Capítulo 19
Riley se sentía aturdida.
Su experiencia en el parque la había conmocionado.
Había estado a punto de apuñalar a un equipo de fútbol de niñas, y todo por miedo a la mujer.
Riley había logrado explicar su situación a la policía en el parque.
Montó un buen espectáculo, llorando sin parar mientras contaba que no había podido dormir nada tras el suicidio de su madre y que había salido a dar un paseo porque necesitaba tomar el aire, pero se había quedado frita en el parque.
Les dijo que el equipo de fútbol la había despertado y que se encontraba confundida y desorientada, pero que ya se había recuperado.
La facilidad con la que había mentido a los policías la sorprendió.
Tal vez no se había vuelto loca. Alguien que había perdido el juicio no podía amenazar con un cuchillo a unas niñas en un parque público y luego convencer a la policía de que la llevaran a casa.
Ni al hospital. Ni a la cárcel. Consiguió que sintieran lástima de ella y la devolvieron a casa de su padre.
La mujer estuvo con ella, en el coche de policía, durante todo el trayecto.
Se sentó junto a Riley y, con espasmos musculares y rechinando los dientes, hundió la cabeza entre los hombros. Hablaba de cabras y de números de teléfono, o algo así. Pero Riley la ignoró. Los policías le dijeron que procurara descansar, esperaron a que saliera del coche y se marcharon.
La mujer entró en la casa con ella. Chilló, se abalanzó y se clavó las uñas en la cara hasta arrancarse la piel, que se le quedó pegada a las uñas. Riley intentó hacerle preguntas, pero, entre un grito y el siguiente, solo murmuraba cosas sobre armas e intersecciones de calles.
En cierto momento, sacó su teléfono y se puso a grabarla. Al menos así tendría pruebas, algo que poder mostrar a la policía o a su padre. Pero en las fotos y en el vídeo solo había imágenes del salón vacío. No había gritos ni sangre ni mujer alguna.
Después de eso, desapareció durante un rato.
Hasta cierto punto, la ausencia de la mujer ponía a Riley más nerviosa que tenerla al lado gritándole y abalanzándose. Por mucho que creyera haber dominado el miedo, se dio cuenta de que seguía sin poder dormir, comer ni hacer nada, porque sabía que la mujer podía aparecer otra vez.
Fue entonces cuando se le ocurrió que había una única forma potencialmente segura de librarse de la mujer.
Una única forma de poder dormir. Una única forma de ver a su madre otra vez.
Se imaginó acercando el cuchillo a la muñeca y haciéndose unos cortes cada vez más grandes y profundos, hasta que fueran lo bastante amplios como para que esa mujer saliera de su interior.
Toda la oscuridad que había en ella se iría resbalando por la bañera. Y Riley sería libre.
Le parecía la única solución. Como cuando se aplicaban sanguijuelas para succionar un veneno, Riley podría drenar poco a poco a la mujer de su cuerpo, de su mente y de su organismo. Y podría dormir. Un sueño en absoluta calma y oscuridad.
La fantasía le resultaba tan atractiva que se asustó.
Llamó a su padre. Él volvió a casa enseguida, más rápido de lo que esperaba.
El tiempo parecía avanzar de forma extraña esos últimos días.
Riley podía permanecer durante horas sentada en silencio, mirando alrededor en busca de la mujer, y, al echar un vistazo al reloj, descubrir que solo habían transcurrido unos minutos.
Otras veces, su mente estaba envuelta en una especie de neblina y, cuando algo la devolvía a la realidad, resultaba que había pasado una hora sin saber cómo.
Hacía ya mucho rato que su padre había vuelto a casa.
El tiempo la había vuelto a engañar; había pasado a toda velocidad.
De repente estaba sentada con la compañera de trabajo de su padre, Hannah.
La conversación fluía con ella. Le caía bien desde siempre.
Aunque, precisamente por el cariño que le tenía a Hannah, esa conversación sobre su estado mental le resultaba más incómoda.
Era horrible que alguien a quien respetabas diagnosticara que estabas para que te encerraran.
—¿La mujer que has visto hoy era la misma que viste anoche? —preguntó Hannah.
Riley asintió.
No la miraba, sino que tenía la vista fija al lado.
La mujer que gritaba había aparecido al inicio de la conversación en la silla junto a Hannah.
Había desaparecido, pero Riley seguía sintiendo su presencia.
No podía definir la sensación, pero, cada vez que ella estaba cerca, notaba como una especie de «presión» que le estrujaba el cerebro.
Le había llevado dos días relacionar ambas cosas.
Primero pensó que se trataba de un dolor de cabeza por la falta de sueño, tal vez por la deshidratación.
No.
Se trataba de la mujer, que abría una puerta para colarse en la cabeza de Riley.
Estaba segura de ello.
—¿Y qué hace? —continuó Hannah.
Riley se quedó callada.
—Puedes contármelo.
—Me grita. Pero, como he dejado de responder a eso, ahora intenta otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Visiones.
