Interceptores Capítulo 22
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Capítulo 22

El sol de la mañana le dio en la cara a Joe. Se desperezó, un poco sorprendido de haber podido dormir.

Le dolían el cuello y la espalda por las malas posturas en las que había tenido que pasar la noche en la butaca reclinable del salón.

Tenía la intención de permanecer despierto, leyendo o hablando con Riley, pero conforme avanzó la noche, Riley se quedó callada.

Se dio cuenta de que ya solo le contestaba con un asentimiento o un encogimiento de hombros.

Intentó remediarlo manteniendo una conversación lo más trivial posible.

«¿Qué tal el sóftbol?».

«¿Sales con algún chico?».

«¿Quieres que algún día hagamos juntos el High Knob Trail?».

Con cada pregunta que hacía, se avergonzaba un poco más.

No eran las preguntas correctas. Ni tampoco las conversaciones.

Ni el momento adecuado. Él también lo sabía, pero cada vez que abría la boca para disculparse —por todo, por las cosas horribles que ella estaba soportando a causa de su trabajo—, le salía una pregunta tonta sobre deportes, cultura popular o estatus social en el instituto.

Qué conversación más estúpida.

Pero no podía evitarlo.

Al final, perdió la noción del tiempo. Cuando los dos se quedaron allí sentados en silencio, escuchando el zumbido del motor de los electrodomésticos, se le cerraron los ojos y se durmió.

Soñó con Kate esa noche. Ella quería presentarle a una amiga suya en una barbacoa, pero él le dijo que no.

En vez de ir con ella, recorría una gran superficie en busca de un televisor para ver los Juegos Olímpicos de Invierno.

En el sueño, eso tenía sentido para él. Era la primera y quizá la única vez en que se iban a emitir el Cuatro de Julio y no quería perdérselos, sobre todo por tener que pasar el rato hablando con alguna amiga idiota de Kate que a él le daba completamente igual y que seguro que no volvería a ver nunca.

Joe deambulaba por la tienda y la amiga de Kate lo seguía para presentarse.

Mientras él daba vueltas por allí, intentando esquivarla, ella se metió en una cámara frigorífica, pero se le cerró la puerta y quedó atrapada.

Joe podría haberla sacado, pero pensó que sería más fácil esperar a que muriera y luego esconder el cadáver.

Se pasó el resto del sueño llenando de helados esa cámara para que nadie viera a la amiga congelada de Kate.

Todo tenía sentido en su momento, como suele pasar en los sueños.

En cuanto se despertó, tomó nota mental de que debía recordarlo.

Kate, o su versión del sueño, le había susurrado unas palabras al oído.

Eran importantes. Una advertencia. Se lo dijo mientras él intentaba ocultar el cuerpo de su amiga.

Se acercó a él en la sección de congelados, le rodeó el hombro con un brazo, como hacía siempre, y se acercó tanto que le rozó la oreja con la nariz. Entonces dijo…

Joder, ¿qué le había dicho?

Todo el sueño desapareció de repente en algún recoveco de la mente de Joe.

Adiós.

Y lo sustituyó un pensamiento sobre cuánto le dolía el cuello.

Devolvió el respaldo de la butaca reclinable a su posición normal, se giró y vio a su hija adolescente abrazándose las piernas contra el pecho.

Tenía los ojos abiertos como platos y miraba fijamente, como si estuviera en trance, las noticias matinales en la televisión.

Las tenía sin sonido, aunque, de todas formas, no parecía estar atenta a las imágenes.

Las miraba como si fueran la fogata de un campamento: una luz en movimiento que hipnotizaba.

Con cierto esfuerzo, apartó los ojos de la televisión y miró a su padre.

—¿Está aquí? —preguntó Joe, revisando el salón.

Riley negó con la cabeza.

—¿Cuándo la has visto por última vez?

—Hace unas horas. —Sus palabras sonaron neutras, como si no tuvieran que ver con la dura realidad que llevaba viviendo las últimas cuarenta y ocho horas—. Seguro que vuelve pronto. Y vendrá con algo nuevo.

Joe se volvió para mirarla de frente.

—¿Qué quieres decir con «algo nuevo»?

—A eso de las tres, me entraron unas ganas desesperadas de hacer pis. Cuando me estaba lavando las manos, entraste tú al baño.

—¿Yo?

—Intentaste que me tomara pastillas para dormir. Muchas.

—No era yo.

—Me gritaste y me insultaste. Me dijiste que, por mi costumbre de desobedecer, se estropearon las cosas en esta casa. Que todo fue culpa mía. Que si te hiciera caso y me tomara las pastillas, eso lo resolvería todo.

