Capítulo 12 #2
Se dedicó de lleno a sus obligaciones de supervisar la construcción y seleccionar al personal de la Planta.
Trabajaba muchas horas y también la mayoría de los fines de semana.
No quería que su familia, que estaba a punto de aumentar, tuviera que seguirlo de trabajo en trabajo por todo el mundo, así que les dejó caer a sus superiores que le gustaría un puesto de oficina más estable.
Estaba decidido a impresionarlos.
Le dieron unos cuantos días libres cuando nació Riley, por supuesto, pero no hubo más descanso. Se perdió la mayor parte de los primeros meses de su hija. Hubo una vez, muy al principio, en que volvió a casa y la niña se echó a llorar porque no reconocía a ese hombre extraño que había llegado.
Pero todo ese esfuerzo tuvo su recompensa.
Cuando por fin abrieron las puertas y se encendieron las luces, todo el mundo en la Compañía entendió que nadie conocía la Planta de arriba abajo como Joe Gerhard.
Todos los cables, las tuberías y los tubos.
Cuando llegó el momento de la elección definitiva del personal, corrió un gran riesgo.
Fue a hablar directamente con Javier Aguirre durante la inspección final y le dijo que, si no le daba el puesto de supervisor, se iría a trabajar a otra parte.
Los de arriba cedieron.
Le concedieron un despacho, una mesa y un sueldo que introdujo a su familia en la clase alta de su tranquila comunidad de Virginia Occidental.
Por desgracia, el volumen de trabajo no se redujo.
Siempre había algo que instalar o algún fuego que apagar.
No estuvo presente durante gran parte de la infancia de Riley y nunca pudo poner a prueba todas esas cosas que había leído en los libros de crianza.
Pero se convenció de que todo lo que había aprendido le había servido en su trabajo.
Coordinar una operación como esa no era muy diferente de cuidar a un grupo de niños.
Fueran menores o adultos, las personas siempre se comportaban como tales.
Serían descuidadas si se lo permitías, se portarían mal si les dabas la oportunidad y te echarían la culpa a ti si podían.
En ese preciso momento en que Joe observaba a su equipo organizando una sesión de sintonización, se sintió orgulloso de ser el «padre» de ese lugar tan peculiar. Sus «hijos» se habían convertido en personas responsables y trabajadoras.
Se apartó del centro de la actividad y prestó atención a un grupo de médicos que sujetaban la cabeza de Bishop a la silla y le colocaban los sensores en las sienes.
Un equipo de técnicos llevó varios monitores. Otros colocaron cámaras y micrófonos apuntando a la cara de la Antena, aunque intentaban mantenerlos lo más alejados posible de su campo de visión.
Joe calculó que quedaba otra media hora para que pudieran empezar. Tiempo más que suficiente para hablar con Hannah.
Ella estaba junto a la ventana de inspección de la celda de Bishop, supervisando a su equipo.
Él se acercó y se quedó a su lado.
Hannah lo miró.
—¿Qué tal todo con Aguirre?
—Bien. ¿Algo de lo que informar aquí abajo?
—Solo que es una muy mala idea sintonizar a Bishop otra vez tan poco tiempo después de lo que ha pasado. Pero no soy más que su médico, ¿qué demonios sabré yo?
—Tomo nota.
—¿Ah, sí? Porque, si hace falta, estoy dispuesta a hacer una representación con marionetas hechas con calcetines para que lo entendáis. Joder, acaba de matar a un hombre.
—Aguirre ha pedido específicamente que sea ella.
—¿Y por qué narices?
—Porque es la mejor.
—La estamos presionando demasiado. No me gusta.
Joe asintió.
—Cuando pasemos esta inspección, la sacaremos de la rotación. Solo necesita darnos una última tanda de buenas interceptaciones para que Aguirre se vaya de aquí contento.
Hannah apretó los labios y entornó los ojos. Joe había aprendido que esa expresión significaba: «Me gustaría decir algo más sobre este asunto, pero me voy a morder la lengua porque eres el jefe».
Él no quiso darle más vueltas.
Miró a los otros empleados. No había nadie cerca para oírlos. Entonces preguntó en voz baja:
—¿Podemos hablar?
Hannah no dejó de mirar hacia adelante, al cristal.
—Claro, ¿qué pasa? —El tono de su voz era más amable. Pareció notar que Joe quería mantener una conversación privada.
—Creo que Riley está viendo cosas —soltó.
Hannah se giró para mirarlo.
—¿Alucinaciones?
Joe asintió.
—¿Muy claras? —preguntó la doctora.
—Bastante.
—Ayer fue un día terriblemente traumático. Las pesadillas y la dificultad para concentrarse son consecuencias del todo normales. Seguro que le pueden recetar algo para dormir.
—Las ve cuando está despierta.
—¿Las alucinaciones?
Él asintió de nuevo.
—Espera, espera. Vamos a hablar claro —interrumpió Hannah—. ¿Riley ve algo que no está ahí cuando está totalmente despierta y consciente?
—Sí.
—¿Y qué es lo que ve?
—A una mujer.
—¿Y?
—No sé. La mujer la mira. Le grita. Y se araña la cara.
—¿La suya, no la de Riley?
—No…, no sé. La suya, supongo.
—Joder, Joe.
—Estaba tan segura de que era real que anoche me hizo llamar para pedir una revisión de seguridad de la casa. El equipo no encontró nada, ni yo. Y tampoco he visto nada en las imágenes de las cámaras.
