Capítulo 7
Riley miró por la ventanilla de la camioneta de su padre cuando se detuvieron frente a la casa.
Unos focos portátiles iluminaban el camino y el bosque cercano mientras los guardias armados revisaban los alrededores.
Todas las luces de la casa estaban encendidas.
Había más guardias dentro. Riley los veía en el salón, comprobando todos los armarios y mirando detrás de las cortinas.
Un hombre especialmente corpulento, sin galones ni ninguna insignia en el uniforme, se acercó a la camioneta y le abrió la puerta a su padre. Ella, desde el asiento del copiloto, lo vio bajar y estrecharle la mano con confianza.
—¿Qué me puedes decir, Tyler? —le dijo su padre al hombre corpulento.
Aunque Tyler se mantenía muy erguido, lo miró con una leve sonrisa; su postura transmitía respeto por la autoridad de su padre, pero también cercanía.
—El edificio está despejado. No hay señales de que hayan forzado la entrada. Estamos peinando el perímetro. No hay huellas en la tierra suelta que rodea la casa. En el camino tampoco hemos visto marcas de ruedas que resulten sospechosas.
Riley vio que su padre se tensaba y se le ruborizaba un poco la cara.
—Ya veo —contestó. Se mordió el labio y pareció decepcionado. O tal vez estaba avergonzado.
Ella miró alrededor. Todos los guardias habían dejado de inspeccionar y miraban a Tyler y a su padre, a la espera de órdenes. Siempre lo había sospechado, pero ya lo sabía con certeza: su padre era alguien importante.
—Hemos buscado huellas en el ordenador. No había más que las suyas —siguió informando Tyler—.
He mirado los registros. No parece haber inicios de sesión sospechosos ni señales obvias de intrusión en el sistema.
Me gustaría ver las imágenes de la cámara de seguridad para comprobar si han captado algo.
Su padre pasó junto a Tyler y se volvió para mirar la casa.
Riley lo hizo también. Había mucho movimiento, muchas luces y muchas armas. Pero, por los gestos de los guardias, era como si la urgencia hubiera pasado. A esas alturas, parecía que ya solo estaban haciendo tareas rutinarias.
—¿Qué vio exactamente, señor? —preguntó Tyler.
Su padre suspiró.
Miró la camioneta y le hizo un gesto a Riley para que se acercara.
Ella tragó saliva con dificultad, abrió la puerta y salió del vehículo.
Le pareció que todos los hombres dejaban de moverse y fijaban la mirada en ella, la chica loca que había activado una falsa alarma.
—Fue mi hija quien lo vio —anunció su padre.
Ella se colocó a su lado, pero Joe cambió de postura para mirarla de frente. Todos habían hecho lo mismo.
—Riley, te presento a Tyler Whitfield. Es nuestro jefe de seguridad.
El hombre la miró con una sonrisa amable.
—Buenas noches, señorita. ¿Le importaría decirme qué es lo que ha visto?
—Eh… He visto a una mujer en el pasillo.
—Ajá. ¿Puede describirla? —pidió Tyler. Sacó una libreta y un bolígrafo y se puso a tomar notas.
Riley cambió el peso de un pie a otro y fijó la vista en el suelo.
—Bueno…, eh…
—Tranquila, tómese el tiempo que necesite —dijo Tyler, pero por la forma en que la miraba le dio la sensación de que en realidad tenía prisa.
—Era… una…, solo era una mujer.
—¿Está segura de que era una mujer?
—Sí…, creo.
—¿Etnia?
—Blanca, creo. O tal vez… Su cara… El pasillo estaba oscuro.
—Vale. —Tyler siguió escribiendo—. ¿Qué ropa llevaba?
—Una especie de… vestido blanco. O algo así.
Tyler levantó la vista de la libreta y se la quedó mirando.
—Es decir, una persona, posiblemente una mujer y seguramente blanca, con un vestido también blanco, se coló en la casa y se quedó parada en el pasillo.
Tyler intentaba mantener la expresión neutra y amable, pero ella se dio cuenta de que miró un segundo a su padre, quien se encogía de hombros, como disculpándose.
—Bueno…, es que… Quiero decir… No pude verla bien. —Se abrazó el torso, bajó la mirada, fijó la vista en el suelo y se puso a escarbar un poco con el pie hasta hacer un agujero en la gravilla. Le habría gustado que fuera lo bastante profundo para meterse en él y que se la tragara la tierra.
Las ojeadas silenciosas de los guardias molestos le parecieron interminables, aunque seguramente duraron muy poco; fueron solo unos segundos, pero se trataba de las miradas calladas y críticas de una docena de hombres corpulentos con armas impresionantes.
Por fin intervino su padre y le rodeó los hombros con un brazo.
—Lo siento, Tyler. Se ha debido de asustar con algo.
—No tiene que disculparse, señor. Nos pasa a todos. Además, viene bien practicar de vez en cuando para estar preparados para las emergencias de verdad, ¿no?
—Gracias por tu comprensión.
Tyler miró a Riley y señaló la puerta de entrada.
—Vamos a acompañar a la señorita a dar una vuelta por la casa. Para que se quede tranquila.
Riley asintió con dificultad.
Siguió a Tyler hacia la casa.
Pasaron junto a los hombres que montaban guardia en la puerta, que observaban cada paso que daba. Quería mantener la cabeza alta y mirarlos con aire desafiante, pero su cuello se negó a dejar de apuntar al suelo.
