Capítulo 20
Joe estaba sentado delante de su ordenador, enfrascado en revisar todo lo relacionado con los últimos días de Kate.
Le dolían la espalda y el cuello por estar tanto rato inclinado hacia delante.
Había estado mirando la pantalla tan fijamente que llevaba varios minutos sin parpadear y le escocían los ojos porque los tenía muy secos.
Al menos esa era la razón que se dio para justificar por qué, de pronto, se le llenaron de lágrimas incontrolables.
Cada email personal de Kate que leía, cada foto que veía, cada transcripción de las consultas con el médico y de las llamadas a emergencias avisando de que había alguien en su casa, cada nueva información hacía que se acercase un poco más a la pantalla, que contuviera la respiración y que avanzara cada vez con más urgencia.
Al parecer, las alucinaciones empezaron solo tres días antes de su muerte.
A juzgar por sus emails y las transcripciones de las llamadas telefónicas con sus amigas, al principio fue todo bastante vago: el sonido de una voz en otra habitación, la silueta difusa de una persona que desaparecía en cuanto encendía la luz.
El lunes por la tarde llamó a emergencias. El informe del agente que acudió a la escena indicaba que no se encontró rastro alguno de intrusos ni la entrada forzada.
Había un hilo de emails entre Kate y su amiga Fran, una mujer que había conocido en clase de yoga y con la que Joe había coincidido un par de veces, en el que debatían si debía decírselo a Riley.
Kate no quería preocupar a su hija, pero por seguridad aceptó la pistola que Fran se ofreció a prestarle.
A Joe se le hizo un nudo en la garganta al leer ese email.
De ahí había salido el arma. Aun así, le costaba creer que Kate, precisamente, se sintiera tan vulnerable, tan aterrada y tan acosada que aceptara llevarse un arma a su casa, a un lugar donde siempre había adolescentes pasando el rato después del instituto.
No tenía que leer los informes policiales ni las evaluaciones psicológicas para saber que su exmujer no era la de siempre.
No debió de dormir nada la noche del lunes.
Se pasó de las dos a las seis de la madrugada en el ordenador, buscando información sobre la esquizofrenia y otras enfermedades mentales.
Entró en una cantidad enorme de páginas de Wikipedia.
También había búsquedas sobre demonios y seres sobrenaturales.
A las 5.43, Kate, que no había pisado una iglesia en su vida, buscó el padrenuestro.
La mañana del martes fue al hospital. Según lo que había escrito el médico en su historia clínica, Kate había visto a una mujer en su casa después de que Riley se fuera al instituto.
Y la vio con claridad: cara pálida, pelo largo y negro, bata de hospital y unos ojos que la hicieron preguntarse si estaría ciega, porque no paraban de girar mientras su cuerpo sufría contracciones y espasmos.
En el tiempo que tardó en sacar el teléfono del bolsillo, la mujer desapareció.
El médico le recetó unas pastillas para dormir suaves y la derivó a un especialista en salud mental, al que tenía que ir a ver al día siguiente.
Pero Kate murió antes de la hora de la cita.
Joe volvió atrás y releyó la descripción que el médico había anotado sobre la alucinación. Sobre la mujer.
Se quedó mirando las palabras, que eran casi las mismas que había utilizado Riley para describirla.
Intentó imaginársela, pero tenía la cabeza llena de recuerdos de su trabajo.
La descripción era bastante genérica. Tanto Kate como Riley podrían haber visto a una mujer así en cualquier película de terror.
Los hospitales, los manicomios y, por extensión, los fantasmas que llevaban ropa de hospital eran muy típicos del mundo del terror.
Tal vez Kate, cuando era joven, vio alguna película de esas que le dio tanto miedo que la imagen se quedó grabada en su subconsciente.
Y más adelante, por culpa del estrés o de la aparición de una enfermedad mental, su mente rescató ese miedo del pasado.
Y era posible que le hubiera contado los detalles a Riley y que por eso su hija estaba sufriendo esas mismas visiones terroríficas.
Joe se dio cuenta de que llevaba varios minutos con la mirada fija en la descripción del médico. ¿Qué habría pasado en el comedor mientras tanto? ¿Hannah habría hecho algún progreso?
Pinchó en la imagen de la cámara.
La imagen estaba en negro.
No, un momento, era de un rojo muy oscuro.
Pinchó en la configuración, pero no pudo hacer nada y la imagen siguió igual.
Volvió a ponerse los auriculares y subió el volumen. Las voces de Hannah y Riley le llegaban con total claridad.
—¿Qué quieres decir con que nos ha estado «estudiando»? —preguntó Hannah.
—Te encontró. Te ha estado vigilando desde hace un tiempo. No sabe cuánto. Ya no entiende qué es el tiempo. Al principio solo podía observar. No podía hacer nada. Y cuando te dejaba, se olvidaba de la mayor parte de lo que había aprendido. Pero se ha ido haciendo cada vez más fuerte. Poco a poco.
