Interceptores Capítulo 14
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Capítulo 14

Joe y el señor Aguirre estaban el uno junto al otro, mirando la pantalla mural desde la plataforma del centro de control.

Chuck y Tariq trabajaban en sus respectivos terminales.

Hannah entró y se sentó frente a un ordenador que había en una esquina.

—Conectando en cinco…, cuatro…, tres…, dos…, uno… —anunció Chuck, que pulsó varios controles.

Se activaron varias pantallas grandes que mostraban actualizaciones en tiempo real de las constantes vitales de Bishop, como la frecuencia cardiaca y la respiratoria, la temperatura interna e incluso un electroencefalograma que producía una gráfica de la actividad eléctrica de su cerebro.

Un montón de datos que Joe no podía mirar.

Se preguntó si alguno de los empleados lo hacía.

Los indicadores biológicos aparecían en los márgenes de la imagen.

En el centro, un primer plano de casi dos metros de la cara pálida y demacrada de Bishop.

Los ojos, que se mantenían abiertos con unos ganchos que parecían un instrumento de tortura medieval, miraban, a través de la pantalla, al mismísimo centro de control.

Por el rabillo del ojo, Joe vio a Aguirre cambiar el peso de un pie a otro, incómodo.

Apartó la vista y fue pasando ventanas en su tableta; era evidente que no estaba haciendo nada en concreto, que solo necesitaba algo que mirar, lo que fuera menos esos ojos horrendos y aumentados por la enorme pantalla.

—Vídeo conectado —anunció Chuck—. Audio conectado. El sistema está grabando. Los inputs de estimulación están en espera. Control está listo para iniciar la sintonización de la Antena 201. Caso 10598.

Joe asintió.

—¿Directora médica?

—Sintonización de la Antena 201 aprobada por el equipo médico —dijo Hannah.

—¿Equipo de química?

Tariq revisó sus pantallas.

—Sintonización de la Antena 201 aprobada por el equipo de química.

Joe cogió su walkie-talkie .

—Aquí Joe Gerhard, supervisor de la Planta. Voy a iniciar la sesión de sintonización de la Antena 201, caso 10598. —Miró a Tariq—. Equipo de química, adelante.

—Sí, señor. Aumentando la percepción sensorial en un cinco por ciento.

Tariq ajustó los controles de su tablero.

Todos los que estaban en el centro de control observaron atentamente la cara de Bishop.

—¿Cuánto se suele tardar con esta Antena? —preguntó el señor Aguirre.

—Se ajusta más rápido que cualquier otra. Solo hace falta que respire unas cuantas veces para introducir el gas nervioso en su organismo —explicó Hannah—. Ya está aumentando su frecuencia cardiaca y su cuerpo empieza a recuperar la sensación en las extremidades.

—Cinco por ciento alcanzado —anunció Tariq.

—Pasad al diez por ciento —ordenó Joe.

Tariq ajustó sus controles. En la pantalla vieron claramente cómo se aceleraba la respiración de Bishop.

La línea que indicaba su frecuencia cardiaca también aumentó de velocidad.

¡Piii, piii, piii! Los ojos, que normalmente tenía hundidos, parecían a punto de salírsele de las cuencas, como si empezaran a detectar algunas luces lejanas.

—Empezad la estimulación —continuó Joe.

Chuck tecleó unos comandos.

Nadie apartó la vista de las pantallas. Una de las cámaras estaba detrás del hombro de Bishop y les mostraba a todos en el centro de control una imagen de lo que ella veía.

Delante de sus ojos había un monitor curvo que cubría todo su campo de visión.

Estaba oscuro, pero de pronto se iluminó y apareció la imagen de un hombre.

Tendría cuarenta y tantos. No se apreciaba ningún rasgo físico destacable: estatura media, constitución media, apariencia común. La fotografía era una imagen espontánea, como si la hubiera tomado con un teleobjetivo un paparazi… o un espía.

En la instantánea llevaba una camisa blanca de corte impecable. Con la sonrisa perfecta y el pelo muy bien peinado, sin duda parecía una persona adinerada.

La imagen se quedó en la pantalla durante un momento de silencio.

A continuación, se oyó la voz grabada de una mujer por los altavoces.

Era tan fuerte y clara que Bishop se encogió un poco en su silla.

Solo dijo: «Victor Aminov». El nombre se quedó en el aire un segundo, para que las últimas ondas sonoras resonaran en los oídos de la Antena.

Cuando pasó ese tiempo, la voz repitió: «Victor Aminov».

Apareció un mosaico de imágenes en la pantalla que Bishop tenía delante, todas del hombre que Joe asumió que era Victor Aminov.

Fotos de bebé.

Del anuario del instituto.

Del ejército ucraniano.

Fotos de satélites espía.

De sus casas. De sus coches. De él con sus amigos. Y con su familia.

Todas pasaron por el centro de la pantalla, cada una precedida por una ráfaga de luz blanca.

La imagen se ampliaba y ocupaba la pantalla un instante, antes de volver a su posición en el fondo creciente compuesto por las demás imágenes.

Todo pasó en poco tiempo. Muy rápido. Era imposible para cualquier ojo seguir ese ritmo y centrarse en una sola imagen.

