Interceptores Capítulo 16
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Capítulo 16

Joe estaba sentado en la mesa de su despacho.

Enfrente tenía al señor Aguirre, con una sonrisa burlona en la cara rechoncha.

—Dos accidentes en dos días, ¿eh, Joe?

El supervisor apoyó las manos sobre la mesa.

—Quiero que pongas en tu informe oficial que recomendé empezar a recopilar interceptaciones cuando ella estaba al treinta por ciento de capacidad sensorial. Y que fue petición tuya que subiéramos al cincuenta por ciento.

—Esa fue tu decisión, Joe.

Él se tensó y se mordió el labio.

El inspector dejó su tableta, cruzó los brazos y se lo quedó mirando.

—Y ahora tenemos una Antena defectuosa.

—Se ha arañado ella. No es raro.

—Un arañazo en una Antena es algo grave y caro. Pero, hablemos claro, eso no es un simple arañazo. Esa Antena se soltó de sus ataduras y ha invalidado una de sus fuentes principales de estimulación.

—Vamos, Javi…

—Se ha pinchado los ojos hasta sacárselos, Joe. —Los dos hombres se miraron fijamente. El señor Aguirre no había perdido su sonrisita—. Oye, ya sabes que soy tu amigo, Joe —continuó con calma, pero el tono era condescendiente.

—Ya —murmuró él sin apartar la mirada.

—Pondré en mi informe que tuvimos un desacuerdo sobre hasta dónde se podía llegar.

Y haré hincapié en la claridad de las interceptaciones que recibíamos.

No te preocupes por eso, Joe. —Se llevó la mano al corazón para demostrar sinceridad, pero más bien pareció un gesto ensayado y falso—.

Tu equipo y tú habéis conseguido tantas cosas ahí dentro que te juro por mi vida que, si es necesario, voy a luchar personalmente por tu futuro en esta planta.

—Qué tranquilizador.

—Además, creo que estos accidentes indican algo más que simples infracciones en los procedimientos de seguridad.

—¿Qué quieres decir?

—Hace mucho que creo que apenas estamos rascando la superficie del potencial de la investigación con las Antenas.

A mí, por ejemplo, me encantaría sintonizar a tu Antena aunque no tenga ojos.

Quién sabe qué posibilidades podrían surgir de ahí.

Nunca conseguiré que los de arriba aprueben ese experimento, porque nadie quiere dejar ciega a una Antena.

Parece una pérdida innecesaria. Pero tal vez sirva para mejorar sus capacidades auditivas.

—Como cuando la mente pierde un sentido y compensa con los demás.

—Exacto. Piénsalo. Podríamos tener Antenas especializadas en sentidos específicos.

Cuando llegan, podríamos privarlas de algunos sentidos irrelevantes y potenciar los que les queden.

Podríamos tener una especializada en olores, otra en sonidos y otra en tacto.

Podríamos detectar a quienes construyen bombas por el olor.

O percibir con el tacto la contraseña de alguien nada más introducirla.

Y si supiéramos lo que alguien está saboreando en un momento dado, podríamos ubicarlo en un restaurante específico.

—Sonrió de oreja a oreja mientras dejaba volar la imaginación—.

Y si de verdad queremos ampliar sus capacidades, creo que deberíamos empezar a entrenarlas antes de suministrarles gas.

Cuando todavía tienen sus capacidades conscientes. Mientras todavía son…

—Mientras todavía son humanos funcionales.

El señor Aguirre se recostó en su asiento. Su sonrisa no había desaparecido, pero el resto de los músculos de su cara pasaron de ser los de un científico entusiasmado a los de un hombre de negocios calculador.

—Siempre son humanos, Joe. Eso es lo que las hace especiales.

Él inspiró hondo.

—Nunca he preguntado de dónde vienen. Ya llegan en estado vegetativo. Pero, si lo que estás proponiendo es traer aquí a personas conscientes, vivas, que respiran y piensan…

—Solo estamos elucubrando. Entre dos viejos amigos.

La posibilidad de hacer algo así… Solo de pensar en el papeleo…

Madre mía. Solo estoy cavilando en voz alta.

Calibrando el interés. —El señor Aguirre apartó la vista y sacudió una mano en el aire, como si le quitara importancia a lo que acababa de decir.

Joe no apartaba la vista de ese hombre.

—Si vas a presentar esa idea a tus superiores, te informo de que mi personal tendrá un problema con eso que me acabas de describir. Nosotros no nos dedicamos a arrancarles los ojos ni a cortarles las orejas a las personas. El equipo que tengo trabajando conmigo está formado por buenas personas.

