Capítulo 13
Riley siguió adelante con dificultad.
Cuando salió, no era del todo consciente de lo lejos del pueblo que estaba la casa de su padre.
Lo que era un trayecto de diez minutos en coche resultó ser, en realidad, una caminata de varios kilómetros por un sendero de gravilla.
Y, al llegar al final, tuvo que continuar por una autopista de dos carriles con un arcén tan estrecho que apenas cabía.
La mañana era fresca y soleada. Hacía un día precioso.
Los pájaros cantaban y revoloteaban a sus anchas, como si vivieran en un dibujo animado.
Normalmente a Riley le habría encantado dar un paseo como ese, con un tiempo lo bastante fresco para no sudar y lo bastante soleado para remangarse e intentar quitarse las marcas de bronceado que le dejaban las mangas de la camiseta de sóftbol.
Si fuera un día normal, tal vez iría corriendo.
Y su padre le habría soltado un sermón sobre tener cuidado con los coches y se habría asegurado de que entendía que un peatón siempre debía caminar de cara al tráfico y nunca de espaldas a él.
Preocupado, se habría ofrecido a llevarla al pueblo en coche para que hiciera ejercicio en el parque.
Ella habría rechazado la oferta y le habría hablado de su edad y de su independencia.
Y habría ganado la discusión. Aunque su padre iba de duro, un poco de resistencia por parte de su niñita y cedía enseguida.
Cualquier cosa con tal de evitar el conflicto directo.
Normalmente le gustaba estar al aire libre, pero ese día le estaba costando la caminata.
Las piernas le pesaban como plomos y parecían disociadas de su cuerpo, como si fueran piezas de una marioneta y solo pudiera moverlas tirando de una cuerda.
Un pie torpe y vacilante y luego el otro.
Cada paso se convertía en una decisión consciente de su cerebro, que ordenaba a las piernas que se movieran.
Todos sus sentidos estaban envueltos en una extraña niebla.
Le recordaba a la vez en que, en el colegio, se tomó unas pastillas para la alergia sin darse cuenta de que eran para la noche.
Durante el resto del día tuvo que luchar contra la somnolencia; era como si alguien le hubiera desenfocado los ojos y le hubiera metido un embudo en los oídos.
Todo estaba raro y distorsionado. Igual que ese día.
Estaba agotada. Y no le habría sorprendido saber que también tenía hambre y estaba deshidratada. Pero, a pesar de toda la energía mental que necesitaba para seguir adelante, un kilómetro tras otro, en ningún momento pensó en dar la vuelta y volver a esa maldita casa.
Cuando llegó a la curva cerrada de la carretera, Riley redujo el paso y se asomó, porque esperaba encontrarse con la mujer enfadada que gritaba y sangraba. No vio nada.
Continuó sin parar de examinarlo todo. Los enormes árboles que había junto a la carretera eran el escondite perfecto para esa mujer. ¿Estaría detrás de alguno, a punto de saltar?
Riley oyó un ruido.
Miró hacia el lugar de donde provenía el sonido, cerca de un gran sicomoro.
Sus pies se detuvieron y se le tensó todo el cuerpo.
No podía apartar la vista de ese árbol. Tenía las ramas muy gruesas y hojas de color morado que llegaban muy cerca del suelo y no dejaban ver su grueso tronco.
Seguro que la mujer estaba escondida detrás.
E iba a aparecer de repente. En cualquier momento.
Riley se quedó varios minutos allí, parada en la carretera, mirando el árbol.
Se le nubló la vista. Enseguida el concepto y la forma de los árboles dejaron de tener sentido en su mente.
Se concentró y oyó un ruido detrás de ella.
Tal vez la mujer estaba ahí, en la carretera, siguiéndola.
Acechándola. Vigilándola. A plena vista. ¡Justo detrás de ella!
Notó un sudor frío en la frente y en la nuca. Consiguió apartar la vista del árbol y se giró bruscamente…
La carretera estaba vacía. Solo había unas cuantas hojas secas bailoteando a merced del viento sobre el asfalto oscuro.
