Interceptores Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—He visto a alguien. No era un reflejo de la luz ni el movimiento de una cortina ni ninguna estupidez de esas. He visto a una mujer.

—Necesitas dormir un poco. Mañana estarás mejor —aseguró él.

Riley se quedó mirando al vacío. Llevaba varios minutos intentando desesperadamente borrar esa imagen de su mente, pero en ese preciso momento quería recordarla con todos los terroríficos detalles.

—Ella… tenía el pelo negro. Y le llegaba a los hombros —describió—. Estaba muy pálida. Y llevaba… No era un vestido…, era más bien una bata de hospital. Y… —Riley tragó saliva, impactada por el recuerdo—. Se clavó las uñas en la cara. Y se arrancó la piel.

Su padre le apartó la mano de los hombros y se la quedó mirando fijamente.

—No paraba de gritar —continuó ella—. «No siento nada… No siento nada». Gritaba eso una y otra vez.

Los dos permanecieron sentados en silencio. Su padre fue quien habló.

—Riley, un día como el que has tenido hoy le habría afectado a cualquiera.

Se acercó y le dio un beso en la cabeza.

Después se incorporó del suelo y, con cierto esfuerzo, se puso de pie.

—¿Quieres dormir en mi cuarto? —ofreció—. También podemos dormir los dos en el salón. Montaremos una tienda, como hacíamos cuando eras pequeña.

—No.

Ella también se levantó del suelo. Su padre se quedó a su lado, observándola.

La hacía sentir incómoda, como si todo lo que hacía formara parte de una evaluación psicológica.

Intentó actuar con serenidad —y como si no estuviera loca— y dio unos pasos vacilantes hacia la puerta de su dormitorio. Asomó la cabeza y miró dentro.

La luz estaba encendida, el cuarto estaba bien iluminado y ella estaba sola.

—Estoy bien —le aseguró a su padre. Intentó sonar despreocupada, pero no lograba apartar la mirada de la habitación vacía—. Vete a dormir.

Él se quedó en el pasillo un poco más y después se fue.

Riley entró en su cuarto.

Se echó en la cama, aunque se quedó sobre la colcha.

Le pesaban muchísimo los párpados, pero no se atrevía a cerrarlos, así que permaneció tumbada en la cama, tensa, con la cabeza apoyada en el cabecero y recorriendo con la vista todo el espacio de un extremo a otro.

Si la mujer volvía, Riley no soportaría que la sorprendiera de nuevo.

Pensó en ponerse el pijama, pero no quería enfrentarse a ese instante de vulnerabilidad que se produciría cuando tuviera que pasar la parte de arriba por la cabeza. ¿Qué podría aparecer en ese segundo en el que no vería nada?

Y no podía ducharse por la misma razón.

Y dormir tampoco era una opción.

Así que decidió permanecer así, vigilante, todo lo que pudiera.

Sus ojos saltaron de la cómoda al armario y después a la pared, al lado de la cama, a la cómoda, al armario, a la pared, al lado de la cama, a la…

Joe entró en su cuarto y cerró la puerta con llave.

Fue hasta el ordenador. Estaba cansado y lo último que le apetecía era conectarse a esas horas, porque el inicio de sesión en el sistema era muy tedioso. Necesitaba contraseñas, preguntas de seguridad, un pin que se enviaba al móvil del usuario…

Pero tenía que saberlo.

Tenía que ver lo que había pasado con sus propios ojos.

Con el ordenador encendido y una sesión nueva iniciada, abrió el sistema de seguridad de su casa.

No tenía una cámara en la habitación de Riley; se había enfrentado con uñas y dientes a los técnicos para que no la instalaran.

Su dormitorio y su baño estaban prohibidos.

En su momento le aseguraron que el sistema era un circuito cerrado al que solo él podía acceder, pero Joe tenía la sospecha de que las imágenes se enviaban a alguna parte.

Y se negaba a que su hija tuviera que sufrir ese tipo de vigilancia.

Cargó el vídeo del momento en que Riley entró en la casa.

Había una cámara de ojo de pez en el techo del salón. Riley no sabía que se ocultaba ahí, detrás de esa bombilla empotrada.

El vídeo mostraba, en una imagen nocturna muy nítida, a Riley entrando en la casa e introduciendo el código en la consola de la alarma. Después cruzaba el salón para encender la lámpara que había junto al sofá.

En cuanto se encendió, su hija se puso tensa. Todo su cuerpo adoptó una postura y un lenguaje defensivos al girarse hacia el pasillo. Estaba clarísimo que en aquel preciso momento ella había visto algo.

Joe paró el vídeo.

Pinchó para ver las imágenes de otra cámara, una que enfocaba todo el pasillo.

Al encenderse la lámpara, la cámara había realizado en un instante la transición entre la visión nocturna y la de condiciones de luz normales. En la pantalla solo se vio un destello blanco. Pero… había una sombra extraña en el pasillo en penumbra.

Joe se acercó a la pantalla.

Fue avanzando poco a poco, fotograma a fotograma…

Cuando la cámara se adaptó a la luz, la sombra desapareció.

No había nada ahí.

Pulsó la flecha izquierda del teclado para volver atrás, un fotograma cada vez.

Seguía sin haber nada. Tenía que ser un efecto de la luz.

Asintió, satisfecho.

Con un suspiro cansado, apagó el ordenador y se metió en la cama. Ya se ocuparía del tema al día siguiente.