Capítulo 11
Riley estaba sentada en un rincón de la cocina.
A pesar de haber estado toda la noche despierta, se negó siquiera a intentar dormir.
No podía arriesgarse a que la mujer del pelo negro la pillara desprevenida.
Su mente quería permanecer vigilante, pero sus sentidos y su cuerpo se estaban debilitando.
Mientras sus ojos recorrían la cocina, sintió una especie de desfase.
Era como si, al fijar la vista en algo, en un objeto, la señal tardara un milisegundo de más en llegar a su cerebro para que la procesara.
Lo más parecido a esa sensación lo experimentó la vez que hizo una excursión a las montañas en el cumpleaños de Chloe. Tenía quince años. Le prometió a su madre que los padres de Chloe las acompañarían y que se trataba solo de una noche de chicas divirtiéndose en el bosque.
A su vez, Chloe les dijo a sus padres que iba a pasar la noche de su cumpleaños haciendo una fiesta de pijamas en casa de Riley y que su madre estaría con ellas.
El hermano mayor de Chloe las llevó al bosque, junto con otras dos chicas, y las dejó allí. Solas. Sin chicos. Sin padres. Sin adultos.
Maria llevó alcohol. Stacy se encargó de la marihuana.
Riley nunca había fumado eso. Como le dio dos caladas y no sintió nada, se autoconvenció de que tenía una tolerancia muy alta a las drogas (y también al Jack Daniel’s que había llevado Maria), así que le pegó dos caladas más, se bebió tres chupitos y, en un abrir y cerrar de ojos, estaba colocadísima.
No entendía por qué a la gente le gustaba ir drogada. O borracha. Odiaba esa pérdida de control.
Como en la típica historia de la adolescente que se coloca por primera vez, se pasó toda la noche mirándose las manos e intentando averiguar cómo su cerebro les decía a sus dedos que se movieran.
Luego trató de descubrir cómo sus ojos transmitían la información: «Sí, jefe, los dedos se han movido. Repito: los dedos se han movido».
Ese extraño desfase que notó en su cerebro esa noche era similar a lo que sentía en ese momento. Al menos entonces fue porque estaba ida de la cabeza. Pero la sensación actual era producto de un cansancio y de un terror que no podía soportar.
Nunca les había hablado a sus padres de esa noche, de que vomitó y se quedó frita en el bosque.
Cuando volvió a casa, puso cara de buena niña y de estar sobria ante su madre.
La miró a los ojos y mintió. Le contó muchas historias de los deliciosos perritos con chile y los malvaviscos asados que habían preparado el señor y la señora Robertson para las chicas.
«El señor Robertson estuvo tocando la guitarra y todos cantamos Country Roads junto al fuego.
Estuvimos con las canciones hasta medianoche.
Entonces nos pusimos a hablar de chicos y a partirnos de risa hasta las tres de la madrugada, ji, ji.
Estoy muerta. Me voy a dormir un rato. Hasta luego».
Siempre se había sentido culpable por esa mentira.
Durante los dos años siguientes, Riley se convenció de que su madre había detectado la mentira y que era un secreto compartido que le ocultaban a su padre.
Se imaginó que algún día, cuando Riley tuviera veinte o treinta, bromearían sobre cómo su madre supo enseguida que su hija había vuelto a casa borracha, colocada y con resaca, y que había vomitado en sus zapatos porque fue lo único que encontró a mano.
Después se partirían de risa con eso y se sentirían más cómplices que nunca.
Un momento de verdadera unión entre madre e hija.
Pero ese momento ya no se iba a producir.
La mentira no podría descubrirse.
Riley dejó que esa afirmación calara en su cerebro. Esperaba que pensar en su dolor sirviera de detonante para que su sistema encajara todo en su lugar. Quería llorar y gritar, que se le llenaran los ojos de lágrimas y que se viera obligada a respirar hondo aunque le doliera. Quería ese duelo.
Pero el aturdimiento amortiguaba sus emociones.
Buen momento para otra taza de café.
Recorrió la cocina intentando moverse con agilidad y en silencio por miedo a despertar a la mujer demoniaca que la había estado persiguiendo. Metió la mano en el bolsillo delantero de su sudadera con capucha. En el interior, los dedos rozaron el mango de un cuchillo de cocina grande.
La noche anterior, tumbada en la cama, sintió la necesidad de contar con algún tipo protección.
