Interceptores Capítulo 6
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Capítulo 6

Durante el resto del viaje, Riley estuvo durmiendo a ratos.

Se despertó del todo cuando notó que la camioneta daba el giro cerrado a la derecha para entrar en la carretera de gravilla sin señalizar.

Las aplicaciones de navegación nunca lograban ubicar esa casa. Más de una vez, los amigos de Riley y sus padres habían estado más de media hora dando vueltas por la zona, buscándola. Aunque eso fue cuando era muy pequeña.

Tras el divorcio, Riley y su madre se mudaron a Linville, a varias horas de camino.

Sus padres le prometieron que la distancia no sería para tanto, sobre todo con las redes sociales, pero para una niña de primaria enseguida se volvió infranqueable.

En un cajón de la casa de su madre, tenía una cajita con una colección de collares de amistad con un colgante con la mitad de un corazón…

, anillos de amistad… y cartas de amistad.

Todas sus amigas de la infancia le prometieron a la Riley de siete años que seguirían siéndolo para siempre.

Qué sarta de mentiras.

No había un momento importante y definitivo que simbolizara el fin de las amistades.

Ni una pelea ni celos ni nada. Solo un hormigón de secado lento que se fue fraguando alrededor de los tobillos de Riley y que evitó que hiciera el esfuerzo de intentar salvar la distancia cada vez mayor.

Dejó de invitar a sus amigas de antes a ir a verla y a ellas tampoco pareció importarles mucho.

Esos viajes «a casa» y ese giro para coger el largo camino de entrada de gravilla ya no estaban cargados de emoción y de nostalgia. A esas alturas ya solo consideraba los fines de semana en casa de su padre un descanso para escapar de las críticas constantes de su madre.

Entonces se coló en la mente de Riley la idea de que, en esas circunstancias, estaba en una huida permanente de esas críticas.

Un enorme globo de plomo empezó a inflarse en el estómago de Riley.

Intentó ignorarlo.

El camino de gravilla que iba desde la carretera hasta la casa tenía un kilómetro y medio más o menos. Nadie más vivía en esa calle. No había ninguna otra casa en kilómetros a la redonda.

Había árboles altos por todos lados que ocultaban la casa ante cualquier mirada fortuita.

La madre de Riley dejó caer una vez, de pasada, que impedían que los satélites detectaran si su padre estaba en casa o, al menos, lo ponían muy difícil.

Cuando Riley, con unos doce años en aquel momento, le preguntó a su padre qué significaba eso, la expresión de Joe se volvió dura y fría.

Se levantó de la mesa sin haber terminado de cenar y fue a su despacho.

Riley oyó que le gritaba a su madre por teléfono y la llamaba de todo.

Esa fue la última vez que se atrevió a preguntarle a su padre por algo relacionado con su trabajo o su vida.

La camioneta por fin tomó la última curva de la carretera y se detuvo.

La casa de su padre era elegante y de diseño moderno, aunque no muy grande.

Riley nunca dio demasiada importancia a las cosas buenas de esa casa hasta que su madre y ella se mudaron al cochambroso apartamento provisional de dos habitaciones que terminó siendo definitivo.

—Voy a coger tu mochila —dijo su padre—. Tú entra y ponte cómoda.

Sin decir nada, Riley bajó del vehículo y recorrió el camino hasta la puerta principal.

—¿Tienes la llave? —preguntó su padre desde detrás de ella.

Riley le hizo el gesto del pulgar arriba sin girarse siquiera.

Llegó a la puerta y metió la llave en la cerradura.

Pero vaciló antes de abrir, sin saber por qué. Sintió que la piel de los brazos se le ponía de gallina a pesar de que no hacía mucho frío allí fuera.

Miró alrededor, hacia los árboles. Había recorrido esos bosques por la noche muchas veces, pero no recordaba haberlos visto nunca tan oscuros. Era como si le hubieran puesto delante de los ojos un filtro, una membrana que le impedía ver y bloqueaba todas las texturas del mundo.

