Interceptores Capítulo 17
52%

Capítulo 17

La alarma sonó en cuanto Joe entró en la casa.

Todas las luces estaban encendidas, y la televisión también, con las noticias a todo volumen.

Joe se acercó a la consola de la alarma e introdujo su clave.

—Riley. Ya estoy en casa —saludó.

Se preguntó si lograría oírlo por encima de la tele tan alta, así que se acercó y la apagó.

Pero la casa no se quedó en silencio. También el equipo de música estaba sonando muy alto.

Fue hacia donde estaba y lo apagó, pero entonces le llegó otro ruido.

Se oía la radio de la cocina muy fuerte, pero no era música lo que sonaba, sino solo electricidad estática.

Notó que se le formaba un nudo en el estómago por la preocupación. Riley había creado un muro de sonido en la casa, seguramente para intentar bloquear lo que oía.

Fue a la cocina por el pasillo. Vio una figura por el rabillo del ojo. Era una mujer que salía de la penumbra y se le acercaba con un cuchillo en la mano. Joe se paró en seco y se dio la vuelta, demasiado sobresaltado como para que le diera tiempo a gritar.

El fugaz momento de terror pasó cuando se dio cuenta de quién era.

—Riley —dijo en cuanto sus ojos entendieron que esa persona frágil y con pinta de desamparada que tenía delante era, sin duda, su hija.

Aunque sostenía el cuchillo a la altura del pecho, en sus movimientos no había rabia ni objetivo.

Fue hacia él trastabillando con unas piernas que parecían demasiado débiles para sostenerla.

Dejó de avanzar y se lo quedó mirando con los ojos vidriosos y entornados, aunque Joe no sabía si era por miedo o por confusión.

—Riley, ¿estás bien? —preguntó y levantó las manos para acercarse a ella, como hacía con un perro que no conocía—. Deja el cuchillo.

Ella ladeó la cabeza y se quedó con la boca abierta. Estudió a Joe con la mirada. Lo observó de arriba abajo, primero fijándose en su cara y luego en el resto de su cuerpo. En ningún momento dejó de agarrar el mango del cuchillo con fuerza.

—¿Eres real? —preguntó por fin.

—Sí que soy real, cariño.

—¿Cómo puedo estar segura?

Joe se quedó pensando. No bajó las manos, pero siguió avanzando hacia ella.

—¿Te acuerdas de aquellas navidades cuando tenías… siete años, creo, y te regalé todas las pistolas de juguete que había en la tienda? Absolutamente todas. Después cogimos los cojines que había por ahí y construimos fuertes por toda la casa, en todos los sitios, y nos pasamos horas disparándonos.

Los ojos de Riley no dejaron de examinarlo, pero su expresión permaneció impasible.

—Tu madre había ido a ayudar a tus abuelos.

Y cuando volvió… —Se quedó callado y sonrió al recordar—.

Parecía enfadadísima. Habíamos puesto la casa patas arriba.

Iba de acá para allá sin dejar de regañarnos.

Pero, en realidad, no era más que una distracción; solo quería que dejáramos las pistolas.

Entonces cogió una que funcionaba a pilas y parecía una ametralladora Gatling y nos acribilló.

Nos persiguió hasta el dormitorio sin dejar de disparar dardos de gomaespuma.

Dios, qué bien nos lo pasamos ese día, ¿verdad?

Los músculos de la cara de Riley, que hasta entonces estaban muy tensos, se relajaron.

—Echo de menos a mamá.

—Yo también.

¡Clang! El cuchillo cayó de la mano de Riley y repiqueteó contra el suelo.

Joe fue hacia ella y la abrazó fuerte. Notó que respiraba de forma entrecortada y que las lágrimas le caían sin control, empapándole la camisa.

Ella siguió llorando en silencio, con sollozos llenos de dolor.

Joe le puso la mano en la cabeza y se la apretó contra su cuerpo. Así estaba segura y a salvo.

—Te buscaremos ayuda, Riley. Todo se va a arreglar.

Riley se sentó a la cabecera de la mesa del comedor y él se arrodilló al lado de su hija, sin soltarle la mano. Hizo un gesto en dirección a la puerta, donde estaba Hannah. Ella sonrió con cariño a Riley, pero mantuvo la distancia, esperando a que la invitaran a acercarse a la mesa.

—Hannah es experta en psicología y psiquiatría, además de ser médica —explicó Joe.

—Titulada en Medicina y con dos doctorados —comentó Hannah—. ¿Qué puedo decir? Los padres asiáticos son muy difíciles de impresionar.

Riley sonrió un poco.

Al parecer, Hannah no necesitaba más invitación. Entró decidida en la habitación y se quedó un momento esperando junto a la mesa.

—Olvidémonos de todos esos logros académicos tan impresionantes, apabullantes e increíbles. He venido como amiga. ¿Te parece bien que me siente y hablemos un poco?

La adolescente asintió.

Hannah se lo tomó como el permiso definitivo para dar un paso más y sentarse a la mesa con ella.

—Dios, hace una eternidad que no te veía.

