Capítulo 9
Joe aparcó su camioneta en la Planta.
Era muy probable que el señor Aguirre ya estuviera allí y hubiera iniciado el proceso de revisión.
Joe quiso echar a correr, pero notó las axilas y la espalda cubiertas de sudor.
Eso no daba buena imagen a un supervisor, y además sabía que esa reacción corporal solo iba a empeorar a lo largo del día por el efecto de la recirculación del aire en su despacho.
Así que se obligó a ir caminando, de forma tranquila y despreocupada, desde el aparcamiento hasta la entrada. Mantuvo la respiración calmada e intentó convencer a su corazón de que hiciera lo mismo.
Hacía un día precioso. Soleado, pero fresco.
El rocío de la mañana se estaba evaporando de las hojas y la hierba.
Esa humedad, combinada con la luz del sol, siempre potenciaba los olores del bosque.
Era el olor terroso de la descomposición vegetal; no el penetrante hedor a podrido, sino el aroma natural del ciclo de la vida.
En momentos como ese, Joe se sentía transportado a su juventud, cuando pasaba todo el tiempo en el bosque, en aquellos tiempos en que el mundo era un lugar seguro.
El lento trayecto a pie le sirvió para tranquilizarse. Cuando pasó su tarjeta de identificación por la consola que había junto a la entrada, se sentía preparado para afrontar ese día.
Y también al inspector Javier Aguirre.
Al entrar en la Planta, Joe repitió su rutina habitual. Metió el teléfono, las llaves y la cartera en una taquilla, y pasó su tarjeta de identificación. Entró en el escáner corporal, levantó las manos y la máquina giró a su alrededor.
Los guardias que estaban de servicio, aunque mantenían las armas preparadas, le sonrieron y lo saludaron con la cabeza mientras esperaba a que se completara el escaneo.
—Buenos días, Joe —le dijo uno de ellos.
Él lo miró y le guiñó un ojo.
—Creo que deberías llamarme «Gerhard», «supervisor» o algo así, más formal, mientras nos estén inspeccionando. Tenemos que mantener las formalidades incluso aquí.
—Todo correcto, supervisor Gerhard, señor —respondió el hombre con una sonrisita y le hizo un gesto para que saliera.
Joe se dirigió al ascensor.
Al lado, en una garita de cristal, se realizaba la última comprobación de seguridad. Dentro estaba Tyler, mirando una hilera de monitores.
Joe golpeó el cristal con los nudillos.
El jefe de seguridad se levantó y abrió la ventanilla de la garita.
—Buenos días, señor. El señor Aguirre le está esperando en su despacho.
—¿Has dormido bien?
—Sí, señor, muy bien.
Joe se inclinó hacia la ventanilla y bajó la voz, sin perder en ningún momento la sonrisa amable. Tyler acercó la cara para mantener una conversación en susurros, aunque intentaba que no lo pareciera.
—¿Has hecho un informe sobre lo que ocurrió anoche en mi casa?
—Todavía no, señor.
Joe miró alrededor para comprobar que nadie estaba escuchando.
—Nos están mirando con lupa por el accidente de ayer.
Lo que le pasa a mi hija es un asunto personal.
No quiero que la pérdida de su madre acabe mezclada con todo este lío si puedo evitarlo.
No te pido que hagas nada que vaya en contra de las normas.
Solo creo que lo más inteligente para nosotros es centrar nuestra atención en los problemas que ocurren dentro de la Planta. ¿Me sigues?
Tyler lo miró con un guiño de complicidad.
—Tengo mucho trabajo ahora y no voy a poder hacer ese informe hasta dentro de unos cuantos días —aseguró—. O puede que tarde incluso más tiempo.
—No tengas prisa —contestó Joe—. Y, obviamente, preferiría que no se lo contaras a nadie del personal. Aparte de Hannah, claro.
—Por supuesto. Ya está aquí el ascensor, señor —anunció el jefe de seguridad. Pulsó el botón y la puerta se abrió.
Joe entró.
Bajó al nivel uno.
Al salir, miró el cartel de la mujer y la niña que cenaban tranquilamente.
«Haz tu trabajo para que ellas estén seguras».
Siguió adelante, con los zapatos chirriando sobre el linóleo inmaculado.
Al llegar a su despacho, puso la mano en la manilla y se permitió inspirar hondo para tranquilizarse. Entonces se obligó a poner una gran sonrisa amistosa, abrió la puerta y entró.
Javier Aguirre estaba acomodado en la silla frente a la mesa de Joe.
Tendría cincuenta y tantos. Calvo, con gafas y un poco rechoncho.
Recordaba a un topo, y a Joe le pareció que le pegaba, teniendo en cuenta que la mayor parte de su trabajo la hacía bajo tierra.
Y no es que el aspecto del hombre resultara intimidante.
Parecía más bien un contable: preciso, meticuloso, siempre centrado en los detalles más pequeños.