Un brillo extraño apareció en los ojos del inspector.

—¿Ah, sí?

¡Riiing! El teléfono que había en la mesa de Joe interrumpió el silencio.

Él contestó.

—Aquí Gerhard.

Oyó la voz de Tyler al otro lado de la línea.

—Señor, tengo una llamada para usted desde una línea externa.

—Estoy ocupado.

—Es su hija, señor.

Joe se incorporó bruscamente.

—Pásamela.

Oyó el clic cuando transfirieron la llamada y después la voz de Riley. Pero nunca la había oído así. Sonaba temblorosa y casi quebrada al pronunciar la primera palabra.

—¿Papi?

—¿Sí? —Joe frunció el ceño, preocupado, pero se obligó enseguida a volver a una expresión neutra. Miró al señor Aguirre, que había vuelto a coger su tableta para escribir sus notas y sus memorandos. Estaba muy concentrado. O eso parecía.

—La policía me ha traído a casa —continuó Riley con voz llorosa y triste.

Joe sintió una profunda preocupación. Volvió a fruncir el ceño y miró más allá de Aguirre, al vacío, con ojos tristes y llenos de miedo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin molestarse en ocultar su angustia.

—Ven a casa, por favor.

—¿Va todo bien? —preguntó de nuevo.

Se dio cuenta de que el señor Aguirre había dejado de escribir en su tableta. No levantó la vista ni lo miró a los ojos, pero estaba claro que escuchaba la conversación.

—Sigo viéndola —contestó Riley—. No va a parar. Tengo miedo.

—Volveré a casa enseguida. Espérame.

Hubo un largo silencio.

Joe mantuvo el teléfono apretado contra la oreja.

—¿Riley?

—Yo… no puedo soportarlo más —contestó por fin—.

Tengo miedo de lo que podría hacer. Me asusta que yo…

—No fue capaz de terminar la frase. Las palabras y la idea murieron en sus labios antes de que acabara de enunciarlas.

Hubo otro silencio. Y después, con una convicción rebosante de tristeza, añadió—: Me aterra acabar como mamá.

—No hagas nada. Voy para casa ahora mismo.

—Ven rápido.

—Enseguida. Te quiero, Riley.

Ella soltó un suspiro prolongado.

—Yo también —contestó con una voz vacía. Y colgó.

Joe se levantó de su mesa.

El señor Aguirre alzó la vista de la tableta y le sonrió con amabilidad.

—¿Algún problema?

—Mi perra se escapó anoche —contestó Joe mientras se ponía el abrigo—. Alguien la ha encontrado y ha llamado a casa, donde estaba mi hija. Tengo que ir a buscarla.

—Tranquilo, lo que necesites.

—No creo que vuelva hoy. Tengo que quedarme con mi hija. Chuck recopilará las interceptaciones. No tiene por qué haber problemas. Es el mejor.

—Claro. Ve con Riley.

Joe fue hasta la puerta con mucha calma, para que no pareciera que tenía prisa.

—Puedes quedarte en mi despacho todo el tiempo que quieras. Si necesitas algo, llámame al móvil.

El inspector volvió a mirar su tableta.

—Que pases buena noche, Joe.

—Tú también.

Abrió la puerta y salió al pasillo.

Se cerró detrás de él.

Miró alrededor. Como siempre, el pasillo del nivel uno estaba vacío.

Se dirigió al ascensor, acompañado por el chirrido de sus zapatos resonando contra las paredes de hormigón.

Su postura seguía siendo relajada, la de un hombre cansado que acababa su jornada, pero no dejaba de mirar a su alrededor.

Intentó ignorar el ruido de sus zapatos en el linóleo para oír si se abría alguna puerta a su espalda.

Todavía tenía que ocuparse de un asunto antes de marcharse.

Tras asegurarse de que nadie lo veía, se dirigió a la puerta del centro de control.

Pasó su identificación por el lector, abrió y entró.

Chuck estaba en su puesto, recostado en su silla y con los pies apoyados en la mesa, pasando el rato.

En su sistema había unas luces rojas parpadeantes: «Grabación en curso».

En la pantalla principal se veía a Bishop, que seguía en su silla.

Sus labios se movían porque estaba hablando, pero hacía mucho rato que en el centro de control habían silenciado el audio.

Cuando se cerró la puerta, Chuck lo saludó con la mano.