Ahora eres una adulta de verdad. ¿Te acuerdas de la fiesta de tu sexto cumpleaños aquí, en esta casa?

Te regalé un robot que podía levantar cosas y no sé qué más.

Me pareció superguay. ¿Qué niño no quiere algo tan chulo como un robot?

Para tener solo seis años, no parecías nada impresionada. ¿Qué fue de ese trasto?

Riley fijó la vista en la mesa y sonrió.

—Lo hice caminar hasta el borde de la encimera y se cayó. Nunca volvió a funcionar bien.

—¿Qué? ¡Ese chisme me costó cien dólares!

—No era un juguete muy bueno —comentó Riley, sacudiendo la cabeza y riéndose por lo bajo.

—Era un juguete espectacular. ¡Era un maldito robot!

—Solo andaba por ahí y pitaba.

—Pues lo que yo decía…, increíble.

Las dos se miraron y sonrieron.

Hannah levantó las dos manos en un gesto de derrota.

—Vale, no tengo ni idea de qué les gusta a los niños. Debería haberte comprado una Barbie o algo así.

—Puaj.

—¿Y un machete? ¿A las niñas de ahora les gustan los machetes?

—Eso sí que habría sido espectacular.

—El año que viene. Como regalo de graduación del instituto.

—Me gradúo este año.

—Dios, pero qué mayor eres. Y supongo que yo también.

Se quedaron sentadas en silencio unos minutos.

Joe seguía en el suelo, junto a Riley. Miró a su hija y después a Hannah, pero ninguna de ellas le devolvió la mirada.

Ambas fijaron la vista en la mesa y sonrieron para sí.

Entonces se dio cuenta de que la doctora, con toda intención, estaba imitando la postura de Riley: encorvada en el asiento, con la mirada baja y las manos unidas sobre la mesa, en tensión.

Le pareció un buen momento para sentarse con ellas. Se levantó del suelo y sacó una silla. Cuando fue a sentarse, Hannah intervino:

—Joe, ¿nos dejas solas a las chicas un momento? —Su voz sonó amable, como si le estuviera haciendo una sugerencia que se le acabara de ocurrir, pero cuando la miró, vio que le señalaba la puerta con la mirada.

Él comprobó la reacción de Riley, que no protestó.

—Eh…, sí, claro —accedió y se incorporó.

Le dio una palmadita en la mano a Riley y se fue al salón.

Cerró la puerta casi del todo, pero dejó abierta una rendija.

—Ciérrala bien —pidió Hannah—. Quiero oír el clic.

Soltó un suspiro mientras tiraba de la puerta y la cerraba. Se quedó solo en el salón. Como la casa estaba en silencio, el ruido amortiguado de la conversación se colaba por la puerta. Se arrodilló y pegó la oreja.

—Oye, cuando te he dicho que estoy aquí como amiga, era en serio —oyó que aseguraba Hannah—.

Puedes confiar en mí. No voy a juzgar nada de lo que me digas.

Y seguro que hay cosas que no quieres que le cuente a tu padre.

No te puedo prometer nada, pero podemos hablarlo y ver si llegamos a un entendimiento. ¿Te parece bien?

Hubo una pausa y Joe asumió que Riley había asentido.

—Sé sincera conmigo —continuó Hannah—. ¿Tomas alguna droga? No te voy a criticar. Necesito que me digas toda la verdad para que pueda ayudarte. Créeme, yo también he hecho ese tipo de cosas cuando era joven. ¿Hay algo?

—No.

—No me refiero solo a drogas duras. ¿Fumas marihuana?

—Hace meses que no.

—¿Fármacos con receta, como oxicodona, por ejemplo?

—No.

—No sé qué más cosas están de moda entre los adolescentes ahora mismo… ¿Setas? ¿Éxtasis? ¿Medicinas para el TDAH? ¿Esnifas pegamento?

—No.

—¿Alcohol? ¿Bebes?

—A veces en alguna fiesta. O los fines de semana. Pero ahora no.

—¿Anoche dormiste algo?

—No.

—¿Y tienes hambre? ¿Has comido algo hoy?

—Nada.

—Eso no es raro teniendo en cuenta lo que viviste ayer. Es normal estar triste, Riley.

La voz con la que respondió sonó extrañamente firme.

—No es por eso.

—Explícame a qué te refieres.

Riley no respondió.

Joe pegó la oreja aún más a la puerta. Había tanto silencio en la casa que oía incluso el zumbido del rúter. También su propia respiración y el roce de su ropa al moverse. Pero no escuchó lo que decía Riley, si es que había respondido de alguna manera.

Se levantó despacio, intentando no hacer ningún ruido que delatara que había estado espiando. Luego, despacio, salió de puntillas de la habitación.

Fue a su dormitorio y cerró la puerta.

Se sentó a su mesa e inició la sesión en su ordenador.

Abrió la aplicación de la alarma. Aparecieron las imágenes de varias cámaras de seguridad formando un mosaico en la pantalla.

También apareció una imagen cenital, tomada con un gran angular, de Hannah y Riley sentadas a la mesa del comedor.

La cámara estaba escondida en el plafón de la luz del techo del comedor.