Y eso, por supuesto, era lo que más preocupaba a Joe. Por su experiencia, cuando un contable quiere encontrar algo que esté mal o a alguien a quien culpar, por lo general lo encuentra. O no para de rebuscar hasta que lo consigue.
En ese momento, el señor Aguirre estaba mirando por encima de la montura de sus gafas la tableta que sostenía en la mano. Tenía en ella un vídeo del ataque de Bishop y desplazaba adelante y atrás con el dedo la barra de reproducción para repetir el incidente una y otra vez.
En la pantalla, Bishop le arrancaba al celador un trozo de vértebra de la columna y lo lanzaba al aire. Un segundo después volvía a por más.
El hombre estaba tan enfrascado en el vídeo que no se dio cuenta de que Joe había entrado.
En sus facciones no se apreciaba ninguna emoción provocada por la escena.
Ni asco ni tristeza. Solo una fascinación imparcial, como si estuviera mirando una hoja de cálculo cuyas columnas no sumaban la cantidad esperada.
Volvió a reproducir el vídeo.
Hacia delante.
Hacia atrás.
Una y otra vez.
Joe se quedó ahí parado un momento antes de decidirse a anunciar su presencia.
—¡Javi! —saludó con un tono tan amistoso y entusiasmado como permitía el entorno de trabajo.
El señor Aguirre detuvo el vídeo, dejó la tableta y se levantó con una gran sonrisa en la cara.
—Hola, Joe. Qué alegría verte.
Los dos hombres se dieron la mano en un apretón fuerte y cordial.
—Me habían dicho que no venías hoy —comentó el señor Aguirre.
—Sí, tengo unos asuntos personales que atender, pero pueden esperar un poco —explicó y pasó junto a él para acercarse a su lado de la mesa.
Los dos se sentaron.
—Siento lo de Katherine —soltó su invitado, y su tono parecía indicar que lo decía con sinceridad.
Joe enarcó una ceja.
—Vaya, con vosotros no existen los secretos.
El señor Aguirre lo miró con una sonrisita que parecía decir: «Tienes razón, no hay secretos para nosotros».
—Gracias —continuó Joe—. Ayer me pasó de todo. Todavía tengo muchas cosas que arreglar.
—Si necesitas irte…
—Me las arreglaré.
El inspector miró la tableta. Abrió unos archivos y fue bajando por la página, buscando algo.
—Tienes una hija, ¿no? Riley Gerhard.
—Sí.
—¿Cuántos años tiene ya?
Joe intentó mantener la sonrisa amistosa, pero notó que se le tensaban los músculos y los tendones de la cara. Su postura se volvió rígida. Unió las yemas de los dedos para formar una torre apretada con las manos, hasta entonces sobre la mesa. Sabía que no estaba dándole conversación sin más.
—Dieciséis. Cumplirá diecisiete en agosto.
—Riley vivía casi todo el tiempo con su madre, ¿no? —siguió preguntando mientras abría un archivo nuevo en la tableta y empezaba a escribir.
—Sí, así es. Se mudaron hace unos diez años, justo después del divorcio.
—Veo que Riley tiene a sus abuelos aquí cerca. Los maternos.
—Sí.
—¿Va a vivir con ellos ahora?
La sonrisa tensa de Joe desapareció.
—No era lo que tenía previsto. Se están haciendo mayores. Y yo soy su padre, al fin y al cabo.
El señor Aguirre sonrió.
—Claro, claro. Entonces ¿va a vivir contigo todo el tiempo ahora?
—Hasta que vaya a la universidad.
—Ya veo.
Joe lo vio escribir un poco más, añadiendo notas al documento. Tardó más de lo que pensaba. No estaba solo marcando casillas; parecía que estaba redactando un memorando completo.
Joe se obligó a recostarse en la silla y cruzar las piernas para dar una imagen de tranquilidad.
—Sí, fui a recogerla ayer. Un suceso muy triste. Y muy repentino. Hasta donde yo sé, Kate no tenía antecedentes de depresión ni nada parecido. Pero ¿qué sabré yo? Solo soy su ex. Debía de haber algo oculto bajo la superficie. Parece que Riley lo está llevando razonablemente bien.
—Me alegro —contestó sin dejar de escribir.
—Eso acaba de pasar, todavía estoy gestionándolo todo. Todavía no he podido actualizar mi estado en el perfil personal…
—Lo entiendo perfectamente. Ya lo estoy haciendo yo.
—Gracias —contestó Joe, sin apartar los ojos del otro hombre, que seguía escribiendo—. Riley… se ha quedado conmigo, en mi casa, un fin de semana de cada dos durante estos últimos diez años. La han investigado y han determinado que no representa un riesgo para la seguridad.
—Parece que la última vez que se le dio el visto bueno fue hace…
—El señor Aguirre hizo una pausa mientras buscaba en el perfil de Riley—.
Hace cinco años. Si va a vivir contigo de forma permanente, deberíamos volver a revisarlo.