—¿Eso te lo ha dicho ella?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Después de que la policía me trajera a casa. Llevo aquí con ella todo el día. A veces me dice cosas que no entiendo, pero otras habla con absoluta claridad.
—¿No me habías dicho que te gritaba?
—Antes sí. Pero ha ido encontrando su voz. Sigue fortaleciéndose.
—¿Ah, sí?
—Sí. Cada vez es más fuerte. Y quiere que lo sepas.
—¿Y qué significa «más fuerte», para ser exactos?
—Que tiene más control.
—¿Sobre qué?
—Sobre ella. Y sobre mí.
La conversación se detuvo. Joe siguió escuchando con toda su atención.
—¿Está aquí ahora? —preguntó Hannah al fin.
—Sí.
—¿Y te está contando todo esto?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En la mesa.
—¿Justo delante de mí?
—Sí.
—¿Y qué hace en la mesa?
—Dice que alguien nos vigila.
—¿Se refiere a ella?
—No, otra persona. Y ella lo vigila a él.
—No lo entiendo.
—Hay una cámara. Escondida en la luz. La está mirando justo ahora.
Joe miró su pantalla, que seguía de color rojo oscuro, pero formaba un patrón. De repente lo tuvo claro: ese dibujo oscuro en espiral, rojo y blanco, no era aleatorio. Era sangre. Una cuenca ocular rajada.
El ojo parpadeó.
Joe se levantó de un salto.
El ojo se apartó. Su dueña se agachó.
Él no dejó de mirar su pantalla. Ahí, observándolo, había una cara pálida y cubierta de sangre. Tenía el pelo largo y negro, pero Joe reconoció de inmediato de quién se trataba. Solo la conocía con la cabeza rapada, pero supo al instante que era ella.
Era Bishop.
En su boca apareció una sonrisa torcida. Levantó la mano temblorosa e hizo un gesto muy leve, saludando a la cámara.
Joe se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación.
Recorrió el pasillo.
Cruzó el salón.
Abrió la puerta del comedor.
Riley y Hannah estaban sentadas a la mesa. Las dos lo miraron cuando irrumpió así. No había nadie más. Dio la vuelta a la mesa y se agachó para mirar debajo. Nada.
Revisó detrás de los armarios. No había nadie.
Pasó la mano por encima del centro de la mesa. Vacío.
Miró a la cámara que había en la lámpara. No estaba bloqueada.
Por lo que podía ver, estaban solos.
Por fin miró a las dos. Riley estaba sentada, imperturbable. Su cuerpo pareció relajarse, porque se recostó en el asiento y miró hacia delante.
—Se ha ido —anunció.
La expresión de Hannah era de puro terror.
Joe le hizo un gesto para que saliera con él.
—Tenemos que hablar.
Hannah se levantó de la mesa y salió con Joe al salón.
Cerraron la puerta del comedor tras de sí, pero no pudieron evitar echar un vistazo a la habitación.
La casa, con tantas ventanas y muebles modernos, siempre había parecido grande y espaciosa, como sacada de un catálogo.
Pero en aquel momento daba la sensación de que las paredes se cerraban sobre ellos.
Joe se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar con normalidad.
Había estado conteniendo la respiración y luego mantuvo unos jadeos rápidos y entrecortados.
Intentó controlarse y se obligó a inspirar y espirar despacio, pero le resultaba imposible en esa habitación tan agobiante.
Era como si esa estancia y la casa entera le estuvieran apretando una almohada contra la cara.
Sin esperar a Hannah, cruzó el salón y se dirigió al exterior.
El aire frío de la noche lo relajó y lo calmó lo suficiente para poder pensar.
Hannah salió detrás de él. Sus ojos recorrieron todo el espacio, examinando cada sombra del denso y extenso bosque. En estado de alerta y sin dejar de observarlo todo, habló en voz baja.
—Creo que es una Antena —dijo con un susurro poco inteligible, intentando que la información no llegara a oídos indiscretos—. Se ha metido en la cabeza de Riley.
Joe asintió.
—Es Bishop.
—Dios, ¿estás seguro?
—La he visto. En la cámara. Hace un momento.
—Quiero verlo.
Él la miró.
—Estoy seguro de que no hay nada en la grabación. Pero era ella. Quería que la viera.
—Joder.
Los dos se quedaron en silencio, procesando ese dato.
—¿Cómo estaba? —quiso saber Hannah.
—Tenía pelo. Seguramente sea un fragmento de la imagen mental que tiene de sí misma. Y se le veían los ojos heridos, como hoy. Pero me miró fijamente. Con una puta sonrisa en la cara.
Hannah sacudió la cabeza; la incredulidad se estaba colando en su mente, por lo general muy analítica.
—No tiene ningún sentido, joder. Solo pueden observar.
—Al parecer no.