De nuevo se quedó petrificada donde estaba. Mirando.
Esperando.
La mujer no apareció.
Inspiró hondo y se obligó a mover las piernas. Giró la curva y continuó. La carretera desde ahí iba cuesta abajo. Siguió caminando como en un trance. Al rato, los árboles, que formaban un denso muro verde a ambos lados de la carretera, empezaron a espaciarse y se abrieron algunos claros.
Ya estaba cerca del pueblo.
Al poco rato, pasaba por delante de la entrada de las casas.
Cuanto más se acercaba a la civilización, más se desvanecían los miedos de Riley hacia esa mujer que, al parecer, siempre lograba permanecer fuera de su campo de visión. Cuanta más luz había y más cerca estaba de la gente, menos preocupada se sentía.
Al lado de la carretera había tiendas. También restaurantes. Y un cine.
En cierto momento apareció una acera bajo sus pies. Solo notó su presencia agradable cuando se dio cuenta de que ya no sentía el miedo acuciante a tropezarse y acabar atropellada por un coche.
Miró alrededor y contempló a toda esa gente normal que seguía con su vida cotidiana.
Dos madres recientes, que llevaban a sus bebés en cochecitos, salieron de una cafetería riéndose a carcajadas.
Un coche de policía pasó despacio, patrullando la calle tranquila. No había que ir a ninguna parte, no había nada que hacer.
El mundo era un lugar seguro.
Riley notó que se le relajaban el cuello y los hombros. La tensión fue abandonándola en oleadas. Se dio cuenta de que el estrés y la adrenalina eran lo único que mantenía su cuerpo en modo de alerta; una vez desaparecidos, los sustituyó un profundo agotamiento.
Se le cerraban los párpados y tenía la mente aturdida. Los pies cada vez le pesaban más, como si alguien le estuviera echando hormigón en el cuerpo y empezara a llenarle los zapatos para después apoderarse de sus piernas. Cada paso requería más esfuerzo que el anterior.
A pesar de que no había visto el cadáver de su madre, la vaga descripción que le habían hecho a Riley del suicidio no dejaba de alimentar su imaginación. Vio mentalmente la imagen de su madre muerta en el porche delantero, con los sesos salpicando el revestimiento amarillo desvaído.
La apartó enseguida. Necesitaba dormir. Ya pensaría en su madre después.
La acera discurría junto a un muro bajo de piedra que rodeaba un campo de hierba bien cortada. Era un parque público. En un extremo había una zona de juegos y otra de pícnic, junto a la biblioteca pública. Le llegaron a los oídos las risas y los gritos de los niños que jugaban al escondite.
—¡Las virutas de madera son lava! —gritó uno de los críos, que saltó desde el tobogán para colgarse de las barras.
Como si flotara sobre sus pies, Riley salió de la acera y pasó por encima del muro de piedra de unos sesenta centímetros de altura que rodeaba el parque. Fue directa al centro del césped. Era una zona grande y abierta. No había muchos sitios donde pudieran esconderse los fantasmas o los demonios.
Se tumbó en la hierba. Se hizo una bola y se tapó los ojos para bloquear los rayos calientes del sol de media mañana.
Se sintió segura allí.
Estaba exhausta.
Se le cerraron los ojos y su mente se desconectó de inmediato para dejarse llevar por el sopor.
En el fugaz momento entre el sueño y la vigilia, ese que llevaba temiendo todo el día, nada horrible se coló en su mente.
Solo los recuerdos bonitos de su madre. Las dos riéndose mientras cenaban.
Ellas viendo juntas Saturday Night Live .
Pasando por el Burger King de camino a casa, después del entrenamiento de sóftbol.
Momentos bonitos.
Felices.
Riley sonrió mientras se dormía, segura de que su mente era la que había creado esas visiones aterradoras de la mujer.
No podían ser reales.
Los monstruos de ese tipo nunca lo eran.