En ese momento sintió una presencia ahí fuera, en el bosque. Algo que no veía, pero que sí la veía a ella. Y la estaba vigilando.

Con un estremecimiento, giró la llave, abrió la puerta y…

Una perra labradora negra apareció de entre las sombras de la casa a oscuras y se precipitó hacia la puerta. Soltó un aullido de terror, pasó corriendo junto a Riley y se fue al bosque.

—¡Dios! ¡Mierda, Moby! —gritó cuando la perra dejó atrás la camioneta y se perdió entre los árboles.

Su padre fue corriendo a donde ella estaba.

—¿Qué ha pasado?

—He abierto la puerta y Moby ha salido como loca.

—¿La has pisado?

—¡No! ¡Ha salido disparada!

—Sería para saludarte.

—No, era para escapar.

—¿Estás segura de que no era porque quería saludarte?

Riley lo fulminó con la mirada. No le gustaba nada esa forma que tenía de convertir las conversaciones en interrogatorios, como si Riley fuera incapaz de distinguir por sí misma lo que sucedía.

—Nunca me saluda así —dijo con un tono más agresivo de lo que pretendía.

Su padre se quedó mirando los bosques sumidos en la oscuridad y suspiró. Ni siquiera pareció notar la irritación de su hija.

—Voy a por ella. Tú entra. —Soltó otro suspiro y recorrió el camino de vuelta, esta vez gritando—: ¡Moby! ¡Moby! ¡Ven aquí, bonita!

Riley necesitó un momento para recuperar la compostura.

Luego entró en la casa.

La alarma emitía un pitido de advertencia desde que Riley había abierto la puerta.

A esas alturas ya era más rápido y más fuerte.

Desde muy pequeña, sus padres le habían repetido hasta la saciedad cómo manejar el complejo sistema de seguridad de la casa.

Así que se acercó a la consola e introdujo su clave personalizada en el sistema.

El pitido cesó.

La luz roja parpadeante se puso verde. En la pantallita led de la alarma aparecieron su nombre, la fecha y la hora.

Riley miró el salón.

Todas las luces estaban apagadas y los árboles de la zona tenían las ramas demasiado tupidas para dejar pasar la luz de la luna, pero Riley se conocía la distribución como la palma de su mano.

Su padre no sabía nada de diseño, pero tampoco tenía la costumbre de dejar las cosas tiradas por ahí, así que no habría nada con lo que pudiera tropezar.

Cruzó el salón a oscuras, pasó junto a la mesita de café de los grandes almacenes y el sofá de cuero barato —aunque con buena pinta— que siempre se le pegaba a la piel y hacía ruido cuando se movía, tanto si estaba sudada como si no, y alcanzó la lámpara que había al lado del pasillo.

Cuando la encendió, la suave luz anaranjada de la bombilla iluminó su rincón de la habitación.

No había mucha claridad, pero sí la suficiente.

Suficiente para que Riley la viera.

Estaba donde podía verla por el rabillo del ojo. La luz no iluminaba todo el pasillo, pero distinguió la bata blanca.

La mujer estaba allí de pie.

En silencio. Inmóvil.

Riley se quedó petrificada, con la mano en la lámpara y mirando al suelo.

Veía a la mujer en el extremo de su campo de visión.

No se atrevía a mirarla directamente, pero no tenía ninguna duda de que no estaba sola.

Un montón de pensamientos no dejaban de darle vueltas en la cabeza mientras seguía allí, con la mano en la lámpara.

«¿Miro?».

«¿Grito?».

«¿Huyo?».

«¿Cojo la lámpara para usarla como arma?».

Al final se decidió por hablar:

—Oye, papá, ¿me he dejado el teléfono en el asiento del coche?

Y, sin esperar ni un segundo, se dio la vuelta y, sin correr, salió de la casa caminando lo más rápido que pudo.

