Interceptores Capítulo 10
31%

Capítulo 10

¡Ping!

Se abrieron las puertas del ascensor. Joe las retuvo con una mano y extendió la otra para indicarle al señor Aguirre que podía salir al nivel dos.

El hombre cruzó las puertas y se quedó ahí, entornando un poco los ojos por culpa de la fuerte luz de los fluorescentes mientras examinaba el lugar. Joe también salió y se quedó a su lado. Miró la cara de su acompañante, intentando calibrar su estado de ánimo y su reacción.

Pero los ojos del señor Aguirre no dejaban ver nada de lo que pensaba. Se quedó allí de pie, en silencio, mirándolo todo y examinando hasta el más mínimo detalle sin pedir ni necesitar que Joe le explicara nada.

Joe, por su parte, también miró alrededor, a las diferentes habitaciones y a las Antenas que había dentro, que gemían y gritaban desde el suelo acolchado, donde permanecían tumbadas.

Se permitió suspirar aliviado al ver que su barco parecía estar en perfecto estado.

Su personal realizaba el trabajo de forma eficiente y silenciosa.

El equipo médico y los celadores pasaban de una celda a otra; comprobaban las constantes vitales y aseaban a las Antenas, justo como dictaban las normas.

Las inspecciones, como la de ese día, siempre ponían tenso a Joe. Siempre pensaba que podía pasar lo peor. Se imaginaba las puertas del ascensor abriéndose y al señor Aguirre encontrándose con un pañal tirado por ahí, o que apareciera una Antena suelta deambulando por los pasillos.

Pero, como siempre, su equipo no lo decepcionó. Nunca lo había hecho.

El inspector lo examinó todo, sin parecer satisfecho ni todo lo contrario. Que no reaccionara siempre era una buena señal, viniendo de un hombre como ese; al menos eso le parecía a Joe.

Esperó mientras el otro tomaba notas en su tableta. Fue rápido, marcar unas casillas nada más. No escribió ningún detalle. También era una buena señal.

—Fue en la celda del final del pasillo, ¿verdad? ¿La Antena 201? —preguntó.

—Eso es.

El señor Aguirre asintió y empezó a recorrer el pasillo despacio, mirando por las grandes ventanas de inspección a las dos primeras Antenas que se encontró.

—¿Crees que fue intencionado? —preguntó.

—¿Qué quieres decir?

—El ataque. ¿Crees que la Antena 201 tenía intención de hacer daño o de matar al señor Phillips? ¿Que lo hizo a propósito?

—Ella no ve, no oye y ni siquiera sabía que él estaba ahí. Fue un accidente, simple y llanamente —afirmó Joe—. Una de esas cosas que solo se producen cuando a un millón de monos les das el mismo número de máquinas de escribir.

—Qué forma más curiosa de describirlo.

—Todas tienen arrebatos de movimientos agresivos —continuó Joe—.

De hecho, los fomentamos, porque evitan que se les atrofien los músculos.

Las que se mueven más viven mucho más tiempo que las demás.

Normalmente esos movimientos los hacen en el aire o contra las paredes.

No notan la diferencia. Pero ayer un humano tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino.

—¿Estás diciendo que la Antena 201… tuvo un golpe de suerte?

Joe se paró en seco y miró al señor Aguirre.

—Hasta la suerte necesita que la ayuden un poco. Lo que tenemos aquí es una situación en la que un celador no siguió el protocolo de limpieza. Esa Antena debería haber estado inmovilizada con sus correas. El celador se saltó un paso y pagó el precio. Nada más.

—Pues eso suena a problema de liderazgo —comentó el inspector, que sonrió para que a Joe le quedara claro que le estaba tomando el pelo. Aunque mantuvo la sonrisa y un contacto visual bastante intenso durante un segundo de más.

Joe comprendió lo que quería decir: nadie le echaba la culpa. Por el momento.

Siguieron avanzando por el pasillo. Joe no quiso dejar pasar la oportunidad y dijo:

—El problema es que necesitamos dos celadores por celda. Me obligáis a tener al personal sobrecargado de trabajo. No han tenido un fin de semana libre desde marzo. No tienen tiempo para realizar todas las tareas que les corresponden en su jornada, así que empiezan a buscar atajos.

—Joe, Joe, Joe… —replicó el señor Aguirre mientras sacudía la cabeza y se reía entre dientes.

A él no le parecía tan divertido.

—Debería haber un trabajador para ponerles las correas y otro para asearlos. Es trabajo para dos personas. Y así siempre habría uno cerca para ayudar al otro. Un sistema de apoyo mutuo, Javi. La mayoría de los hospitales y las cárceles cuentan con presupuesto para organizar así el trabajo.

—Pero tú no diriges ni un hospital ni una cárcel.

—Si seguimos con esta falta de personal, habrá accidentes. No es una amenaza, es una realidad. Más personas saldrán heridas.

—Joe, ¿sabes lo difícil que es encontrar trabajadores para esta instalación?

—Ayúdame con esto, Javi.

—Tus limpiadores han pasado más comprobaciones de antecedentes y polígrafos que la mayoría de los congresistas. Ese proceso de verificación de seguridad no es sencillo, no es barato, no es algo que pase desapercibido con facilidad. Cada miembro de tu personal supone un alto riesgo y mucho dinero.

