Capítulo 14 #2
La forma en que siempre gritaba en esa fase le decía a Joe que, aunque solo procesaba un cuarto de la estimulación, la experimentaba con un nivel de intensidad que él nunca podría entender.
Sabía que, si tenía las piernas cruzadas durante mucho tiempo, se le dormía un pie.
Era algo normal. El nervio aprisionado ya no podía enviar señales al cerebro.
Aunque los nervios se desconectaran, seguían transmitiendo mensajes.
Cuando volvían a reconectarse, todas las señales acumuladas salían al mismo tiempo y sobrepasaban al cerebro, provocando la sensación de dolor y hormigueo en el pie dormido.
Incómodo, sí, pero nada comparado, por supuesto, con el nivel de dolor que experimentaban las Antenas.
—Ha alcanzado el treinta por ciento —anunció Tariq.
Joe odiaba esa parte. Podía identificar el porcentaje de aumento de la sensación por la intensificación de los gritos y las contorsiones de las Antenas. No había nada que limitara sus chillidos. Todas se lesionaban las cuerdas vocales en sus primeras sintonizaciones.
En ese momento, se dio cuenta de que el señor Aguirre ya no miraba al suelo. Estaba muy erguido e inclinado hacia delante, conteniendo la respiración y totalmente hipnotizado por la criatura que gritaba y se revolvía en la pantalla principal.
—El electroencefalograma está disparado —informó Hannah—. La frecuencia cardiaca se ha acelerado por encima de los niveles aceptables. No va a poder subir mucho más.
—He dicho que continuéis —insistió el señor Aguirre con una sonrisita intrigada en la cara, como un científico extasiado por la belleza de su trabajo.
—Está sufriendo un dolor increíble —repuso Hannah mientras se giraba en su asiento.
—Ya da igual que experimente un poco más.
—Joe. —Hannah miró al supervisor.
Él suspiró.
—Continuad —confirmó.
—Treinta y un por ciento —cantó Tariq con la voz temblorosa.
Hacía rato que Chuck había apartado la atención de la pantalla. Estaba concentrado en su mesa; miraba su monitor e iba haciendo clic con el ratón en acciones que Joe sabía que no tenían utilidad.
—Treinta y dos… Treinta y tres… Treinta y cuatro… —Tariq tuvo que subir la voz para que se lo oyera por encima de los gritos.
Bishop tenía todos los músculos tensos y tiraba con todas sus fuerzas de las correas. Sus gritos se volvieron roncos y débiles, pero imprimía cada vez más fuerza en ellos, lo que producía chillidos graves y antinaturales.
—¿Ha llegado alguien alguna vez al cincuenta por ciento? —preguntó el señor Aguirre con una curiosidad distante—. Dios mío, ¿os imagináis lo que podríamos obtener si pudiéramos subir hasta el cien por cien?
Antes de que Joe pudiera contestar, en la boca de Bishop se formó una sonrisa malvada.
Dejó escapar un sonido que él nunca había oído antes.
No era el habitual aullido de dolor, ese intento animal de que la mente dejara de centrarse en lo que soportaban las terminaciones nerviosas desbordadas.
No, ese grito estaba focalizado. Era intencionado.
Era un grito de furia.
De odio.
Solo duró un instante, pero pareció darle a Bishop un nivel de fuerza que Joe nunca le había visto antes a una Antena.
Tiró hacia delante de las correas que la ataban a la silla, con todos los músculos al límite.
No eran los espasmos musculares erráticos que solían observar.
Tensó todos los músculos al unísono, como si fueran miembros de un equipo de remo.
Toda esa fuerza combinada la volvió impresionantemente fuerte.
Joe vio, asombrado, que las correas que le sujetaban la cabeza se aflojaban y se estiraban, dándole poco más de un centímetro de holgura.
Pero Bishop no necesitaba más.
En vez de aprovechar el alivio de la tensión para alejarse del aparato que le mantenía los ojos abiertos, se apretó contra los ganchos.
—¡Se está arañando las córneas! —gritó Chuck.
En la pantalla, la cabeza de Bishop se sacudía arriba y abajo mientras ella seguía presionando contra los ganchos, clavándoselos en los ojos. Solo necesitó unos segundos. La sangre salpicó el equipo y le cayó por las mejillas.
—Sujetadla —ordenó Joe por el walkie-talkie .
Los celadores no necesitaban que se lo dijera. Ya estaban al lado de Bishop, agarrándola por los hombros y la cabeza y tirando de ella para apartarla de los ganchos.
—Tariq, desactívala —pidió Joe.
—Aumentando el flujo de gas —contestó Tariq, tecleando comandos en su consola—. Es posible que se haya arrancado el tubo de respiración.
—Directora médica, compruebe el tubo.
—Estoy en ello —respondió Hannah. Dio órdenes a su equipo por el micrófono que llevaba puesto.
Joe no apartó la mirada de la pantalla.
El personal médico y los celadores rodeaban a Bishop.
Algunos le estaban reajustando las correas mientras otros le vendaban los ojos, que no habían dejado de sangrar.
El torbellino de actividad bloqueaba algunos tiros de cámara.
Pero, en medio del caos, el supervisor vio el rojo brillante de las gotas de sangre resbalar por la silla de la Antena y caer al suelo blanco.
—¿Está conectada?
Joe se giró hacia la voz. Era la del señor Aguirre.
Había bajado de la plataforma y tenía la mano apoyada en la silla de Chuck.
Se inclinó hacia delante y colocó la cabeza junto a la suya para mirar el monitor.
Joe notó que su operador de control se apartaba, incómodo por la proximidad del inspector.
—¿Está conectada? —repitió Aguirre.
—Vamos a abortar —contestó Joe.
—Comprobad si está conectada. —El inspector se irguió y se volvió para mirar a Joe.
Su tono no parecía el de una orden que él debía cumplir.
Más bien se le dibujaba en el rostro una leve sonrisa de entusiasmo, como la de un niño curioso que quería saber si las trampas para ratones que había colocado con la ayuda de su padre habían atrapado algo durante la noche.
Aunque en la pantalla seguía la actividad frenética, en el centro de control no estaba pasando nada. Todo el mundo miraba a Joe. Hannah silenció su walkie-talkie ; Tariq tenía la mano sobre el botón; Chuck se apartó del panel de control.
Joe intentó no mirarlos a la cara. No quería saber su nivel de implicación ni si estaban dispuestos a continuar.
Se bajó de la plataforma y se acercó al panel de control de Chuck, donde tecleó varios comandos.
El monitor que estaba delante de los ojos de Bishop, que todavía mostraba imágenes de Victor Aminov parpadeando y moviéndose, se apagó.
La cacofonía de las grabaciones de la voz del ucraniano y de la voz femenina que repetía su nombre también cesó.
Las luces de la celda de Bishop se apagaron.
Las cámaras pasaron a modo de visión nocturna.
En la extraña escena en verde y blanco que tenían delante, todos los guardias y celadores se quedaron quietos.
Incluso los médicos que le vendaban los ojos a la Antena levantaron las manos y la gasa se quedó colgando sobre las cuencas de sus ojos, que todavía sangraban.
Nadie se atrevió a moverse, a hablar ni a interrumpir lo que estaba a punto de suceder.
Mientras tanto, Bishop tiraba de las correas.
Joe cogió el micrófono y habló.
—¿Ves algo? —preguntó.
Bishop chilló. Se contorsionó y se retorció en la silla.