Interceptores Capítulo 15
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Capítulo 15

El sol estaba alto y le calentaba la cara a Riley, pero ella ni se inmutó. Solo se giró un poco para que la capucha de la sudadera le bloqueara la fuerte luz y no le diera en los ojos.

Durmió. Un sueño profundo y sin pesadillas.

Estaba tan dormida que no notó que ese césped, en medio de un parque en el centro del pueblo, se había quedado en completo silencio.

Los ruidos de los niños jugando se habían desvanecido.

Los coches y las camionetas que momentos antes hacían rugir sus motores por la calle principal ya no existían.

Incluso el canto de los pájaros y el susurro del viento habían cesado y se habían sumido en un mutismo total.

Pero nada de eso despertó a Riley.

De repente, abrió los párpados.

No tenía ningún motivo para despertarse en ese momento, salvo que notó su presencia. Notó que la miraba. Notó el frío y tenue roce de su respiración. Notó sus gritos resonando en los oídos. Aunque Riley no pudiera oírlos, estaban ahí, en su cabeza.

Sabía que la mujer estaba cerca.

Se quedó sobre la hierba en posición fetal, como cuando era pequeña y creía que podía engañar a sus padres para que pensaran que estaba dormida y así no la obligaran a recoger los juguetes que había desperdigados por todo el salón.

En ese momento de terror, no se le ocurrió nada más.

Se quedó de costado y hecha una bola, totalmente inmóvil.

Metió despacio la mano en el bolsillo delantero de la sudadera y agarró el mango del cuchillo.

—Duele —dijo una voz.

Era solo un susurro, pero pareció llenar el aire. Era un sonido frágil y envolvente a la vez.

Riley apretó los ojos. Contuvo la respiración mientras intentaba obligar a su mente a expulsar a esa mujer de su mundo.

Intentó no moverse, convertirse en un bulto invisible en medio de un campo de hierba.

Su única esperanza era que la mujer no la viera, no notara su respiración acelerada, no percibiera los latidos de su corazón, tan fuertes que estaba convencida de que debían de estar estremeciendo la tierra a su alrededor.

Pero, por mucho que ella permaneciera inmóvil, la presencia de la mujer no desaparecía.

Le daba la sensación de que el corazón no solo estaba bombeando sangre por su cuerpo, sino también algo más denso y corrosivo, que quemaba mientras se abría paso por las arterias.

Era terror. La inundaba el terror, que palpitaba en su estómago, le recorría el pecho y luego desembocaba en las extremidades y la cabeza.

Pero, en cuanto notó que hasta el último rincón de su cuerpo se le quedaba paralizado de terror, apareció una nueva sensación para reemplazarlo. La resignación. La inevitabilidad.

No podía escapar de esa mujer.

No podía obligarla a marcharse.

Lo único que podía hacer era enfrentarse a ella.

Abrió los ojos y se incorporó despacio para sentarse.

La zona de juegos estaba vacía.

También las calles.

El mundo estaba vacío.

Solo existían Riley y la mujer.

Ella estaba en un extremo del césped, cerca de la zona de juegos desierta, a unos cincuenta metros de Riley. Una distancia que le daba cierta seguridad y hacía que el corazón de Riley latiera un poco más lento.

La aparición seguía llevando una bata de hospital. Tenía la cabeza gacha y miraba al suelo, de modo que el pelo oscuro le cubría la cara. Su cuerpo se sacudía a un ritmo antinatural, como si cada músculo estuviera conectado a un sistema de electrodos que daban calambres de forma aleatoria.

A Riley le pareció que ellas dos aguardaron juntas en el campo silencioso durante una hora, pero seguramente fueron solo unos minutos. Esperaba que la mujer hablara, se moviera o gritara, pero esta se quedó allí, mirando al suelo y soportando los espasmos de sus músculos.

Riley abrió la boca con la intención de decir algo, pero no tardó en volver a cerrarla por miedo a que cualquier ruido o movimiento alterara ese statu quo aparentemente seguro.

La tregua continuó.

Durante otro minuto o tal vez otra hora. Riley no tenía forma de saberlo.

—¿Qui… qui… quién eres? —preguntó por fin con un hilo de voz temblorosa. No podía explicarlo, pero, a pesar de lo bajo que había dicho esas palabras, estaba segura de que la mujer las había oído desde donde estaba.

—No me acuerdo —respondió la mujer, y sus murmullos también recorrieron la distancia que las separaba para llegar con facilidad a los oídos de Riley.

—¿Qué te ha pasado? —continuó ella sin levantar la voz.

—No me acuerdo.

—¿Por qué yo?

La mujer se quedó en silencio. Riley se preguntó si la habría oído. Estaba a punto de repetir la pregunta cuando la mujer contestó:

—Porque lo conoces a él —aseguró.

—¿A quién?

—A él. A ellos. A los que me hicieron esto.

Riley no entendía nada.

—¿Y quiénes son ellos?

—Durante mucho tiempo no lo supe. Solo estaba en medio de la oscuridad —contó la mujer.

Sus palabras iban adquiriendo fuerza y empezaron a salir con más claridad—.

Cuando me liberaron de esa oscuridad, había demasiada luz.

Demasiados ruidos. No veía quiénes eran.

Había una luz cegadora y un ruido ensordecedor.

Y enviaron mi mente a recorrer el mundo muy rápido. Demasiado.