—¿Como qué? —Hannah se inclinó hacia ella.
Pero Riley no estaba prestando atención a su presencia.
—Riley —insistió la doctora—. ¿Qué tipo de visiones? ¿Qué hace que veas?
—A mi madre —respondió Riley.
Era cierto. La mujer ya no estaba en la silla vacía a la derecha de Hannah.
Se había convertido en la madre de Riley.
Y tenía buen aspecto, pensó la chica. Llevaba una de sus camisetas de tirantes color mostaza con un corazón rosa grande en el centro.
Las había encontrado en oferta en Target y se había comprado cinco.
Riley no recordaba que su madre mirara mucho el dinero en el pasado, pero desde el divorcio se dedicaba a recortar cupones, a comprar ropa en las rebajas y a ahorrar, ahorrar y ahorrar.
Cada vez que sus amigas iban a su casa, a Riley le daba vergüenza que su madre siempre llevara puesta la misma camiseta, porque parecía que solo tenía una.
La teoría sobre esa frugalidad reciente que había desarrollado Silvia, la amiga de Riley, era que la madre estaba empezando a recuperar el control de su vida y quería reducir la dependencia que tenía del padre.
Aun así, ver de repente a su madre sentada a la mesa, llevando la camiseta amarilla que tanto odiaba, hizo que le atravesara el pecho un relámpago de dolor profundo. Su madre era guapísima. Riley siempre lo supo y siempre confió en tener la grandísima suerte de envejecer tan bien como ella.
Su madre solo se maquillaba para las ocasiones especiales y no se molestaba en intentar ocultar las patas de gallo que le habían salido junto a los ojos.
Ni tampoco las arrugas que se le formaban en la frente y en las mejillas cada vez que su cara se transformaba gracias a una enorme sonrisa que, cuando algo le parecía gracioso, a menudo iba acompañada de una carcajada fuerte e irrefrenable.
Esas carcajadas muchas veces surgían en momentos inoportunos —durante la cena, en el cine, en el funeral del tío Dan— y Riley fulminaba a su madre con la mirada.
Entonces ella intentaba contener la risa y emitía un ruido ahogado y escandaloso.
Y a continuación, para mayor vergüenza de Riley, su madre se reía aún más.
La persona que veía sentada al lado de Hannah era justo como Riley quería recordar a su madre, la imagen que quería tener de ella en su mente para siempre. Con la camiseta amarilla de rebajas y todo.
Hannah se giró y miró también la silla que tenía al lado. Pero los ojos de ella siguieron mirando alrededor y examinaron la habitación en busca de lo que fuera que había llamado la atención de la adolescente.
Al parecer, la doctora no veía nada.
Fue entonces cuando las comisuras de los labios de su madre, que sonreía, empezaron a elevarse y a tensarse.
La boca de rasgos fuertes y agradables de su madre formó una sonrisa demasiado amplia y antinatural.
Y la mueca llena de dientes ascendió por encima de las mejillas hasta convertirse en una sonrisa monstruosa que resultaba demasiado grande para ser humanamente posible.
Se le agrandaron los ojos, cuya parte blanca se llenó de sangre, como si estuvieran inyectando pintura roja en una esfera de cristal.
Y esos ojos ensangrentados miraron a Riley.
La sien izquierda se desmoronó y de la herida salió sangre a borbotones, que salpicó la mesa.
Y ella se echó a reír luego con una carcajada natural y familiar, justo como Riley la recordaba. Solo que, en vez de ver las arrugas de su madre estirarse por la alegría, el sonido le llegó desde algún lugar del interior de una cabeza que convulsionaba y sangraba por los ojos y la sien.
La risa continuó. Cada vez sonaba más fuerte y más larga, mucho más de lo que Riley recordaba, como si fuera una grabación atascada en un bucle entrecortado.
Riley cerró los párpados con fuerza y agachó la cabeza.
Notó que alguien le cogía la mano. Un contacto cálido y tierno.
Era Hannah.
—Oye, el dolor por la pérdida puede hacer estragos en la mente —explicó la doctora, dándole palmaditas en la mano—.
A veces, es como si en nuestro cerebro hubiera unos embalses; cada vez echamos más cosas dentro y se van llenando.
Y nuestros pequeños embalses emocionales siguen aguantando por muchas experiencias horribles con las que tengamos que lidiar.
O eso creemos. Pero el dolor por una muerte es como un puto monzón.
No cesa, lo llena hasta arriba, pero sigue y sigue.
Entonces las presas, los diques, las represas, los muros de contención, lo que sea…
Todas esas cosas que hemos construido para evitar que nuestros embalses rebosen…
revientan. Y, cuando uno de ellas se rompe, las demás van detrás.
Como fichas de dominó. Y puede ser devastador. Pero no pasa nada, es normal.
Riley inspiró hondo y abrió los ojos.
Su madre ya no estaba.
Pero había algo nuevo.
En el centro de la mesa se veía un bulto irregular de color morado.