Capítulo 21
Joe se dirigió al comedor.
Se fijó en su hija, que, encorvada en su silla, miraba sin ver el patrón de la madera de la mesa, con los ojos rojos y vidriosos por el agotamiento.
Se acordó de cuando tenía seis años, de aquellas dos semanas horribles después de que se rompiera la familia, aunque todos seguían viviendo bajo el mismo techo.
Él pasaba todo el tiempo que podía en el trabajo, pero, cuando llegaba a casa, tarde, oía su llanto al otro lado de la puerta de su dormitorio.
Desde aquel día, había estado buscando el momento idóneo, esperando la oportunidad perfecta para sentarse con su hija y hablar de aquel momento de su vida. Aunque «hablar» no era la palabra adecuada. Lo que quería era disculparse.
Pero esa oportunidad no se había presentado nunca.
Siempre pensó que sucedería algún día.
Pensó todo eso mientras miraba a su hija. Se acercó y sacó la silla que estaba a su lado. Parecía una réplica de cera, un eco de lo que quedaba de su hija. Apenas se movió ni percibió su presencia.
Con un esfuerzo titánico, Riley giró la cabeza y posó la mirada en él.
Joe había visto la muerte antes —las Antenas tenían una «vida útil muy corta», como decía el personal— y había tenido que estar presente varias veces en el momento de cerrar la bolsa de plástico negra con la que envolvían los cadáveres.
Siempre le llamaban la atención sus ojos.
Ese vacío. Su hija tenía exactamente la misma expresión en los ojos.
Pero al verlo se le llenaron de lágrimas.
—Ella es de tu trabajo, ¿verdad?
—Ya sabes que no puedo hablar de mi trabajo.
—¡Que les den a las normas, papá! Jamás te he hecho una pregunta sobre eso.
No estás nunca en casa. Todo es un secreto.
Aparece todo un puto ejército cuando salta la alarma.
¿Y sabes lo que dice? Que es tu prisionera.
Que la torturas, y también a otros. Que va a hacer que me suicide si no la sueltas.
—¿Dónde está? —preguntó Joe con voz tranquila.
—Se ha ido.
—¿A dónde?
—¡Yo qué coño sé! Dímelo tú. Algo la arrastra sin parar a donde está su cuerpo.
—No puede hacerte daño —aseguró—. Solo puede observar.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—Por favor.
Joe miró la habitación vacía.
—Necesito saberlo, papá. ¿Qué está pasando?
Él suspiró.
—Cuando nos llegan, están totalmente sedados.
No llevan ropa y les han rapado el pelo.
Si alguno tenía algún tatuaje o alguna marca, la han eliminado o tapado antes de enviarlos.
No sé de dónde viene ninguno. No sé cómo entraron en contacto con la Compañía.
Lo único que sé es su sexo y su número de identificación.
Ella es la Antena 201. Nosotros le hemos puesto un nombre: Bishop.
—Bishop… —repitió su hija, casi sin creer que por fin podía ponerle nombre a esa cara que gritaba.
Con la mano en el hombro de Riley, Joe echó un vistazo al comedor otra vez. Después volvió a centrarse en su hija. Su voz era serena y sincera.
—Bishop fue una de las primeras en llegar. Eso fue hace diez u once años. —Bajó la vista, un poco avergonzado por lo que estaba a punto de decir—. No suelen vivir más de dos.
Miró a Riley, que apenas se movió. La habitación estaba muy silenciosa.
—Las tenemos en celdas en las que se libera un gas nervioso especial —continuó—.
No entiendo nada de su composición; tenemos a un especialista que se encarga de eso.
Sustituye el oxígeno del cuerpo para mantener todos los órganos funcionando y la sangre circulando.
Todo funciona con normalidad, excepto su sistema nervioso.
El gas desactiva la capacidad cerebral de procesar las estimulaciones sensoriales.
No ven nada. No oyen nada. No sienten nada.
Nada vincula su cerebro con el mundo físico. Su mente está en completa oscuridad.
—¿Y por qué les hacéis eso? —preguntó Riley.
Su padre suspiró.
—Es… difícil de explicar.
—Cuéntamelo.
La miró.
—Por favor —insistió su hija.
Él inspiró hondo.
—Cuando la Planta aún estaba en construcción, salí a tomar unas copas con uno de los chicos de la Compañía. Un tío muy majo. Era mayor que yo; ahora tendrá más de sesenta. Se llamaba Matt, aunque no creo que fuera su nombre real. Matt era simpático, divertido; resultaba agradable trabajar con él.
Riley lo escuchaba sin decir nada.
Joe se mordió el labio e hizo una pausa antes de continuar.
—Pero siempre se veía una especie de vacío en sus ojos.
Creo que nunca llegó a ser empleado del Gobierno o del Ejército, pero había hecho trabajos de construcción para todas las oficinas y departamentos que se te ocurran.
