientras corría, intentó levantar mucho los pies para que no chirriaran ni golpearan con fuerza el linóleo.

Las hebillas de sujeción repiqueteaban contra el metal de la bombona de oxígeno y Joe echó la mano atrás para evitar que el equipo se moviera.

El ruido que hacía resonaba por todas partes.

Seguro que alguien iba a asomarse en cualquier momento.

Al final del pasillo, abrió la puerta y bajó corriendo las escaleras.

Si le había parecido que el corredor vacío amplificaba el sonido, eso no era nada comparado con el hueco de metal y hormigón de la escalera.

Sus pies caían pesadamente sobre los escalones y las ondas sonoras reverberaban hacia arriba y hacia abajo.

Montaba tanto escándalo que dejó de molestarse en amortiguar el sonido de sus pasos y decidió acelerar y bajar las escaleras lo más rápido que pudiera.

Abajo, abrió la puerta y miró hacia el interior del nivel dos.

El pasillo principal estaba vacío.

Entró y se fue poniendo la máscara mientras lo recorría. La celda de Bishop estaba cerca de la escalera; por una vez, no tenía que pasar por delante de todas las demás celdas para llegar hasta ella.

Cuando acabó de ajustarse la máscara —se aseguró de que estaba bien sujeta, recordando lo que le había pasado al celador dos días antes—, se detuvo delante de la ventana de inspección de Bishop.

Estaba tumbada en el suelo, meciéndose y dando patadas furiosas. Tenía los ojos vendados con gasas. De vez en cuando, agitaba la mano cubierta por la manopla protectora, al parecer, en un intento de quitarse las vendas. Movía la boca y pronunciaba palabras incoherentes en voz alta.

Joe se quedó mirándola un momento.

Pasó su tarjeta por la consola. La puerta se abrió. Entró en la cámara de sellado. Cerró la puerta de fuera y se dirigió a la de dentro.

El aire de la cámara recuperó su equilibrio.

Las luces pasaron de rojo a verde.

Levantó el pestillo, abrió la puerta de acero inoxidable de un fuerte tirón y entró en la celda de Bishop.

Se quedó junto a la puerta, guardando las distancias con la criatura, que se revolcaba y daba manotazos en el aire. Durante un segundo la observó en silencio. ¿De verdad podía esa criatura frágil y demacrada estar causando tanto dolor?

De repente notó la boca seca. Tragó saliva y se humedeció los labios.

—¿Sabes que estoy aquí? —preguntó.

Ella no dio señales de ser consciente de nada. Ladeó la cabeza y de su boca salió un torrente incoherente de palabras.

—Supongo que lo estás viendo todo a través de mis ojos —continuó—. Lamento tu dolor, pero yo solo hago mi trabajo. Si hubieras recurrido a mí, si te hubieras comunicado conmigo, podría haberte ayudado. No tenías que hacerle esto a Riley. Ni a Kate.

Esperó una respuesta por parte de la Antena, un reconocimiento, una señal, un gesto de la mano, una sonrisa en la cara.

Cualquier cosa. Pero ella siguió balbuceando y dando manotazos y patadas al aire.

Giraba la cabeza de un lado a otro y, sin querer, escupió unas gotitas de saliva, como un bebé, que aterrizaron en la pared.

—Lo entiendo —prosiguió él, resignado a mantener esa conversación consigo mismo—.

Kate era una prueba, y Riley, una amenaza.

Supongo que, si te hubieras metido en mi cabeza, yo lo habría descubierto y se lo habría contado a alguien, o me habría desentendido para salir del bucle.

Pero tú… no tenías que hacerle todo esto a Riley. Es inocente. No se lo merece.

Bishop siguió sin mostrar ninguna reacción.

Se quedó callado un momento. Dio un paso para acercarse. Levantó las manos y se acercó despacio, como si estuviera a punto de sorprender a un oso dormido.

—Te voy a liberar —prometió—. Y vamos a salir de aquí. Juntos. Volveremos a la superficie. Descubriremos quién eres y te llevaremos a casa. Tienes que confiar en mí.

Se acercó un poco más, paso a paso.

Se arrodilló a su lado. De pronto, ella extendió el brazo e intentó agarrarle la máscara. Justo el mismo movimiento que le había visto hacer cientos de veces en el vídeo del día en que mató a Carson.

Pero él estaba preparado.

Le agarró el brazo por la manopla y lo sujetó con fuerza.

Y entonces le soltó la sujeción.

—¿Ves? Te voy a liberar. Puedes confiar en mí.

Le quitó la manopla de la mano y dejó al aire sus dedos estirados. Ella los flexionó y los convirtió en garras con movimientos repentinos y aleatorios.

Joe fue a quitarle la otra manopla.

Ella sacudió la mano y la protección cayó.

—Tengo que ir a buscar algo. Será rápido. —Joe se levantó despacio—. Te voy a sacar de aquí, te lo juro.

Sin apartar los ojos de Bishop, retrocedió hacia la puerta.