Hannah apartó la vista y tardó un momento en repasar mentalmente los posibles diagnósticos.
—No suena bien —contestó por fin.
—Podría ser que tuviera alucinaciones relacionadas con su madre, ¿no? Como has dicho, le ha ocurrido algo muy estresante. Eso tiene que hacer estragos en la mente de una niña, ¿verdad?
—Aunque fueran provocadas por el estrés, tu hija tiene que ir a ver a un médico.
—Tú eres médica —dejó caer Joe. Se inclinó un poco hacia ella y la miró a los ojos.
—Joe…
—La conoces. Y tienes formación en psicoanálisis. Solo te pido que hables con ella y me des tu opinión profesional.
La doctora cruzó los brazos.
—Podría ser estrés, depresión, drogas…
—Riley no…
—Eso no lo sabes. No sabes nada de nada. Por eso necesitas encontrarle un médico independiente que evalúe su estado mental y psicológico. Porque, si está teniendo una crisis psiquiátrica, necesita ayuda profesional y terapia. Puede que incluso medicación.
Joe apartó la mirada y fijó la vista en el suelo. Hundió los anchos hombros y sintió que las rodillas cedían un poco, como si acabaran de colocarle un peso gigante sobre el cuerpo.
—Si seguimos los canales oficiales y esto queda registrado en su historia clínica… —Tragó saliva con dificultad y continuó—: La considerarán un riesgo.
Hannah se puso muy seria. Asintió con un leve gesto de cabeza que indicaba que entendía perfectamente las implicaciones.
Los dos se miraron de nuevo.
—Te preocupa algo más, ¿verdad? —preguntó Hannah.
Joe inspiró hondo.
—La mujer que ve… Es que… no estoy seguro de que sea Kate.
—Continúa.
—Dice que lleva algo blanco, como una bata de hospital.
Es una descripción muy vaga, podría significar muchas cosas, pero cuando Riley era pequeña…
—Se frotó la cara con la mano, porque no quería decir en voz alta lo que pensaba—.
Cuando era pequeña, me llevaba mucho trabajo a casa.
La dejaba en un rincón, jugando sola, mientras yo revisaba vídeos, interceptaciones y cualquier otra cosa.
—Dios, Joe.
—Era un mal padre.
—Sí, joder, sí que lo eras.
—Pero es posible que ella, a una edad muy temprana, viera algunas de las cosas que hacemos aquí.
Tal vez se quedaron en alguna parte de su mente.
Y ahora, con todo lo que ha pasado con su madre, todo eso…
puede… que haya desenterrado ese recuerdo de donde quiera que estuviera y…
que lo esté utilizando. ¿Eso puede ocurrir?
—Supongo que sí. Hay un montón de cosas raras que son posibles.
—¿Lo ves? Si Riley está teniendo una crisis psiquiátrica y sacando a la luz recuerdos de mi trabajo, cuando yo ni siquiera debería habérmelo llevado a casa…
No sé…, no tengo ni idea de cómo reaccionarán en la central.
Pero dudo que de ahí salga algo bueno. —Suspiró—.
Haré lo que haga falta por Riley, pero quiero tu opinión.
Si la llevo a un hospital, las cosas pueden ponerse muy feas enseguida.
Solo quiero estar seguro de que es necesario antes de que Aguirre u otro se entere.
Tú eres médica y mi amiga. Dime con sinceridad: ¿crees que es consecuencia del duelo?
Hannah se pasó una mano por el pelo.
—Es probable que lo sea. La gente lo gestiona de muchas maneras, sobre todo durante la adolescencia, cuando no se tiene mucha experiencia con ese sentimiento.
No sé qué quieres que te diga. No puedes contarme una ristra de síntomas de alucinaciones y esperar que te dé todas las respuestas posibles sobre el tema.
—¿Podrías hablar con ella? ¿Por favor?
—¿En serio?
—Ven a casa esta noche. Si crees que es grave, entonces… —Se quedó callado un momento—. Haré lo que sea necesario.
Hannah suspiró.
—Vale.
—Eres la mejor, Hannah.
—Cierto.
Tras decir eso, ella centró toda su atención en la ventana de inspección. En el interior, Bishop ya estaba conectada al sistema de diagnóstico. Cables y tubos la unían a escáneres, sensores y goteros intravenosos. Tenía la cabeza sujeta al reposacabezas que sobresalía del respaldo de su silla.
Hannah y Joe observaron cómo dos médicos le levantaban los párpados y le colocaban ganchos para mantenerlos abiertos. Uno de los doctores le echó unas gotas. Así, los ojos de Bishop parecían más desorbitados que nunca. No paraban de girar, como buscando; siempre buscando, pero sin fijarse en nada.
Joe la miró. Se oyó el pitido de su walkie-talkie .
—Aquí Gerhard —contestó.
Oyó la voz de Chuck al otro lado.
—Preparativos completados. Listos para la sintonización.
—Voy para allá —respondió Joe.
Le dio una palmadita cariñosa en la espalda a Hannah y se dio la vuelta para dirigirse al ascensor. Antes de marcharse, echó un último vistazo por la ventana de inspección.
Los ojos de Bishop se habían detenido y miraban hacia delante, como si estuvieran fijos en algo.
Estaban fijos en Joe.
Él sintió un escalofrío.
Lo ignoró y se fue al ascensor.