Interceptores Capítulo 18
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Capítulo 18

El vídeo empezó tan de repente que a Joe le costó entender lo que ocurría. La cámara que llevaba el agente de policía en el pecho giró cuando él abrió la puerta del coche y salió a la calle de un barrio de clase media en una tarde soleada.

Casi de inmediato se oyeron ruidos secos de disparos —¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!— que provenían de una de las casas. La cámara se sacudió con violencia cuando el policía se agachó tras el coche y sacó el arma.

«¡He oído disparos! ¡Disparos!», oyó Joe que gritaba el hombre por la radio.

El vídeo se estabilizó, porque el policía se tomó un momento para recuperar la compostura. La cámara lo grabó agachado y apuntando por encima del capó del coche hacia la pequeña casa tipo rancho.

El jardín estaba verde, pero el césped se veía demasiado alto y había muchas malas hierbas.

Rodeaban la casa unos setos sin podar, con ramas que sobresalían como mechones de un mal corte de pelo.

Kate no quería contratar a un jardinero, en parte, sospechaba él, para demostrarle que podía ocuparse de todas las tareas típicamente masculinas sin ayuda.

Y se las arreglaba bien, pero el mantenimiento a veces se le iba un poco de las manos.

El policía se levantó, rodeó el coche y avanzó hacia la puerta principal de color rojo, la misma en la que Joe se quedaba parado, con los brazos cruzados y los ojos en blanco, mientras Kate le echaba la bronca por haber devuelto a Riley a su casa un domingo pasada la medianoche.

«¿Es que no sabes que tiene un examen de cálculo mañana?

¿Y que ni siquiera ha empezado el trabajo sobre La letra escarlata ?

Está en su agenda. ¡Pero tú nunca prestas atención a lo que pasa en su vida! ».

La puerta roja se abrió. El policía retrocedió y volvió a adoptar la postura defensiva, parapetado tras el coche.

Entonces Joe la vio.

Kate salía de la casa trastabillando, caminando hacia atrás.

No podía creer el aspecto que tenía. La había visto solo un par de semanas antes y, en ese momento, tuvo que reconocer que estaba tan guapa como siempre.

La vida de madre soltera, que solía envejecer a la mayoría de la gente, le había sentado tan bien a Kate que incluso parecía más joven.

Nunca le había preguntado si salía con alguien, pero sabía que no estaría soltera por mucho tiempo.

Pero esa que veía en el vídeo no era la misma mujer.

Parecía haber envejecido veinte años en una semana.

La diferencia era tan grande que Joe asumió que la habían pillado probándose un disfraz de Halloween o algo así.

Lo que se veía tenía que ser producto de una peluca y del maquillaje para parecer más pálida.

Siempre tuvo la piel muy blanca, que contrastaba con el pelo negro ondulado, pero tenía la cara completamente pálida.

No se había peinado ni recogido el pelo.

Lo tenía todo enredado y lleno de nudos.

Se giró para mirar al policía. Tenía la boca muy abierta, como si estuviera en pleno grito.

Eso no era un disfraz. Era una transformación.

«¿Qué quieres? —gritó, aunque no se dirigía al policía. Chillaba en dirección al interior de la casa—: ¡Sal de aquí! ¡Sal de aquí!».

«¡Policía! ¡Suelte el arma!», ordenó el agente.

Entonces Joe vio el arma en la mano de Kate.

Era una pistola semiautomática ligera y negra.

No pudo identificar la marca ni el modelo debido a la mala calidad de la imagen, pero se trataba de un arma pequeña, de las que pueden guardarse fácilmente en un bolso o en una funda de tobillo.

Joe estaba seguro de que tenía que ser un juguete o algún objeto de la casa con forma de pistola.

Kate odiaba las armas. No quería tener ninguna en casa. ¿De dónde había sacado esa?

«¡He dicho que la tire!», repitió el agente.

Kate pareció no oír ni percibir la presencia del agente. Toda su atención estaba fija en lo que fuera que había en el interior de la casa.

«¡Déjame en paz! ¡Solo quiero que me dejes en paz!». Sus gritos eran histéricos y descontrolados.

«Somos de la policía —insistió el agente, más alto todavía—. ¡Suelte el arma ya!».

Kate por fin se giró y miró al agente, al que estaba claro que veía por primera vez.

Pero no se fijó en él durante mucho tiempo.

Sus ojos empezaron a moverse de izquierda a derecha.

Por la forma en que mantenía la boca abierta y los ojos desorbitados de miedo, estaba claro que veía algo allá donde miraba.

Rompió en sollozos y le cayó un reguero de lágrimas por la cara. Eran fruto de que acababa de darse cuenta de algo horrible.

«Ella está en todas partes… Está en todas partes», gritó Kate.

«Señora, cálmese. —El agente debió de darse cuenta de que no tenía delante a una tiradora peligrosa, sino a alguien con una alteración mental. No dejó de apuntar a Kate, pero su voz adoptó un tono de negociación—. Está a salvo. La policía está aquí. Pero necesitamos que deje el arma en el suelo».

Kate siguió ignorándolo. Miraba más allá. Su respiración y los músculos de su cara se relajaron. Una calma profunda se instaló en su cuerpo.

«Ella solo está en mi cabeza…, nada más que en mi cabeza —repitió como si fuera un nuevo mantra—. Ella solo está en mi cabeza. Ella solo está en mi cabeza».

Entonces se quedó callada. Su mirada se volvió fija y firme. Había en esos ojos una profunda determinación que Joe conocía bien. Kate se había decidido a actuar. No habría forma de convencerla de lo contrario. Y, sin dudar, se llevó el arma a la sien.

«¡No! Señora, no…», empezó a decir el agente.

¡Bang!

Joe dio un brinco al verlo.

Incluso en el vídeo distorsionado y movido de la cámara corporal, vio que la cabeza se proyectaba hacia un lado y salía un chorro pulverizado de gotas rojas por la sien izquierda, acompañadas de unos cuantos trozos más grandes de cráneo y cerebro.

Contempló cómo la sangre manchaba el lateral amarillo de la casa y el cuerpo caía inerte sobre el escalón de la entrada.

La cámara se sacudió violentamente cuando el policía salió corriendo desde detrás del coche hacia el cuerpo, que estaba tirado en el suelo, en una postura antinatural, con una parte sobre el escalón de la entrada y otra sobre un arbusto.

La bilis le llenó la boca a Joe. Le dio la sensación de que el estómago y los pulmones se le habían fusionado.

No era capaz de introducir aire en el cuerpo con la rapidez necesaria y, cuando lo conseguía, sentía náuseas.

Se levantó. Se le olvidó que llevaba los auriculares puestos.

El tirón del cable lanzó el teclado al suelo con un estruendo y le arrancó los auriculares de las orejas. Apenas se dio ni cuenta.

Mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, se obligó a respirar hondo para calmarse. Apretó los puños y luego los aflojó. Y volvió a apretarlos. Al poco, su cuerpo se relajó. Las náuseas pasaron, pero enseguida las sustituyó una nueva emoción.

Una profunda tristeza tiró de él hacia el suelo y amenazó con sumergirlo en una oscuridad infinita. Solo quería tumbarse y cerrar los ojos.

Esa emoción también pasó.

Volvió a sentarse al ordenador y abrió los demás archivos sobre Kate.