Así que, tras darle vueltas durante una hora, por fin abrió la puerta de su dormitorio y recorrió el pasillo oscuro hasta la cocina.
Cada vez que giraba una esquina, contenía la respiración y sentía que se le tensaban los músculos.
Cuando pasaba por delante de una puerta abierta o de un rincón oscuro desde donde cualquier cosa podía abalanzarse sobre ella, le temblaban las piernas de miedo.
Solo había cincuenta pasos entre su dormitorio y la cocina, tres giros en esquinas sin visibilidad, pero le llevaron diez minutos aterradores.
Cogió un cuchillo del taco de madera, pero no se atrevió a darse la vuelta y regresar por el pasillo a oscuras. Así que sacó un taburete y se sentó en un rincón de la cocina, con el cuchillo en la mano y sin atreverse ni siquiera a parpadear.
Eso había ocurrido ocho horas antes.
Solo se había movido lo justo y necesario para preparar una cafetera.
Mientras permaneciera despierta, la mujer no aparecería.
Cuando la necesidad de orinar resultó insoportable, en vez de girar esas esquinas sin visibilidad para llegar al baño, cogió un termo que había en la encimera y lo utilizó para eso.
Y allí seguía sentada desde entonces, incluso después de que su padre se despertara, le soltara unas cuantas excusas vacilantes sobre que tenía que ir a trabajar y se fuera de casa.
Riley sabía que tenía que dormir.
Había tenido casi doce horas para pensar y analizar la situación. A pesar de la niebla que envolvía su cerebro a esas alturas, solo podía sacar una conclusión: la mujer no era real.
«¿Verdad?».
Nadie más la veía.
Ninguna otra persona percibía las pruebas de su existencia.
Tenía que estar solo en su cabeza. Sería una manifestación del estrés y la angustia que sentía por la muerte de su madre. «¿Verdad?».
Tal vez la mujer que gritaba representaba la tensión sin resolver entre su madre y ella.
Nunca habían hablado del divorcio. Su madre fue quien recogió sus cosas y se largó.
Quien empezó la batalla por la custodia.
Quien rompió la familia. Riley intentó ser una buena hija en medio de todo ese proceso, pero quizá albergaba un profundo resentimiento subconsciente hacia su madre.
Podría ser eso.
La mujer del pelo negro representaba su relación con su madre.
«¿Verdad?».
Seguramente un psicólogo le diría lo mismo. Todos los que había visto en la televisión parecían creer que buena parte de los problemas de la gente se debían a asuntos sin resolver con sus padres.
Para Riley era la única explicación lógica. Pero saber que había experimentado una disociación de la realidad en su mente no la ayudaba. Por mucho que intentara imponerse esa lógica, no era capaz de cerrar los ojos en esa casa.
La mujer podría volver.
—Que le den a esta casa —exclamó en voz alta, con la esperanza de que la mujer demoniaca la oyera.
Dejó la taza de café y agarró el cuchillo que llevaba en el bolsillo de la sudadera, preparada para sacarlo y clavárselo a cualquier criatura diabólica que se le plantara delante.
Paso a paso, con precaución, cruzó la cocina. Miró el comedor y fue hasta el salón. Después examinó el pasillo.
No había nada.
Entonces se dispuso a abrir la puerta principal.
Dudó al agarrar el pestillo. Sabía que ese era el momento en que esa maldita desgraciada se iba a abalanzar sobre ella; abriría la puerta y estaría allí, gritándole en la cara y arañándose la piel.
La puerta tenía una mirilla, aunque Riley sabía, después de haber visto muchísimas películas de terror, que esa diminuta lente con visión de 180 grados podría proporcionar unas imágenes aterradoras.
Tenía que acabar con eso rápido, como si se quitara una tirita.
Sacó el cuchillo del bolsillo.
Inspiró hondo.
Descorrió el pestillo y abrió la puerta de un tirón.
La luz del sol inundó la habitación. La dejó ciega por un momento y la hizo parpadear. Temiendo que el fantasma se colara entre los puntitos de luz que bailaban en su campo de visión, blandió el cuchillo hacia la claridad mientras esperaba que sus ojos se adaptaran. Y cuando por fin lo hicieron…
Nada.
No había ninguna mujer. Solo una bonita mañana de primavera.
Se permitió volver a respirar con normalidad.
Salió, cerró la puerta y echó a correr por el camino de entrada.
Que le dieran a esa casa.