—Riley, te juro que no era yo.

—Me lo supuse.

Él se levantó de la butaca y se sentó a su lado. Ella no lo miró; movió la cabeza para poder ver las noticias sobre el tráfico.

—¿Te tomaste las pastillas? ¿Tenemos que llamar al hospital?

—No. Salí del baño y vi que seguías dormido en la butaca.

—Gracias a Dios.

—Luego me dio sed, así que fui a la cocina. También intentó engañarme ahí.

—¿Qué pasó?

—Bebí agua. Entonces vi una araña subiendo por mi mano.

Me hizo un agujero en la piel y se metió dentro.

Fue ascendiendo hasta la muñeca; veía la protuberancia que se formaba cuando se movía.

Sentía su contacto. Estuve a punto de coger uno de los cuchillos para sacármela de la muñeca.

Salí de la cocina, volví al sofá y esperé a que la araña desapareciera.

Estuvo paseando por debajo de mi piel durante una hora. Entonces se desvaneció.

—Ignóralo. Ignóralo todo.

Riley suspiró.

—Lo he hecho. Incluso cuando se ha incendiado la casa.

—¿Se ha quemado la casa?

—Sí. Algo se prendió en el dormitorio. Todo se llenó de humo y, de repente, había llamas por toda la casa.

Intentaste que saltara por la ventana, diciéndome que no pasaría nada.

Como no me movía, trataste de cogerme en brazos.

Se te prendió el dobladillo de los pantalones y no podías apagarlo, así que gritaste pidiendo ayuda.

Te vi quemarte vivo. Pero no me levanté.

Cerré los ojos y, cuando volví a abrirlos, todo había vuelto a la normalidad.

—¿Y por qué no me has despertado?

Ella siguió mirando al vacío.

—¿Qué podrías haber hecho?

Joe la rodeó con su largo brazo.

—Sientes que estoy aquí, ¿verdad?

Ella asintió.

—Soy real. Soy tu padre. Puedes confiar en mí. Voy a acabar con esto. La voy a liberar.

—¿Cómo?

—Deja que me encargue yo de eso —dijo. Notó que se le erizaba el vello y le dolía un poco la cabeza. Supo enseguida que ella estaba ahí, observando—. La voy a ayudar. Le daré lo que quiere.

A pesar de sus intentos de llamar la atención de Riley y de que lo mirara, ella agachó la cabeza y fijó la vista en el suelo. No le quedaban fuerzas. Su niñita no creía que su padre pudiera arreglar la situación.

Quería consolarla, contarle su plan. Llevarla con él para que viera a ese demonio en carne y hueso y se diera cuenta de que esa criatura que la había estado atormentando no era más que un humano en un estado muy frágil.

Pero no podía.

Porque Bishop estaría mirando y escuchando esa conversación.

—No te levantes de este sofá. Pase lo que pase. Voy a hablar con ella. Encontraremos una solución y volveré enseguida.

Entonces abrazó fuerte a su hija. Ella se dejó hacer sin responder, sin moverse, como si fuera una muñeca, dócil y vacía. Una parte de él se desgajó nada más soltarla, como si la conexión táctil que les daba a ambos el abrazo fuera la única línea de vida que le quedaba a Riley.

Cada fibra de su ser le decía que agarrara a su hija, la metiera en la camioneta y pisara a fondo el acelerador. Que huyeran juntos.

Pero sabía que no podía.

Si no los encontraba la Compañía, lo haría Bishop. Los encontraría fueran a donde fueran. Tanto si se marchaban a las montañas de Pakistán como a los búnkeres de Moscú o a los pisos francos de Medellín, lo haría; podía localizar a cualquiera. Era Joe quien la había entrenado para conseguirlo.

Se levantó del sofá y miró a su niñita con nostalgia.

Esperó por si ella levantaba la vista y lo miraba también, para que pudiera ver y sentir su amor por ella y la vergüenza por todo lo que la estaba haciendo pasar.

Pero notó que su expresión transmitía la angustia torturada de su corazón; ella la vería y así sabría que le estaba suplicando perdón con la mirada.

Riley no apartó la vista del suelo. Una visión de túnel autoimpuesta para bloquear cualquier otra imagen aterradora que pudiera aparecer en el salón en ese mismo momento.

—Te quiero, Riley —dijo Joe.

Ella no respondió.

—Cuídate —añadió él. Se giró y fue hacia la puerta.

Iba a trabajar.

A ver a Bishop.