Cuando instalaron el sistema de seguridad, tantos años atrás, Joe les pidió que ocultaran todos los dispositivos.

No quería que su mujer y su hija supieran que las estaban observando.

Sintió una punzada de culpa mientras veía la conversación que se estaba desarrollando en el comedor. Sabía que Riley creía que era privada, pero Joe era su padre y ella estaba sufriendo. Para él, la seguridad estaba por encima de la intimidad.

Enchufó unos auriculares a los altavoces.

—Y esa mujer que ves… —estaba diciendo Hannah, que se había inclinado hacia delante.

Era evidente que, en el poco tiempo que había necesitado él para ir a su cuarto e iniciar el ordenador, la doctora había dirigido la conversación al verdadero problema de Riley.

—¿La habías visto antes? —preguntó Hannah.

—No —contestó la chica con un temblor en la voz.

Joe vio que tenía la cabeza girada hacia donde estaba la doctora, pero parecía estar más bien centrada en la silla que había a su lado.

Hannah también se había dado cuenta. Miró la silla vacía, pero enseguida volvió a centrarse en Riley.

—¿Y no es nadie que conozcas? ¿Una amiga de tu madre, una profesora, una vecina?

—No.

La doctora asintió.

—¿Cuándo fue la primera vez que la viste?

—Ayer. Cuando veníamos en coche hacia aquí. —No dejaba de mirar a un lado.

Joe se acercó a la pantalla y examinó la zona que llamaba tanto la atención de su hija.

La única luz que había en el comedor provenía del plafón del techo.

Daba una claridad brillante que se reflejaba en la mesa y en la coronilla de las dos mujeres, pero el resto del comedor estaba en penumbra, lleno de sombras.

Estaba diseñado así a propósito, según había entendido Joe, porque producía una experiencia más íntima de la comida compartida.

—¿Has visto a esa mujer o a alguien que se le pareciera en un sueño? —preguntó Hannah.

Riley no respondió. Tragó saliva sin dejar de mirar al lado de la doctora.

Hannah pareció ponerse tensa en su asiento. A esas alturas era evidente que Riley no estaba pendiente de ella, sino de algo más que había en la habitación.

—Riley…

La respiración de la chica se había vuelto trabajosa y no apartaba los ojos del asiento vacío.

—¿Ves a alguien a mi lado?

Riley respondió en un susurro muy rápido, como si una ráfaga de viento acabara de arrancárselo de los labios.

—Sí.

Joe se quedó mirando la parte de la mesa junto a la doctora.

El mueble no estaba del todo centrado en la habitación, de modo que la luz del techo no iluminaba bien el asiento situado a la derecha de Hannah.

Proyectaba sombras en la silla que hacían que se confundiera un poco con el suelo.

Cuanto más miraba y más se fijaba, más tenía la sensación de que las sombras de esa zona se movían y giraban.

La imagen llegaba con un leve retardo que causaba una distorsión, una pequeña interferencia en las imágenes desenfocadas del fondo.

Se pegó aún más a la pantalla.

Entonces las sombras parecieron fusionarse. Joe abrió los ojos como platos y el aire se le quedó atascado en la garganta. La levísima silueta de una figura muy pálida emergió de la oscuridad.

En la pantalla, Hannah se giró en su asiento y miró a esa silueta pálida y fantasmagórica que pareció moverse y devolverle la mirada.

Pero la doctora no reaccionó.

Solo giró la cabeza e inspeccionó la oscuridad durante un segundo. Después, sin transición, volvió a girarse hacia Riley.

—¿Me puedes describir lo que ves? —pidió con toda la calma profesional necesaria.

La tranquilidad de la voz de Hannah hizo que Joe inspirara hondo. Parpadeó. Ya no se veía la figura de la silla; tal vez era porque nunca había estado ahí. Un reflejo de la luz en una cámara que ya estaba un poco desfasada.

Rebobinó unos segundos para asegurarse.

Volvió a mirar.

No había ni figura ni sombra ni nada. Tal vez alguna mota de polvo que proyectaba la luz de manera extraña.

Sonrió para sí y se frotó los ojos.

—Joder, tío, mantén la cabeza fría —dijo.

Se quitó los auriculares de las orejas y se recostó en la silla.

¡Ping! Se sobresaltó con el pitido que lo avisaba de que tenía un mensaje nuevo. La casa estaba tan silenciosa que hasta un ruido tan común como ese bastaba para asustarlo.

Sin dejar de sonreír, un poco avergonzado por esa reacción, sacó su teléfono y leyó el mensaje. La sonrisa desapareció de sus labios al instante.

«Los archivos solicitados están en el servidor. Chuck».

Se giró hacia la pantalla. Abrió el servidor remoto, introdujo todos los datos necesarios para el proceso de verificación de varios pasos e inició sesión.

Y ahí estaba: una carpeta con el nombre KATHERINE GERHARD.

La abrió. Leyó los nombres de las distintas subcarpetas.

Se le formó un nudo en la garganta.

Notó que le temblaba la mano al hacer clic en una de ellas.

Se llamaba «Imágenes de la cámara corporal de la policía».