Capítulo 10 #2
El señor Aguirre le tendió la mano.
—Un placer volver a verla, doctora.
Hannah no hizo ademán de estrechársela.
—Perdone que no le dé la mano, pero acabo de extraer heces compactadas del recto de Hicks.
—En la mano izquierda llevaba una bolsita de plástico con el símbolo de riesgo biológico—.
Todavía tengo que ir a pesar esta monada, pero es más o menos del tamaño de una bola de billar.
—Estiró los dedos de la mano derecha como si intentara evitar un calambre—.
Y, créame, no tenía ganas de soltarla. Hemos estado un rato jugando al tira y afloja ahí dentro.
El señor Aguirre retiró la mano y se la metió en el bolsillo.
Joe la fulminó con la mirada.
—Gracias, doctora —dijo este con una leve irritación en la voz para demostrarle al inspector que le parecía que las conversaciones sobre heces no eran apropiadas en el entorno de trabajo.
Pero, cuando miró al señor Aguirre, en vez de encontrar una dura mirada de desaprobación, vio que sus ojillos de contable se habían iluminado tras los cristales de las gafas. Estaba sonriendo a Hannah.
—Entonces ¿fue usted quien les puso los nombres, doctora? —preguntó el visitante.
—Sí.
—¿Y de dónde vienen?
—Son marines que salen en mi película favorita.
—¿Por qué? —continuó interrogando Aguirre.
—Porque es una película estupenda —respondió ella con una sonrisa.
Joe suspiró.
—Doctora…
Hannah se puso seria.
—La personalización ayuda al personal a comunicarse de forma eficaz sobre los asuntos relacionados con la salud de los pacientes.
Entiendo la razón por la que prefieren que nos refiramos a ellos solo con números, es comprensible.
Pero, a efectos prácticos, dificulta nuestro trabajo.
Cada una de las Antenas de esta planta tiene su propia dieta, dosis de vitaminas, medicación y rutina de aseo.
»Sé que ustedes las tratan como máquinas, pero nosotros las vemos como pacientes, porque nos han formado para ello y es la mejor manera que tenemos de hacer nuestro trabajo.
Además, seamos sinceros —dijo levantando la bolsa—, a veces viene bien saber de quién es la bolsa de heces que tienes en la mano. Y que vas a pesar. Y a analizar.
El señor Aguirre miró a Hannah y después la bolsa de residuos. Y apareció una sonrisita en su cara.
—Gracias por su explicación, doctora. Siempre es importante saber cómo los distintos departamentos organizan su trabajo.
—Encantada.
Joe suspiró aliviado.
—Vaya a lavarse, doctora —le ordenó.
Hannah se dio la vuelta y recorrió el pasillo.
—Tienes un buen equipo aquí, Joe —reconoció el inspector.
—Eso quiero pensar, sí.
—No voy a mencionar lo de los nombres en mi informe. Pero quita esos carteles antes de la próxima inspección. Protocolo.
—Entendido.
—Y, si eso os sirve a ti y a tu equipo, transmitiré la opinión de la doctora a los de arriba. Tal vez decidan cambiar ese protocolo.
—Sería muy de agradecer.
—No quiero que pienses que no te hacemos caso.
O que somos intransigentes con las normas y no aceptamos sugerencias de la gente que está al pie del cañón.
A fin de cuentas, este programa está en pañales.
No sabemos hasta dónde podemos llegar en la investigación con las Antenas.
Así que, si se te ocurre alguna idea, como la de los nombres, transmítenosla por los canales establecidos y nosotros la analizaremos y la pondremos en consideración. Siempre hay margen de mejora.
Le dio a Joe una palmadita en la espalda. Él solo le sonrió en respuesta. «No te lo crees ni tú», pensó el supervisor. «La analizaremos» equivalía a una docena de personas escurriendo el bulto e intentando no tomar una decisión que las obligara a firmar algo. Negación plausible.
El señor Aguirre volvió a fijarse en Bishop.
Sus ojos parecían haber dejado de dar vueltas. Estaban un poco descentrados, pero parecían estar más o menos fijos en Joe y el señor Aguirre. Las comisuras de la boca se elevaron para formar algo que podría describirse como una sonrisa.
—Me gustaría ver una sesión de sintonización —pidió el inspector.
—No hay problema en organizarla.
—Y que sea con la Antena 201 —añadió, señalando a Bishop.
El señor Aguirre hizo una última anotación en su tableta.
Joe, que estaba detrás de él, vio la pantalla durante un segundo.
En la parte superior había una foto de Bishop.
Pero no era la criatura desgarbada con la cabeza rapada y los ojos desorbitados.
En esa imagen, Bishop, la persona, sonreía.
Parecía la foto de carnet de una mujer normal.
Tendría unos cuarenta y tantos. Aunque daba la impresión de que siempre había tenido la piel muy pálida, se la veía sana, alerta y atractiva.
Y se fijó en algo más de ella en esa foto.
En su pelo.
Oscuro. Y le llegaba a los hombros.
El señor Aguirre apagó la tableta y volvió hacia el ascensor. Echó un vistazo a las otras celdas al pasar.
Joe se quedó delante de la celda de Bishop un momento.
Observó a la mujer con la bata de hospital tirada en el suelo.
Los ojos daban vueltas y la boca sonreía.
¿Qué era lo que había dicho Riley? Que la mujer que vio tenía el pelo negro.
Y le llegaba a los hombros. Tenía la cara pálida. Y llevaba una bata de hospital.
Una descripción un poco vaga.
Podría ser cualquiera. Incluso la madre de Riley.
Joe apartó esa idea y fue a donde lo esperaba el señor Aguirre.