—Quiero pensar que lo que conseguimos aquí hace que merezca la pena.

—Y yo me alegro de que lo veas así, Joe. Pero, si puedo serte sincero, el mantenimiento adecuado de una Antena debería ser trabajo para una sola persona. Son vegetales con una alta capacidad de sintonización. ¿Qué peligro pueden suponer?

—Mucho.

Se detuvieron al final del pasillo. Los dos miraron la celda de Bishop.

Ese día ella no servía para demostrar lo que quería decir.

No se le veía nada peligroso. Parecía un perro dormido, así tumbada de costado mientras agitaba las extremidades y se movía sin sentido.

Tenía los ojos cerrados y ni siquiera gemía ni gritaba.

La verdad es que parecía estar totalmente en paz.

Habían limpiado toda la celda y solo quedaban unas sombras rosas en el suelo, por donde la sangre se había colado entre las costuras del acolchado.

El señor Aguirre la miró con una sonrisita satisfecha en la cara.

De repente, las manos de Bishop, envueltas en sus manoplas protectoras, cobraron vida.

Se pusieron a rascar, a escarbar y a clavarse en la pared.

Un ataque de furia. Abrió los párpados y aparecieron dos ojos inyectados en sangre que empezaron a dar vueltas en sus órbitas.

Pareció que estaban a punto de salírsele en cualquier momento y caer rodando al suelo.

Abrió la boca y un chillido resonó en los oídos de Joe.

Salió de lo más profundo de sus pulmones, retorciendo y deformando sus cuerdas vocales al atravesarlas, para formar un aullido horrendo, animal, inhumano por su intensidad.

Joe no se inmutó, aunque sintió cierta satisfacción al ver al inspector apartarse un poco del cristal.

Se le tensó el cuello y tragó saliva. Una vena empezó a latirle por el estrés al lado de la sien y cerró los puños.

Joe contuvo una sonrisa al ver al señor Aguirre tan incómodo, aunque solo fuera por un segundo.

Pero ese momento pasó enseguida.

La cara del visitante se relajó y recuperó su habitual expresión de análisis imparcial. Levantó una ceja y estudió con curiosidad los movimientos furiosos de la criatura que yacía en el suelo delante de él.

Entonces miró la puerta estanca que daba a la celda. Sus ojos se detuvieron en el cartel que decía: «Hola, me llamo Bishop».

—¿Bishop? —Miró hacia las otras celdas, todas con sus carteles artesanales. Los fue leyendo en voz baja—: Hicks…, Frost…, Vasquez…

Joe soltó una maldición para sí. Hacía tres o cuatro años que un inspector de la importancia de Aguirre no pisaba la Planta.

La mayoría de los que venían eran solo auditores que entraban, daban una vuelta y se iban.

Lo hacían cada pocos meses, sin previo aviso, para realizar el control de calidad.

Ninguno había hecho ningún comentario, ni siquiera se había fijado en los carteles con el nombre.

Solo buscaban infracciones importantes y no se les permitía pensar lo suficiente como para tener una opinión sobre las de menor importancia.

Hacía pocos años que se habían puesto esos carteles y la verdad era que Joe ya ni se fijaba en ellos, era como si no los viera.

Como los pósters del pasillo del nivel uno.

O el montón de papeles que había en un rincón de su mesa, que siempre tenía intención de organizar.

No sabía por qué, pero a veces sus ojos dejaban de ver cosas que siempre estaban ahí.

—¿Qué es eso? —preguntó por fin el señor Aguirre, aunque Joe estaba seguro de que ya conocía la respuesta.

—Eh… —balbució Joe—. Verás… Cuando nos los traen, llegan sedados e identificados solo con un número. Con la cabeza rapada cuesta distinguirlos; solo podemos hacerlo por el género y la etnia. Por eso, para diferenciarlos mejor, les asignamos distintivos.

—Nombres. Les ponéis nombres a las Antenas.

—Si quieres decirlo así…

—¿Fue idea tuya?

La mente de Joe buscaba a la desesperada una forma de darle la vuelta, de desviar la atención.

Los nombres estaban prohibidos. En las normas escritas sobre el cuidado de las Antenas ni siquiera se permitía el uso de pronombres.

Nada de «él» ni de «ella», solo «Antena», como si fueran aparatos muy caros.

Naturalmente, esa prohibición de los pronombres dejó de cumplirse enseguida, pero Joe estaba seguro de que en la central tendrían un problema con lo de los nombres.

Así que intentó encontrar una respuesta…

—Estaba siguiendo mi consejo profesional.

Joe y el señor Aguirre se giraron hacia el lugar de donde provenía la voz.

Hannah acababa de salir de una de las celdas.

Llevaba un uniforme de hospital y, evidentemente, salía tras hacer su trabajo en la celda de Hicks, que estaba ahí al lado.

Tenía el pelo recogido y le brillaban por el sudor la cara y la frente, que todavía tenía las leves marcas rojas que le había dejado la máscara.

—Seguro que te acuerdas de la doctora Chao, nuestra jefa de medicina —la presentó Joe—. Doctora Chao, este es Javier Aguirre, que viene de la central.