Interceptores Capítulo 23
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Capítulo 23

Joe aparcó la camioneta en la Planta.

Pasó por todos los filtros de seguridad del vestíbulo sin levantar sospechas y saludó a los chicos que estaban de servicio con un «¡Feliz miércoles!

». Cuando llegó a la garita de Tyler, redujo el paso y forzó una sonrisa amistosa.

Dio unos golpecitos al cristal con los nudillos y el jefe de seguridad lo miró.

—Buenos días, Joe. ¿Todo bien en casa?

—Oh, sí, sí, sí. Riley no está en su mejor momento, pero es una campeona. Una chica dura. Podrá con ello.

—Seguro que sí. Tiene un buen sistema de apoyo.

Joe asintió. Miró alrededor para asegurarse de que no había otros guardias cerca y se acercó al cristal.

—¿A qué hora se fue el pez gordo anoche?

—A eso de las siete. Kevin lo llevó a la Casa X.

La Casa X era una casita espaciosa que no estaba muy lejos de la vivienda de Joe.

Era donde alojaban a todos los vips que llegaban de Washington para alguna sesión de sintonización importante.

Joe odiaba esas grandes ocasiones en las que unos cuantos hombres trajeados, cuyo sueldo era demasiado alto, lo miraban por encima del hombro mientras le hacían preguntas estúpidas o tomaban notas inútiles.

La Casa X estaba bien surtida, así que los vips podían entretenerse con las bebidas más caras durante toda la noche.

No importaba lo rico o importante que fuera alguien, porque todos perdían los papeles si había alcohol gratis, así que, a la mañana siguiente, aparecían muy dóciles y con una buena resaca para presenciar la siguiente sesión de sintonización.

Senadores, generales, secretarios de Estado, titanes de la industria… Funcionaba con todos.

Excepto con hombres como Aguirre.

Si alguien como él se alojaba en la Casa X, significaba que tenía la intención de volver a la Planta temprano, alerta y bien descansado. Si no, se habría vuelto a casa al salir de allí.

Joe asintió.

—Oye, Tyler, después del ataque y de la lesión que Bishop se ha provocado, ahora mismo no estamos dando muy buena impresión.

Quiero que traigas aquí a todos tus hombres y los sitúes en el vestíbulo.

Que este lugar parezca muy seguro, como si lo tuviéramos todo bajo control. Para que lo vea Aguirre cuando llegue.

Tyler abrió la boca para protestar.

—Mira, conozco a Aguirre —añadió Joe—. Sé cómo piensan los tíos como él. Si ve una fuerte vigilancia, se quedará tranquilo. Es psicológico. Solo tienes que traer al vestíbulo a todos tus hombres.

Tyler se mordió el labio. Pero al final asintió.

—Hecho, Joe.

Chocó el puño con el cristal y se fue hacia el ascensor.

Bajó al nivel uno.

¡Ping! Las puertas se abrieron y Joe pasó por delante del cartel, el de «Haz tu trabajo para que ellas estén seguras». Llegó a la primera puerta del pasillo y entró al comedor del personal.

Era un lugar de reunión estándar donde comían, celebraban cumpleaños y de vez en cuando se congregaban todos los que trabajaban allí.

Solo había unas cuantas mesas, una fuente de agua y una cocinita.

Antes le hacía gracia que alguien hubiera colgado en la pared un cartel de la Administración de Seguridad y Salud en el Trabajo en el que se podían leer todas las leyes estatales y federales relativas al ámbito laboral.

En teoría, las denuncias anónimas debían recibir protección, aunque Joe y todos los que trabajaban allí sabían que, en la práctica, eso no ocurría.

Esas leyes no se aplicaban a los trabajadores de la Planta.

Había varios celadores y técnicos alrededor de las mesas, tomando café y charlando sobre programas de televisión o de deportes antes de que empezara su turno.

No sabía por qué, pero los grupos tendían a organizarse por departamentos.

Todo el mundo era amable, pero era raro que los de medicina se mezclaran con los de seguridad.

Y nadie quería tener nada que ver con los de limpieza.

Por esa razón, pese a que Joe estaba seguro de que en realidad no se caían bien, casi siempre se podía encontrar a los dos operadores de control, Chuck y Tariq, pasando el rato juntos.

Ambos estaban al lado del microondas, esperando a que Chuck calentara un plato de espaguetis para desayunar. Mientras tanto, el operador aprovechaba esos minutos para poner al día a su colega más joven sobre los detalles de las conspiraciones gubernamentales.

—Lo único que digo —insistía Chuck, que levantó la voz para evitar las interrupciones de su colega— es que, si ves el vídeo, es evidente que los edificios no se caen así.

¿Has jugado alguna vez al Jenga? ¿Cuándo fue la última vez que una torre de Jenga implosionó?

Nunca. Siempre se derrumba hacia un lado.

—¿De verdad estás usando el argumento del Jenga, tío? —repuso Tariq—. Sabes que las torres de cien pisos no se construyen con bloques de madera que se van alternando, ¿no?

