Capítulo 7 #2
—¡No noto nada!
Mostró un instante las uñas antes de clavárselas muy hondo en la mejilla y arrancarse un trozo de carne. Salió sangre de la herida que se había hecho en la cara pálida. Corrió por su piel blanquecina y el chorro abundante cayó al suelo.
—¡NO NOTO NADA!
—Creo que está todo correcto aquí, señor —concluyó el jefe de seguridad.
—Gracias, Tyler. Y perdona las molestias.
—No es molestia, señor.
Los dos hombres se estrecharon la mano, del todo ajenos a la mujer que estaba junto a la cama y que, furiosa, no dejaba de arañarse la cara con ambas manos. Estaba en plena histeria. Los dedos se hundían y desgajaban grandes trozos de carne.
—¡NO NOTO NADA! ¡NO NOTO NADA! —Los gritos de la mujer ahogaban los demás ruidos.
La sangre salía a borbotones de sus heridas. Había llegado a los tendones y a los músculos y los desgarraba sin dudar, haciéndose agujeros profundos en las mejillas como si fuera una rata que se abre paso entre papel de periódico.
Pero, tan repentinamente como había empezado, paró.
Se quedó con la mirada fija en Riley.
Tenía la cara destrozada, pero su voz sonaba clara y serena. Ya no arrastraba las palabras ni siseaba.
—¿Qué me han hecho?
Riley solo pudo sacudir la cabeza. Fue un movimiento tan leve que nadie lo notó.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó la mujer.
La adolescente estaba petrificada. No respondió.
—¿Por qué no puedo sentir nada? —La mujer elevó la voz. Se estaba poniendo nerviosa. Levantó la manos ensangrentadas y se las mostró a Riley—. ¿POR QUÉ NO ME DEJAN MORIR?
Entonces soltó un grito terrorífico de angustia y furia y fue como si saliera volando por la habitación, directamente a por Riley.
El movimiento fue tan brusco que la sacó de su estado de inmovilidad aterrada. No tenía fuerzas para gritar, pero sí soltó una exclamación y levantó las manos para protegerse la cara mientras se apartaba. Intentó echar a correr, huir, poner distancia entre esa banshee cubierta de sangre y ella.
El grito espeluznante resonó en su cabeza.
Se tropezó con sus propios pies, porque no estaba segura de si quería girar, correr hacia delante o seguir andando hacia atrás. Se le enredaron y no logró avanzar. La inercia de su peso la desplazó un poco más allá, pero enseguida se desplomó.
Le pareció que se caía a cámara lenta, como si estuviera en una pesadilla.
Ordenó a los pies que siguieran corriendo, que la sacaran de allí, pero no le respondieron.
Quiso colocar los brazos delante de ella para amortiguar la caída, pero tampoco le hicieron caso.
Un millón de pequeñas correcciones musculares se transmitieron desde su cerebro, aunque nada en su cuerpo pudo evitar la caída.
A pesar de todos los pensamientos de huida que cruzaban su consciente y su subconsciente, ese grito lo atravesaba todo. No oía nada más cuando se estrelló contra el suelo.
¡PLAF!
En cuanto aterrizó de culo con todo su peso en el pasillo…
Llegó el silencio.
Los gritos se interrumpieron.
Se quedó sentada en el suelo, mirando a su alrededor. No dejaba de mover los ojos de un lado a otro. Respiraba acelerada y entre jadeos. La mujer ya no estaba allí.
Su padre y Tyler corrieron a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó Joe, que se arrodilló a su lado.
—¿No has visto nada? —preguntó Riley.
—¿En la habitación?
Ella asintió con energía.
Su padre frunció el ceño y estudió a su hija durante un segundo. Después miró al jefe de seguridad, que estaba en la puerta del dormitorio. Su enorme corpulencia cubría todo el hueco. Si hubiera alguna amenaza, ese hombre sería el primero en enfrentarse a ella.
El guardia mantuvo la expresión impasible; esa situación se la estaba tomando muy en serio.
—Está vacío, señorita. El dormitorio está despejado.
Riley tragó saliva con dificultad. Giró el cuello para mirar hacia su habitación, que se veía entre las piernas de Tyler. Se inclinó solo un poco, preparada para ponerse en pie y salir huyendo enseguida.
Poco a poco, centímetro a centímetro, fue apareciendo el dormitorio ante ella.
Vacío.
No había ninguna mujer. Ni sangre. Ni nada.
Riley parpadeó. Ya no sabía qué creer.
—¿Te has dado un golpe en la cabeza? —preguntó su padre.
—No, no —respondió Riley.
Se apoyó en la pared, cerró los ojos, enterró la cabeza entre las manos y se quedó allí sentada, respirando hondo y despacio para calmarse.
—Creo que vamos a dejarlo por hoy, Tyler —oyó que decía su padre.
—Sí, señor. Y no se preocupe por la falsa alarma.
—Se quedó callado un momento y después se arrodilló a su lado—.
Señorita Riley, no pasa nada. No hay nada de que avergonzarse.
Es nuestro trabajo y estamos encantados de hacerlo.
Si necesita algo más o se asusta por lo que sea, no dude en volver a pedir ayuda.
Para eso estamos. Lo peor que puede pasar después de una falsa alarma es que la gente no nos llame cuando se produce una de verdad.
—Inclinó la cabeza hacia ella—. Que pase buena noche, señorita. Y descanse.
—Gracias, Tyler —contestó su padre.
Los dos recorrieron juntos el pasillo.
Riley no sacó la cabeza de entre las manos.
Mientras cruzaban el salón hacia la puerta, oyó su conversación de despedida.
—La niña… ¿está bien? —preguntó Tyler.
—Ha tenido un día muy complicado. Le ha pasado algo a su madre.
—Oh, vaya. Lo lamento, señor.
—Gracias. Es… un desastre. Creo que voy a tener que tomarme unos días libres. Para encargarme de todo.
—Nosotros nos hacemos cargo, señor —afirmó Tyler—. Seguro que podemos mantener la maquinaria bien engrasada y en funcionamiento.
—Te lo agradezco, amigo.
Se despidieron.
Su padre cerró la puerta con llave.
Riley no se había movido del suelo del pasillo.
Oyó que su padre se acercaba despacio y, con cierta dificultad para doblar las rodillas, un poco rígidas por la edad, se dejó caer a su lado. Dudó un momento y se revolvió un poco. Después estiró el brazo y le rodeó los hombros con un gesto un poco forzado.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
Ella levantó la vista, pero no para mirarlo. Giró la cabeza y observó la habitación. Su mente iba a mil por hora, intentando comprender qué demonios le estaba pasando. Inspiró hondo y, de repente, se sintió más tranquila. Ni lágrimas ni temblores.
—Creo que estoy hecha una mierda —dijo con voz tranquila.
Su padre le dio una palmadita en la espalda. Fue demasiado fuerte y decidida, como si fuera un robot acariciando a un perro. Abrió la boca varias veces en busca de las palabras adecuadas. Después carraspeó y, al final, dijo:
—No es culpa tuya. Nada de esto lo es.