Era un tío estupendo. Había hecho mucho por el país.
Conocía a todo el mundo. Pero… siempre me dio la sensación de que, en el fondo, no le importaba nada ni nadie.
Era un verdadero sociópata, solo que formaba parte del equipo de los buenos.
»Matt y yo empezamos a salir a menudo a tomar algo después del trabajo.
Nos hicimos muy amigos, o al menos todo lo que se puede ser de un tío como ese.
Tú tendrías un año o dos entonces. Pensé que ser amigo de alguien como Matt sería beneficioso para mi carrera.
Él bebía mucho, así que eso era lo que hacíamos: salir y beber.
Todas las noches. Fines de semana, días laborables: no importaba.
Hablábamos, hacíamos el tonto y me contaba historias de su vida.
»El caso es que Matt un día me contó una historia. No me dio nombres, hechos, ubicaciones ni fechas concretas. No hay forma de corroborarlo. Si quisiera llevarlo a los tribunales, diría que es mentira, y no hay forma de demostrar otra cosa. Pero yo lo creí. Estoy seguro de que estuvo allí.
»En los años setenta, la CIA estuvo experimentando con todo tipo de torturas.
Métodos de interrogatorio forzado y ese tipo de cosas, lo que fuera para conseguir que los presos cantaran y lo soltaran todo.
Estamos hablando de ahogamientos, confinamiento en espacios reducidos, privación del sueño, inyecciones de LSD…
, lo que se te ocurra. Y una cosa que probaron fue la privación sensorial extrema.
Encerraban a la gente en una habitación en total oscuridad y silencio.
Durante días, semanas o incluso meses. Eso es devastador a nivel psicológico.
Sin estimulación sensorial, el cerebro pierde el control.
Como forma de interrogatorio, tenía un efecto limitado, pero arrojó otros resultados interesantes.
»Hubo un chico al que mantuvieron encerrado durante más de un año.
Tendría veintipocos cuando lo detuvieron.
No sé los detalles, solo que el chico era el chófer o el asistente personal de alguien en quien el Gobierno estaba muy interesado.
Secuestrar a ese chico fue un enorme logro de inteligencia.
Llevaba con ese hombre casi toda la vida.
Había compartido con el malo todas sus experiencias personales.
»Pero le era muy leal, casi como si fuera su hijo, por lo que decían. Estaba tan comprometido con su jefe como consigo mismo. No importaba lo que le hiciera la CIA, que no quería hablar. No les daba ninguna información.
»Lo mantuvieron retenido y sin juicio durante mucho tiempo.
La mayoría de los analistas de la CIA estaban seguros de que el malo sabía que ellos tenían a su chico y que ya se habría adaptado y cambiado todas sus rutinas.
Y el muchacho había aguantado tanto que la CIA entendió que cualquier cosa que dijera ya no les serviría de mucho.
»Pero no querían liberarlo. Y llevaba tanto tiempo en prisión que llevarlo a juicio a esas alturas daría una muy mala imagen. Así que mi amigo Matt lo mantuvo retenido en una cámara de privación sensorial. Lo encerró y tiró la llave.
»El chico se lo tomó con tranquilidad durante los dos primeros meses.
Pero según se acercaba al año, supongo que se volvió un poco loco.
Empezó a gritar y a clavar las uñas en las paredes.
A esas alturas de la historia, yo ya no sabía si Matt se lo estaba inventando o era real, pero, según él, el chico empezó a comerse las heces.
Y a embadurnarse con ellas. Quería saborear, sentir, oler algo.
»Al final, Matt decidió probar con él un nuevo fármaco. Acababan de desarrollarlo, seguramente en el mismo laboratorio que producía LSD a gran escala. Acabó de desconectarlo del todo de sus sentidos. Convirtió al chico en un vegetal.
»A Matt le pareció estupendo. En vez de tener que construir cárceles complejas, ese fármaco suponía que podían retener, incapacitar y torturar a toda la gente que quisieran desde la comodidad de una habitación de hospital.
Así que siguió suministrándole el fármaco indefinidamente.
Quería saber cuánto podía soportar el cuerpo. Pero entonces ocurrió algo.
»Cada vez que le desconectaban el gotero para ponerle una nueva dosis, el chico empezaba a balbucear.
Nadie le dio importancia durante meses, porque no se le entendía; era todo un galimatías.
Pero sí detectaban palabras aquí y allá.
Cuando Matt comenzó a grabar esos momentos de balbuceo, se dio cuenta de que el chico describía cosas y proporcionaba datos aleatorios: la marca de un coche, la comanda de una comida, el nombre de alguien.
»Matt y sus compañeros completaron con esos pequeños detalles algunas lagunas en la información que habían recopilado sobre el malo.
