Interceptores Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—¿Ves algo? —repitió Joe.

Sus gritos empezaron a perder fuerza y pasaron a ser sollozos.

—¿Ves algo? —insistió.

La cabeza de la Antena se balanceaba de un lado a otro. Esa cara, que era la viva imagen de la furia y el dolor un momento antes, se hundió. Los labios apuntaron hacia abajo con una mueca que le cambió todo el rostro. Era una expresión de profundo dolor.

—¿Ves algo?

—Por favor… —dijo Bishop con un hilo de voz grave y quebrada—. Por favor…, por favor…, por favor… —Parecía que no podía decir nada más.

—¿Ves algo? —Joe mantuvo su tono impasible.

Durante una de sus primeras sesiones de sintonización, cometió el error de intentar calmar a la Antena.

Puso una voz compasiva y tranquilizadora, pero eso solo provocó más súplicas de ayuda, que Joe no podía conceder.

Tuvieron que invalidar toda la sesión y otra Antena tuvo que soportar todo ese proceso.

Por eso Joe tenía que fingir que era como un robot, incapaz de dar una respuesta humana.

—¿Ves algo?

No era raro que tuvieran que esperar treinta minutos para obtener respuesta a esa pregunta.

El tiempo no significaba nada para las Antenas.

Estaban tan desconectadas del plano físico que les costaba procesar que las estuvieran interpelando, como si el concepto de las palabras y las preguntas les resultara ajeno.

Joe solo tenía que seguir repitiéndola.

Una vez.

Y otra.

Podrían poner una grabación, pero Joe sentía que era su deber como supervisor. Alguien tenía que ser el nexo de unión que se introdujera en la oscuridad para contactar con su conciencia a la deriva.

—¿Ves algo?

Por fin la respiración de Bishop se volvió más lenta y su cuerpo dejó de resistirse. En vez de seguir tirando de las correas, sus músculos se sacudieron con espasmos descontrolados que le recorrieron todo el cuerpo.

Joe supo que quedaba poco.

—¿Ves algo?

—Sí. —La voz de Bishop sonaba tensa y temblorosa, como si le costara aguantar.

Chuck tecleó varios comandos.

—Se está grabando todo. Estamos preparados para recibir interceptaciones.

Joe se inclinó hacia delante.

—¿Dónde estás?

—En… en un coche. No…, no, es una camioneta.

—¿Qué tipo de camioneta?

—Una grande.

—Conduces tú.

—No…, no. Soy… el acompañante. Por favor, por favor, me duele.

Joe mantuvo la voz monótona.

—¿Qué ves por la ventanilla de la camioneta?

—Edificios… Carreteras… Campos… marrones.

—¿Hay animales en los campos?

—Sí. Perros… No. Son… cabras.

El señor Aguirre enarcó una ceja.

—Hum. Sospechábamos que Victor iba a hacer un viaje a Turquía.

—Hay… un sonido —continuó Bishop—. Un tono de llamada.

—¿Un teléfono? —preguntó Joe.

—Sí… Que pare, por favor. Duele.

—¿Cuál es el número de teléfono? —dijo Joe.

Cuando la Antena se lo dio, el señor Aguirre le dio un golpecito en el hombro a Chuck.

—Marca la transcripción del número y envíala de inmediato. Podría ser importante.

—Lo sé, señor. Trabajo aquí —respondió Chuck mientras escribía comandos con rapidez experta y miraba al inspector por encima del hombro con una sonrisa.

El señor Aguirre levantó las dos manos y le devolvió la sonrisa.

—Perdón, no quería ofender. —Miró a Joe y agachó un poco la cabeza—. Perdón. Me quito de en medio y dejo que tus chicos hagan su trabajo. Es que me dejo llevar por el entusiasmo cuando llego a esta parte del proceso.

—No se preocupe, señor —contestó Chuck—. ¿Puede decirnos quién es Victor Aminov y por qué es peligroso?

—Ya sabes que no puedo.

—Apostaría a que es traficante de armas —aventuró el operador—. Por el nombre ruso y eso. ¿Y tú, Tariq?

—Drogas. El presidente pronunció un importante discurso el martes y aseguró que el tráfico internacional de estupefacientes está financiando el terrorismo.

Las elecciones de mitad de mandato se celebran dentro de seis meses.

Seguro que vamos a ir a por un montón de traficantes entre ahora y entonces.

—Míralo, si ahora resulta que lee las noticias —bromeó Chuck.

Joe carraspeó con fuerza.

—Centrémonos, caballeros —interrumpió.

—Perdón, Joe. —Chuck retomó su tarea.

Él abrió el micrófono de nuevo.

—Describe todo lo que veas. Y lo que oigas y huelas. Si la gente habla en un idioma que no entiendes, repite las palabras en voz alta. Si ves algo escrito que no sabes leer, describe su forma. No omitas ningún detalle.

Bishop gimoteó.

—No acabaremos hasta que nos lo cuentes todo —afirmó Joe—. Solo entonces podremos hacer que pare el dolor.

Bishop, cuyo cuerpo no había dejado de sacudirse, giró la cabeza hacia la cámara.

Todavía tenía la venda llena de sangre colgándole sobre los ojos.

Abrió la boca y empezó a hablar. Las palabras que salieron eran una larga cadena de sonidos que se entremezclaban y producían un montón de incoherencias balbuceantes.

Pero a nadie en el centro de control le importó.

—Transmisión a central confirmada —añadió Chuck—. Están recibiendo las interceptaciones en tiempo real. Las limpiarán y las analizarán.

Todo el mundo se recostó en sus asientos.

La tarde no había hecho más que empezar e iba a ser larga.