Interceptores Capítulo 12
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Capítulo 12

Joe acompañó al señor Aguirre al centro de control.

Había dos mesas delante de una gran pantalla de pared en la que se veían las imágenes de las cámaras de seguridad que vigilaban a todas las Antenas. Las tablas y los gráficos con sus indicadores biológicos, que se actualizaban en tiempo real, se desplegaban junto a la docena de vídeos en directo.

Los dos hombres que trabajaban en los terminales situados delante de la pantalla mural se quedaron mirando a Joe y a Aguirre cuando entraron.

—Recordarás a Chuck, nuestro operador de control —dijo Joe a modo de presentación, señalando a un hombre de unos cincuenta años y con sobrepeso que llevaba una camisa hawaiana.

Era de esos individuos que parecían estar allí desde antes de que el edificio existiera. Transmitía una sensación de comodidad y familiaridad que resultaba irritante, pero lo cierto era que Joe no se imaginaba a un joven novato haciendo su trabajo.

Chuck se giró e hizo una mueca.

—Oh, oh. Han venido los jefes —exclamó. Sonrió de oreja a oreja y le lanzó un bolígrafo a su colega, que estaba en la otra mesa, en el otro extremo de la habitación—. ¡Tariq, rápido! ¡Cierra el porno!

El bolígrafo pasó volando cerca de Tariq, un chico de veintitantos que siempre llevaba los polos metidos por dentro del pantalón. Cogió el suyo y se lo tiró a Chuck a la cara. Los dos se echaron a reír.

Joe suspiró.

—Vale ya, chicos.

—Eso, niñato —contestó Chuck—. Que la central no nos quita ojo.

—Bien, porque quiero informar de que mi colega se ha hecho mayor y está perdiendo capacidades —añadió Tariq, mirando a Joe y a Aguirre.

—Y se tira pedos —puntualizó Chuck, levantando una nalga, a punto de soltar uno.

—Chuck, ¿quieres darle buen ejemplo al chico? —pidió Joe.

Chuck se dio cuenta en ese momento de que no estaba de broma. Se levantó y fue hasta el inspector.

—Perdona, Joe. Me alegro de volver a verte, Javi. —Los dos se estrecharon la mano.

—Lo mismo digo.

—El jovenzuelo de ahí es Tariq —dijo Chuck—. Es nuestro experto en química. Un poco arrogante, pero muy bueno en lo que hace. Es lo mejor de lo mejor… de quienes trabajarían por este salario de mierda.

Tariq no pudo evitar sonreír.

—No tiene entrenamiento militar, así que ponlo un poco firme. Seguro que ayuda —sugirió Chuck.

Aguirre se acercó y le estrechó la mano al químico.

—Me alegro de conocerte, Tariq. No quiero distraeros. Solo he venido a ver una sesión de sintonización.

—El mejor espectáculo de la ciudad —comentó Chuck. Se sentó en su mesa y se puso a teclear comandos.

Joe llevó al inspector hasta una plataforma elevada situada al fondo de la habitación.

Había una mesa con aperitivos, una mininevera y varias butacas reclinables de piel que miraban hacia la pantalla principal.

Se había diseñado con todas las comodidades y los lujos de un cine; era el lugar desde el que todos los vips que pasaban por la Planta podían ver tranquilamente una sesión de sintonización.

Joe había aprendido, tras años de experiencia, que cuanto más cómodo y atendido estuviera un vip, menos interfería en las operaciones.

El señor Aguirre se arrellanó en una de las butacas reclinables, elevó los pies y volvió a enfrascarse en el contenido de su tableta.

—¿Quién es nuestro afortunado voluntario? —preguntó Chuck.

—La Antena 201 —informó Joe.

—Los mejores nunca descansan, ¿eh? —dijo Chuck y volvió a escribir en su teclado.

En la pantalla principal apareció una imagen de Bishop.

—¿Para cuántos casos se ha utilizado a la Antena 201? —quiso saber Aguirre, que levantó la vista hacia la enorme pantalla.

—Tengo que comprobarlo —contestó Chuck antes de abrir unos archivos en su monitor—. Pero son muchos.

Joe carraspeó.

—Cuando hacen falta interceptaciones urgentes o de perfil alto, esta es la Antena en la que más confiamos. Se sintoniza más rápido y sus interceptaciones son más limpias. Tiene más detalle. Las valoraciones de los resultados de la Antena 201 son mejores.

—Bishop tiene setenta y una sintonizaciones —informó Chuck.

—¿Y la siguiente? —siguió preguntando Aguirre.

—Ferro… Veintitrés.

Joe hizo una mueca. No se había dado cuenta de que esas cifras estaban tan descompensadas. Miró la cara del inspector en busca de algún gesto de desaprobación, pero él no había dejado de mirar la imagen y parecía estar procesando esa información.

—Según vuestra opinión, ¿la Antena 201 es más potente que las demás? —continuó.

—Es una especie de ciclo de retroalimentación —intervino Joe—. Cuanto más las sintonizamos, mejor se les da y más rápidas y potentes se vuelven. La 201 es la mejor y por eso la usamos más que a ninguna otra. Y, como la usamos más, también se ha convertido en la mejor.