Las fotos se movían y deslizaban por la pantalla a una velocidad endemoniada.

Los movimientos no presentaban un patrón integrador reconocible.

Nada que permitiera al ojo y a la mente relajarse.

Era un baile complejo y caótico de imágenes.

Algunas pasaban despacio, mientras que otras lo hacían como una exhalación.

Unas se movían por la pantalla. Otras permanecían inmóviles.

Las había que parpadeaban y soltaban destellos de luz. Y también que se quedaban fijas en un sencillo marco negro.

Cada vez que hacían una de esas sesiones, Joe acababa con dolor de cabeza y náuseas.

Hannah le recomendó una vez no mirar la pantalla, pero era imposible.

La organización de las imágenes estaba especialmente diseñada para atrapar la mirada humana y saturarla hasta que la persona no podía prestar atención a nada más que la avalancha de ruido visual.

Y entonces llegó el ruido de verdad.

La voz grabada de la mujer se puso a repetir el nombre: «Victor Aminov…

Victor Aminov… Victor Aminov…». A veces lo leía a alta frecuencia y otras a baja.

En ocasiones estaba acelerado y sonaba como una ardillita diciendo cosas ininteligibles, y en otras iba muy ralentizado, arrastrando las palabras.

Los archivos de audio que repetían el mismo nombre se solapaban para formar un muro de sonido.

Joe miró al señor Aguirre. El inspector se estaba frotando los ojos y se tambaleaba un poco.

Incluso en la penumbra del centro de control, Joe se dio cuenta de que estaba pálido y de que la piel se le estaba poniendo de un tono entre el verde y el amarillo.

Era un aspecto físico que Joe conocía bien.

—Siéntate —le aconsejó— y mira al suelo un momento para volver a centrarte.

—Estoy bien, estoy bien —aseguró el señor Aguirre, que agitó la mano para que Joe lo dejara en paz.

Pero él vio que al supervisor se le tensaba la garganta, seguramente al intentar frenar la bilis y el vómito, como si estuviera en alta mar.

—¿Quieres que bajemos el volumen que tenemos aquí? —propuso Joe.

—No, no, no. No necesito ningún trato especial. Continuad, por favor.

Joe se encogió de hombros.

—Tú mandas. Tariq, sube al treinta por ciento.

El químico tocó varios controles.

En la pantalla principal, vieron que Bishop parecía darse cuenta de que algo estaba ocurriendo.

Intentó girar la cabeza, pero las correas se lo impidieron.

Su cara, que ya empezaba a cubrirse de sudor, se arrugó cuando intentó cerrar los ojos, pero los ganchos se lo impidieron.

El cuello y los hombros temblaron; no tenían objetivo ni propósito, pero reaccionaban ante la incomodidad.

Entonces abrió la boca y un gemido grave salió de su garganta. Una sola nota continua de dolor.

—Está haciendo ruido —informó Chuck.

El gemido de Bishop bloqueaba parte del sonido de los altavoces.

Joe asintió.

—Aumenta el volumen para compensar.

Cuando el gemido de la Antena aumentó de intensidad, el volumen del nombre que se repetía («Victor Aminov») también subió. Enseguida ahogó la expresión de dolor de Bishop.

—Aumentad la estimulación —ordenó Joe.

Una voz sonó por los altavoces. Era de un hombre que hablaba en un idioma que Joe asumió que era ucraniano.

La voz trataba con total tranquilidad lo que tal vez fuera una transacción empresarial.

Otras conversaciones con la misma voz se solaparon entre sí; todas parecían grabadas a partir de llamadas de teléfonos intervenidos.

Al mismo tiempo surgieron más imágenes en la pantalla. Mapas. Documentos. La firma de Victor Aminov. La historia clínica de ese hombre. Las notas del instituto.

El ruido y las imágenes se mezclaron.

Y cada vez iban más y más rápido.

Los brazos de Bishop tiraron de las correas.

Abrió la boca de par en par. El gemido suave y grave se transformó en un agudo grito de dolor.

Abrió la mandíbula todo lo que pudo, tensando la piel de las mejillas, como si pudiera agrandarla aún más para que ese horrible grito escapara de su cuerpo y, tal vez, se llevase consigo parte del dolor.

—¿Cuánto siente, Tariq? —preguntó Joe con una voz que se esforzó por que sonara serena y distante.

—Está más o menos en el veinticinco por ciento.

—Continúa.

Veinticinco por ciento.

Con toda la estimulación que había a su alrededor, su sistema nervioso solo estaba procesando el veinticinco por ciento. Alguien que cobraba un sueldo mayor que el suyo había asignado porcentajes al sistema sensorial humano, pero él nunca entendió del todo qué significaban.

Intentó imaginarse cómo debía de ser eso.

¿Cómo sería tener solo el veinticinco por ciento de la visión?

Cuando Bishop miraba la pantalla, ¿era un fogonazo difuso de luces que parpadeaban y se movían?

¿Y las ondas sonoras que se colaban en sus oídos estaban amortiguadas, como si estuviera oyendo bajo el agua?

¿Y su piel? ¿Cómo era sentir el veinticinco por ciento de la textura y de la presión de esas correas que la ataban a la silla?