En cuanto cruzó la puerta, echó a correr a toda velocidad.

Su padre todavía estaba en el camino de entrada, gritando en dirección al bosque.

—¡Moby! ¡Ven, Moby!

Se volvió en cuanto se dio cuenta del apremio con el que se acercaba Riley.

—Hay alguien en la casa —dijo ella en voz baja y con urgencia.

Por una vez, su padre ni la cuestionó ni dudó. Su cuerpo se tensó y fijó la mirada en la casa.

—Sube a la camioneta —ordenó sin levantar la voz.

Ella no necesitó que se lo dijera dos veces.

Corrió hasta la puerta del acompañante, la abrió de un tirón y subió.

Su padre llegó enseguida. Arrancó la camioneta, puso la marcha atrás, giró en el camino y salió disparado hacia la carretera.

Nunca lo había visto conducir tan rápido.

La gravilla saltaba en todas direcciones desde debajo de las ruedas, que giraban a toda velocidad, y chocaba contra el interior del guardabarros.

Tomó la última curva de una forma tan brusca que la camioneta derrapó y Riley temió que acabaran estampándose contra un árbol.

Pero él consiguió mantener el control del vehículo. Giró otra vez para volver a la carretera general asfaltada y pisó el acelerador un poco más. Pasado más o menos un minuto, redujo la velocidad y se apartó a un apeadero, donde detuvo el coche, aunque dejó el motor encendido.

Entonces miró a Riley.

—Vale, cuéntame qué has visto.

—Ha… Había una mujer.

—¿Dónde?

—En el pasillo. Estaba allí de pie, sin más.

—¿Había activado la alarma?

Ella se quedó pensando.

—Eh…, ¿no? No.

—¿Estás segura?

—¡Sí! He entrado y se oía ese pitido de advertencia. Metí el código y paró.

Él entornó los ojos y la miró fijamente. Riley reconoció esa mirada; estaba dudando de ella.

—¿Estás total y absolutamente segura de que has visto a alguien en el pasillo? —preguntó él.

—Sí.

—¿No sería un reflejo de la luz en el baño? ¿O una cortina o alguna otra cosa?

Riley se lo quedó mirando, sin apartar la vista.

—He visto a alguien dentro de casa.

Él asintió, pero no hizo nada.

—¡Llama a la policía! —gritó ella. La voz se le quebró un poco.

—En mi trabajo hay ciertos protocolos para gestionar este tipo de situaciones. Si hago la llamada necesaria, no podré dar marcha atrás. Así que, dime, ¿estás cien por cien segura de que no era un reflejo? ¿O que estás muy cansada? ¿Viste de verdad a alguien en la casa?

Riley tragó saliva. Reprodujo mentalmente la escena completa, repasó todo lo que recordaba y miró a su padre.

—Sí.

Él no cambió de expresión.

—Vale.

Sacó su teléfono y marcó un número. Alguien respondió al instante.

—Tyler, soy Gerhard. 459, código 2. Mi casa.

Al pie de la colina, junto a la Planta, escondido entre los árboles, había un garaje. La puerta se abrió y salieron dos furgonetas blancas sin ventanas.

Aceleraron por la carretera.

Atravesaron el pueblo sin parar de tocar el claxon y cruzaron una intersección sin reducir la velocidad.

Los habitantes del lugar sabían que debían detener los coches y no hacer preguntas.

La policía tenía órdenes de no interferir.

En cuatro minutos, las furgonetas llegaron a la entrada de la casa de Joe.

Recorrieron el camino de gravilla como una exhalación y, con un fuerte chirrido, frenaron en seco delante de la casa a oscuras.

Se abrieron las puertas traseras y laterales de las furgonetas, y salieron con perfecta precisión militar dos equipos de guardias, vestidos de negro y armados con subfusiles.

Un equipo entró por la puerta principal.

El otro se encargó de revisar el perímetro.