Notó un calor que le subía por el pecho y se instalaba en sus mejillas.
Enseguida lo notó también en la frente y en el cuello.
Estaba segura de que tenía la cara como un tomate, pero intentó no darle importancia y centrarse en sus pasos lentos.
«No te tropieces con el primer escalón —se dijo—. No te tropieces con el primer escalón».
Entraron los dos en la casa.
Riley levantó la vista.
Todas las luces estaban encendidas. Y el pasillo, bien iluminado, estaba vacío.
—Recoged todo, chicos —ordenó Tyler a sus hombres.
Se pusieron a murmurar entre dientes mientras guardaban su equipo y se dirigían a la puerta. Riley oyó varios de esos comentarios entre susurros:
«Falsa alarma».
«Pero ¿qué ha pasado?».
«A la niña le ha parecido ver algo».
Tyler hizo que Riley se quedara quieta en medio del salón. Dio una vuelta entera sobre sí mismo mientras señalaba con la mano la habitación.
—¿Todo en orden, señorita?
—Sí —murmuró Riley.
El guardia fue hasta una cortina y la apartó.
—Aquí detrás no hay ningún monstruo —dijo.
Su tono condescendiente no era deliberado; era más bien la actitud amable de un hombre que no conocía la diferencia cognitiva entre una chica de dieciséis años y una niña de seis. Pero a Riley todavía le ardía la cara por una vergüenza que enseguida se convirtió en frustración.
—Está bien, le creo, no necesito que me lo demuestre —contestó.
—Mejor prevenir… —respondió Tyler mientras se dirigía al armario de los abrigos. Lo abrió y enfocó el interior con la luz de su linterna. Apartó las prendas y lo miró todo bien, sin dejar ni un centímetro sin revisar.
—Nada en el armario.
—Solo quiero irme a dormir —suplicó Riley.
—Deje que la acompañe a revisarlo todo primero —insistió Tyler y siguió por el pasillo.
Riley miró a su padre, suplicándole que interrumpiera esa escena tan embarazosa. Intentó transmitirle mentalmente: «Que pare ya, por favor. Estoy hecha una mierda y con esto me estás matando del todo».
Pero él solo la miró con una sonrisa comprensiva, como si estuviera permitiendo toda esa estupidez porque le parecía la mejor manera de calmar la mente frágil de su hija.
—Ya voy yo primero —se ofreció y recorrió el pasillo detrás de Tyler.
Riley se quedó atrás, en el salón.
—Despejado —anunció la voz de Tyler desde su cuarto.
Con la cabeza gacha y los brazos alrededor del torso, Riley cruzó el pasillo de mal humor. Giró a la derecha y se unió al guardia y a su padre en su dormitorio.
Y AHÍ ESTABA ELLA.
Riley se quedó con la boca abierta. Notó que la cara, que le ardía de vergüenza solo unos minutos antes, de repente se le quedaba helada.
Se le tensaron las manos, que tenía a ambos lados del pecho, abrazándose los costados.
Quiso gritar, salir corriendo. Pero los músculos no le respondían.
Las piernas, incluso la boca, eran como islas distantes, demasiado alejadas para que les llegaran los mensajes de pánico que se le agolpaban en la cabeza.
LA MUJER CON LA BATA DE HOSPITAL ESTABA DE PIE AL LADO DE LA CAMA DE RILEY.
Ella abrió la boca y luego la cerró. Y una vez más. Era como un pez boqueando para respirar. Los ojos se movían de un lado a otro, como las bolas de un pinball descontrolado. El resto del cuerpo estaba rígido.
Tyler pasó al lado de la mujer.
Se arrodilló para levantar el faldón de la cama y miró.
—Tampoco hay monstruos aquí —aseguró.
Riley no podía apartar la vista de la mujer.
«¿De verdad que nadie más la ve?».
El guardia se levantó del suelo, pasó al lado de la mujer otra vez, apartó la cortina y dio un tirón a la ventana.
—La ventana está bien cerrada. El sensor de la alarma está en su lugar y funciona.
Los ojos dispersos de la mujer se detuvieron de pronto. Quedaron fijos en Riley. Sus pupilas reaccionaron. No había confusión posible: la estaba mirando a ella.
Esa mujer la estaba viendo.
Siguió retorciendo y abriendo la boca, pero Riley ya estaba segura de que no se trataba de movimientos aleatorios ni involuntarios. Estaba intentando controlar los músculos de la mandíbula y de la lengua. Quería hablar.
Cuando logró encontrar las palabras, salieron de sus labios como una mezcla entre un susurro y un siseo.
—No noto nada —dijo.
Riley siguió mirándola.
Mientras tanto, su padre y Tyler seguían inspeccionando la habitación. El guardia fue hasta el pie de su cama y abrió el armario. Examinó el interior con la linterna y movió algunas prendas.
—Todo limpio —anunció.
Riley apenas prestó atención a lo que acababa de decir. Seguía con los ojos fijos en los de la mujer.
—No noto nada —repitió ella.
En ese momento, la mujer, cuyo cuerpo había permanecido de pie y totalmente inmóvil, tanto que casi parecía un adorno macabro de Halloween colgado del techo, levantó una mano.
La acercó al rostro y se rozó la mejilla con los dedos.
—No noto nada.
Los dedos recorrieron toda la cara, tocándose y palpándose la mejilla, la barbilla y la nariz. La mano se movía cada vez más rápido y seguía presionando e hincando los dedos.