—¿Y la Operación Northwoods?

—¿Qué pasa con ella?

—Hay pruebas documentales de que el Gobierno planeaba un ataque contra civiles estadounidenses como un falso pretexto para bombardear a Castro. El incidente del golfo de Tonkín. El Lusitania. Todo falso. Pero sirvieron para empezar guerras. Esas cosas funcionan, bro.

—Primero, no me llames «bro». Segundo, la única teoría de la conspiración de ese día que antes me creía era que derribamos ese avión en Pennsylvania.

—Claro que sí.

—Hasta que oí las grabaciones de la NORAD y de la torre de control aéreo de la Administración Federal de Aviación.

—Falsas.

—Y la triste y aterradora realidad es que, a pesar de que esa mañana llevábamos horas sufriendo un ataque, el Gobierno, incapaz de establecer una comunicación eficaz, estaba demasiado desunido, desorganizado y desarmado como para derribar ese avión.

Chuck soltó una sonora carcajada.

—Cuando sacamos los cazas, algunos salieron a sobrevolar el Atlántico sin armas.

El mayor de los dos hombres negó con la cabeza, y con la mano hizo el gesto de blablá.

—Fíjate, la mano izquierda del Gobierno no puede conseguir que la derecha arregle el urinario que pierde agua del baño que hay al otro lado del pasillo —afirmó Tariq, señalando la ubicación de los servicios—. ¿Cómo iba a montar algo tan complejo?

—Piensas en pequeño, niñato. Todo es parte de un plan mayor.

—Pues ese plan mayor necesita una subsección en la que se hable de arreglar urinarios. Ese chisme está desperdiciando miles de litros…

—De agua fluorada. Se lo agradecerás cuando entres en razón —interrumpió su compañero.

Tariq abrió la boca para contradecirlo.

—Caballeros —intervino Joe—, hoy haremos un reinicio total del sistema.

Todos los argumentos y contraargumentos que tuvieran guardados para seguir con la conversación se desvanecieron al instante. Los dos se giraron y miraron a Joe.

—¿De todo el sistema? —repitió Chuck.

—Sí. No es aceptable que hayan sucedido dos accidentes en dos días. Hay algo mal en el sistema. Vamos a apagarlo y a iniciarlo de cero. Y cuanto antes, mejor, para que estemos a pleno rendimiento cuando llegue Aguirre.

—Pero…, eh… —empezó a decir el operador mientras sacaba el plato de espaguetis del microondas y se los llevaba a la boca con un tenedor—. Habrá que desconectar todos los transmisores y apagar el equipo de seguimiento.

—Soy consciente.

—Pero todavía nos están llegando interceptaciones de la sesión de Bishop de ayer. He estado mirando la transcripción del turno de noche y tiene las ondas cerebrales como locas. No deja de murmurar cosas.

—No es una petición.

Y, sin esperar a oír más protestas o excusas, Joe les dio la espalda y se fue hacia la puerta. Cuando casi había llegado, se abrió y Hannah entró en la sala. Los dos se miraron. Las ojeras y los mechones de pelo sueltos y alborotados revelaban que había pasado la noche sin dormir. Fue hacia él.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó en voz baja.

Joe le sonrió.

—Buenos días, Hannah. Feliz miércoles.

Y, sin más, abrió la puerta y salió al pasillo.

Fue directo a su despacho.

Cerró la puerta, inspiró hondo varias veces para tranquilizarse, se sentó a su mesa y esperó.

La habitación estaba en silencio.

Desde el pasillo le llegaba alguna conversación ocasional de alguien que pasaba, acompañada del ruido de puertas que se abrían y cerraban.

Solo había momentos puntuales de sonidos que interrumpían el omnipresente silencio de la sala.

Joe supuso que una de esas puertas y alguna de esas conversaciones en voz baja corresponderían a Chuck y Tariq en su camino de la sala de descanso al centro de control.

Ocurriría en cualquier momento.

Se preguntó si Bishop estaba viendo todo eso a través de sus ojos.

Tenía que saber que algo estaba pasando.

¿Pero sabría qué?

Mantuvo la respiración controlada y fijó la vista en el gran reloj digital de la pared.

Dios, a ver si el operador se daba prisa.

Joe quería acabar con eso antes de que Aguirre cruzara la puerta principal.

Iba a llamar al operador para meterle prisa, pero decidió que resultaría fuera de lugar.

Durante diez años, Joe había demostrado ser un supervisor que solo necesitaba dar las órdenes una vez para que su equipo las obedeciera.

No había necesidad de romper esa dinámica.

El reloj marcó el paso de un minuto sin hacer ruido: 7.31.

Por mucho que intentara mantener la respiración tranquila, el sonido de su propio aliento le saturaba los oídos. Era lo único que oía. Al menos, si Bishop estaba allí, ella tampoco oiría nada más.