Le tocaría pronto de todas maneras. Los chicos de ahora…
Ya sabes lo rápido que cambian, con las redes sociales y todo eso.
Mejor prevenir que curar. Es también un buen momento para hacerle una evaluación psicológica.
Algunas enfermedades, como la depresión, son hereditarias. No queremos correr ningún riesgo.
Joe no pudo evitar fulminarlo con la mirada.
—¿De verdad es necesario?
—¿Hay algún problema? —preguntó el señor Aguirre con un brillo inocente en los ojos, tras los cristales de sus gafas.
—No quiero que un becario rebusque en el historial del teléfono y de internet de mi hija. Y mucho menos que meta las narices en su historia clínica.
—¿Crees que puede haber enviado fotos o emails que pudieran servir para chantajearla? —aventuró su interlocutor, como si nada.
—Es una chica adolescente. Me preocuparía si no lo hubiera hecho.
El señor Aguirre rio entre dientes. Pero duró un segundo más de lo necesario, como si fuera una máquina que estuviera aprendiendo cuándo y cómo reírse.
—No te preocupes, Joe. Todo lo hace un algoritmo. Los humanos solo intervienen si surge algo raro durante el curso normal del análisis de datos. Riley ni se va a enterar de que hemos realizado todo el proceso.
—Muy tranquilizador —comentó Joe. Se mordía el labio mientras estudiaba al otro, que seguía tan tranquilo escribiendo notas en su tableta. Intentó hablar con un tono informal—. La verdad es que es una suerte que hayas venido, porque me gustaría aclarar una cosa contigo.
—¿Cuál? —El hombre levantó la vista.
—Lo que ha pasado con su madre ha sido muy traumático para Riley. Como padre, creo que lo mejor para ella sería que recibiera terapia psicológica para superar el duelo. Solo por precaución.
El señor Aguirre entornó los ojos. A pesar de que su voz seguía sonando amable, su expresión se había vuelto muy seria.
—Claro. No es aconsejable que esas emociones se queden ahí, reprimidas, y después causen estragos.
—Pero, si va a terapia, eso podría levantar sospechas sobre ella.
Tú y yo sabemos que es una respuesta natural ante el suicidio de una madre.
Pero no confío en que el algoritmo o los chicos de la central lo vean igual que nosotros.
Lo último que necesitamos aquí es que alguien coja una respuesta de sentido común ante una tragedia y la convierta en más alertas rojas, restricciones y vigilancia.
Solo servirá para ralentizar lo que hacemos. Me estás entendiendo, ¿verdad?
El señor Aguirre sonrió.
—No te preocupes, Joe. No somos monstruos.
Tenemos familia. Todos necesitamos tiempo para recuperarnos de las cosas.
Solo tienes que escoger a un terapeuta de cualquiera de nuestras listas aprobadas.
Si Riley no muestra señales extremas de estrés psicológico, algo que pueda volver su comportamiento errático o impredecible, entonces no veo por qué iba a activar ninguna alerta.
Y no tenemos ningún problema en permitir que Riley viva contigo.
Los dos hombres se miraron mientras esas palabras se quedaban flotando entre ellos. Las implicaciones eran obvias: la Compañía no tenía que darles permiso para eso.
Joe tuvo que hacer un esfuerzo consciente para dejar de apretar los dientes y se obligó a sonreír.
—Creo que nos entendemos.
—Bien —contestó su interlocutor—. Ahora vayamos al grano.
El hombre cambió de actitud enseguida; hizo desaparecer la sonrisa amenazadora y la sustituyó por una auténtica. Apagó la tableta, se inclinó hacia delante y se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en más amigo que enemigo.
—En cuanto a esta investigación, quiero que sepas que ninguna otra planta ha hecho más por la Compañía y por la seguridad nacional que la tuya —empezó el inspector.
Su tono sonaba sincero, aunque con él Joe nunca podía tener certeza—.
Jamás hemos tenido que preocuparnos por vosotros —continuó el señor Aguirre—.
Cumplís con vuestras obligaciones a tiempo, lo hacéis sin dar problemas y, si soy sincero, proporcionáis las mejores y más claras interceptaciones que se pueden pedir.
Nuestros clientes siempre nos lo dicen. Tu equipo ha salvado vidas.
Defendéis este país de manera admirable y deberíais estar orgullosos de vuestro trabajo.
—Te lo agradezco. Y seguro que el resto de mi equipo también.
—Por eso no quiero que consideres que esta investigación es una amenaza…
—No, no, claro, lo comprendo. Solo con que alguien vea accidentalmente un vídeo de YouTube en un ordenador de esta red, ya hacéis una investigación. Es lógico. Y ayer murió un hombre…
—Me preocupa más el bienestar de la Antena —intervino el inspector.
—A mí también. Pero se produjo un accidente. Tenemos que asegurarnos de que el barco mantiene el rumbo. Que mi equipo funciona a pleno rendimiento.
El señor Aguirre asintió.
—Exacto.
Joe se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta.
—Pues empecemos.