Capítulo 19 #2
La fuerte luz del comedor, que incidía directamente sobre la forma, impedía que Riley distinguiera qué era en realidad. Sus ojos necesitaron un segundo para adaptarse y, cuando lo consiguieron, distinguió un pie que sobresalía del bulto. Y después vio una mano con deditos.
Y todo encajó. Esa masa extraña, amoratada e inmóvil era —o había sido— un bebé.
Era pequeño, seguramente solo tendría unos meses.
Todo su cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la coronilla, estaba arrugado.
Por la forma en que estaba acurrucado, Riley pensó que debía de tener frío.
Necesitaba una manta para darle calor a ese cuerpo desnudo y frágil.
Pero su piel inmóvil, moteada y morada indicaba otra cosa.
No era capaz de apartar la vista. Se quedó mirando la cara. Tenía los ojos cerrados y los labios fruncidos en una expresión perenne de incomodidad, como si le hubieran arrebatado la vida cuando estaba en plena pataleta.
El bebé llevaba una pulsera naranja en la muñeca que destacaba sobre su piel apagada y amoratada.
Por un momento, Riley temió que, si se inclinaba para leer lo que ponía, el bebé cobrara vida, pero apartó ese pensamiento. Sentía que la mujer le había puesto ese bebé ahí por alguna razón. Para decirle algo.
Se levantó de la silla sin fijarse en la cara preocupada de Hannah, que la observaba con curiosidad. Se inclinó sobre la mesa. Había un nombre en la pulsera.
—Riley, ¿qué ocurre? —preguntó Hannah—. ¿Qué estás viendo?
—Ashley. —Riley leyó en voz alta lo que ponía en la pulsera—. Ashley… Chao. —Miró a Hannah, que tenía una expresión de total confusión en la cara.
—¿Qué acabas de decir?
—Ashley Chao —repitió Riley y volvió a sentarse—. ¿Has perdido un bebé?
Hannah tragó saliva. Se puso muy tensa, pero mantuvo el contacto visual y su voz sonó tranquila y profesional.
—Fue… hace unos diez años. Ashley tenía fiebre. Mi marido y yo la llevamos al hospital y solo veinte minutos después…, eh…, dejó de respirar. Fue devastador. Pero son cosas que pasan.
Las dos se quedaron sentadas un momento. Riley sintió que Hannah la estudiaba, así que tuvo que apartar la vista.
—¿Quién te ha contado lo de Ashley? —preguntó la doctora.
La adolescente miró hacia la mesa. El bebé ya no estaba.
—Riley —insistió Hannah—. ¿Cómo sabes lo de Ashley?
Cuando estaba a punto de responder, la puerta del comedor se abrió bruscamente y el padre de Riley entró en la habitación. Se quedó allí parado un momento, mirándolas. Su hija abrió la boca para decir algo, pero su padre cruzó la puerta y se dirigió a la mesa.
Hannah se levantó y lo saludó sin decir nada.
Los dos se miraron, ajenos a la presencia de Riley.
Entonces vio que su padre le cogía la cara entre las manos a la doctora y tiraba de ella para darle un beso.
La dulzura y la sensualidad de ese beso se convirtieron enseguida en una erupción de pasión.
Hannah le puso la mano en los pantalones mientras él le besaba el cuello.
Las manos de su padre, apresuradas y torpes, intentaban desabrocharle los botones de la blusa.
Fue abriéndolos uno a uno. Estaba ansioso. La blusa de ella le cayó desde los hombros y quedaron al descubierto su cuerpo delgado y su piel olivácea. Riley se dio cuenta por primera vez de lo atractiva que era la doctora.
Ella se soltó el sujetador y lo dejó caer al suelo. Su padre le cubrió los pechos con las manos y agachó la cabeza para besarlos. Mientras le lamía los pezones con la lengua, la doctora le agarró un mechón de pelo y tiró. Eso pareció despertar en ambos una sensación pasional de urgencia.
