Interceptores Capítulo 8
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Capítulo 8

Joe no durmió bien esa noche.

Se metió en la cama poco después de revisar las imágenes de las cámaras de seguridad, pero no estaba tranquilo.

Solía superar sus noches de insomnio, y tenía muchas, cogiendo un libro y poniéndose a leer hasta que se le cerraban los ojos.

Cuando lo intentó a las dos de la madrugada, sin embargo, su mente seguía dispersa.

Después de releer el mismo párrafo tres veces y de que las palabras no llegaran a ningún nivel cognitivo de su cerebro, se rindió y se resignó a pasar una mala noche.

En algún momento entre el sueño y la vigilia, le pareció oír ruidos en la casa. Un cajón de la cocina que se abría. Una puerta que se cerraba en silencio. Pero, como los ruidos cesaron, no estaba seguro de que los hubiera oído de verdad.

Cada vez que parecía que el sueño por fin se acercaba, en su mente aparecía la cara de Kate.

Solo sabía lo que le había contado el director del instituto de Riley.

Suicidio por disparo. Eso era lo que provocaba la imagen que veía cada vez que cerraba los ojos: la cara de su exmujer medio destrozada, reventada por la bala que había entrado por una sien y salido por la otra.

¿Lo había hecho en el salón?

¿En el patio?

¿En su cama?

Hizo un rápido repaso mental de las posibles ubicaciones donde ella podía haberse volado los sesos. Apartó esos pensamientos e intentó pensar en las navidades, las salidas de camping y su gran viaje por carretera en familia por la costa este hasta Disney World.

Buenos momentos. Recuerdos bonitos.

Pero también hubo peleas. Recriminaciones. Mezquindades.

No, no era culpa de él. Esas cosas pasaban.

Había sido un buen padre, incluso después de que Kate y Riley se fueran de casa.

Le había dado a su hija todo lo que deseaba.

Si había desarrollado un trauma psicológico por el suicidio de su madre —y estaba seguro de que así era—, la culpa no era suya, sino de Kate.

Ella le había hecho daño a su hija y le había dejado a él la responsabilidad de recoger los pedazos y curarla.

No estaba seguro de cuándo sucedió, pero en algún momento logró sumergirse en un sueño tan profundo que era como si su conciencia fuera una bola de plomo que hubiera caído al mar.

Se hundió en una oscuridad silenciosa. Sin sueños.

Sin luz. Sin pensamientos que le taladraran el cerebro.

Era un sueño que no resultaba reparador ni revitalizante; solo consistía en la nada más absoluta.

¡BUUUZZZ!

La vibración del teléfono, que resonó contra la mesita, despertó a Joe de golpe.

La luz de la mañana se colaba por las persianas.

Cogió el móvil e intentó sacar su sistema de la somnolencia respondiendo con decisión.

—Aquí Gerhard.

—Joe, soy Hannah —contestó al otro lado esa voz tan familiar.

También oyó el eco del chirrido de sus zapatos en el suelo del pasillo del nivel uno. Como era habitual, seguro que Hannah iba caminando con pasos decididos.

—¿Has pedido una semana de asuntos propios?

—Sí. Tengo que ocuparme de unas cosas.

—Lo comprendo, pero tengo que decirte que has escogido muy mal momento.

—Ya, ya. Terminaré ese informe sobre el incidente esta mañana. Si alguien tiene alguna pregunta, que me llame al móvil…

—La central va a enviar a un investigador.

Joe se incorporó bruscamente en la cama. Cualquier efecto de la mala noche que le quedara desapareció al instante.

—¿Qué? ¿Quién?

—Javier Aguirre. Me lo ha contado Tyler nada más llegar.

—Mierda. —Joe se levantó de un salto, fue al armario y se puso a buscar algo que ponerse.

—Te lo digo porque he supuesto que querrías saberlo. Además… —Se quedó callada un largo rato—. También ha dicho que le ha pasado algo a Kate.