—Esto va más allá de la visión remota. Incluso de la proyección astral. Nunca hemos visto señales de que puedan comunicarse con sus objetivos. O implantar visiones. O tener impacto en las mentes que interceptan.
Joe inspiró hondo.
—Hasta ahora.
Volvieron a sumirse en el silencio mientras reflexionaban.
—Por las cosas que me ha dicho Riley, Bishop lleva años dentro de nuestra cabeza —continuó Hannah—. Sabía lo de la muerte de Ashley. Y lo de nuestra aventura…
—Joder.
—Lleva vigilándonos diez años. Riley dice que todo este tiempo ha estado limitada, pero que se ha hecho más fuerte mientras nos observaba en nuestra vida personal.
Joe apretó la mandíbula al entender muchas cosas.
—Pero… —Algo se le había ocurrido a Hannah.
—Pero ¿qué? —preguntó Joe para que siguiera.
—Si solo ha conseguido reunir la fuerza suficiente para comunicarse ahora, ¿por qué Riley? ¿Por qué no ha ido a por ti? ¿O a por mí? ¿O a por la gente que trabaja en ese maldito sitio?
Joe se quedó pensando. Se puso muy serio y sus facciones se tensaron cuando lo comprendió.
—Primero estuvo en la mente de Kate. Debe de estar tanteando el terreno. Haciendo experimentos. Con mi familia. La mente de mi hija es su rehén ahora mismo.
Hannah metió la mano en el bolsillo para sacar el teléfono.
—Tenemos que informar de esto.
—No. —Joe la agarró por la muñeca, apartándole el móvil suavemente pero con firmeza.
—Joe, Bishop se está comunicando.
—Lo sé.
—La central tal vez pueda ayudarnos.
—Ya sé qué tipo de ayuda nos puede proporcionar la Compañía.
—Venga ya… Ellos no…
—Sabes que sí, Hannah. Encerrarán a Riley para estudiarla. Y profundizarán en esa investigación todo lo posible.
—Pero nosotros estaremos ahí. Podemos protegerla.
—Desapareceremos sin dejar rastro. Ellos se encargarán de eso.
Hannah se lo quedó mirando. Joe veía en su expresión que intentaba decidir si se estaba dejando llevar por la paranoia. Entonces ella tragó saliva. Había entendido que él decía la verdad.
—Tenemos que hacer algo —insistió.
Joe miró a su alrededor.
—Seguramente ella está oyendo toda esta conversación, ¿no? A través de tus ojos o de los míos.
—Tal vez. Bueno, es probable. Si puede, seguro que lo hace.
—¿En cuántas cabezas puede entrar a la vez? —preguntó Joe—. ¿Solo en una?
—No lo sé.
Hannah se abrazó el cuerpo sin dejar de mirar a su alrededor.
—¿Puede leer la mente?
—Yo… no lo sé. No sé cómo podría hacerlo. Su capacidad está totalmente vinculada a su sistema sensorial. En todas las sesiones y pruebas, solo ha podido interceptar sensaciones.
—Hasta ahora —repitió Joe.
Hannah asintió, pensativa.
—Pero, aun así, manipula las sensaciones. E implanta visiones o alucinaciones. Eso va mucho más allá de la capacidad de leer mentes.
—También va mucho más allá hacerle daño a alguien —apuntó él.
La doctora se quedó allí en silencio, sin quitarle la razón, pero sin confirmar lo que acababa de decir.
—No deberíamos decir nada más en voz alta —afirmó Joe con una clara expresión de determinación en la cara.
—¿Qué tienes pensado? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—No deberíamos hablar más de esto. Vete a casa.
—¿Qué? No.
—Lo último que necesitamos es que Aguirre se entere de que has pasado la noche aquí. No hay nada más que puedas hacer. Yo me encargo de esto.
—Joe…
—Estaremos bien. —Le señaló su coche—. Conduce con cuidado. No creas nada de lo que veas. Y no le cuentes nada de lo de esta noche a nadie.
—¿Y qué pasa con Riley y contigo?
Él se metió las manos en los bolsillos y dejó que sus músculos se relajaran un poco. Había logrado calmarse.
—Bishop puede vigilarnos, seguirnos, gritarnos y abalanzarse sobre nosotros gritando «¡bu!», pero no puede hacernos daño. —Miró a Hannah a los ojos—. Voy a hablar con ella. Con Bishop. Para ver si puedo ayudarla. Creo que es mejor que tú no participes en esto.
La doctora abrió la boca para protestar, pero la expresión de Joe decía que no había vuelta atrás, así que asintió para indicar que aceptaba su decisión.
—Haz lo que sea mejor para Riley.
Le dio la espalda y caminó hasta su coche.
Joe se la quedó mirando mientras subía al vehículo, arrancaba y salía por el camino de entrada. En cuanto estuvo lo bastante lejos, inspiró hondo el aire fresco de la noche. A continuación, se dio la vuelta y entró en la casa otra vez.