Encajaban. Pero pronto vieron que algunos de esos detalles eran datos que el chico no podía conocer, porque ya llevaba fuera de circulación dos años.
Ya no podía saber nada de la vida ni de las rutinas de ese hombre.
»Pero se demostró que la información era buena.
La utilizaron para atrapar al malo. Los llevó hasta él.
No sé si lo mataron, lo detuvieron o qué, pero Matt aseguró que lo atraparon.
También me dijo que, si no hubieran llegado hasta él cuando lo hicieron, estimaban que, solo tres meses más tarde, habrían muerto ochenta soldados estadounidenses.
No sé dónde ni cómo, pero eso fue lo que me dijo.
»Ese chico fue capaz de meterse en la cabeza de su antiguo jefe y ver, oír y sentir lo mismo que él.
En la recopilación de información de inteligencia tradicional, cuando se escucha la llamada de alguien o se lee un telegrama, se denomina «interceptación».
En la actualidad, evidentemente, todo el que sabe que tiene una diana en la espalda utiliza líneas seguras y no transmite ningún detalle de ninguna forma que pueda interceptarse.
Todos usan teléfonos desechables, tablones de mensajes en la web oscura y aplicaciones de encriptación.
No es fácil ir por delante de los malos.
Siempre estamos jugando al gato y al ratón.
Pues, por puro accidente, Matt y su equipo habían descubierto una forma de interceptar los detalles más íntimos de la vida de sus objetivos.
Podían obtener información de maneras que no podían detectarse.
Joe se dio cuenta de que en su voz se notaba cierta admiración. Carraspeó y continuó:
—Eso fue en los años setenta. Fue a principios de los ochenta cuando todo se desarrolló.
Matt mencionó a Carter unas cuantas veces y a Reagan un par más.
Me dijo que era demócrata y que votó por Reagan.
Sea como sea, la investigación pasó de la CIA al Ejército y de ahí a contratistas privados.
Estuvo pasando de mano en mano entre ellos durante varias décadas.
A estas alturas todavía no sé quién es responsable de qué, quién creó qué ni quién tiene la patente.
Ni siquiera sé para quién trabajo yo. Sé que suena a evasiva, pero es cierto.
Como se había desviado un poco al contar la historia, Joe volvió a mirar a Riley para ver su reacción. Lo miraba con expresión confusa.
—¿Qué pasó con Matt? —preguntó Riley.
—Se fue a hacer otros proyectos en los que le pagaban más. No sé a dónde ni qué. La gente como Matt siempre está moviéndose y siempre cae de pie.
—¿Y el chico?
Joe miró al suelo.
—Estoy bastante seguro de que está muerto. No duran mucho.
Se dio cuenta de que se estaba revolviendo en el asiento. Miró a su hija otra vez y la encontró esperando con expectación a que continuara.
—Para cuando llegan a nosotros, llevan administrándoles el gas solo Dios sabe cuánto tiempo.
Estoy bastante seguro de que ya casi han perdido la cabeza del todo a esas alturas.
No creo que tengan ni idea de quiénes son ni por qué están donde están.
Cuando la privación sensorial se prolonga, entran en un estado casi animal.
Clavan las uñas por todas partes. Y gritan.
—Ella dice que le duele —apuntó Riley.
Joe asintió. Sabía exactamente de qué hablaba.
—Se llama «sintonización». El primer chico conocía íntimamente a su jefe, tal vez mejor que a sí mismo.
Pero alguien en alguna parte descubrió que a esa gente se la podía «sintonizar» con cualquiera.
Así que, para tener acceso a esa capacidad, les retiramos el gas.
Y recuperan todos sus sentidos de golpe. Es… doloroso.
—¿Y de dónde vienen? —preguntó Riley.
Joe negó con la cabeza.
—Nadie me lo cuenta y yo no pregunto. Antes tenía curiosidad, pero me he obligado a dejar de especular.
Siempre he querido pensar que eran soldados enemigos capturados, como ese chico.
Pero no estoy seguro. Pueden ser sintechos.
O veteranos. O… —Bajó la vista de nuevo.
No lo podía evitar—. O gente normal. Sea como sea, de lo que estoy seguro es de que son personas que la Compañía puede hacer desaparecer.
—Ella ha dicho que me va a matar. Como a mamá.
—Ella no mató a tu madre.
—Pues dice que sí.
—Tu madre se suicidó. Bishop la presionó, pero tu madre no sabía lo que tú sabes ahora. Y tú eres más fuerte. —Le apretó las manos—. Riley, mírame.
Ella obedeció.
—Está en tu cabeza, pero no puede hacerte daño. No puede hacer nada.
—No puedo ignorarla.
—Aguanta. Sé fuerte.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Riley.
—Quiero que pare.
—Aguanta hasta mañana. Tu padre se va a encargar de esto.