—¿Te lo ha contado?

—Somos amigos.

—No te lo tomes a mal, pero esto no es asunto tuyo, Hannah.

—Sí que lo es.

Joe no pudo responder, así que siguió vistiéndose en silencio, con el teléfono pegado a la oreja.

—Yo… siento mucho lo de Kate. Si quieres hablar…

—No.

—Vale. Pero tú sabes que quiero a Riley.

Solo te he contado que va a venir Aguirre porque sé que te ibas a cabrear si no lo hacía.

Pero tu hija tiene que ser tu principal prioridad.

El resto de nosotros podemos arreglárnoslas con Aguirre.

Solo ha sido un accidente muy raro. Su informe no puede decir otra cosa, porque es la verdad.

Nadie te echará las culpas a ti ni a tu forma de dirigir.

—¿Ya ha llegado? —preguntó Joe mientras se abrochaba su mejor camisa blanca. Era el tipo de supervisor que llevaba polos y pantalones chinos, pero una visita de Javier Aguirre era una ocasión para ponerse corbata.

Hannah suspiró, resignada, al parecer, a que él ignorara todo lo que acababa de decir.

—Tiene que llegar a las nueve.

—Allí estaré.

—Joe, creo que deberías quedarte con Riley.

—Te veo enseguida.

Colgó antes de que ella tuviera tiempo de decir nada más. Cogió una corbata negra sencilla del armario y la puso sobre la camisa. Parecía un ingeniero de la NASA de los años sesenta. Daba igual. Tendría que valer.

En cuanto abrió la puerta, le llegó el olor a café. Riley debía de estar despierta.

Cruzó el pasillo hasta el salón y miró por la puerta que daba a la cocina y al comedor.

Fuera hacía un bonito día soleado. Los rayos del sol iluminaban el frondoso bosque verde que había al otro lado de los grandes ventanales de la cocina.

La casa, tan oscura y lúgubre la noche anterior, se había transformado en un paraíso forestal.

Las encimeras de piedra blanca y los electrodomésticos de acero inoxidable resplandecían y reflejaban el sol de la mañana.

Parecía una cocina sacada de un anuncio; al verla por el día, Joe siempre se arrepentía de trabajar tanto y no poder disfrutar más un lugar como ese.

Miró alrededor. La jarra de la cafetera estaba casi llena; solo faltaba una taza. Cruzó la puerta del comedor y fue directo a la cocina.

Entonces vio a su hija.

Sentada en una silla en un extremo de la cocina, Riley tenía la mirada clavada en la ventana. Se acercó la taza de café a los labios y dio un sorbo. Lo miró mientras se aproximaba.

—Ya estás levantada —comentó él.

—No podía dormir.

—Pues ya somos dos. ¿Qué tal estás?

—Bien —contestó antes de dar otro largo sorbo a la taza.

—Tengo que ir al trabajo a ocuparme de unas cosas. Pero será una jornada corta. ¿Te importa quedarte sola unas horas?

—No, no me importa.

—¿Seguro?

—Perdona que te pusiera en ridículo anoche.

—No me pusiste en ridículo. —Cambió el peso de un pie al otro, incómodo—. Y, eh… ¿Has visto algo más?

—No. Nada. Yo… no sé qué me pasó. Pero no quiero hablar de ello. —Se quedó mirando el contenido de su taza.

Joe asintió. Sacó la cartera y dejó cien dólares sobre la encimera.

—Pídete una pizza si tienes hambre. O ve a ver una peli, si quieres. Lo que necesites. Solo mándame un mensaje para que sepa dónde estás. Volveré en cuanto pueda.

—Vale.

Se dirigió a la puerta, pero se detuvo y volvió sobre sus pasos. La observó allí sentada, tan sola.

—Te quiero —dijo.

—Yo también.

Se despidió con la mano, se dio la vuelta y se marchó.