Pasó otro minuto: 7.32.

¡RIIING!

Sonó el teléfono que había en la mesa y Joe se sobresaltó. Le tembló la mano al cogerlo.

—Aquí Gerhard —dijo con el tono más firme que logró adoptar.

Oyó la voz de Tyler.

—Hola, Joe. Me acaban de avisar desde el centro de control de que vamos a hacer un reinicio total del sistema.

—Correcto.

—Por protocolo, durante el apagado del sistema, tengo que situar un equipo en el nivel dos para vigilar a las Antenas.

—Ignora el protocolo, Tyler —contestó Joe.

—Pero…

—Esas normas no tienen sentido. ¿Qué demonios se supone que van a hacer tus chicos si las Antenas hacen algo raro?

No son médicos. Eso es una de esas mierdas burocráticas que la central impone, pero que no tienen ninguna utilidad.

Ellos ni siquiera saben que esos protocolos existen.

Que les den. Que tu equipo permanezca en el vestíbulo como demostración de fuerza para Aguirre.

A él todo lo demás se la trae al fresco.

—Sigo pensando…

—Es una orden, Tyler. Si alguien te dice algo, échame la culpa a mí.

Hubo un largo silencio.

—Como quiera, jefe. Mantendré a los chicos en el vestíbulo.

—Bien. El noventa por ciento de este trabajo son chorradas políticas, Tyler, te lo aseguro.

—Cierto. Hablamos pronto, Joe.

Los dos colgaron.

Joe se quedó sentado a su mesa en silencio un minuto más.

El intercomunicador emitió un pitido y la voz de Chuck resonó por toda la Planta:

«A todo el personal, al habla el centro de control. Vamos a proceder a un reinicio total de todos los sistemas de diagnóstico, vigilancia y seguimiento de las interceptaciones. Todos los equipos integrados en los sistemas mencionados quedarán temporalmente desconectados».

Ese era un aspecto que solo unos pocos en la Planta conocían, y Joe era uno de ellos.

Como la construcción original iba fuera de plazo y se había pasado de presupuesto, a algún diseñador se le ocurrió una idea estúpida.

El proceso de supervisión de las Antenas y de grabación de las interceptaciones requería instalar cámaras en toda la Planta.

Lo mismo ocurría con el sistema de seguridad.

Lo normal habría sido instalar dos sistemas completamente separados e independientes.

Pero el contratista imbécil creyó que ahorraría tiempo y dinero conectando el sistema de seguridad interno al complejo mecanismo de las Antenas.

Aunque había mucha gente supervisando el proyecto, nadie se paró a pensar si era una buena idea.

Lo único que importó a todo el mundo fue el razonamiento del diseñador: el sistema de uso compartido era más barato, más rápido y funcionaba bien.

Pero…

Significaba que, durante un reinicio total, se producía la desafortunada consecuencia de que también se apagaban todas las cámaras de seguridad y el equipo de grabación. Y solo unas pocas personas lo sabían.

Tyler era una de ellas. Chuck, otra.

Y Joe también lo sabía.

«Durante el transcurso del reinicio, todo el personal debe dirigirse a las ubicaciones seguras comunes —continuó el operador por el intercomunicador—.

Se suspende el uso del ascensor. No será posible acceder a la superficie.

Repito: la Planta va a entrar en modo de confinamiento.

El reinicio comenzará en cinco minutos».

Joe oyó el ajetreo en el pasillo cuando el personal obedeció y dejó lo que tenía entre manos.

Se levantó y fue al archivador. En su trabajo tenía prohibido guardar en papel la mayoría de los archivos —los electrónicos tenían fechas de borrado automático—, así que ahí almacenaba sobre todo material de oficina necesario, como las regletas de enchufes y los cables USB.

Y también una máscara y una bombona de oxígeno de repuesto.

Era como el equipo que usaban los bomberos para entrar en un edificio lleno de humo.

Se lo habían entregado a Joe por si surgía una emergencia por una fuga de gas que afectara a toda la Planta.

En todos los años que llevaba trabajando allí, nunca había tenido que usarlo. No sabía si aún funcionaría.

Dejó de oírse movimiento al otro lado de la puerta de su despacho. Parecía que todo el mundo había llegado a donde tenía que estar.

La voz de Chuck resonó de nuevo a través del intercomunicador:

«Reinicio del sistema en diez…, nueve…, ocho…, siete…, seis…».

Joe se colgó la bombona de los hombros, cruzó el despacho y esperó con la mano en la puerta.

«Cinco…, cuatro…, tres…, dos…, uno… Reiniciando sistema».

Y se oyó un pitido por la megafonía.

Aparte de eso, nada indicaba que algo hubiera cambiado. Las luces siguieron encendidas. El aire que entraba por el sistema de ventilación seguía moviéndose. Si todo salía como lo había planeado, solo se apagarían las cámaras.

O eso esperaba Joe.

Inspiró hondo, giró el pomo y salió al pasillo.