En el otro extremo, las pantallas de Tariq estaban llenas de hojas de cálculo con algoritmos de distribución de gas, o algo parecido.

Tenía puestos unos auriculares y parecía enfrascado en el papeleo tedioso y habitual relacionado con su trabajo.

Se los quitó, pero Joe le hizo un gesto con la mano para que continuara.

—He venido a hablar con Chuck.

—Sí, niñato, nadie quiere escucharte a ti —le gritó este por encima del hombro.

Tariq sonrió y volvió a fijar la vista en la pantalla para seguir con su trabajo.

Joe acercó una silla a la mesa de Chuck y se sentó.

—¿Cómo van las interceptaciones? —preguntó.

El operador se encogió de hombros.

—Nada mal. En general, son todo balbuceos y palabras arrastradas.

Los de la central tendrán que limpiarlo bien para sacar alguna información.

Pero ha ocurrido algo inusual hace un rato.

Unas palabras que se han oído con total claridad.

—Se inclinó sobre su mesa y buscó en su monitor hasta que se abrió una transcripción—.

Una cosa muy rara. No dejaba de decir: «No me acuerdo», como si estuviera teniendo una conversación con alguien.

También dijo algo sobre estar en la oscuridad. Un audio clarísimo. Lo iba a marcar y…

—Imprímeme las transcripciones para que las revise luego. Pero necesito otra cosa antes de irme.

—¿Qué pasa?

—Tengo una solicitud de investigación.

—¿Número de caso? —Chuck cogió un bolígrafo y un taco de pósits.

—Utiliza el número del caso de hoy: 10598.

—¿Objetivo a investigar?

Joe miró a Tariq otra vez para asegurarse de que no estaba escuchando. Luego volvió a dirigirse a Chuck.

—Katherine Gerhard.

La mano de su empleado se quedó helada. Joe vio que las arrugas en la cara de Chuck se hacían más profundas a medida que levantaba la cabeza. Los dos hombres se miraron.

—¿Kate?

Joe no respondió.

El operador frunció el ceño, confuso.

—¿Qué demonios tiene que ver Kate con el caso de Victor Aminov?

—Quiero ver lo que hay en su ordenador. Introduce la solicitud en el archivo del caso abierto. No se van a molestar en comprobarlo, así que no se enterará nadie.

—Venga, Joe. Ya sabes que no puedo…

—Se ha suicidado, Chuck.

El operador agachó la cabeza y no dijo nada. No mostró ninguna reacción de consternación o de sorpresa, solo una mezcla de compasión e incomodidad. Saltaba a la vista que lo sabía (todos allí debían de saberlo), pero no sabía qué decir.

Joe aprovechó la oportunidad que le brindaba el silencio de Chuck para presionarlo.

—Tú has probado su comida. Has estado en nuestra casa. Ella te consideraba un amigo.

—Oye, mira…

—Se ha suicidado. Y necesito saber por qué.

Los dos hombres se miraron.

Al final, el operador bajó la vista y la fijó en su barriga, que subía y bajaba bajo la camisa hawaiana con flores rojas. Entonces dejó escapar un suspiro triste.

—No sé. Tal vez dentro de un par de semanas, Joe. Ahora mismo siento el aliento de los de arriba en la nuca.

—Tú y yo sabemos que no es la primera vez que alguien ha utilizado los recursos a su disposición para espiar a una exmujer.

—No sé de qué me hablas.

Joe entornó los ojos, apretó la mandíbula y lo miró con una expresión amenazante.

Chuck tragó saliva.

—Nunca he espiado a Carol.

—Te creo. Y estoy seguro de que, si abriéramos algún archivo de casos antiguos, no habría ni rastro de que alguien de mi personal hubiera leído los emails que intercambió Carol con un rollete de la universidad. De hecho, puedo garantizar que nadie va a encontrar pruebas de algo así, ¿verdad?

Chuck se mordió el labio. El silencio se alargó. Al final resopló, resignado.

—¿Qué necesitas, Joe?

—Cosas recientes, de los últimos dos días. Emails, registros telefónicos. Informes de la escena del crimen del día de su muerte; eso sería ideal. Si fue al médico en la última semana, quiero ver la nota de la visita. Lo que el sistema encuentre. Y lo quiero esta noche, por favor.

—Veré qué puedo hacer.

Le dio una palmadita en la espalda.

—Te debo una, Chuck.

—Sí. Una pero que muy grande.

Terminada la conversación, Joe se dio la vuelta y salió del centro de control.