—Los ricos que se hacen más ricos —confirmó Aguirre con un asentimiento.

—Supongo que se puede decir así. —Joe no apartó los ojos del visitante, intentando evaluar su reacción—. ¿Quieres que usemos a otra Antena? ¿Para aumentar su tasa de uso?

—Al contrario. Prefiero llevar un poco más allá a la líder de la carrera. Vamos a ver qué nos da la Antena 201.

—Bishop, pues —dijo Chuck e introdujo los comandos correspondientes.

Joe carraspeó.

—Utilicemos los identificadores oficiales, por favor.

—Perdón. Preparando la sesión de sintonización de la Antena 201. Cargando estimulantes del caso 10598.

Joe dirigió la vista a la imagen de Bishop en la pantalla.

Ella parecía estar mirando directamente a la cámara. La mano enguantada, que antes caía inmóvil a un costado, cobró vida de repente. Se puso a arañarse la cara con furia. Abrió la boca y soltó un grito agudo que resonó en los altavoces del centro de control.

Chuck apagó el audio sin interrumpir su ritmo de trabajo.

La veían gritar en la pantalla, pero dejaron de oírla.

Joe la observó mientras aullaba e intentaba clavarse las uñas en la cara.

En la parte inferior de la pantalla se veían imágenes de otras zonas de la Planta.

Los empleados empujaban carritos médicos y equipos de audio o de imagen por el pasillo del nivel dos.

Formaron equipos pequeños para meter los aparatos en la cámara de sellado que daba a la celda de Bishop.

Los primeros en entrar fueron varios celadores. Llevaban correas y una silla de ruedas. Cuando accedieron a la cámara, se pusieron las máscaras y esperaron a que se presurizara.

En una de las imágenes, divisó a Hannah y su equipo médico en el pasillo, a la espera de que les llegara el turno de entrar y empezar su parte del proceso.

Joe se puso de pie.

—Discúlpame. Voy a bajar al nivel dos para supervisar los preparativos. Hay agua y refrescos en esa nevera, por si tienes sed. Y, si te apetece algo de comer, tienes aperitivos en el armario. Vuelvo enseguida.

—Tranquilo —contestó Aguirre. No estaba prestando atención a los preparativos, sino que había vuelto a centrarse en su tableta.

Joe fue hasta la puerta, pero se detuvo un momento a observar la pantalla mural.

En la imagen principal se veía a un grupo de celadores, todos con máscara de gas, que entraban en la celda de Bishop. Se quedó mirándola mientras contenía la respiración. Buscaba alguna señal de resistencia por parte de la Antena. O de lucha. Algo que indicara que era consciente de su presencia.

En una maniobra grupal coordinada, los celadores la rodearon y la agarraron con decisión por los brazos y las piernas. Ella se retorció y se meció de lado a lado, como era habitual. A Joe ninguno de sus movimientos le pareció amenazante.

Levantaron a Bishop con mucho cuidado —era tan pequeña y frágil que pudieron alzarla del suelo acolchado sin demasiado esfuerzo— y la sentaron en la silla de ruedas.

Mientras dos celadores sujetaban a la Antena, los demás le pusieron las correas de retención para dejarla bien amarrada por los tobillos y las muñecas.

Enseguida quedó asegurada en la silla sin mayor problema.

Y, por la manera en que los ojos no dejaban de dar vueltas, los músculos mantenían los espasmos involuntarios y la cabeza se movía de un lado a otro, fue como si no hubiera notado que la habían movido.

Joe asintió; todo, tanto lo que ocurría en el centro de control como lo que veía en los monitores, parecía ir como la seda. Una sesión de sintonización perfecta. Abrió la puerta y abandonó la sala.

Salió del ascensor en el nivel dos.

En el pasillo se notaba un ambiente de actividad profesional tranquila.

Los técnicos y los médicos se movían en una especie de delicado baile bien ensayado para realizar sus respectivas tareas. Algunos empleados saludaron a Joe con un gesto de la cabeza, pero, en general, siguieron con su trabajo como si nada.

Como supervisor, Joe se enorgullecía de que, cuando se acercaba a sus trabajadores mientras realizaban sus tareas, su presencia los tranquilizaba, no los ponía nerviosos.

Ellos respetaban su forma sutil de dirigir.

Le había costado años, pero creía que había logrado perfeccionar su carisma como líder.

Nunca autoritario, pero tampoco demasiado relajado.

Era la misma estrategia que hacía falta para ser un buen padre.

Mostrarse cariñoso, pero firme. Poner normas sensatas y luego explicarlas con claridad y hacerlas cumplir.

Eso lo había leído en un libro sobre crianza cuando Kate estaba embarazada de Riley, cuando todavía vivían en una casa alquilada muy modesta en un barrio a las afueras de Washington D. C.

En aquella época, Joe trabajaba como ejecutivo de cuentas en una empresa que supervisaba la construcción de la Planta.

Siempre supuso que su cliente era el Gobierno o el Ejército, pero el papeleo pasaba por tantos niveles de aprobación y era tan opaco que era imposible saberlo con certeza.

En cualquier caso, fue entonces cuando vio la oportunidad de brindar a su familia una vida más estable.