—Vuelvo enseguida. No pasa nada. No te preocupes.

Cuando llegó a la puerta, pasó su tarjeta y salió de la celda.

Cruzó la cámara de sellado hacia el pasillo. Tuvo que mentalizarse para no mirar hacia el sitio al que iba ni pensar en lo que estaba haciendo. Bishop seguro que lo controlaba todo a través de sus ojos.

Recorrió el pasillo sin apartar la mirada de la ventana de la celda de Bishop.

Entretanto, sus manos deslizaban a tientas la tarjeta de identificación por la consola de una puertecita sin cartel que se encontraba al lado de la escalera.

La puerta que tanto se había esforzado por no mirar.

Ella seguramente notaría que sus manos palpaban para colocar bien su identificación en el lector.

Por fin se oyó un pitido. Joe abrió la puerta.

Tenía que hacerlo rápido, porque necesitaba los ojos para lo que pretendía.

Con la máscara de oxígeno puesta, cruzó corriendo la puerta.

Daba a un estrecho pasillo de servicio que, en forma de curva, discurría por detrás de las celdas y permitía el acceso a la parte trasera de cada una.

Estaba repleto de cañerías y depósitos de gas.

Del techo colgaban conductos y de las paredes salían tuberías.

Los tanques de gas estaban conectados a unos reguladores, grandes máquinas de ventilación que mezclaban el gas y lo distribuían a las celdas.

Cada regulador tenía un nombre escrito con rotulador en un trozo de cinta adhesiva. Joe fue hasta la unidad que tenía el nombre de Bishop. Cogió uno de los tubos de goma, sacó las llaves del bolsillo y clavó la punta metálica.

¡Fiii!

El gas escapó por el orificio. Cogió el tubo con la mano, lo giró, lo dobló y lo estiró. Lo que hiciera falta para agrandar un poco el agujero.

El sonido de la fuga de gas se volvió más fuerte.

¡FIII!

Satisfecho, Joe volvió sobre sus pasos por el pasillo de servicio.

Llegó al corredor principal del nivel dos, fue hasta la celda de Bishop y miró por la ventana.

Al principio no pareció notar el cambio en los niveles de aire y de gas. Rodó de un lado a otro apoyándose en los omóplatos, pataleó, manoteó y balbuceó, ajena a todo, como siempre.

Por un momento, Joe se preocupó por si había agujereado el tubo equivocado.

Pero enseguida cambió algo en los movimientos de Bishop.

De su boca salió un leve gemido. Sus extremidades en constante movimiento se pusieron tensas.

Fue como si todo su cuerpo se hubiera congelado por la confusión ante lo que sentía. Entonces la confusión mutó en dolor.

El gemido se transformó en un grito fuerte y potente. Siguió chillando en arrebatos histéricos. Levantó las manos, se tocó la cara, las piernas y el resto del cuerpo. No podían detener el dolor que notaba en todas partes; lo único que hacían era empeorarlo.

Bishop intentó acurrucarse en posición fetal, abrazándose las piernas con fuerza, pero el contacto de las manos parecía provocar relámpagos de dolor que recorrían todo su sistema nervioso. Se soltó, arqueó la espalda y lanzó un grito desgarrador.

Joe lo vio todo desde el otro lado del cristal.

Los brazos y las piernas de Bishop empezaron a convulsionar con movimientos frenéticos, como los de una rata atrapada entre las fauces metálicas de una trampa para roedores. Era un dolor tan profundo que parecía huir de él.

Al darse cuenta de que no podía escapar del dolor, intentó extirparlo.

Se clavó en la piel esos dedos que por primera vez tenía libres, sin manoplas ni correas.

Se arrancó la bata del cuerpo, intentando alcanzar la fuente del dolor.

Quería llegar a los nervios y arrancárselos para que su cuerpo volviera a la tranquila inconsciencia.

Tal vez en un golpe de suerte, consiguió retorcer lo bastante el cuerpo para ponerse de rodillas. En medio del frenesí incontrolable de sus dedos, que no dejaban de arañar todo el cuerpo, se encontró con la venda que le cubría los ojos y se la arrancó.

En ese momento, el tiempo se detuvo para Joe.

Ella se quedó ahí sentada, quieta y callada, solo una fracción de segundo.

La bata le colgaba del cuerpo, hecha jirones.

Tenía la piel pegada a los huesos. Joe le veía claramente las costillas y la pelvis, sobresaliendo en ese cuerpo blanquísimo.

Los ojos, que no eran más que cavidades vacías en las que solo quedaban restos de tejido ocular, parecieron fijarse en él.

Abrió la boca y se quedó así, con una expresión que no era de dolor ni de rabia, sino de sorpresa.

Gritó.

Y las cosas pasaron muy rápido.

Se echó hacia atrás y estrelló la cabeza contra la ventana. Con las manos libres, decidió clavarse los dedos en los pechos desnudos y arrancó grandes trozos de carne. Parecía querer llegar muy hondo, al origen del dolor.

Debajo de la carne.

De los músculos.

De las costillas.