Él se soltó el cinturón y se quitó los pantalones mientras Hannah se sentaba en la mesa del comedor y después se tumbaba. Luego apoyó los pies y los omóplatos, arqueó la espalda y levantó la cintura para quitarse los pantalones y la ropa interior negra.
Su padre ya se había librado de la camisa y se tumbó encima de ella.
La mesa tembló. Hannah gimió y rodó de un lado a otro. Sus gemidos se volvieron más fuertes y descontrolados hasta que acabó gritando: «¡Dios!», en pleno éxtasis.
Él le tapó la boca con la mano.
«Calla, vas a despertar a Riley», dijo él.
—Riley, ¿qué ves?
La voz era la de Hannah, pero sonaba serena y aséptica.
Ella parpadeó.
Su padre ya no estaba en la habitación. No había ropa en el suelo. Ni nadie tumbado en la mesa. Todo volvía a ser como antes. La doctora seguía sentada a su lado, con el ceño fruncido por la preocupación y la curiosidad.
—Has visto algo ahí, ¿verdad? —preguntó Hannah.
La chica asintió.
—¿Qué era?
—¿Tú… te acostaste con mi padre?
Hannah puso cara de absoluta sorpresa.
—¿Qué?
—Cuando era pequeña. ¿Teníais un lío?
Hannah parpadeó. Abrió la boca mientras buscaba las palabras adecuadas.
Riley tuvo una extraña revelación.
—¿Se enteró mi madre? ¿Por eso se divorciaron?
Hannah bajó la vista.
—¿Fue por eso? —insistió la chica.
—Tu padre y yo lamentamos lo que hicimos.
Ashley acababa de morir. Mi matrimonio se había vuelto muy difícil y yo no estaba bien.
Tu padre era y siempre ha sido un buen amigo.
Me apoyó en esa época. Y, bueno…, pasó. No es excusa, por supuesto.
Fue una mala decisión. Tomamos muchas decisiones equivocadas. Y los dos lo sabíamos.
Estiró el brazo y le cogió la mano.
—Lo siento, Riley. Lo siento muchísimo —se disculpó Hannah.
Aunque ella no la oía. Esa extraña presión había empezado a latir de nuevo en el fondo de sus ojos. La mujer estaba preparando algo para entretenerla.
—¿Tu madre te contó lo de tu padre y yo? —continuó preguntando la doctora.
—No —respondió la chica mientras miraba fijamente el centro de la mesa.
—¿Oíste alguna conversación al respecto? ¿O alguna pelea cuando eras pequeña? ¿Algún comentario que hizo tu madre que estás entendiendo ahora?
—No.
—¿Esa mujer es quien te está contando todo esto?
—Me lo está enseñando.
—¿Y cómo sabe esas cosas? ¿Cómo puede saber lo de Ashley?
Riley parpadeó. En ese lapso mínimo de tiempo que tardó en volver a abrir los ojos, la mujer apareció en el centro de la mesa vacía.
Las cuencas de sus ojos, de las que todavía salía sangre que le corría por las mejillas, se inclinaron para mirar a Riley.
La chica quería cerrar los párpados, pero no podía apartar la mirada de esa cara pálida y de esos ojos cavernosos.
—Riley, ¿cómo puede saber esa mujer lo de Ashley? —repitió Hannah.
La boca de la mujer no se movió, pero la chica oyó su voz de todos modos. Resonaba en el interior de su cabeza.
Entonces repitió lo que le había dicho.
—Te encontró. Consiguió entrar.
—¿Entrar? ¿En dónde? ¿En mi cabeza?
Riley asintió.
—Primero, papá. Y después tú. Te ha estado vigilando. Estudiando. Buscando tu punto débil. Y luego fue a por mi madre. —Las comisuras de la boca de la mujer se elevaron—. Y ahora está dentro de mi cabeza.
La mujer sonrió a Riley.