»Después volvieron a encerrarme en la oscuridad. No sé durante cuánto tiempo. Tal vez días. Tal vez años. En ese lapso, la mayor parte de mi mente fue desconectándose. Se separó de mí y me obligó a vivir en esa nada. Olvidé mi nombre. Olvidé a mi familia. Olvidé mi vida.

»Pero me aferré a un trocito de realidad, a la certeza de que yo no tenía que estar ahí. Y así me centré. Me entrené. Escuché los ruidos que me rodeaban, las palabras de la gente. Y por fin uno de ellos pronunció un nombre.

Riley tragó saliva. La miraba con los ojos como platos y la voz de la mujer resonaba en su cabeza.

—Cuando volví a la oscuridad, busqué por todo el mundo a alguien con ese nombre —continuó la mujer—. Cada vez que aparecían las luces, yo recopilaba más fragmentos de información. Me fui acercando cada vez más en mi búsqueda. Hasta que lo encontré.

Entonces la mujer levantó la cabeza. Incluso desde donde estaba, en el otro extremo del campo, Riley vio que sus ojos estaban oscuros y que le salían regueros de sangre de las cuencas y le caían por las mejillas. Esos rastros se arrugaron cuando los labios de la mujer formaron una sonrisa.

—Y después localicé su punto débil —continuó la mujer sonriendo.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Riley.

—Quiero que sienta dolor. Que todos lo sientan —afirmó la mujer.

Riley tragó saliva. Agarró más fuerte el mango del cuchillo y dejó que la punta asomara del interior del bolsillo. Se giró hacia la mujer y se puso en cuclillas.

—Siento tu dolor, pero, por favor… —empezó a decir Riley.

—No siento dolor.

La mujer sonrió y ladeó la cabeza. Los espasmos musculares habían cesado y ya solo estaba allí de pie, como un espantapájaros demoniaco. No podía estar segura, pero creía oír el eco de su risa dentro de la cabeza. O al menos sentía esa risa.

—Por favor, déjame en paz —suplicó Riley.

La boca de la mujer no se movió, pero de entre los dientes que asomaban mientras sonreía, salió una sola palabra:

—Nunca.

Y cuando lo dijo se abalanzó sobre ella.

Su cuerpo consumido y espasmódico salió volando hacia Riley.

Extendió la mano. De su boca sonriente salió un grito profundo y gutural que parecía provenir del interior de la cabeza de Riley.

Todo pasó rapidísimo. En un abrir y cerrar de ojos, la mujer había cruzado el campo y Riley vio de cerca los párpados abiertos de par en par, la sangre y las masas gelatinosas en las que se habían convertido sus ojos.

La mente de Riley ordenó a su cuerpo que actuara. Se puso de pie, pero cada acción, cada movimiento le resultaba lento y trabajoso, como si toda ella se hubiera hundido en arenas movedizas. La mujer se acercó aún más, a punto de agarrarla.

Riley sacó el cuchillo de la sudadera y lo blandió en dirección a la mujer.

Ella chilló.

Los gritos resonaban en los oídos de Riley.

Muchos gritos, agudos y aterrorizados.

Riley movió el cuchillo en el aire.

La mujer ya no estaba delante de ella.

—¡Corred, niñas! ¡Corred! —chilló una voz. Era de una mujer, pero no de esa mujer. No era un susurro ni tenía el tono grave y profundo provocado por las cuerdas vocales desgarradas. Tampoco salía del interior de la cabeza de Riley.

Los gritos eran infantiles.

Riley parpadeó varias veces.

Un equipo de fútbol de niñas de doce años salió corriendo en todas direcciones desde donde estaba Riley, en medio del campo. Sus padres llegaron corriendo desde el aparcamiento para recogerlas.

La mano de Riley seguía blandiendo el cuchillo, pero empezó a temblarle.

—Tranquila, tranquila. —Era la voz femenina otra vez.

Riley miró a su lado. Había una mujer con un chándal y un silbato.

Tenía el pelo rubio recogido en una coleta y llevaba gafas de sol.

Riley se la quedó mirando; intentaba distinguir sus pupilas.

Tal vez era una trampa. Tal vez seguía siendo la mujer.

Debajo de esas gafas, podían estar los ojos vacíos y medio arrancados.

Tal vez debería apuñalar a esa mujer y así acabar con todo.

La entrenadora pareció notar la necesidad de Riley de verle los ojos. Levantó las manos.

—No pasa nada. Todo está bien —dijo.

Acercó la mano a la cara, se quitó las gafas y se las puso en la cabeza. Aparecieron un par de ojos intactos de color avellana.

Riley giró la cabeza de repente para mirar a su alrededor. Había gente en los extremos del parque mirándola, pero la mujer con la bata de hospital no estaba allí.

En la calle, un coche patrulla frenó en seco con un chirrido de ruedas. El aullido de la sirena arrancó a Riley del sueño difuso que todavía le nublaba la vista. Vio a un agente de policía abrir la puerta y salir del coche. Se quedó detrás del vehículo y sacó el arma.

—¡Suelta el cuchillo!

La entrenadora de fútbol miró al policía. Parecía más preocupada por tranquilizarlo a él que a Riley.

—No pasa nada, no pasa nada. No va a hacerle daño a nadie. No le vas a hacer daño a nadie, ¿verdad, cariño?

Riley soltó el cuchillo.

Cayó de rodillas, hundió la cabeza entre las manos y se echó a llorar. Y dejó que las lágrimas cayeran sin control mientras seguía allí, arrodillada sobre la hierba.